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Capítulo 55 primera parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-17 12:00:03

Lenis y George lucharon por levantarse temprano ese sábado, pero lo lograron gracias a darse juntos un buen baño, luego compartiendo un desayuno de campeones, besos, caricias, palabras amorosas y la promesa de que ambos pasarían el mejor de los días, además de prometerse una noche de ensueño.

George le comentó algo de un viaje durante el desayuno. Al parecer, él quería llevarla a conocer una casa que tenía en la playa y que ya le tocaba ir a visitar. Ella le prometió que hablarían de eso después de la fiesta de la señora Seda.

George salió del apartamento rumbo a su oficina en el bufete a las 09:00 AM. Él le informó sobre buscar unos documentos para llevarlos a su cita del almuerzo. Lenis respetaba mucho sus silencios. Si él prefería no contarle hacia dónde se dirigía luego, o con quién almorzaría, ella no insistiría en preguntar. Prefería entender que si él no le brindaba información, no era de gran importancia.

Lenis tardó acomodando, de nuevo en el closet, las cosas que estaban en su maletín. Zapatos también, encontrando cosas en la habitación de huéspedes que no le llevaron a casa de Maximiliano cuando pasaba por su “perfecta crisis”, como ella le había denominado. La secretaria no le había preguntado a George si podía guardar sus cosas en el armario de la recámara del abogado. Ella pensó no molestar lo bonito que iba todo entre ellos con esas pasiones de pareja, mucho menos con algo que tal vez a él no le gustaría.

La secretaria aún no descartaba la idea de comprar un piso para ella, alguna casa pequeña, un lugar que fuese suyo completamente. No tenía ni la más mñinima intención de irse del lado de George, pero sí necesitaba poseer algo para seguir sintiéndose independiente; una lucha constante de vida.

Así que tardó en la tarea de organizar, doblar, e incluso barrer un poco, limpiar…, e invitó a T.C a ponerse cómodo en su apartamento, porque saldrían alrededor de una hora o más.

Lenis también deseaba comprar, almorzar y regresar a casa ya alimentada, solamente para arreglar su cabello, uñas y todo lo demás. En sus planes no se incluía ir a la peluquería, sabía que siendo sábado y con la premura, no encontraría un sitio donde la atendiesen rápido.

No importaba, ella había aprendido a ocultar evidencias feas sobre su piel con el maquillaje, también a mantener su cabello negro por el mayor tiempo posible, además de tenerlo ondulado cuando naturalmente su pelo era lacio, por lo tanto, confiaba plenamente en sus habilidades fashionistas para esa noche de celebración.

T.C informó que la esperaría en su piso: un apartamento dentro del complejo.

Cuando él le dijo aquello, Lenis se sorprendió bastante. Hasta ese momento, no sabía que él vivía en uno de los edificios del gran complejo habitacional.

«Con razón siempre llega a tiempo», pensó ella, sin poderse creer que apenas lo supiera.

La mujer, con un jean claro a la cadera, una camisa blanca tres cuarta, el cabello recojido en una cebolla, unas sandalias bajas de corcho y tiras marrones, sus lentes de sol y un pequeño bolso del mismo color de las sandalias, retocaba su sencillo maquillaje en el baño de la habitación de huéspedes cuando sonó el timbre de la puerta.

Ella se extrañó puesto que, si tenían visita, la seguridad la anunciaría a través del intercomunicador. Debía ser T.C, aunque él no iría a buscarla sin antes solicitárselo.

«¿Habrá pasado algo?», se preguntó la secretaria.

Caminó hasta la puerta y al abrirla, se encontró con el rostro un tanto serio de la misma chica con la que se había topado hace dos días en el asensor.

Lenis ladeó la cabeza y sonrió, con dudas en su rostro y en su cabeza.

—¿Hola? —dijo la anfitriona.

La mujer al otro lado la miró rápidamente de arriba a abajo y se enderezó, ocultando todo un estupor por la sorpresa de ver quien le había abierto la puerta.

—Lograste quedarte… —le comentó la recién llegada en un susurro, pensando que Lenis no podía escucharla, equivocándose por completo.

—¿Disculpa? —preguntó Lenis, no porque no hubiese entendido, sino por todo lo contrario: le había entendido muy bien.

La mujer de ojos pequeños y expresión afable se enderezó aún más y sonrió.

—Hola, soy Cindy D’Vigo, la vecina, ¿recuerdas?

Lenis sonrió más abiertamente.

—Claro, por supuesto que sí. La que está vendiendo el apartamento, ¿no es así?

La mujer asintió, pero su rostro cambió un poco. Lenis supo que algo le pasaba.

—Ehh… —Lenis miró hacia el interior del apartamento, solo por hacer algo mientras pensaba qué decirle, o cómo decirle que ya iba de salida sin ser demasiado descortés—. ¿En qué te puedo ayudar?

Cindy no habló inmediatamente.

—Estaba buscando a George. ¿Él se encuentra? Solo quiero hablar con él un momento.

Lenis sintió algo extraño cubrirle el cuerpo. Tuvo el presentimiento de que la vecina no había ido hasta allí para algo bueno.

—¿Puedo pasar? —preguntó Cindy.

Lenis suspiró y se mordió los labios con ansiedad.

—Cindy, disculpa, de verdad, pero esta no es mi casa, no puedo dejar pasar a nadie sin autorización del dueño. Además, voy de salida.

La mujer, vestida de jean azul oscuro, botas negras, el cabello con reflejos, suelto en leves ondas y un suéter azul celeste, con las mangas recogidas, la miró seria, un tanto afligida.

—Lenis, he entrado a ese departamento muchas veces. —«Lo sabía», aseguró Lenis mentalmente—. La habitación de George está al final del pasillo y a la izquierda. Es la recámara más grande. Su oficina está de camino, tiene alfombra y posee un pequeño bar a la derecha. —Lenis tragó pesado, escuchando atentamente—. Todo el techo de ese apartamento está pintado de verde agua, casi turquesa. Es el color favorito de su difunta madre. —La respiración de la secretaria se paralizó, y luego se aceleró con lo que siguió escuchando—. Sé cómo le gusta el café en las mañanas, su tipo de música y lo que le gusta comer.

Lenis fue testigo de unos ojos marrones amnegados en lágrimas, de repente; lágrimas que aún no se derramaban, pero allí estaban, asomándose, peligrosas.

—¿Qué sucede, Cindy? ¿Por qué me dices todo eso?

—¿Él te contó de mí? —Lenis negó con la cabeza, apretando la mandíbula—. Él y yo fuimos pareja por un largo tiempo. Incluso, nos íbamos a casar. —La secretaria frunció muy levemente el ceño—. Yo terminé mudándome. Me fui para otro país para así poder olvidarlo. Conozco su apartamento a cabalidad, porque vivimos muchos momentos de pasión allí dentro. —Lenis sintió cómo un hueco se abría en su pecho—, pero nunca logré que viviéramos juntos, porque él me juró que eso jamás pasaría.

Cindy ya se encontraba llorando para entonces y Lenis no sabía qué hacer, qué sentir. La mujer no parecía molesta con ella, más bien, parecía estar determinada a rebajarse.

—Lenis, necesito hablar con George, por favor. Vine solo para vender el apartamento. Ya lo tengo negociado, estoy a punto de irme y estoy… estoy que muero, Lenis, lo amo demasiado y sé que él me amó también. De hecho, yo le había rechazado siempre, haciéndome la dura, diciéndole que no me gustaba vivir en la ciudad, recordándole todo el tiempo que me iba. Sabía que él no dejaría que me fuera, solo era cuestión de darle un impulso. —Secó su cara con ambas manos. Demasiadas lágrimas que Lenis no sabía cómo interpretar—. Tengo que hablar con él antes de irme. Dime dónde está, por favor. Yo sé que… debes amarlo, y Dios sabe cuánto te entiendo, pero necesito saber…, necesito hablar con él…

—Él no está aquí. Salió —interrumpió Lenis con voz neutral, casi seca, fingiendo más molestia que otra cosa—. Él y yo no vivimos juntos, yo solo estoy de paso. Si tanto lo conoces, búscalo. —Se hizo un breve silencio, solo podía escucharse el esnifar de Cindy a causa del llanto—. Fue un placer conocerte. Espero encuentres lo que estás buscando y puedas sentirte mejor. Con permiso… —Lenis echó un paso para atrás y cerró la puerta.

Se cubrió la boca con las manos, se dejó caer contra la madera cerrada y apretó los párpados, sin aliento, como si en ese instante estuviese corriendo toda una maratón.

Sabía que George tuvo mujeres en su vida, y que Cindy tal vez pudo haberse enamorado sola, pero verla en esa tesitura, a toda una dama con aparente independencia, amar tanto al hombre que ella también amaba, se sentía feo, terrible, rabia por la falta de información mezclada con celos y a la vez tristeza…, más que todo tristeza por Cindy, quien no aguantó rebajarse ante la actual novia de su ex pareja solo para verlo por última vez.

Lenis respiró profundamente y se enderezó. Caminó hasta la encimera de la cocina y miró el reloj del microondas. Dentro de poco serían las diez de la mañana. Si no llamaba a T.C pronto, de seguro activaba una alerta nacional enviada por Peter y auspiciada por su abogado.

Pensó en George. ¿Qué hubiese pasado si él hubiese estado allí hace un momento?, se preguntaba ella, apoyando sus manos en la encimera, intentando calmarse. Jamás pensó verse en medio de algo así: ver a una mujer destrozada por amor, por el mismo amor que ahora ella disfrutaba. No se sentía bien y Lenis no quería arruinar el buen estado de ánimo de hace un rato, mucho menos lo bien que George y ella se la estaban llevando. Sin embargo, en el fondo, la secretaria pensaba que sí, efectivamente ya se había arruinado todo un poco.

Mientras corroboraba que llevara todo dentro de su pequeño bolso y se inspeccionaba el maquillaje, se miró en el espejo del baño de huéspedes una última vez antes de salir a la cocina, pensando en lo hermosa que era Cindy, en lo bien que se debería ver al lado de George. No quería, pero ya le daba vueltas la cabeza.

Le marcó a T.C:

“Estoy lista”, a través de un mensaje de texto.

“Bien. Subiendo”, fue la respuesta de su guardaespaldas.

***

—¿Qué haces acá? —preguntó George al llegar a su oficina y ver a su asistente sentada tras el escritorio de recepción.

Era sábado y él solía dejarle libre los fines de semana, siempre y cuando no la requiriese. Y ese día no tenía nada en agenda. O eso creía él.

—Disculpe, señor Miller. Es que… la señora Seda Bastidas me pidió colaboración para enviar unas invitaciones de último momento a algunos miembros del bufete, incluyendo algunos clientes…

—¿Clientes míos?

—No, señor. De otros abogados de la firma.

George recordó que Lenis le hizo mención de Seda pidiéndole esa misma tarea, pero entre todas las cosas que habían sucedido, era obvio que Lenis no pudo ayudarla.

—Pásame la lista de las invitaciones que enviaste, por favor.

La mujer de baja estatura, pelo rubio y una voz casi adolescente, aunque sensual, vestida ese día con un atuendo de ejecutiva sencillo y cómodo, con colores negros y grises, se vio contrariada por la petición de su jefe.

—Señor, disculpe, pero… no tengo permitido revelar la lista de invitados. —Puso cara de circunstancias.

George se quedó estático, sintiendo como un pequeño insulto la negativa de la chica, pero lo pensó rápido y efectivamente ella tenía razón.

Él asintió con resignación y caminó hacia el pasillo que dirigía a su oficina.

—Cuando termines con eso, te vas a tu casa, por favor —comandó Miller.

—Sí, señor —respondió la chica con su rostro bastante enrocecido, apretando los párpados y bufando aire, lamentoso, tras asegurarse estar sola. 

George ya se encontraba sentado tras su escritorio con su laptop abierta, más unas carpetas, revisando la audiencia de Lenis y los informes investigativos que la agencia de Peter le había enviado a través de la app privada que usaban para tal fin, cuando su teléfono móvil vibró con un mensaje de texto.

“Ya estamos fuera del apartamento”, escribió T.C.

“Ok”, fue la respuesta de George.

Miró el reloj, eran ya las 10:00 AM.

Dejó a un lado todo lo que estaba haciendo y marcó un número desde su teléfono fijo.

Al tercer repique, ya escuchando la voz del otro lado, él correspondió:

—El placer el mío, señora Seda. Espero no haberla molestado con mi llamada.

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