FAZER LOGINLenis miró a su alrededor. Sus ojos grises más atentos que nunca, buscando algo que indicara que no hacían una broma.
Miró la pantalla de su celular, la llamada seguía activa. Pensaba que no, en vista de no escuchar nada más, ni tan siquiera un ruido o alguna falla de cobertura. —¿Qué pasa, Lenis? —preguntó Maximiliano, bastante alarmado. —Muéstrame el número, pediré rastrearlo. —La urgencia por ayudarla hizo que T.C le tuteara delante del CEO. Lenis, automática, sin entender todavía lo que le habían dicho al teléfono, mostró la pantalla. T.C no solo miró, tambié tomó el celular para ver de cerca y el movimiento hizo que Lenis reaccionara. —¡No cuelgues! —le exclamó a T.C.El guardaespaldas quedó paralizado con la demanda. —¿Por qué no quieres que cuelgue? —preguntó el agente, presintiendo algo verdaderamente malo.Max también quedó de piedra por el arrebato y varias personas alrededor de ellos habían ralentizado su paso por un momento, luego de haber escuchado el grito de la chica. —No se puede colgar la llamada. Si la cancelo, yo…—Lenis, ¿qué fue lo que te dijeron? ¿Quién te llamó? —preguntó T.C con todas las alarmas encendidas en su cara. Entonces, colocó el celular en su oreja, luego en altavoz—. ¿Quién anda allí? —preguntó con voz exigente. Pero T.C no escuchó nada. Hizo lo mismo que Lenis, revisar si la llamada se había colgado, porque parecía no haber nadie al otro lado de la línea.La mujer caminó para apoyar una mano en la camioneta negra y calmarse un poco, entender las cosas, analizar lo que escuchó... —¿Lenis? —interrogó Max, experando que ella dijera algo. Su chofer se había acercado a ellos al notar que algo malo pasaba y desde otro vehículo no tan alejado de allí, dos agentes de la agencia de Peter esperaban, alertas, cualquier orden de moverse. La secretaria se tocó el pecho, no se sentía bien. —Vengan un momento —les pidió, para poder hablarles en un tono más bajo y así nadie más escuchara—. Era una mujer, la de la llamada. Parecía joven, no lo sé…—¿Una mujer? —Max miró a T.C y apretó la mandíbula—. ¿Qué te dijo?Lenis tragó grueso.—Me llamó por mi verdadero nombre. T.C maldijo por lo bajo y se colocó el pinganillo en el oído.—Manténganse alerta, posible código rojo.—Espera, T.C —atajó a su cuidador, al verlo empezar a manipular de nuevo el teléfono móvil de Lenis—. No puedes colgar la llamada. —¿Qué es lo que sucede, Lenis? ¿Por qué no puedo colgar…?—Me van a matar —interrumpió ella, lanzando las palabras casi sin aliento, muestra de la forma cómo ella estaba interpretando la famosa llamada.—¿Qué? —habló Max, pero T.C pensó en ese mismo “Qué”. Lo único que el agente pudo hacer en medio de su asombro, fue gesticular con las manos a modo de interrogación. —La mujer me dijo que sin colgaba esta llamada, estaría muerta —contó ella, sintiendo el despertar de cada uno de los poros de su piel, como si una energía maligna los alentara a abrirse uno por uno. —¿Perdón? —lanzó Maximiliano y miró a T.C.Y al unísono, todos los que se encontraban en confidencia miraron el celular. T.C miró al frente, ojos escudriñadores, mirando nada en específico, pensando, pensando, ¡entendiendo!—¡ALÉJENSE! —comenzó a gritar—. ¡TODO EL MUNDO PARA ATRÁS, ALÉJENSE DEL EDIFICIO!El guardaespaldas sacó su arma y le hizo señas a los dos agentes adjuntos, mientras con un brazo alejaba a Lenis del vehículo, alentando a todos los demás a obedecerle.La gente alrededor empezó a gritar, pero T.C no podía prestarles atención, no le importó nada que el miedo se apdoeraba de aquella parte de la ciudad. A él solo le urgía que nadie estuviese cerca de nada; ni de paredes, ni de carros, de nada más.—¡Aléjense de los vehículos! —le gritó a los más cercanos—. ¡Hay que evacuar el edificio!Un tono intermitente, emanando del celular de Lenis, lo interrumpió.Todo se paralizó. —Mierda —susurró el agente.Levantó la cara, miró hacia todos lados.—¡ABAJO!Una fuertísima y terrorífica explosión los impulsó hacia el suelo.Vidrios, alarmas, gritos y una onda de extremo calor no logró disiparse de inmediato.Lenis solo pudo cubrir su cara con las manos y colocarse rápidamente boca abajo, al igual que Max, quien quiso cubrirse también con ambos brazos. Un pitido ensordecedor rellenó los oídos de la secretaria, demasiado aturdida para levantarse, adolorida sin saber siquiera dónde estaba, tampoco no sabía exactamente qué le dolía. No entendía si se trataba de todo su cuerpo o algo en menor escala, no comprendía nada, solo deseaba poder alzar la cabeza para mirar, inspeccionar, observar e irse de allí. Ella solo quería irse de allí, irse lejos… La cabeza dolía, dolía muchísimo.«Es la cabeza».Se la tocó, de rodillas, sintiendo cómo alguien la removía del pavimento y la alejaba del lugar.Sirenas. Muchas.Gritos, personas hablando a su alrededor, un fuertísimo dolor que no pudo identificar de dónde provenía, un potente mareo que debilitó sus piernas, y luego nada.***
Una enfermera limpiaba y curaba una herida en la sien de Maximiliano, mientras éste parecía apenas sentir dolor.
Su ropa estaba sucia, sus zapatos completamente llenos de polvo, tenía dolor de cabeza y su audición no era la mejor, aunque poco a poco mejoraba. Se había calmado, ya no tosía ni respiraba con dificultad. Los paramédicos los habían trasladado en tiempo record y —como en ese momento— las pocas heridas que tenía, estaban siendo curadas.Se encontraba sentado en la silla de la sala de espera, no había querido quedarse en el cubículo de emergencia. Se volvería loco si lo hubiesen obligado a permanecer sentado encima de aquella camilla. Unos pasos apresurados se acercaban hacia él por el pasillo de la izquierda. Sin importarle el mandato de la enfermera de quedarse quieto, giró su cabeza para ver venir a George. Tragó grueso y se levantó de inmediato. Sus miradas se encontraron. El corazón de Max se aceleró de nuevo, sintiendo una fuerte presión en el pecho. El abogado traía un rostro duro, serio, pero en sus ojos había agua y desesperación. Se encontraron en medio camino. —¿Dónde está? Max no pudo responder de inmediato. Intentó tragar, sintiendo cómo su garganta parecía cerrarse. —¿Max? —habló de nuevo George—. Dime dónde… Dime que está bien. —Apretó la mandíbula, sintiendo la piel de gallina—. ¡Max, ¿dónde está?!—Señor, por favor, cálmese, acá no se puede gritar. —¡Me importa una m****a! —respondió George, gesticulando con sus manos. Max apretó sus párpados y volvió a despegarlos—. ¿Dónde está ella?La enfermera había sido solicitada por una de sus compañeras, dejándolos solos en medio de la sala de espera. —Ella está bien —respondió Max, casi en un susurro.—¿Entonces, por qué no respondes? ¿Dónde la tienen? ¿Quién la está atendiendo? Max, ¿qué no me estás diciendo?—Estuvo… Al parecer, tuvo un paro cardíaco, pero… En la ambulancia perdió el pulso. Yo… George se quedó paralizado, sintiendo como si estuviese derritiéndose velozmente por su angustia. Pero lo que le había detenido por completo, era el semblante de Max, sus ojos llorosos, el que no pudiese hablar…Su amigo estaba sufriendo y se le acercó para abrazarlo. Maximiliano correspondió al gesto, el cual consistió en un abrazo fuerte, de palmadas en la espalda, como nunca se lo habían dado y dejando de lado cualquier prejuicio existente. Sin embargo, aquello no duró mucho. Eventualmente se separaron y Max caraspeó con la garganta. —Es mejor que te sientes. He intentado mucho que me dejen verla, pero dicen que aún no es bueno hacerlo, que está sedada y que, en el momento que despierte, luego de que el médico la evalúe, dejarán pasar a sus familiares.—Diré que soy su esposo, tengo que verla…—Tranquilo, tranquilo, deja que los médicos trabajen. Hablé con el doctor, le conté su situación le dije que los únicos familiares somos Peter, tú y yo. George caminó hacia una silla, mirando para todos lados sin enfocar la mirada en ningún punto, y se sentó con una mano en su muslo. Se quitó la chaqueta de su traje y la colocó en la silla de al lado. —¿Dónde está él? —¿Peter? —preguntó Max, sentándose a su lado, quejándose de dolores al hacerlo. Movió las cejas antes de contestar—. En La Nave, vuelto loco…, buscando a Turgut como nunca antes… Nunca lo había visto así, estaba fúrico. George se quedó pensando por un par de segundos. —¿Y T.C?Max lo miró. En ese momento, se asomó un doctor de mediana edad, que venía del pasillo de la izquierda. —¿Familiares de Lenis Evans?George saltó de su asiento. —Soy su esposo.Extendió la mano, ofreciédosela al galeno, quien miró a Max buscando corroboración de ese estatus. El CEO asintió con la cabeza. El médico exhaló una buena ráfaga de aire por su boca y terminó estrechando la mano del abogado. —Ya despertó. La he evaludado y no me gustaría que nadie la visitara, necesita descansar, pero ha pedido ver a… ¿George?—Soy yo —concordó el abogado, asintiendo enérgicamente con su cabeza. —Bien. Entonces, lo dejaré pasar, pero solo por unos minutos. Una enfermera le dará unas cosas que deberá colocarse antes de entrar. George se alarmó al escuchar aquello. La vida le había enseñado que ese tipo de cuidados, antes de ver a un paciente, generalmente se daban cuando su estado era delicado, se encontraba en terapia intensiva o en situación post operatoria.—¿Cuál es su condición?—Tiene quemaduras de primer grado en la pierna derecha y una luxación de segundo grado en su tobillo derecho que debe vigilarse, pero me preocupa su arritmia. Afortunadamente, los paramédicos aplicaron RCP sin fisuras por las comprensiones. Mantendremos a la paciente en vigilancia constante, porque puede volver a suceder. Le agradezco que cuide bien la información que se le suministre a la señora Evans, lo mejor es que no tenga fuertes impresiones. —Entiendo —dijo George.—¿Qué sabe de Tyler? —preguntó Max.El médico suspiró. —Sigue en estado comatoso. —George expendió sus ojos—. Solo hay que esperar. Las quemaduras en su espalda son de tercer grado, pero la información precisa la tiene el jefe del departamento de quemados, quien pronto vendrá para suministrarles más información. —Miró a George—. Por favor… —Señaló el camino para que le siguiera. El abogado miró a Max antes de perderse pasillo arriba. Lenis yacía en una cama con ropa de hospital, el cabello castaño guardado dentro de una cofia y una manta de doble tela de color azul claro la arropaba. En su dedo, un monitor de latidos conectado a una máquina cadiovascular que no dejaba de sonar y un suero conectado a una vía en la parte interior de su brazo izquierdo. En el dorso de la mano derecha, una mariposa donde tal vez le suministrarían medicamentos. George había abierto lentamente la puerta de la habitación por temor a exhaltarla. Estaba nervioso, no sabía cómo la encontraría, qué vería. Y lo que divisó fue a una mujer despierta, mirando hacia la izquierda, como si estuviese aburrida.Al entrar, ella giró su rostro y lo miró. No emitió gesto alguno por un segundo, pero de repente, se llevó las manos a la cara y lloró. George caminó deprisa hacia ella y se inclinó para intentar abrazarla. Lenis, entonces, se irguió para encontrarse con los brazos de ese hombre y meterse entre ellos, sentirse a salvo, sentir su calor humano envolverla. El abogado exhaló bastante aire mientras la abrazaba, sobando su espalda, su nuca, el cabello, dándole un beso tras otro en su frente, en el tope de su cabeza, de vuelta a su frente, besos y besos, tiernos besos, besos que indicaban que aún seguían vivos, que aún seguía la batalla por la vida. —Fue espantoso —se quejó ella con la voz camuflada por aplastar la cara en el pecho de él. —Lo sé, lo sé —dijo, apretando la mandíbula por la sensación de congoja que sentía y que estaba empezando a odiar.Quería sentirse bien. Bien para ella y para todos los demás; fuerte, valiente…Ella absorbió por la nariz y se separó del pecho. —¿Y T.C? —le preguntó, mirándolo a la cara. George tragó grueso y miró para otro lado. Ella se separó del todo y cubrió su boca con las manos. —Se murió —lanzó, con un hilo de voz extremadamente débil. —No, no, no, está vivo. Confía en mí, él está vivo. Ella respiró profundo y exhaló de la misma forma, entrando de nuevo al “territorio George J. Miller”. Se mantuvieron abrazados por varios segundos. Él se separó un poco para mirarla a la cara y detallar su rostro, sobarla, acariciarla, tocarle poco a poco las heridas. Entonces, miró hacia abajo y un poco para atrás, retirándose del todo, levantándose de la camilla y buscando una silla donde poder acomodarse. Arrimó la silla que encontró hacia la camilla y sesentó. —Nena, acuéstate, necesitas descansar. Ella asintió, obedeciendo, pero estiró su mano derecha para que él se la sostuviera. Con los codos puestos sobre el colchón de hospital, sostuvo la mano de Lenis, mientras conversaban.—¿Alguien ha venido a visitar a T.C? —preguntó ella. —Creo que no. Sé que él tiene familia, pero creo que no son de la ciudad, no lo sé bien. —¿Tienes tu teléfono a la mano? Necesito enviar un mensaje. Él arrugó la cara y quiso revisarse los bolsillos de su saco, dándose cuenta que lo había dejado encima de la silla de emergencia. Chaqueó con la lengua. —Lo dejé afuera. De seguro Max lo debe tener. —¿Cómo está él? —La cara de consternación regresó a ella. —Está bien. Bastante bien. Solo unos rasguños. —Ella sintió alivio—. ¿Cómo te sientes? Tu tobillo, tu pierna… —Estoy bien. El dolor no es problema, los medicamentos hacen efecto y acá me han atendido muy bien.—Hay que tener cuidado con esas heridas. Quiero que no… No quiero que te duela nada, ¿estás segura que estás bien?Ella asintó, apretando su mano, presionando sus párpados para afincar que no se preocupara. —¿Sabes si alguien más salió herido de gravedad?—No sé mucho, no he podido hablar bien con Peter. Fui llamado por Max. vVine hasta acá porque él me avisó. Pasó tan rápido, no me habría enterado de nada de no ser por él. —¿Te contó lo que pasó? George asintió, mordiendo su labio superior, tragando grueso y sintiendo cómo la tensión se acomodaba sobre sus hombros. —Lenis, el doctor me contó sobre tu arritmia en la ambulancia, no quiero causarte ningún tipo de angustias…—Estábamos demasiado cerca de la explosión. Mi arritmia, o lo que me ha contado el doctor que me sucedió, no es nada. Estoy viva, eso es más que suficiente para ser fuerte, George. —Se tomó una pausa, mirándolo a los ojos—. Algo me dice que sabes por qué ese carro explotó. Tienes que decírmelo: ¿por qué han colocado un explosivo en la camioneta donde me traslabada?Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







