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Capítulo 59 tercera parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-24 00:59:57

Lenis asintió, como si no le quedase mejor remedio que aceptarlo todo en ese momento y sonrió para cambiar un poco el sentido de aquella despedida.

—En cuanto tenga oportunidad, más pronto que tarde, entraré a la página web de la organización y me uniré a las charlas de inicio.

Los ojos oscuros de Seda brillaron, Max veía a Lenis con orgullo, aunque con algo de apuro por saber que afuera la esperaban para irse. Efectivamente, el hijo de Seda sintió el vibrar de su celular dentro del bolsillo interno de su smoking negro. Introdujo la mano para sacar su teléfono móvil, pidiendo permiso para tomar la llamada, alejándose un poco de las dos.

—Quiero que cuentes conmigo para lo que necesites —dijo Seda, aventurándose a tomar sus manos y mirarla a los preciosos ojos grises que se alertaron un poco ante el gesto—. Sé, y queda demostrado día a día, que eres una mujer muy fuerte y que merece todo el éxito del mundo. —Empezó a formare un nudo en la garganta de la secretaria—. Me alegra muchísimo que hayas encontrado el amor, pero en vez de felicitarte por haber conocido a un excelente hombre, debería felicitarlo a él por resultar afortunado al conocerte.

Seda hizo una pausa, con una sonrisa sabia en su hermoso rostro.

Soltó a Lenis y miró a su hijo, quien parecía concentrado en la llamada que acababa de recibir, alejándose de ellas un poco más.

—¿Ese jefe tuyo alguna vez dejará de trabajar?

Lenis recuperó la sonrisa abierta que tenía de hace un rato gracias al comentario de Seda Bastidas.

—Creo que va arraigado a su naturaleza. —Lenis giró su rostro hacia él y frunció el ceño al no encontrarle, regresando la vista hacia Seda—. En verdad fue una linda velada, lástima que tengamos que irnos. Será para una próxima vez.

—Tranquila, querida. Nos estaremos vien… —Seda paralizó sus palabras al ver a Lenis mirar con rostro de extrañeza hacia arriba.

La pelirroja giró su rostro completamente para atrás y así poder seguir la línea de visión de la secretaria, cuándo de repente, dos estruendos fueron escuchados por todos los presentes y del techo comenzó a desprenderse el gran telón blanco con las letras e infografía del evento, el cual había sido instalado sobre el escenario.

Luego, dos disparos de un arma y la multitud se desquició.

Los gritos rellenaron cada espacio, mientras que las personas comenzaron a correr al mismo tiempo hacia la salida principal, donde Seda y Lenis se econtraban paralizadas, aún de pie.

—¡Lenis, vámonos! —gritó Seda—. ¡Grant! ¡Grant!

Seda tomó a la secretaria de una de sus muñecas, llamando al jefe de seguridad de su casa, siendo éste uno de los colaboradores del evento.

Pero Lenis logró zafarse del agarre. Por alguna razón inexplicable, también logró esquivar cada choque que las personas le hacían al pasar a su lado buscando salvarse.

—¡Lenis! ¡Mamá! —gritó Max intentando llegar hasta ellas, yendo conta la marea de personas que corrían sin parar, amontonándose frente y alrededor de él.

George esperaba en su carro mirando el reloj. T.C de pie frente a la puerta de copiloto, mirando hacia la entrada y hacia el vehículo que él usaba, el cual dejó encendido y con la puerta del piloto abierta, esperando impaciente porque él se montase.

Entonces, escucharon un raro y lejano estruendo y luego dos disparos.

El abogado apartó de súbito la cara de la pantalla de su celular (el cual había sacado para llamar a Lenis y apurarla) y miró directo a la entrada principal.

No le dio tiempo siquiera a salir del vehículo, cuando ya las personas, como hormigas enloquecidas, corrían alejándose de la vivienda.

George desató el cinturón de seguridad, alcanzó la guantera, la abrió y sacó un arma de allí, quitándole el seguro.

Salió por fin, corriendo velozmente hacia la entrada, yendo contra la marea también, sin importarle nada.

—¡Quédese afuera! —comandó T.C a un enloquecido George.

—¡Lenis está adentro! —gritó de vuelta, con rabia, gesticulando con las manos, incluyendo la que iba armada, señalando el interior. 

La seguridad se armó en cordón y logró redirigir a la masa de personas, pero Lenis no aparecía por ningún lado.

El abogado estaba desesperado. No dejaba de mirar hacia el interior, corriendo entonces hacia la parte del jardín para lograr entrar.

Lenis caminaba hacia adelante, el resto de las personas se dirigían al costado izquierdo de ella, pasando como ventarrón sin afectarle demasiado.

«¿Dónde estás?», se preguntaba mentalmente. «¡¿Dónde estás?»

Apretó el paso, sin prestarle atención a nada ni a nadie. Ni siquiera siguió observando el gran cartel caer como en cámara lenta sobre un escenario ya carente de personas. Ella solo caminó y caminó, con la mirada afilada, casi rayos equis puestos sobre cada cosa, sobre cada pared, cada muro, cada sombra o rincón escondido a los ojos primarios, detallando en ida y vuelta todo lo que le rodeaba, agudizando los sentidos como si se tratara de un animal con más allá que sentidos naturales, más bien superpoderes que desde el fondo parecían reclamar su pronta función.

Lenis cruzó todo el espacio detrás del escenario, divisando un pasillo que ella no tenía idea de hacia dónde la podía dirigir, pero que nadie buscaba para escapar. Presintió que aquel podía ser el lugar donde su enemigo número uno estaría escondido.

La fuerza que movía a los pies de Lenis era desconocida hasta para ella misma. Solamente podía pensar una y otra vez: «¿Dónde está él? ¿Dónde estás?», buscando desesperadamente al hombre que la había perseguido en varias ocasiones en su vida, el mismo que la encerró y que aún pretendía volver a hacerle daño, costase lo que costase.

Se sentía cansada, la rabia bullía dentro de ella y se mezclaba con ese mismo hartazgo que parecía hacerla levitar rápidamente hacia el frente y sin mirar atrás.

Entró al pasillo.

Detrás de ella aún se accionaba el bullicio y la locura.

El silencio, haciendo que el resto del ruido quedara camuflado, la cubrieron toda y decidió entonces caminar lento, respirando acelerado, con su bolso de mano bien sostenido por sus dedos y el corazón a mil por hora.

Un ruido llamó su atención, pero no le dio tiempo girar.

Un brazo —que parecía musculoso— la interceptó desde atrás, rodeando su cuello e intentando apoderarse del control de su cuerpo.

Pero Lenis no dejó fácil la situación. Comenzó a gritar fuerte, cada vez más fuerte.

Empujó a su agresor, sea quien fuese, hacia atrás con toda la potencia que logró reunir.

De inmediato se volteó, pero un estruendoso golpe en la mejilla la impulsó hacia un lado, haciéndola chocar contra la pared del pasillo y gritando por el dolor que aquel estacazo dejó en su rostro.

Desde el suelo, pudo mirar a su agresor elevando mucho la mirada. No conocía a ese hombre: de cabello negro, creía ella, gracias a la poca iluminación del pasillo.

El reciente combate la dejó un poco aturdida, por lo que no pudo detallar bien la fisionomía del sujeto.

En su gran altura, aquel se acercó a ella para seguir amedrentándola, pero Lenis cobró fuerzas y sin previo aviso, lo sorprendió clavándole con todas sus fuerzas un cuchillo entre el tobillo y la pantorrilla derecha.

—¡¿Dónde está?! —le gritó ella, viéndolo caer y retorerse de dolor.

Lenis, respirando demasiado acelerado y enseñando los dientes por el esfuerzo de la puñalada, sin soltar el arma, retorciéndola aún más, causando mucho más dolor, siguió interrogando a su —ahora— víctima.

—¿Dónde está tu maldito jefe? ¡Dímelo!

El hombre se quejaba del profundo dolor, sin poder responderle nada de lo que ella quería saber.

—¡Jodida zorra! ¡Vas a morir hoy!

Lenis mantuvo con una mano el cuchillo dentro de aquel sujeto, quien empezaba a soportar el dolor para jugar contra ella y así poder quitarse el arma de su pierna.

Lenis actuó rápido. Revisó velozmente al sujeto hasta encontrar un arma en la parte de atrás de su pantalón y dentro de la pretina, arrebatándosela, quitando el seguro y apuntándolo.

—Dime… ahora mismo… dónde diablos está Jefferson. —El sujeto la miró con la respiración entrecortada y el rostro arrugado por la terrible sensación de su pierna herida—. Vas a contestarme en tres… dos…

El hombre debajo de ella miró a un lado y se echó a reír, poniendo la piel de Lenis de gallina.

—¡AHHH! —Unas manos sin piedad la tomaron del cabello, halaron hacia atrás su cabeza y la arrastraron, como cavernícola, hacia un lado, como si ella se tratase de un trapo, levantándola de improviso haciendo que, con el brusco movimiento, pisase el bajo de su vestido con sus sandalias y rompise la tela—. ¡Suéltame! ¡Suéltame! —siguió gritando, removiéndose, intentando zafarse de las garras que la alejaban del hombre ensangrentado y la alejaban de todo el bullicio hacia lo más profundo de aquel pasillo. 

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