INICIAR SESIÓN—Jefferson —susurró—, por favor, desátame. Prometo no intentar nada. Además, sé que evitarías a toda costa que yo haga algo…
—Shhhh —silenció, con un dedo en los labios femeninos, haciendo que ella se encogiera—. Pronto sabrás todo. —Siguió sobando su brazo, luego sus senos, provocando que la mujer tragara grueso—. No he tenido otra salida que venir hasta aquí. —Ella frunció el ceño—. Puede que te sorprenda, puede que no… No lo sé. —Agregó más dedos a los toques, pasándolos por su boca, por su herida, sobre la coloreada mejilla, para luego volver a bajar hacia sus senos y bajar y bajar, hasta su entrepierna.—Podemos hacer el amor si tú quieres —apuró a decir ella, firme, deteniendo el rumbo de la mano masculina que iba directa el sur de su cuerpo—. Sé lo que te gusta, sé que puedo complacerte, pero desátame. Sabes que yo cumplo mis promesas…—Dijiste que me amabas, lo juraste. Me prometiste que jamás te irías de mi lado, me engañaste con esa historia falsa de tu infancia… —Jefferson, me estabas golpeando demasiado. Los golpes duelen mucho, ya no aguantaba, entiéndeme —intentó ella razonar con el rubio, a través del único idioma él podía comprender. Smith tomó el mentón de Lenis con dos de sus dedos, sosteniéndola fuerte para poder mirarla bien y que ella pudiese verlo a los ojos sin perderse de nada. No habló de inmediato, estudiando el gris de aquellos ojos, que para él, seguían siendo mentirosos y perversos. —Lisa, no me diste ninguna otra opción. Me desobedecías a cada minuto, tenía que hacerte enteder cómo eran las cosas...Ella respiraba con dificultad. Efectivamente, él parecía molesto por algo y allí estaba, en sus oscuros ojos, en la manera que le hablaba… Él la separó un poco sin soltarla de la barbilla y miró su cuerpo entero con lascivia, y de esa forma, inhaló y exhaló aire, sintiendo ella ese gesto como una puerta caliente e infernal que se abría, infinita y que no prometía nada bueno.—Siempre has estado buena, Lisa. Demadiado deliciosa, demasiado divina… Él mordió sus labios, mientras ella arugaba el rostro, batallando de nuevo con los nervios y las ganas de llorar.—Jefferson…Él la acercó de súbito y plantó un beso en sus labios. Colocó ambas manos en su nuca y apretó las bocas por un par de segundos, hasta separarla y echarla sobre la cama.—¡Jefferson! —gritó ella—. Escúchame, por favor…Él se abalanzó encima, tapándole la boca con su mano derecha, mientras con la izquierda tocaba los labios inferiores del bello y tembloroso cuerpo de Lenis Evans. La secretaria apretó las piernas, atrapando la mano, que fue ayudada a la fuerza por la otra a separarse, comenzando él la batalla contra los bruscos movimientos de Lenis por no ser tocada de ninguna forma, estando ella de lado para no aplastar sus manos que permanecían atadas a su espalda, una férrea lucha ella por liberarse a toda costa.—¡Jeff! ¡Jeff, Jeff! —lo llamó ella, como algunas veces hizo durante su matrimonio, antes de que la cruda realidad cayera sobre sí. Ella necesitaba traerlo de vuelta, sabía que él se estaba ausentando de ese lugar, yéndose a un sitio oscuro en su mente.—Jeff, cariño, por favor, me estás haciendo daño.Él ya había introducido dos dedos en su interior y los intentaba mover hacia adelante y hacia atrás con rabia, indetenibles.—Amor, mírame, por favor, soy yo, tu mujer, tu Lisa… ¡Jeff! —La voz se le quebró—. Por favor… —el llanto ganó la batalla—, te lo pido, para, por favor, detente.Él aplastó, con su cuerpo, el de ella, debilitándola, imposibilitando cualquier escape, mientras desabotonaba su pantalón color beis y sacaba su miembro erecto. Lenis intentó ver su rostro y al lograrlo, divisó concentación y una mirada que parecía perdida.Aquel que la estaba obligando a abrir las piernas con rodillas y manos, ya no era el asesor del gobernador, ni su ex esposo maltratador, tampoco el engañador, corrupto o rebelde hombre de negocios.Quien acomodaba su miembro erecto a la fuerza en sus partes íntimas, quien no atendía a los gritos y llantos de Lenis Evans, era alguien peor que todos aquellos cargos juntos. Alguien siniestro que Lisa Diaz conoció hace tiempo y por quien luchó para no volver a ver.—¡No, por favor! ¡No, por favor! Jeff… Jefferson, no lo hagas… —El miembro entró—. ¡NO! —Llanto, fuerte llanto, descomunal—. No, no, no…El miembro entró y salió, sin entender a súplicas ni sequedades, adorando la presión y el rechazo de una cavidad que evidentemente no le daba la bienvenida.—¡Nooo! Por favor, para…, detente…—¡Quita tu asqueroso cuerpo y tus malditas manos de encima de ella, hijo de puta!Alguien había entrado a la fuerza a la habitación, callando el ruego de Lenis de súbito.—¡Retira tu sucio cuerpo de Lenis!Las manos enguantadas de un sujeto tomaron a Jefferon por el cabello y lo lanzaron hacia atrás, haciendo que Lenis se arrastrara hacia un lado del colchón, intentando cubrir sus partes íntimas a como diera lugar.Lenis no quitó la mirada de su ex esposo, arrodillado en el suelo con su miembro fuera, quitando la mirada endemoniada de ella, al ser obligado a mirar para abajo. Hombres, varios hombres, todos vestidos de negro, con máscaras del mismo color que cubrían por completo sus rostros, usando distorsionador de voz, armas largas y trajes de fuerzas especiales, dominaron la habitación por completo, mientras uno de ellos se acercaba a ella sin dirigirle la palabra, tomándola en brazos para sacarla de allí cargada, de inmediato.—Puedo caminar —declaró Lenis en un hilo de voz, la garganta le dolía—. Puedo caminar —repitió, safándose de aquel desconocido, que asintió luego de un segundo, entendiendo lo que ella había dicho, accediendo a tal petición, ayudándola entonces a estabilizarse de pie y saliendo juntos hacia la luz del sol. Antes de atravesar el umbral de aquella incierta habitación, uno de los hombres lanzó, desde un punto de la recámara y hacia el sujeto que había intentado sacar cargada a Lenis, una toalla blanca que sacó del tocador. Quien atrapó la tela, asintió y se la ofreció silenciosamente a Lenis, para cubriera con ella todas las partes corporales que la prenda de ropa dorada revelaba. Además, con un dispositivo filoso, desató las manos de la secretaria, quien rápidamente tomó la toalla y la colocó encima de sus hombros, cerrándola en el frente al unir dos de sus esquinas. Lenis y el sujeto caminaron rápido hacia el frente. Sin embargo y a pesar del apuro, ella pudo ver que atravesaban un patio con pisos de concreto y varias cabañas con tejados que parecían recién puestas allí, pegadas unas a otras, con puertas y ventanas pegadas unas a otras también, con aires acondicionados que sobresalían de algunas estructuras, entendiendo ella que el frío que sentía allá adentro no era por clima, sino por un aparato encendido, sintiendo ahora el choque de un calor sofocante, el cual la golpeaba por todas partes junto a un ardor en los pies por los rayos del sol chocando contra el piso. El ardor no era nada para Lenis, el calor tampoco lo fue. Ella no quería conocer a la persona que había quitado, con sus manos armadas y férreas demandas, al endiablado hombre que estuvo ultrajándola segundos antes. Lenis solo quería salir de allí sin mirar atrás, solo eso. Escapar y escapar de nuevo. Escapar de lleno. Irse ya. El suelo cambió, de piso a pasto verde, picoso y con olor a riego. El clima se puso violentamente fresco por el viento que unas sonoras aspas comenzaban a sonar, rellenando de bullicio toda la redonda. Otro helicóptero que la transportaría, solo que esta vez, a su salvación, lejos de aquel infierno al que la habían sometido. Rápido, ella fue ayudada por otro hombre vestido de la misma forma que los demás, desde el interior del aparato. Lenis subió el alto escalón, gruñendo por el esfuerzo y respirando acelerado, con la boca seca. El aparato se alzó en vuelo y salieron velozmente de allí. El hombre que la había ayudado a salir debajo del cuerpo de Smith y de la recámara, se quedó en tierra, haciendo señas hacia el piloto con el pulgar arriba y regresando en trote hacia la serie de cabañas que acababan de atravesar. Lenis, con los ojos bien abiertos y sorprendidos, miró cómo la estructura se empequeñecí a medida que alzaban vuelo, dándose cuenta —en segundos— que se encontraban entre palmeras, gramas, animales de corral, establos y algunas montañas. Hablaban por la radio en códigos que ella no entendía. Le habían puesto una manta gruesa encima y unos audífonos con un gran micrófono frente a sus heridos labios, además de ayudarla a abrochar unos gruesos cinturones de seguridad.Todos esos movimientos no evitaron que ella dejara de ver hacia abajo, observando cómo el mar aparecia ante sus ojos, arrugando mucho la cara mientras su cerebro intentaba ubicarla en espacio y tiempo. —Ya estás a salvo —le dijo el sujeto que la ayudó a subir. Ella giró su cara hacia él, estática, sin saber qué decirle. Entonces, el hombre retiró sus audífonos y abrió por un costado la extaña y profesional máscara de inteligencia que cargaba puesta, descubriendo una barba de varios días y —como golpe de acero— unos emocionados ojos miel por verla allí consigo. Las manos de Lenis volaron hacia el cinturón de seguridad…—No, no, no, no te lo quites. Luego de liberarse, los audífonos cayeron a un lado y al levantarse, la manta gruesa quedó atrás en el asiento de ese helicóptero y de esa manera, se lanzó a los brazos de ese hombre que, preocupado, insistía que se quedara donde estaba. El abrazo y los besos llegaron… Besos uno tras otros, muchos besos. Llanto, dolor en el pecho, fuerte llanto. Las masculinas manos enguantadas la sostuvieron fuertemente contra sí y no la soltaron en ningún momento y de ninguna forma, ni siquiera cuando la nave que los transportaba, tocó de nuevo tierra firme.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







