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Capítulo 71

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-08 10:01:41

La agente Jaya Thakur daba vueltas alrededor de Donald, quien estaba siendo interrogado nuevamente, luego de la lamentable explosión de la camioneta. 

Utilizando métodos de persuasión, sin llegar a la presión física, habían logrado hacer un trato a medias con el sobrino de Jefferson, donde el departamento de Inteligencia Nacional consiguió información de otras propiedades de Turgut que ya en ese momento eran confiscadas. 

El hijo del fallecido Carl, únicamente quería proteger al resto de su familia, no le importaba mucho el futuro de su tío y mucho menos después de la sentencia. 

Quien se había convertido en la mano derecha de Jefferson Smith, soltó prenda con el paradero de Fedora Lugano, asegurando que él no la había tocado en ningún momento, remarcando la posible culpa de su tío, dando la posibilidad de que la medicatura forensa arrojara la confirmación de lo que el sujeto decía. 

Una comisión de inteligencia, liderada por J.T, hayaron a la joven enterrada en un bosque al noreste de la ciudad, rumbo a las montañas, al otro lado del territorio nacional. 

Su cuerpo había sido enterrado dentro de un maleta propiedad del rubio ex asesor del antiguo gobernador. 

Donald habló sobre malversaciones de fondos, lavado de dinero, maltrato emocional hacia la madre del hijo de Smith, así como también, no ser testigo, pero sí saber y estar enterado de todo el terror que el rubio creó alrededor de Lisa Díaz. 

Con respecto a Turgut, Donald comentó que Jefferson no era aliado, sino súbdito, porque así lo había decidido el turco luego del gran favor que Smith le hizo al sacarlo del país. 

Sobre la madre de Lisa, acotó no saber nada; lo juró varias veces, por lo que el paradero de la mujer, junto a su esposo, seguía siendo un misterio. 

Cuando sucede la explosión, Donald vuelve a ser solicitado, al mismo tiempo que Jefferson: interrogados los dos casi en tiempos paralelos, pero en distintos lugares, sobre todo para corroborar la compatibilidad de las versiones. 

 Y coincidían, aunque las palabras de Donald, en su mayoría, eran supuestos. 

El sobrino de Jefferson dijo a las autoridades de Inteligencia Nacional, que su tío posiblemente sería amenazado por Turgut, y como éste no se comunicaba de forma directa desde su exilio, debía tener aliados en la propia cárcel donde se encontraba Jefferson. 

Por su parte, el rubio contó la misma historia que Adam Coney le había contado a Miller, sobre el castigo que el padrastro de los tres jefes y de Lisa le infligiría a Jefferson por haber arruinado uno de sus escondites.

Habló sobre haber recibido una amenaza, pero no reveló la fuente de tal intimidación, por protección dentro del recinto penitenciario. 

Sin descanso, seguía prevalenciendo el intento de asesinato de Lisa Díaz, una explosión que trancendía todo a un grado que no pensaron que sucediera: la palabra terrorismo afloró en el diagnóstico oficial.

—Donald, si no colaboras con nosotros esta vez, puede que tu trato con el departamento y la justicia pierda validez —decía J.T, caminando de un lado para el otro, gesticulando con las manos mientras interrogaba al procesado.

—Ya les dije que la explosión tuvo que ser patrocinada por Turgut. Ni mi tío ni yo tenemos nada que ver. 

—No eres nuevo en esto…

—Sí lo soy, ¡sí lo soy! Sucedí el puesto de mi padre hace poco…

—Sabes muy bien… ¡Sabes muy bien de qué se trata esto! Los estafadores no operan de este modo. Colabora con nosotros y rebajamos tu pena. Que no se te olvide que la protección de tu familia viene por cuenta nuestra. ¿Quiéres que eso se acabe ya mismo?

—No sé dónde puede estar Ferit Turgut, ¡lo juro! No sé cuántas veces voy a decirlo, no tengo ni la menor idea. ¡Puede estar en cualquier lugar del planeta! Ya di coordenadas de todas las propiedades que al menos yo le conocía. No se trata de no colaborar, se trata de que simplemente no sé absolutamente nada.

La agente se sentó frente a él y le habló en confidencia.

—No queremos que te sumen cargos a la cesta, ¿no es así? Píensalo bien, Donald. Si nos llegamos a enterar que sabías de este atentado y lo callaste, el estado te sumará cargos y allí sí que desvalidan todos los tratos que hicimos, los que querrás hacer, incluyendo los que alguna vez hiciste en libertad. La jueza tendrá la potestad y el derecho de añadirte a ti, nada más que a ti, cualquier ataque hacia la señora Lisa Díaz, así como también cualquiera de los delitos de Turgut por complicidad.

Donald emitió un gruñido-quejido en protesta. J.T continuó, con una voz que se prestaba para lograr mayor convencimiento.

—Y no solo eso, Donald. Un agente de Inteliencia se encuentra gravemente herido a causa de este crímen. Si su estatus cambia ante la ley, serás culpable de esto también, solamente por no decirnos todo lo que sabes. —Ella hizo una pausa—. Dinos todo y tendrás privilegios, baja de pena, visitas regulares con tu familia, protección en la cárcel, visitas conyugales… Sé que lo harás, eres inteligente.

El recluso, portando ropa deportiva cedida por el personal de Peter, ya que aún se encontraba en las inmediaciones de La Nave, en ese momento, en una sala de interrogación, se tomó su tiempo en silencio, canalizando cada palabra emitida por la agente experta, mujer con descendencia hindú y europea. 

Eventualmente, el sobrino del ex esposo de Lenis exhaló bastante aire, tragó grueso y la miró. 

—No sé dónde está el padrastro de la señora Lisa, pero creo saber de dónde poder obtener algo que los dirija a él. 

J.T no emitió juicio físico alguno. 

—Continúa.

***

 George se quedó mirando a Lenis tras su pregunta. Ella quería saber el motivo del explosivo en el vehículo en el que T.C la trasladaba.

El médico había sido categórico en cuanto al cuidado emocional de Lenis, por lo que el abogado sentía temor de si alguna información pudiese causarle algún daño en su salud. 

—Nena, mírame —le dijo, tomando dulcemente su rostro, poniéndose de pie para que fuese más fácil para los dos conversar—. Peter ya se está encargando de esa investigación, es muy reciente para poder responderte eso. Lo importante es que te recuperes, que puedas irte conmigo a casa lo más pronto posible. —Dejó un beso en su frente y exhaló profuso aire—. Quiero verte recuperada y vivaz, como siempre. Relajada, luchadora —le decía casi en susurros, acercando su boca a la de ella—. Quiero verte a mi lado en la cama, despertarme contigo, acostarme a tu lado todos los días…

Ella arrugó levemente el entrecejo y lo miró a consciencia. 

—George…

—Lenis, hoy ha sido un día duro para mí. Escuchar la voz urgente de Max soltándome esa información de lo que había sucedido, anunciándome que estaban de camino a el hospital contigo insconciente… —Bufó bastante aire—. Nena, como te dije, estuve siempre seguro de que te rescataríamos de las garras de Jefferson, siempre estuve seguro de eso, tenía verdaderas esperanzas de encontrarte rápido, pero esta vez, yo… —Tuvo que interrumpir sus palabras para echar a un lado el fuerte nudo en su garganta. 

Lenis, como pudo, sobó sus brazos. 

—Amor… —le dijo ella, susurrándole la palabra y penetrando sus ojos con su poderosa mirada—, estoy aquí contigo. Te miro y me siento tan llena de vida...

—¿Te casarías conmigo?

Lenis dejó de respirar por un instante. 

—¿Cómo dices?

—Vamos a casarnos. Sé mi esposa. —Él asintió, bien atento a cualquier reacción de ella.

—¿Estás…? ¿Estás seguro, George?

Él se echó a reír ligero y la abrazó, sobando su espalda y descansando su barbilla en la cabeza de ella.

Luego, se separó y la miró de nuevo.

—Jamás, óyeme bien, jamás he estado más seguro de algo en mi vida. —Sonrió amable y asintió una sola vez. 

Ella se quedó congelada por un par de segundos.

Miró hacia el suelo, colocando su rápido análisis sobre un punto al azar de aquella habitación de hospital. 

Se mordió un carrillo, mientras él ladeaba la cabeza, sintiendo un picor en los dedos por querer levántarsela para que le mirase y le respondiera de una vez. 

Ella lo miró. 

—Antes de responderte, quiero que me prometas algo. —Él asintió, resuelto a aceptar cualquier cosa—. No sé quién intentó asesinarnos, a mí y a mi guardaespaldas, pero si se llega a saber y existe algún plan para atraparlo, quiero participar en él. 

George se quedó sin palabras, eso no se lo esperaba. 

—Lenis…

—Estoy cansada de esto, George. No podemos empezar un matrimonio con tantos problemas.

El corazón del abogado dio un salto y tuvo que tragar saliva para calmarse y mantener la ecuanimidad que lo caracterizaba. 

—¿Eso quiere decir que sí? 

Ella se mordió su labio inferior, fingió pensarlo muy bien para torturarle. 

Entonces, sonrió, lo que su rostro lleno de algunos rasguños le permitió. 

—Sí —respondió con voz suave, casi un susurro—. Seré tu esposa, J. Miller. Con todo el gusto del mundo, acepto

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