Compartir

Capítulo 73

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-11 03:23:27

A través de un vidrio incrustado en una pared, Lenis podía observar a T.C yacer encima de una camilla, cubierto por aparatos, boca abajo, siendo tratado por quemaduras de gravedad. 

Él había despertado, pero la sedación era constante, gracias al ardor y el dolor de sus heridas. 

Los doctores felicitaban su fortaleza y aguante, asegurando que eso lo ayudaría a sanar rápidamente. 

Ese miércoles, tres días después del atentado en contra suya, los médicos le habían dado de alta, a pesar de su herida en la pierna. El tobillo de la otra nunca supuso un problema mayor.

Ella no se había retirado del recinto, no quiso hacerlo de inmediato y eso tenía a George de los nervios, ya que afuera del hospital pernoctaba un grupo de periodistas que esperaban el momento justo para atrapar noticias sobre la secretaria del CEO de la corporación, aún más, luego del programa de televisión que fue emitido la noche anterior por un canal nacional, donde detallaban más de lo debido, según pensaba ella, también, opinando (y sorprendida) porque no hubo mención absoluta sobre el cambio de su identidad, ningún dato de su pasado o presente como Lisa Díaz, su secuestro o que la vivienda allanada (la que sí mencionaron) pertenecía a su padrastro. 

Lenis formuló sus propias preguntas. George le había mencionado, a modo de respuesta, que ninguno de los jefes tuvo incidencias en esa transmisión. 

Ella no le creyó, dejando ese tema taimado por el momento, ya que T.C seguía en cama y ella se sentía culpable por su estado de salud.

Una dama que parecía ser de tercera edad, aunque bien conservada, con un jean tubo, un suéter blanco de cremallera al frente, bailarinas oscuras y el cabello ondulado, un poco largo y castaño claro, llegó acomapañada por uno de los agentes de Peter, quien se había acoplado con la seguridad del hospital.

Junto a ellos dos, también iba uno de los doctores de la unidad de quemados, quien iba explicándole la situación de Tyler Clement y le estaba permitiendo entrar a verlo.

—Buenas tardes —saludó el doctor—. Abogado… —saludó a George, estrechando las manos—. Señorita Evans, me alegra verla de pie, pero debe reposar esa pierna.

Lenis sonrió triste, dándole las gracias, asintiendo y apartándose un poco del panel de vidrio. 

La señora recién llegada no esperó que el médico la presentara, fue atraída —como imán— al vidrio y evidentemente contuvo las ganas de llorar.

—Señora, ya puede entrar —le dijo el doctor—, pero antes, debe colocarse unas prendas especiales que la enfermera le dará juntos al pasar esa puerta. Solo puede estar unos minutos con él. Le recomiendo que le hable suave, con mucho tacto. Él necesita muchas fuerzas y buenas noticias.

—¿Saldrá de todo esto, doctor?

—Por supuesto que sí. Las heridas son graves, no le mentiré, pero pueden perfectamente ser curadas. Con el tratamiento que le estamos dando, el debido cuidado, más la fortaleza que él ha demostrado tener y el amor que le pueden dar, él saldrá adelante y en tiempo record. 

Ella asintió con gesto de agradecimiento y entró. 

—Nena, debo ir a buscar la orden de alta —le dijo George, dejando un beso en su frente—. Espérame acá, ¿ok?

Ella asintió y lo vio retirarse.

Al voltearse, se dio cuenta que el doctor estaba a punto de irse, así que lo atajó.

—Disculpe doctor, ¿ella es…?

—Ah, disculpe que no las presenté, pensé que se conocían. Ella es la madre del señor Clement. —El galeno asintió para afirmar sus palabras y se retiró de la zona.

Lenis tragó grueso y miró hacia el vidrio.

Poco a poco, se acercó de nuevo y antes de que la enfermera colocara un parbán quirúrgico frente al panel para dare privacidad a la visita, la secretaria logró ver a la mujer llorar al lado de su hijo, quien al parecer se encontraba dormido en ese momento. 

Justo allí, su celular sonó dentro del bolso blanco que George le había llevado. 

Sacó el dispositivo y apretó los ojos al ver quién era.

«Justo ahora…» pensó.

Respiró profundo y contestó: 

—Hola.

—Hola, Lenis. ¿Cómo estás? ¿Cómo te has sentido? ¿Te dieron el alta? —preguntó una voz femenina al otro lado de la línea. 

—Sí, ya dejé la habitación. Estoy mucho mejor, gracias. —Hubo un segundo de silencio—. ¿Cómo te sientes?

—Estoy agobiada —escuchó Lenis, caminando hacia la hilera de sillas acomodadas contra la pared y sentándose en una de ellas—. No aguanto un minuto estar acá y no verlo. No sé si decirle a mi jefe, eso me tiene muy preocupada. Tú más que nadie sabe que cuando el jefe no está, es una quien se encarga de todo en la oficina y eso es lo que estoy haciendo, porque es mi trabajo y porque me entretiene la mente y me amaina los nervios, pero es que…

—Maggie, vente. Mandaré a alguien a buscarte —le interrumpió, decidida—. No me iré hasta que llegues y hablaré con George, le diré todo y le contaré que estarás de camino. 

La secretaria de Maximiliano escuchó un fuerte bufido. 

—Dios… Sé que puede parecer que no lo quiero… ¡Yo lo amo! —Lenis arrugó la cara con ternura y pesar—. Es que este empleo es delicado y sea como sea, T.C y yo somos compañeros de trabajo, algo que no está permitido en este bufete…

—Puede que trabajen para el mismo jefe, pero no dentro del mismo recinto, no creo que existan problema. Y si existen, yo abogo por ti. 

—Ay, Lenis… ¿En verdad harías eso por mí?

—Por supuesto que sí, Maggie. —Lenis suspiró—. Escucha, yo… siento culpa por lo que le sucedió a T.C.

—¿Cómo es eso? No, Lenis, ¿cómo va a ser esto tu culpa?

—Lo es. —Se le quebró la voz—. Es mi culpa por completo, porque era a mí a quien iban a joder.  —Gruñó las palabras—. Si no fuera por eso, T.C estaría sano y salvo y no ahora con esas… con… 

—Lenis… —susurró la mujer al otro lado de la línea con voz penosa. 

La secretaria de Maximiliano lloró por varios segundos, hasta que recordó a George, quien solo había ido a buscar los papeles del alta, por lo que regresaría pronto. 

—Lenis, no permitiré que te sientas culpable —dijo Maggie desde el otro lado—. A T.C no le gustaría ecucharte así, estoy segura de eso.

Lenis secó sus lágrimas mientras escuchaba.

Y siguió escuchando, pero las palabras de Maggie no llegaron a su cabeza, ya que en ese instante salió de la habitación la madre de su guardaespaldas.

—¿Puedo llamarte en unos minutos? 

—Por supuesto —escuchó decirle a la joven. 

Lenis colgó y se levantó de inmediato para acercarse a la dama. 

—Señora, soy Lenis Evans. —Exhaló bastante aire—. Quisiera que hablásemos un momento, por favor. —Le señaló las sillas pegadas a la pared.

La dama le regaló una mirada muy atenta. Lo que no sabía Lenis era que analizaba el nombre que le había dicho, comprendiendo entonces de quién se trataba y quién le pedía que hablasen. 

Así lo hicieron, se sentaron y Lenis tragó grueso un momento antes de emitir palabra alguna. 

—Quiero disculparme con usted por lo que le sucedió a T.C —dijo Lenis, mirándola fijo a la cara—. Soy consciente que lo que diga no ayudará mucho, no ayudará a que él sane más rápido y mucho menos a revertir lo que pasó, pero necesito… —ella casi no podía respirar— necesito decirle que lamento mucho esta engorrosa situación, yo… yo no soy una mala persona, créame. He luchado durante varios años para sentirme bien conmigo misma, sentirme libre de pecados. He luchado por estar a salvo, por estar lejos de personas perjudicales, pero parece que la maldad me persigue.

La mujer escuchaba con mucha atención las palabras de la hermosa mujer que le hablaba, dándose cuenta del peso que intentaba liberar de encima, observando su semblante resquebrajado, su respiración dificultosa, esos ojos enrojecidos que opacaban el bello gris líder de aquellos rasgos únicos e impresionantes a la vista de todos. 

George se regresó por el mismo pasillo y se detuvo en seco al ver la escena. 

Se escondió tras un pilar, no queriendo interrumpir lo que estaba sucediendo.  

—Mis problemas arrastran a los demás y esto es lo que pasa. —Lenis gesticuló con sus manos, señalando hacia la habitación donde se encontraba T.C—. Sé que éste es su trabajo y que no es nuevo en lo que hace, pero si tanto peligro hay en este mundo y tanto tiempo tiene trabajando para la agencia, ¿por qué antes no le había pasado algo así? Solo era cuestión de que trabajara para mí, cuidarme a mí, protegerme a mí, para que… para que casi falleciera…

—Muchacha…

—Es que no puedo comprender… —Lenis intentaba hablar entre su ahogo y las lágrimas que parecía no notar que ya caían—. Nunca le hecho nada malo a nadie, nada malo, nunca señora, se lo juro. T.C no merece esto, ¡nadie merece esto! Pensaba que mi mala suerte había sido casarme con ese hombre. —Las palabras salieron gruñidas—. Pensaba que ya estaba liberada de él, pensaba que…

—Hey, hey, hey… —La madre de T.C tomó las manos de Lenis y las bajó, hacia colocarlas encima del regazo de la secretaria y mantuvo las suyas ahí, apretando el sostén para intentar con eso reconfortarla—. Tal parece que tenías demasiados sentimientos guardados y sé que no es bueno tenerlos así, atrapados, pero no debes sentirte culpable. Óyeme —subió su barbilla con dos de sus dedos—, lamentablemente, a la gente buena siempre le pasan cosas malas y eso no las hace malas, las hace bendecidas. —Lenis siguió llorando, pero empezó a secarse la cara, por lo que retiró suavemente las manos del agarre de la señora para lograrlo—. Sí, mi linda, límpiate esas lágrimas, no tienes por qué sentirse así. Más bien, mi hijo es afortunado de tener a una jefa como tú. —Lenis la miró, calmándose un poco—. Él no habla de las personas a las que cuida. Además, no vivimos juntos, nos vemos poco, pero llevaba tiempo que a él no se le veía tan a gusto con su empleo. —Lenis elevó un poco las cejas—. No me malinterpretes, él y Peter Embert han sido compañeros desde hace años, pero T.C siempre ha sido alguien demasiado adusto y algo me dice que el gusto por lo que hace en la actualidad es lo que lo ha cambiado. 

Lenis entendió de lo que ella le hablaba y sintió algo de pena, porque ya podía imaginarse qué era lo que realmente había estado cambiando a T.C.

O mejor pensar: quién era el que lo cambiaba.

—No creo que sea el trabajo lo que lo haya cambiado.

La señora arrugó un poco las cejas al escuchar esa seguridad en su voz.

Lenis bufó un poco, pensando mejor si decirle o no a la señora sobre la existencia de Maggie en la vida de su hijo, dándose cuenta que no sabía nada. Si T.C no le había hecho partícipe de dicha infomación, no sería ella la que lo diría.

Volvió a concentrarse en los ojos de la madre de T.C.

—Señora —dijo en voz baja, gesticulando con su mano—, yo misma buscaré a la persona que hizo esto. Lo haré —remarcó, uniendo su pulgar con el índice de la misma mano—. Juro que esto no se quedará así y cambiaré mi destino, jamás arrastraré a nadie por estos caminos, se lo juro. —Besó sus dedos y George detrás del pilar, apretó los párpados como si ese beso hubiese retumbado contra las paredes.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Epílogo

    Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 90

    El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 89

    —Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 88

    El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 segunda parte

    —Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa

  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 primera parte

    George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status