Compartir

Capítulo 72

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-10 01:58:42

“Un jardín no es jardín si no tiene una persona que lo quiera”. Esas palabras eran las que el señor Fernando siempre decía, sobre todo cuando algún vecino se acercaba a saludarlo.

Carla vivía al lado del viejo de barba poblada y blanca. Ella solía decirse a sí misma que si algún día Dios le permitía entrar al paraíso terrenal, se encontraría en las puertas al señor Fernando Antúnez, el latino más extraño y solitario que jamás había conocido, pero así de solitario, solidario, amable y excelente persona.

Carla tenía treinta y nueve años de edad, muy pronto cumpliría sus cuarenta y desde hace algunos años vivía sin ninguna compañía, con un par de gatos, en una casa que a veces se le hacía demasiado grande.

Tenía el pelo negro azabache y muy lacio, ojos iguales de negros, piel blanca como la porcelana y sus rasgos eran asiáticos, llevando una mezcla del norte de Inglaterra, la cual le había heredado el cuerpo esbelto y la estatura que poseía: madre japonesa y padre inglés, la forma de sus ojos no era al extremo de achinados, pero cualquiera que la detallase, podría definirla como parte del lejano continente.

Luego de cinco años trabajando casi sin descanso en la asistencia del departamento de Protocolo con conexión Internacional, era la primera vez que se quedaba en casa más allá de un simple fin de semana. La explosión sucedida justo en frente del consorcio para el que trabajaba, le otorgó unas vacaiones momentáneas, y no solo a ella, sino a todo el personal, mientras las investigaciones seguían su curso. Ella sabía que la situación podía ser más seria de lo normal, ella pensaba que aquel acto parecía estar bajo el fuero terrorista y esperaba que su jefe saliera ileso de aquel espantoso enredo.

Carla Davis salió la mañana siguiente a comprar algunas cosas en el mercado popular de su localidad, siempre tratando de comer ligero, sencillo, saludable y económico, además, adoraba caminar, tomar el sol y estando libre, quiso disfrutar del buen clima que ese noviembre le regalaba a la metrópolis; algo que ella sabía que duraría tal vez hasta después del medio día. Debía aprovechar al máximo todo lo bueno de su vida.

Cuando iba saliendo de su casa, el señor Fernando Atúnez arreglaba su jardín, como casi todas las mañanas desde hace dos años; tiempo desde el cual el señor se había mudado a esa casa vecina.

El señor de barba larga y blanca, cabello repleto de canas, ojos grandes y muy negros, bonachones y de gran estatura, alzó la mano para detenerla antes de que ella cruzara la acera y se fuera calle abajo.

—Espérate un momento, muchacha, ya vengo, quédate ahí —pidió su vecino, cuya casa quedaba en toda una esquina.

Las viviendas de aquella urbanización no eran demasiado grandes, pero tampoco tan pequeñitas. La del señor Fernando, estando en una esquina, poseía jardín delantero y patio con grama, así como un gran árbol, abarcando un terreno que parecía ser más amplio de lo que era. Por ese hecho, cuando Carla miraba hacia atrás, podía ver aquella casa, pero cuando salía por el frente y cruzaba a la derecha, también. La mujer adoraba ese detalle, además, se sentía protegida, puesto que la vivienda del otro lado, el izquierdo, no la habían podido vender en años. Agradecía mucho que el señor se jubilara y comprara esa vivienda de la derecha.

Ella asintió, viendo cómo el señor se levantaba del suelo, desde donde permanecía de rodillas trabajando la tierra, se quitaba los guantes de jardinería, secaba su sudor con el dordo de una mano y entraba a la vivienda.

Ella miró su reloj de muñeca y al cielo, también observó el jardín y la cantidad de flores que ya tenía el lugar, embelleciendo la zona como no sucedía jamás.

En cuestión de segundos, el señor Fernando salió. A ella le daba gracia cómo, a pesar de ser un hombre de tercera edad, parecía haber sido en años de juventud bastante galante, puesto que hasta para plantar árboles y ensuciarse con los trabajos de la arena, portaba camisa de cuadros y botones al frente, jeans y botas de montaña. A Carla le daba risa que el viejo Azuaje usara botas de montaña, parecían prendas militares. No sabía por qué, pero el detalle le causaba gracia.

—Toma —él le entregó un sobre con dinero en efectivo. Ella alzó las cejas y lo miró a la cara—, me harías un gran, gran favor si logras encontrar esto que te pediré. Posiblemente, en el mercado logres encontrarlo. Ya sabes que con mis problemas de espalda y rodilla no puedo echarme esas caminatas que tú te echas algunos días. Además, eres joven y pocas veces te veo por acá a estar horas.

Ella emitió una sonrisa que casi le hacía ver como si sus ojos estuviesen cerrados. Arugó sus cejas.

—No se preocupe, ¿pero qué sucedió con el muchacho que le hacía los recados?

—Ay no, chicuela, se fue del país. Estos jóvenes de ahora no se detienen. Consiguió una beca y se fue, ya ves. Así que me haces un gran, gran favor si me traes tú estas cosas que están en esa lista, te lo agradecería enormemente. —Juntó las manos en una plegaria, haciendo sonreír a Carla.

—No se preocupe, yo le hago el favor. Usted siga embelleciendo el jardín, señor Azuaje, que yo me encargo de traerle todo. ¿Dentro del sobre está la lista?

—Sí, correcto. Espero que no necesites más dinero. Si es así, si lo puedes poner tú, te lo agradecería. Cuando llegues te repongo lo que se gastó. Si por el contrario sobra dinero, tómalo para ti. —Guiñó uno de sus grandes ojos negros, haciéndola reír nuevamente.

—Ok, está bien. Espero no tardar —dijo, introduciendo el sobre amarillo (uno tipo manila que era doblado por la mitad) dentro de su bolso de las compras y con un saludo de mano, se fue alejando de allí, cruzando la acera y yéndose calle arriba.

Al cabo de varias horas, de hecho, ya en la noche, Carla observaba la televisión. Desde lo de la explosión, ella no se había despegado mucho de las noticias y tampoco de su celular, ya que los compañeros de trabajo, incluído su jefe del departamento de Protocolo, se informaban entre sí dentro de un grupo de chat laboral creado para emitir toda información de forma veraz sobre lo sucedido y los avances respectivos.

Una de las compañeras había informado a esa sala de chat más temprano que en la noche, después de la emisión del noticiero estelar, trasmitirían un programa especial con un periodista de renombre, quien hablaría sobre todo lo ocurrido en uno de los consorcios más emblemáticos de la ciudad, incluso, casi de todo el país. Y no solo por lo ocurrido recientemente, sino por la debacle económica que le sucedió al CEO hace varios años con quien vendría siendo —para ese entonces— el esposo de su querida madre: uno de los casos de estafas más nombrado de los últimos tiempos, resultando la familia Bastidas afectada y demostrando después que su jefe, Maximilino Bastidas, era un hombre fuerte e inteligente por haberse levantado de las cenizas, momento en el que ella práctimamente entraba a laborar, dándose ambos una oportunidad: ella al consorcio, a pesar de estar en boca de todos, y él a ella, mandando a su personal de Protocolo a contratarla como Asistente Sénior.

Sentada en la sala de su casa, vestida en pijamas, descalza (adoraba caminar sobre su piso de madera pulida y bien aseada), con un bowl de palomitas de maíz que se compró en el mercado en en su salida de la mañana, con la luz encendida solo de la mampara de la cocina abierta y las pequeñas luces instaladas entre la grama podada del frente de su casa y la pequeña vieja lámpara de la parte trasera, Carla se convirtió en una de las tantas personas expectadoras del aclamado show nocturno y de —específicamente— esa emisión especial.

El chat estaba encendido durante la transmisión. Los miembros y empleados pertenecientes al grupo comentaban sin parar cada cosa que veían en la pantalla chica.

Ella agradecía a la televisión inteligente de hoy en día, puesto que le permitía pausar y atrasar la programación, así como adelantar luego del pausado.

Carla era una de las activas en la conversa, aunque no con demasiada constancia, como otros. Solo se atrevió a opinar sobre lo impreisonante que le parecía la labor del periodista, quien llevó la investigación a un nivel de miedo, recabando los vídeos de las cámaras de seguridad para mostrarlas al mundo, así como narrar e informar cronológicamente la historia de la empresa en cuestión, añadiendo, no solo lo ocurrido con el CEO hace varios años, sino la mención de los logros que peligran y se sienten amenazados con este reciente suceso de la explosión.

El periodista ancla del famoso programa, mencionó de igual forma las donaciones benéficas que ejecuta la organización bajo al tutela de la señora Seda Bastidas, la madre de El Gran Jefe, como le nombraban algunos empelados, sobre todo en dicho chat.

El periodista reveló también cosas íntimas de la situación acaecida un día antes. Como por ejemplo, la posibilidad de que el objetivo no fuese Maximiliano propiamente, sino su secretaria.

En el programa, se reveló que ella —Lenis Evans— poseía guardaespaldas personal, algo que varios compañeros llegaron a notar alguna que otra vez, sin comprenderlo hasta ese momento, pero justificando todo con una razón de peso: la señorita Lenis Evans era la novia formal del abogado personal del señor Maximiliano Bastidas, el señor George J. Miller, y no era cualquier abogado, se trataba nada más y nada menos de uno de los más grandes litigantes de negocios de la metrópolis y el abogado que Bastidas contrató para defenderlo ante el grave problema con el turco Ferit Turgut.

El show continuó con entrevistas a expertos en seguridad, finanzas…, pero hubo algo que a Carla le llamó poderosamente la atención.

Al parecer, existían declaraciones (que mantuvieron en anonimato por cuestiones judiciales) sobre una persona que aportó datos interesantes, acerca de la posible responsabilidad del ex padrastro de Maximiliano Bastidas en la explosión.

La prueba más contundente era un vídeo de un sujeto vestido de negro que fue visto rondando el lugar. El mismo reconocimiento facial fue identificado en otra cámara de seguridad ubicada a las afueras de un club-restaurante.

El hombre capturado en cámara llegaba con algo en las manos que parecía un paquete plano, como un sobre.

La investigación arrojaba que la fuente declaró la identidad del joven y el cargo: súbdito de Ferit Turgut.

“¿Quién sera esa fuente?”, preguntó uno de los miembros del chat.

A lo que algunos respondieron:

“De seguro es alguien cercano al jefe, por eso no revelan la identidad”.

Carla dejó de leer el chat, colocó el bowl de palomitas de maíz sobre la mesa baja frente a ella y tomó el control remoto para pausar la imagen.

Se dedicó a observar el rostro del joven que habían capturado las cámaras con mucho detenimiento y detalle, y entre más pasaban los segundos, su sangre se fue paralizando, así como la respiración pareció encerrarse en sus pulmones.

El corazón de Davis dio un salto mortal cuando comprendió que conocía la identidad del hombre. Y de la impresión, soltó el control remoto, cayendo éste al suelo.

Carla intentó tragar, sin mucho éxito. Miró a todos lados, pero no colocó su vista sobre ningún punto en específico.

«No puede ser…», susurró dentro de su mente, la misma que fue dándole datos, como un rápido diaporama, de los momentos, horas, elementos y personas que rodeaban a ese joven de allí, usando un atuendo de color negro, congelado en la pantalla de su televisor.

Una gran y temerosa sospecha, aunque frágil, fue tomando forma en su cerebro y la fuerza de los recuerdos y razones de un todo lograron hacer que su cara girase en dirección izquierda.

Tragó saliva —ahora sí— y se levantó con lentitud, como si cuidara que sus pasos la delatasen ante alguien.

Sse dirigió a su cocina, donde, encima del lavaplatos, existía una ventana que daba a su patio y dicho patio conectaba con el del vecino.

La ventana era de vidrio corredizo y tenía una pequeña cortina del color del melón que cubría toda la visión.

Ella, sigilosa, deslizó un poco la tela. La cerca de madera no era tan alta al fin y al cabo, y desde allí se podía apreciar una luz encendida en el porche trasero de la casa del señor Fernando.

Allá lejos, una puerta se abrió.

Carla bajó de inmediado la cortina, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.

Quiso apagar la luz de la mampara, pero se dijo a sí misma que nunca lo hacía y si por casualidad alguien la vigilaba, sospecharían que algo pasaba; ya era demasiado el hecho que ella estuviese libre en el consorcio sin ser fechas decembrinas, verano o vacaciones pagadas, pero claro, ella comenzaba a comprender que su vecino debía saber perfecto por qué ella estaba libre y en casa, mucho más allá de lo obvio y que pudiese ser conocido por todos.

Carla se sentó, bajó el volumen al televisor y le dio play para seguir viendo.

El joven de la cámara estaba siendo buscado, al igual que a Ferit Turgut.

El departamento de Inteligencia Nacional realizó el embargo de una propiedad de Ferit Turgut en la isla cercana a la costa de la ciudad; eso mismo informó también el periodista, acotando que la operación se ralizó hace semanas. Gracias a ese dato, los expertos presentes en el programa se afianzaron en la teoría de que, el responable de a explosión, fue el turco.

“¿Por qué habrán realizado ese embargo si se supone que ese señor fue exiliado?”, preguntó uno de los empleados del consorcio en el chat.

A lo que alguien quiso explicar:

“De seguro aún existen problemas con él”.

Otra persona agregó:

“¿Será que el jefe recibió amenazas antes de la explosión?”

—¿Hace semanas? —Carla atrasó y adelantó para corroborar la información del embargo—. Sí, esa operación en la propiedad de Turgut fue hace semanas. Entonces, esto lleva tiempo… —susurró ella, pensando que su jefe parecía no haberse librado de su enemigo tras el exilio.

El programa terminó, el periodista prometió dar más detalles del avance de la historia en las próximas ediciones.

Carla sentía una presión encima, una tensión fuerte sobre sus hombros y sus nervios, acrecentados, porque tenía la esperanza de enterarse que aquel muchacho vestido de negro había sido ya capturado y no era así, seguía libre y ella sabía quién era.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Epílogo

    Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 90

    El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 89

    —Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 88

    El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 segunda parte

    —Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 primera parte

    George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status