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Capítulo 64

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-04-29 17:16:51

—El día que conocí a Lenis Evans, ese día que entró por primera vez a mi oficina en el consorcio —le decía Maximiliano Bastidas a George, ambos sentados frente a frente, en los sillones de la sala del apartamento del abogado ubicado en plena ciudad, cerca del bufete—, quedé bastante impresionado. —George despegó sus ojos del trago de Wishky que se estaba bebiendo para mirarle—. No me veas así, ella es demasiado hermosa. De entrada, puede quitarle el aliento a más de una persona.

George suspiró y siguió mirando el vaso, escuchando a su amigo. El hielo removido, las respiraciones y las voces de ambos, eran el único ruido en la estancia. 

Ya era de noche, Lenis se encontraba en la habitación principal, estaba dormida. Una doctora que había ido a verla, le había suministrado un calmante para que lograse conciliar el sueño; algo que a la secretaria le hacía muchísima falta. 

Cuando el helicóptero tocó tierra, George J. Miller tuvo que colocarse de nuevo la máscara y, siendo parte de la operación como un agente más, sacó a Lenis de la nave, bajando las escaleras rumbo al apartamento; al mismo piso que él le había mencionado a ella en una ocasión cuando le explicó que era allí donde verdaderamente vivía, y no en el complejo a las afueras de la metrópolis. 

El edificio era uno de los tantos con helipuerto en su parte superior, por lo que era perfecto yde ese modo no tuvieron que introducirse en un nuevo vehículo o algo por el estilo. 

Cuando el helicóptero se retiró, y tanto Lenis como el abogado estuvieron dentro del edificio, él se quitó de nuevo la máscara y caminaron hacia el apartamento. Él, con una Lenis determinada a seguir caminando descalza y con lágrimas mojando su cara, un pañuelo al rededor de su cuello, marcas en las muñecas, ya que el amarre había sido con un grueso y apretado tirraje, y un babydoll que no cubría nada. 

La prenda de ropa tenía encima manchas raras, como pequeños mojados que él ni siquiera quiso ver. 

Entraron. 

Él automáticamente dejó la máscara a un lado de la puerta, en el suelo. Ella miró el interior, seria, pero se dejó dirigir en todo momento. 

George se quitó el traje superior, desatando cinturones y el chaleco antibalas, dejándolo sobre la encimera de la cocina, la cual estaba de paso desde el asensor privado en el que entraron. 

La llevó de la mano hacia el pasillo de habitaciones, pasando frente a una bonita y lujosa sala de estar, entrando a una recámara amplia, forrada de ventanales de piso a techo.

Entraron al tocador, mostrándose como un gran espacio lleno de lujo. 

George abrió las puertas de vidrio corredizo de la ducha y la bañera. Giró el grifo con una Lenis a su lado y de pie, viendo cómo él probaba la temperatura del agua, luego se acercaba a ella y con cuidado le desataba la pañoleta que llevaba alrededor de su cuello, lanzándola sobre la tapa de la papelera ubicada al lado del inodoro, y poco a poco fue sacándole esa bata casi transparente de color dorado del cuerpo. 

Lenis alzó los brazos como pudo, arrugando el rostro por el dolor de hombros, tapando inmediatamente su desnudez con los brazos, sorprendiendo y asustando mucho al abogado al momento de ver dicho movimiento, acompañado de nuevas lágrimas y nuevos sollozos: agua salada que emanaba como río, mientras ella se dejaba hacer de él y entraba al espacio de la ducha y colocaba su cuerpo entero bajo la fuerza del agua. 

George se desnudó completamente y muy rápido. Luego, ya dentro del gran cubículo, dejó que ella llorara, mientras ella misma pasaba sus manos por su cara, como si intentase secar las lágrimas sin importarle que sobre su rostro caía agua sin cesar. 

Él no sabía muy bien qué hacer, decidió entonces seguir sus instintos. Acarició su cabello desde atrás y la abrazó fuerte, cerrando los ojos y mojándose él también, percibiendo, bajo sus brazos, el batir del cuerpo de Lenis tras su llanto, empezando a sentir un fuerte nudo en la garganta, abrumador y terrorífico, al verla así de mal, sufriendo por algo que él aún no sabía qué había experimentado dentro de aquellas infernales paredes. 

George sentía su dolor y su adrenalina siendo liberada allí junto a él, pero comprendiendo muy bien que él mismo no podía acercarse a lo que ella podía estar sintiendo en ese momento. 

El abogado George J. Miller, horas después de ese baño, bebiéndose su trago del líquido ambarino junto a su amigo, recordaba con nuevas ganas de llorar (como nunca antes, o como pocas veces en su vida), lo que Lenis le había dicho bajo la ducha. 

Cerró los ojos y negó con la cabeza, la cual llevaba inclinada hacia dos de sus dedos, colocados ellos sobre su barba y labios, recordando y recordando, sintiendo fuerte de nuevo la presión en su pecho. 

Volvió a trasladarse bajo la ducha, con su novia arropada por sus brazos, empapados los dos por agua tibia que intentaba reconfortarlos. 

Ella respiró profundo para poder calmarse. Se giró poco a poco, separándose de él momentáneamente para lograr su giro y lo miró a los ojos, aunque no por mucho tiempo.  

Él esperó paciente por lo que ella intentaba decirle, colocando sus manos al rededor de su cara, detallando los golpes en su rostro, con los dientes apretados y respirando con dificultad. 

Ella volvió a tragar grueso antes de emitir alguna palabra. Y las mismas, fueron lanzadas allí, pastosas por el llanto y los gritos, sintiendo ella de nuevo dolor en la garganta. 

—Lo siento mucho, quise evitarlo. —Él frunció el ceño, sin comprender de qué hablaba ella—. Él... Él logró penetrarme. —Lo miró a los ojos una vez más, para luego dejar caer la vista hacia el remolino de agua alrededor de sus pies.

George dejó de respirar justo después de ella decir eso, pero de inmediato, alzó su cara para que le mirase de nuevo. 

Entró en el gris. 

La miel se metió dentro de ese poderoso gris, rodeado de rojo en ese instante. Gris lleno de vergüenza y dolor. 

—Te amo, Lenis —sacó sin más. 

Luego, la abrazó fuerte, enterrando ella su rostro en el pecho musculoso de él, camuflando sus próximas palabras con el agua y la piel:

—Yo también te amo. —Lanzado con un fuerte sollozo que él sostuvo, apretado y protector, quedándose ambos así hasta que eventualmente se separaron, para él curbrir a Lenis con jabón líquido, darle masajes con la perfumada loción, enjuagar, cerrar la mampara y salir de la ducha, ayudando a Lenis a colocarse un albornoz blanco y llevándola a la habitación para que se acostase. 

Él, con una toalla al rededor de su cintura, se sentó en el suelo para estar bien cerca de ella y hacerle leves caricias en su rostro para ver si eso la dormía.

—Quiero que llames a un doctor —pidió ella—. Estoy segura que no lograré dormir rápidamente, voy a necesitar un medicamento.

Él asintió y dándole un beso en sus labios, se levantó e hizo lo que ella le pidió. 

George, de vuelta frente a Max, se removió en el asiento y absorbió por la nariz, secando su rostro rápidamente con el dorso de su pulgar, luego con la yema de sus dedos, aplastando su nariz y carraspeando la garganta, bebiéndose un trago más.

Maximimiano no dijo nada al respecto, lo estaba viendo llorar desde hace rato, no le haría sentirse apenado por nada del mundo, sin embargo, ver a su abogado así, solo podía decirle que lo vivido había rebazado una línea en su vida, y que su secretaria había experimentado algo muy negativo en aquella finca. 

—Lenis llegó a mi oficina con ganas de trabajar, curiosa y un poco temerosa, pero estaba dispuesta a aprender. Y cuando le di el trabajo... —Max sonrió—, se alegró mucho. No lo demostró, pero todas las cosas, todos los objetos en mi despacho se iluminaron.

La zona donde ellos se encontraban quedó en silencio de momento.

George no quería tan siquiera preguntarle por qué le decía todo eso. Estaba cansado, muy cansado. Adolorido en cuerpo y alma. Solo lo dejó hablar. 

Entonces, Max se levantó, preparado para retirarse, pero antes, le dijo algunas palabras más:

—Lenis ha vivido de nuevo la oscuridad, pero ella es luz. Saldrá adelante y tanto tú como yo, y Peter también, nos aseguraremos de que esa luz no se apague. —George lo miró, apretando la mandíbula, batallando con el renovado nudo en la garganta—. Llámame para lo que necesites. No lo dudes. —Asintió, mirando los ojos de su amigo, y se dio media vuelta para irse y dejar a la pareja descansar, solos, en aquel apartamento.

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