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Capítulo 66

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-05-02 02:37:51

—Mi cliente no tiene derecho a responder sin mi presencia —decía Adam Coney, entrando a la sala de interrotagorios con su gran altura, cabellos castaños bien peinados, perfume de marca, buen porte y traje de ejecutivo de color azul oscuro y a la medida. 

Asintió hacia Jefferson y se sentó en una de las sillas al lado suyo, al otro lado de una mesa gris, la única del lugar y que combinaba con todo lo demás: paredes, sillas y puertas, también grises. 

Jefferson no llevaba esposas puestas. Iba vestido de civil, aunque con prendas deportivas que se le habían proporcionado en La Nave, sede principal de la agencia de Peter, las cuales consistían en franela cuello en V color blanco, al igual que el holgado pantalón de pijama y los zapatos de goma sin cordones. 

Coney y dos agentes de Peter Embert lograron cumplir una hora completa en la sala de interrogatorios perteneciente a una de las cárceles de Inteligencia.

La hermosa agente J.T, en representación de la sede de la ciudad, junto a otro agente de cabellos rojos como el fuego apodado M.C (abreviación de Mitch Cambell), quien ya pisaba los cincuenta años y estaba apunto de jubilación, y quien representaba la sede de Peter en la capital y había viajado hasta allá en vista de la desaparición de uno de sus hombres, eran los encargados de interrogar al ex asesor del gobernador, Jefferson Smith, también ex esposo de Lenis Evans (o Lisa Díaz, ya que así se había emitido siempre ante la ley). 

El primer traslado de Smith se hizo realidad, demostrando con eso y más, el alcance de la influencia de su abogado.

Coney logró sacarlo de las inmediaciones clandestinas que pertenecían a Embert, hacia el edificio de Inteligencia, y consiguió que su cliente fuese retenido en una oficina de la edificación, más no en una celda, antes del traslado oficial hacia la cárcel para políticos ubicada en una de las islas pertenecientes a la nación, irónicamente, cercana a la misma donde fue capturado.  

Jefferson hablaba poco por consejo de su abogado. Ya había transcurrido semana y media desde que Peter lo obligó a separarse de Lenis en aquel cuarto recién construido por, al parecer, la gente de Turgut.

Mientras J.T hacía las preguntas nuevamente, los tres jefes observaban todo desde el otro lado de la pared a través de un espejo unidireccional, en silencio, con sus rostros serios y estudiosos, prestando toda la atención a lo que sucedía en aquella sala. 

—Señor Smith, por orden judicial, le recuerdo que este interrogatorio y todos los siguietes, serán grabados como parte de una investigación avalada por la jueza Margarez Barder.

J.T, la agente de descendencia india, mezcla de rasgos europeos, era quien hablaba y explicaba los documentos que llevaba consigo. 

Ella dirigió su rostro hacia el abogado Adam Coney, sintiendo cómo la mirada de hierro y con una calma extraña caía sobre ella, quien era experta en evadir cualquier lanza que fuese lanzada en su contra. Si J.T hacía algo bien, era evitar la intimidación.

—Señor Smith —ahora ella sí lo miró a él—, usted ha sido acusado de violación y secuestro de la señora Lisa Díaz, recientememente su ex esposa.

George inhaló y exhaló con aprehesión justo después de escuchar los cargos, botando lentamente el aire por la boca sin hacer demasiado alarde de su gesto para no hacerse notar, pero lo que él no sabía era que la tensión que llevaba encima, claramente se veía reflejada en toda su anatomía: con las manos en los bolsillos de su pantalón siendo empuñadas dentro de ellos, se marcaban las venas de sus brazos y aumentaba la proporción de su ancha espalda y sus hombros. 

Él se encontraba de pie en medio de Peter y Max. El primero, y jefe de quienes interrogaban, seguía observando la escena en desarrollo con los brazos cruzados frente a su pecho, mientras Maximiliano, ubicado del lado derecho, checaba a Miller de reojo de vez en cuando, preocupado por él, sobre todo luego de escuchar los cargos a los cuales había sido imputado Jefferson Smith. 

J.T continuó:

—El Departamento de Justicia de la nación maneja las evidencias que la dirección de Inteligencia Nacional ha proporcionado. Para la fecha, se propone una rebaja de la pena si usted colabora con la ley y con el avance de nuestra investigación. —George frunció el ceño, tal pareció que la miel de sus ojos cobrara un inusual color rojo—. Sigamos con el interrogatorio. —Miró de nuevo a Coney para regresar su vista al imputado.

—Señor Smith —intervino M.C—, ¿podría decirnos por qué los agentes de Inteligencia han realizado su captura en una propiedad a nombre del extraditado Ferit Turgut?

Smith acercó su boca al oído de su abogado, quien evitó bufar y asintió. 

—Él me la cedió. Solo estaríamos allí un par de días —respondió Jefferson.

—¿Dónde se encuentra el señor Turgut? —preguntó el pelirrojo.

—No lo sé —respondió el interrogado, sereno, demasiado tranquilo.

—¿Desde cuándo mantiene contacto con Turgut?

—Nunca perdí contacto con él —le respondió al agente. 

—¿Cómo se comunican?

—A través de terceros —le dijo a M.C.

—¿Quiénes son esos terceros? 

—Empleados de él, no los conozco. 

—¿Podría describirlos ante un artista forense?

Jefferson no respondió. 

—Responda la pregunta —intervino J.T. 

—Mi cliente no tiene obligación de responder esa pregunta —categorizó Coney—. ¿De qué va esta investigación, agentes? Tenemos entendido que el señor Ferit Turgut ha sido legalmente exiliado de este país. El hecho de haber prestado una vivienda a mi cliente, no debería ser relevante para este interrogatorio…

—Nos sorprende que no esté enterado, señor Coney —habló J.T—. Podemos entender que el imputado acá presente no maneje novedosa información. El señor Smith, al parecer estuvo muy concentrado en ejecutar su plan de secuestro y salida del territorio nacional. Debemos Mencionar los días que lleva detenido, pero usted, abogado, es sorprendente que no sepa… 

—No soy yo el interrogado, pero a ver, ¿de qué no estamos enterado mi cliente y yo?

—De la confesión que ha realizado el gobernador sobre la legalidad de dicho exilio. —J.T abrió la carpeta que ella había colocado sobre la mesa y la arrastró lentamente hasta Coney—. Como podrá leer en los documentos, el ex gobernador está siendo también imputado, en este momento, por actos de corrupción y malversación de fondos a raíz de dicha confesión, donde asegura que los documentos de exilio del señor Ferit Turgut fueron falsificados. Por lo tanto, es un prófugo de la justicia, siendo cómplice del agravio perpretado por el señor Smith hacia la señora Lisa Díaz.

—Si eso es así como usted dice, agente —habló Coney, inclinándose hacia delante, mirando directo el rostro de J.T—, es necesaria la declaración de la señorita Lisa, ya que es la hijastra del señor Ferit. La señora fue agraviada y mi cliente cumplirá su condena, pero no erradica la posibilidad de que ella también siga manteniendo contacto con su padrastro, e incluso, que le haya colaborado en su escapada. 

—La señorita Lisa ha emitido su confesión en el momento de denunciar a su ex esposo por acoso y maltrato. Su conexión con el señor Ferit ha quedado descartada, incluso antes de ser secuestrada por el ex asesor. No venga ahora a querer rebajar penas con evitar que su cliente, quien a ha sido condenado a veinte años de cárcel sin derecho a juicio penal, responda las preguntas de este interrogatorio, abogado. —J.T y Coney se miraron fíjamente—. Se le ha permitido su presencia en esta sala por preservar los derechos del reo a una defensa ultimaria, pero no escuda la condena y no se le quita la obligación de responder.

George, desde el otro lado del espejo espía, estaba verdaderamente impresionado con el léxico legal de la agente, asombrándose una vez más con el personal que trabajaba para su amigo Peter Embert. 

Jefferson lo había hecho bien, logró encontrar una brecha en la seguridad de la agencia, pero ni Max,  tampoco Miller habían dudado de la capacidad de los agentes. 

George ciertamente estaba sorprendido y disfrutaba un poco del interrogatorio, pero en ese momento pensaba en la posibilidad de que la jueza pidiera interrogar a Lenis para confirmar los hechos de su secuestro, en cronología, como soporte de lo que el cuerpo de Inteligencia ya había cedido al Departamento de justicia y a una nación entera. 

Se pasó una mano por la cara y suspiró, prestando de nuevo atención al interrogatorio, el cual continuó por una hora más, sosteniendo al final algunos buenos datos, como la dirección de encuentro con “los terceros”, como le había llamado Smith a los individuos que servían de puente entre el turco y él, prometiendo dar descripciones a un dibujante. 

También dio algunos de los nombres de las personas que colaboraron en el traslado de Lenis, nadie podía decir que no fue fructífero aquel interrogatorio. 

—¿Dónde está Donald? —preguntó de pronto Smith.

—Jefferson —susurró Coney, pero aquel no prestó atención a la voz de advertencia.

J.T miró por un momento al pelirrojo, quien estaba allí para emitir las preguntas estratégicas, mientras ella era quien lideraba el procedimiento. 

—Está siendo interrogado en este momento —aclaró J.T—. Muy bien, daremos por terminado el interrogatorio por ahora. ¿Entiende, señor Smith, que será trasladado a una cárcel de máxima seguridad en las próximas veinticuatro horas?

—Lo entiendo —aceptó, en un hilo de voz.

—Muy bien. Abogado… —se despidió ella, levantándose con carpeta en mano, mientras el pelirrojo detenía la grabación y recogía la cámara con su trípode—. Estaremos haciendo la gestión para que el artista forense venga hoy mismo. Póngase cómodo, señor Smith. Con permiso…

—¿Por qué no interrogan a Lisa? —habló de repente Jefferson, deteniendo el fluir de la sala.

—Señor, todo lo que diga en este momento, a pesar de no ser grabado como evidencia para la juridiscción, puede ser usado en su contra —explicó el otro agente.

—Jefferson, no es el mejor momento para…

—Me gustaría saber qué opina Lisa sobre la muerte de mi hermano —lanzó Jefferson, mirando directamente hacia el espejo unidireccional, como si presintiera, con agudeza, quienes le estaba viendo.

—¡Puerta! —pidió J.T pegada a la madera enchapada en gris y con su mano en el picaporte. 

Al cabo de un par de segundos, un policía atendió el llamado y tanto ella como el pelirrojo abandonaron la sala.

***

—¡¿Qué pretende ahora ese imbécil?! —exclamó George en la sede de La Nave, específicamente, en el área de investigación. 

Los tres jefes (Max y Peter, sentados en sillas de computadora puestas para el uso de las pantallas y equipos, y George caminando de un lado para el otro), J.T en su área usual de trabajo frente a unas grandes pantallas y el pelirrojo, quien estaba preparándose para devolverse a la capital, ya que su trabajo había terminado por el momento y no podía descuidar la sede de la capital, se habían reunido en aquellas oficinas de seguridad justo después de que el interrogatorio previo al traslado de Jefferson había culminado.  

—No tiene nada que perder —opinó J.T.

—No voy a permitir que la juridiscción pida interrogar a Lenis. El hijo de p… Ese imbécil de Smith fue agarrado con las manos en la masa, ¿qué m****a quiere ahora?

—Joderla, obviamente —intervino Maximiliano—. No le salieron las cosas bien, su jefe no lo apoyó y confesó el delito de falsificación. Ella tiene razón —señaló a J.T—, no tiene nada que perder.

George les daba la espalda, con los brazos en jarras. Se había ido con una chaqueta marrón de cuero, jeans y botas. Sus lentes de aviador los había colgado en el cuello de su franela blanca cuello en U de mangas largas y tela gruesa. El frío aún no había llegado, aún faltaba tiempo para la llegada de la navidad, pero el viento amenazaba, en ocasiones, con resfriar a cualquiera. 

—No se aguantó —susurró George en una voz muy baja, como si se lo estuviese diciendo a sí mismo. Se giró para enfrentarlos—. No se esperaba que el gobernador confesara y simplemente no se aguantó. —Hizo una pausa—. Jefferson no quiso confesar ante las cámaras porque la frase “será usado en su contra” tiene mucha fuerza en este momento, pero me lo dijo a mí, sabía que yo estaba allí. 

«Él quería recordarme lo sucedido en la casa de Lenis», pensó.

Se dejó caer en una silla y miró su reloj. Se removió para alcanzar su chaqueta, la cual había colocado en el espaldar de la silla donde se encontraba. Sacó de uno de los bolsillos su celular y miró la pantalla. Lenis no había marcado, tampoco T.C. 

Guardó de nuevo el dispositivo móvil, pensativo, sintiendo cómo la tensión que le cubría parecía querer seguir allí, inamovible. 

—¿Qué sabes de Lugano? —le preguntó Peter a J.T. 

—Se la tragó la tierra —fue su respuesta—. Jefe, debemos presionar a Donald. Ahora que sabemos que es sobrino de Smith, propongo sostenernos de esa nueva luz para hacerle confesar. Jefferson jamás hablará, debemos optar por su mano derecha. 

Maximiliano y George tal vez podrían haber ententido la palabra «presionar» como volver a interrogar o tal vez utilizar alguna mentira que incluyera a su tío, o a su padre, para hacer confesar a Donald, pero ellos sabían (y no hacía falta que alguien se los explicara), que dicha palabra significaba algo más profundo en el dialecto manejado en la agencia. 

Peter se mantuvo en silencio por un instante. 

—Bien —accedió el jefe de aquel recinto—, hagámoslo antes que el imbécil de Coney se haga cargo de su caso también. —Se levantó y le hizo señas a los tres jefes, indicándoles que ya se iba—. Sin cámaras —demarcó, siendo lógica la acotación, pero funcionando como código, uno que indicaba que llevaran al sobrino de Jefferson a una de las salas especiales de interrogación. 

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