LOGINLa sala de estar de la casa de Seda estaba en absoluto silencio, a excepción del repiqueteo constante del zapato se George contra el suelo.
El abogado apenas escuchó las conversaciones que se suscitaron frente a él luego de todo por lo que pasó. Su mente se había estancado en la última imagen de Lenis.
La mujer, su mujer (bien definido en su cabeza) se clavaó en cada retina. Y sus gritos, sus movimientos en defensa mientrar era arrastrada, se incrustaron, como estacas, en su memoria.
El pecho apretado tenía su razón de ser. La preocupación había creado una coraza enorme sobre sus hombros y una mezcla de impotencia, rabia, tristeza y culpa se hacían batido en su interior solamente para ser disfrutado por la angustia que le carcomía.
Sentado en un sillón monoplaza de la lujosa mueblería de aquella casa, sin el saco del smoking y mucho menos la pajarita, usando solo el chaleco y la camisa, algunas horas después de lo ocurrido, ya con el lugar vacío de invitados, pero repleto de equipo de seguridad, funcionarios de la policía local y algunos trabajadores súbditos de Inteligencia Nacional, George J. Miller, con los codos sobre sus muslos, inclinado hacia adelante y con la barbilla descansando sobre sus manos entrelazadas, concentración pura, no paraba de pensar, pensar, pensar, canalizar, dejando a un lado de su pantalla mental lo sucedido, tomando de ella detalles de lo que había visto y buscando en su cabeza un mapa, alguna guía que le indicara de alguna manera qué pasos dar, por dónde buscar a Lenis.
Pensar y pensar, estudiar el panorama tratando de que la desesperación no lo llamara.
—George —Seda le habló, enseñándole una taza de té—, tómate esto, te relajará.
—No me va a rodar —dijo su voz en automático, sin despegar la mirada de ese mapa mental que formalizaba frente a sus perdidos ojos.
Seda miró a Maximiliano, quien estaba sentado en otro de los sillones de la sala, con celular en mano, esperando alguna información de Peter.
Max le hizo señas a su madre para que no insistiera y que lo dejara tranquilo, por lo que Seda, con rostro de prepcupación, asintió y se sentó en otro mueble, no muy lejos de los dos, que la acompañaban.
—¿Ha llamado Peter? —preguntó ella a su hijo en un susurro.
Max negó con la cabeza.
—¿No han podido sacarle nada a la idiota de Cindy? —intervino Seda otra vez.
Y Max volvió a negar, apretando la mandíbula luego de un suspiro.
—Peter tiene trabajo doble. Tendrá que reeplantearse la nómina. Y sabiendo lo estricto y paranoico que es, La Nave debe estar temblando ahora mismo.
Seda frunció el ceño al escuchar la frase "La Nave", pero no quiso preguntar nada al respecto.
Maximiliano sentía bastante tensión en su cuerpo y algo de culpa por haberse alejado de ellas dos, además de la razón de haberlo hecho: una llamada de alguien que parecía querer distraerlo, diciéndole que en las oficinas de su consorcio estaba sucediendo algo de mucha gravedad.
—Todo era una jodida distracción... —exhaló Max para sí mismo, intentando con eso comprender la situación.
—Shhh, habla en voz baja —demandó su madre, señalando a George con su cabeza.
—Él no está escuchando, mamá. —Ella frunció el ceño, mirando al abogado, luego a Max—. Él no tiene la mente en nosotros dos, tenlo por seguro.
Hubo un momento de silencio, aunque el repique del zapato del abogado seguía intacto.
—No entiendo cómo pudo esto suceder —opinó la mujer—. Si Peter tiene gente en todos lados, ¿cómo es que aún no han dado con ellos? Si salen del país, es lógico que los pillen mas rápido, ¿no es así?
Max exhaló aire de nuevo y negó con la cabeza.
—Peter puede tener contactos en las autoridades, pero Jefferson tiene inmunidad, además del cargo y el poder para movilizarse a su antojo. —Miró a George para corroborar que no se equivocaba y su amigo sí que se había ido a otro plano—. Supongo que esa era una de las razones por las cuales Lenis no invirtió tiempo en salir del territorio nacional, sabía que él la encontraría más fácil si así lo hubiese hecho. Pernoctar justo en la ciudad aledaña..., fue un buen movimiento de su parte.
—Ella le había dicho a Jefferson que odiaba esta ciudad —interrumpió el abogado, haciendo que Seda y Max dejaran de respirar momentáneamente—. Lenis convenció a ese sujeto de odiar esta metrópolis porque, según ella, tuvo una mala experiencia en un viaje que hizo con su madre cuando niña. —El abogado se tomó una pausa—. El tipo le creyó. Y le siguió creyendo, durante casi un año, todas las veces que ella le dijo que lo amaba. —George tragó pesado al decir aquello—. Lenis tiene ese poder en él, pero no fue suficiente. Jefferson se hartó y lo consiguió.
Seda y Max se miraron, la pelirroja a punto de volver a llorar.
—Ella estará bien —dijo la mujer—. Lenis es muy inteligente, conseguirá que él no le haga daño y Peter la encontrará muy pronto, confía en eso.
George volvía a perderse entre esas líneas trazadas y palabras escritas sobre su pizarra mental, la misma donde formalizaba un plan que le llevase por el camino correcto.
El abogado la miró al escucharla sollozar y culparse nuevamente de lo sucedido.
—¿Por qué está llorando? Usted no tiene la culpa. —Seda le miró entre sus lágrimas—. Estuve así de rescatarla de las manos del imbécil de Donald. Así. —Él Gesticuló con una mano al decir aquello.
Cerró los ojos y volvió a abrirlos, negando con la cabeza. Miró a Max y comenzó a decir todo lo que pensaba en voz alta, como si le hablara a él o a Seda, pero diciéndose cada cosa.
—Tenían las camionetas atrás. Ella logró herir al hombre que traicionó a Peter. Tomó un jodido cuchillo de una mesa, porque sabía a lo que se enfrentaba... ¿Cuándo…? ¿Cuándo supo ella exáctamente que debía armarse? ¿Por qué no salió huyendo de allí? —Se restregó la cara con una de sus manos, sintiendo crecer su desesperación—. Se la llevó en un jodido helicóptero… —siguió lanzando al aire—. Por supuesto que sí. Mejor que un avión. Ya deben estar fuera del país.
Entre todos sus pensamientos, algo más logró colarse.
Miró a Maximiliano nuevamente.
—¿Hay alguna posibilidad de que Smith y Ferit sigan manteniendo contacto, de que sean aliados?
Max frunció en ceño, pensativo ante la pregunta.
Diría alguna cosa, pero sus palabras quedaron dentro de su boca al ver a George tomando su teléfono móvil de la mesa baja (donde lo había colocado) y marcar un número.
Esperó que contestaran y sin saludar, comenzó a hablar:
—Peter, escúchame bien. No supimos cuándo Ferit salió exactamente el día del exilio. Algo nos distrajo en ese momento, no recuerdo ahora qué. Tal vez la hora de salida, o lo intempestiva que fue, pero resultó excelente para escapar sin dejar rastro aquella vez.
George escuchó algo que le dijo Peter.
Un "al grano, Miller" ayudó a que el abogado culminara con su teoría.
—Jefferson usó la misma estrategia del turco para escapar. Y la distracción fueron los disparos y las llamadas, como la de Max; además de comprar a tu hombre... —Peter lo interrumpió y George hizo como si no le hubiese escuchado—. ¿Cuánto es lo máximo que vuela un helicóptero? Investiga, porque lo más probable es que no sea tan lejos de aquí y que Smith haya llevado a Lenis a ver a su madre y a su padrastro.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







