FAZER LOGIN—¡Abogado! ¡Abogado! ¿Desde cuándo está saliendo con la secretaria de Bastidas? ¡Abogado! —eran algunas de las preguntas que lanzaban, como dardos, los periodistas afuera del hospital.
La seguridad de Peter ya había hecho un cordón de acero y con ello, el abogado George J. Miller y la secretaria Lenis Evans lograron salir del recinto médico y encerrarse en la camioneta del propio Peter Embert. Lenis extrañó como nunca la ayuda de T.C, lamentándose nuevamente todo lo ocurrido, pero uno de los lamentos más grandes era ser parte del ojo público, algo que no le gustaba y jamás pensó que aquello le sucedería. Peter arrancó luego que el cordón de seguridad se montó en su propio transporte. Lo hizo a una velocidad moderada, pero no se detuvo, ni siquiera en el par de semáforos en rojo que se encontró; él quiso evitar cualquier medio perseguidor. George abrazaba a Lenis. Se había preocupado muchísimo, ya que tuvo que ayudarla un poco gracias a la pierna derecha vendada. La vio removerse en su asiento. —¿Qué sucede?Ella no quiso responder de inmediato, no quiso preocuparle más, pero tampoco le mentiría o le ocultaría nada. —Me está doliendo un poco la pierna. —¿Segura que es un poco? —preguntó con el ceño fruncido—. Te lastimé. ¡No debimos haber salido del hospital! Ya sabía yo que fue un alta demasiado pronta…—Tranquilo —le atajó, tomándole el rostro suavemente con ambas manos—. Tranquilo. —Besó sus los labios y fue así que lo calmó. Él exhaló bastante aire y negó con la cabeza, abrazándola nuevamente. —Siento mucho todo esto. Pudimos evitar que la prensa ventilara todos los detalles, pero no a la prensa en sí. Ella asintió con una sonrisa triste en los labios y a la vez, removió su cabeza.Buscó su celular y tecleó en la pantalla hasta encontrar lo que buscaba, una publicación sobre ellos: “Coche bomba explota frente a consorcio de famoso empresario”. Y la noticia mencionaba los hechos, así como a quien transportaba la camioneta, a su secretaria Lenis Evans, novia de su abogado, George J. Miller. La nota también mencionaba el estatus del guardaespaldas y una posible venganza de su padrastro, el exiliado Ferit Turgut, luego de que el empresario, junto al Departamento de Inteligencia Nacional patrocinara el allanamiento de una de sus moradas dentro del país, encontrando estupefacientes y otros objetos considerados ilegales. —¿Qué? —preguntó él, al verla fruncir el ceño.—¿Encontraron droga en la hacienda? —Lo miró, enseñándole la pantalla de su celular. Luego susurró—: Yo soy la droga, por lo que veo.Él tomó su mano y se la bajó, delicadamente. —Guarda ese teléfono, no te pongas a leer esas cosas.—¿Cómo hicieron para que la prensa no se enterara del secuestro?Apareció ante ella, la cara de juego que Lenis tenía tiempo sin ver. —No te preocupes por eso…—¿Hicieron un trato? —Él la miró—. Ustedes y Jefferson… Hicieron un trato. Imagino.—Lenis… —Él se acomodó de tal manera que el brazo derecho quedara sobre el largo asiento de atrás y así poder sobar su cara mientras hablaba.—Si se enteran que Jefferson está preso por secuestro, querrán saber a quién secuestró. Cuando se enteren que fue a la secretaria de Maximiliano, querrán saber por qué. Eso los llevará hacia Lisa Díaz… No queremos eso. —Ella exhaló aire lentamente y tragó. Él retiró la mano y se enderezó de nuevo—. Smith está en una cárcel política por malversación de fondos y por narcotráfico, los cargos lo llevarán a permanecer una gan cantidad de años allí. También, se le imputa por la falsificación del exilio de uno de los estafadores con mayores cargos en la fiscalía de la nación, por lo que Inteligencia hizo un trato con él para que los dirigiera a los lugares donde guardaba la droga.Lenis arqueó las cejas, quedando muy sorprendida por todo lo que los jefes lograron armar. Hubo un silencio dentro del vehículo mientras Peter seguía manejando sin emitir una sola palabra, solo escuchando. —Es irónica la forma cómo terminé siendo fotografiada de esta manera —dijo, mirando de nuevo la pantalla del celular—. Acabo de salir del hospital y ya estoy en las redes sociales. Con un enfoque maravilloso de mi pierna. Ni siquiera sé cómo lo hicieron con tanta gente alrededor. —Soltó el celular a un lado de su cuerpo, sobre el cojín del asiento y negó con la cabeza, guardando silencio por largos segundos—. Increíble —susurró—. Luché por pasar desapercibida, escondiéndome de Jefferson y ahora todo el mundo sabe de mi existencia. George apretó la mandíbula y miró los ojos de Peter a través del espejo retrovisor central. —Hasta ahora no me han dicho cómo me han encontrado. —Lenis, ya te lo explicamos —dijo George.—No. —Ella se acomodó, arrugando un poco el rostro, sintiendo dolor, pero aguantándolo—. Me dijeron que fue un genial trabajo de Inteligencia, el cual reconozco y estaré agradecida toda mi vida —miró a Peter, luego a su pareja—, pero sé que alguien les dio el dato de esa ubicación. —Lo miró fijo—. ¿Quién fue? ¿Cómo me encontraron tan rápido? George la miró. Parecía que el gris de Lenis había cobrado un color distinto, algo veteado y profundo, como si se tratase de un agujero misterioso. Luego del discurso que su novia le dio a la madre de T.C, él se había acercado haciéndose el inocente, presentándose ante la dama y ayudando a Lenis (anunciándole también que se iban) a levantarse. La había abrazado mucho, besado también, siempre con su cabeza repleta con sus palabras, de ese juramento insondable que parecía darse tumbos contra las neuronas. Él la había subestimado y se preguntó, cómo lo había hecho, si su novia era la misma mujer que logró escaparse de las garras de su secuestrador, logró cambiar de indentidad, de imagen y sobrevivir a muchas cosas a la vez. Para él estaba claro: ella no parecía ser de esas personas que juraban en vano. —¿Fue tía Carmen? ¿Ella dio la dirección? —preguntó Lenis, a lo que George no movió músculo alguno. —Sí, fue ella —intervino Peter. Ella giró su cara hacia él y George apretó los párpados por un segundo. Lenis asintió, arrugando los labios con expresión de haber captado la información y regresándose a su asiento. —Entonces, es a ella a quien deben interrogar. —Hice un trato con ella —lanzó George de inmediato.Lenis lo miró con la mirada afilada. —¿Qué trato? —Presintió que lo que él le diría, no le iba a gustar. El abogado no quería recordarle el tipo de familiar que a Lenis le quedaba: una desagradable mujer, yoísta, quien apenas se inmutó al saber que su sobrina había sido secuestrada. —Solo queríamos que nos dijera dónde podríamos encontrarte y nos dio una dirección. El modo de operar que usó Jefferson fue el mismo que usó Turgut para salir del país, por lo que definimos que ambos seguían siendo aliados y que quizás, la ruta era esa: buscarlo a él para encontrarte a ti.Lenis fue testigo de cómo la respuesta le incomodaba y cómo la miel de sus ojos se espesaba con la angustia que sintió en aquellos momentos.Él continuó:—Ella solo nos dio una dirección, eso es todo. No le des más vueltas, ya estás a salvo. La secretaria sonrió sin nada de gracia y se acercó a él para abrazarle nuevamente, casi de lado, mientras permanecían sentados en ese largo cojín del asiento trasero de la camioneta negra de Peter. —Esa Cármen… —susurró ella, sonriendo igual, sin gracia—. Esa mujer tiene que saber más… ¿La vigilan? ¿Sigue viviendo en la misma urbanización de toda la vida? Es capaz que sí lo haga. —Afirmativo —respondió Peter, sin quitar la mirada de la carretera.De repente, Lenis se dio cuenta del camino que tomaban. dónde se dirigían.En vez de cruzar hacia el apartamento de George, el cual quedaba a las afueras de la ciudad, el agente siguió derecho, bordeando las costas, pasando de largo el puerto marítimo, hasta llegar a un lugar con poco tráfico, divisando a lo lejos un pequeño angar.Se enderezó y miró por la ventana: no solo había un angar, también una pista de aterrizaje, aun así, no se trataba del aeropuerto. Miró a George de súbito. —¿Qué es eso? —Señaló el pequeño avión que se presentó ante sus ojos. —Un avión —respondió sin mirarla y acomodándose el traje, sobre todo el cuello de la camisa blanca que iba debajo del saco.—Pero… La camioneta se detuvo y un hombre, de los mismos que armó el cordón en el hospital, se colocó a lado de la puerta trasera derecha, donde se encontraba el asiento de ella. Peter apagó la camioneta y se giró por completo hacia los dos. —Acá tienen. —Les entregó unos sobres de cuero color negro, rectangulares y un poco anchos. Lenis casi le arranca el suyo y miró su interior: pasaportes sellados. El de ella decía Lenis Evans y tenía la misma foto que usó para su currículum.—Aduana ya los selló —informó el agente—. Nos mantendremos en contacto…—No, no, no, no, ¿qué es esto? —interrumpió ella, batuqueando el sobre con dicho contenido en sus manos—. ¿Estamos huyendo?—Lenis —habló George y parecía impaciente por tener que explicar—, ¿te parece poco lo que pasó? Esto será solo por unos días…—¿Y mi trabajo, qué? ¿Al garete? George se echó a reír con una cota de sarcasmo, molestia e incredulidad. Él odiaba la terquedad y no recordaba que Lenis podía hacerlo salir de sus casillas. Miró a Peter, quien apretaba los labios para no sucumbir ante la burla. —¿De quién crees que es el avión? —le preguntó el abogado a una Lenis totalmente sorprendida—. Vamos, no podemos estar aquí toda la vida. —¡Es que esto no me parece! —decía Lenis, casi gritando por la rabia que sentía. Ese movimiento de los jefes no le gustaba para nada.«Dame fuerzas…», rogó George mentalmente, ayudándola a caminar y luego a subir las escaleras de la aeronave. —Poco a poco, Lenis.—¡Ni poco a poco ni nada! —le chilló a George, haciéndolo reír y a Peter también, quien no se perdía del espectáculo, estando aún dentro de la camioneta. Ninguno de los presentes quiso perderse a una Lenis dando manotazos cada vez que el abogado la tocaba.—Esto tenían que habérmelo consultado…—Es por tu bien. Sube.—¡T.C sigue en el hospital y yo viajando a no sé dónde…!—¡Sube! —interrumpió George, señalando el camino en ascendencia. Ella, refunfuñando y con dificultad por la pierna, intentó subir dos escalones más, sintiendo dolor nuevamente. —¿Ves que eres terca? Deja que te ayude, sino estaremos eternamente subiendo las malditas escaleras…—¿Desde cuándo hablas así, J. Miller? ¿Desde cuándo hablas así? —George resopló con bastante impaciencia. La risa de Peter podía escucharse desde allí—. Ya voy, ¡ya voy! —anunció, levantando las manos y subiendo escalón por escalón—. Yo puedo sola. Siempre he podido sola. —Sí, porque ese tipo de heridas las tienes todos los días —mencionó el, irónico.Ella decidió no prestarle más atención, para concentrase en la subida y en no sentir demasiado dolor. Además, estaba loca por llegar y sentarse en cualquier lugar y así tomarse su medicamento, que ya le tocaba. Cuando por fin entraron a la aeronave, los ánimos caldeados de Lenis disminuyeron un poco al notar todo el lujo que los rodeaba. Sus labios separados y sus ojos indetenibles, le decían a George que su mujer había quedado muy impresionada por todo lo que veía. Se sentaron uno frente al otro en un par de asientos color blanco perla pegados a la ventanilla.No se comunicaron entre sí, mientras el piloto y la azafata que los atendería y los sacaría de la ciudad le dieron la bienvenida, los pormenores del venidero vuelo, las instrucciones de seguridad más un suministro de bebidas, sorprendiendo a Lenis aún más cuando la empleada, bella mujer excelentemente bien vestida, con un uniforme de colores oscuros combinados con el blanco, le llevó a la secretaria una bandeja con dos de las pastillas que le tocaban, más un vaso de agua.A George le llevó un té turco, iluminándose la miel de sus ojos al ver el líquido rojo dentro de una taza de cristal. El «¿cómo ella supo lo de las pastillas?» no salió de su boca. Lenis solo asintió y se bebió los medicamentos, viendo a George observarla en todo momento, mientras disfrutaba de su té.Cuando anunciaron el despegue, Lenis abrió los ojos desmesuradamente al escuchar al piloto anunciar el destino: Dalaman airport, distrito de Fethiye de la provincia turca Muğla. Lenis miró la ventana y observó cómo el avión se fue separando de la carretera y alejándolos de allí, luego que se abrocharan los cinturones y la pequeña tripulación se percatara que todo estaba listo para el despegue. Al momento, ella revisó su pasaporte. Efectivamente, se iban para Turquía. —¿Cuál es el plan? —preguntó ella en pleno vuelo.George suspiró y asintió. Se inclinó hacia adelante para hablarle en confidencia, aunque todos allí estaban claros que cualquier información que se filtrata sobre la privacidad de los tripulantes, se quedaría allí. —El consorcio no abrirá sus puertas hasta esclarecer bien los hechos acaecidos frente a las oficinas. Max lo quiso así. —Ella asintió, preocupada por su jefe y amigo y por una segunda posible debacle económica—. Por lo tanto, tenemos tiempo para distanciarnos durante este esclarecimiento. —Es decir, que no volveremos hasta que encuentren a Turgut. Él solo arrugó un poco sus labios. —No precisamente. Solo hasta que no sea peligroso estar en la ciudad. Debimos habernos ido desde lo de Cindy. —Él hizo una mueca de obvio desagrado y molestia, como auto castigo por no haber hecho ese viaje antes. —George, ¿qué están haciendo? ¿Dónde están buscando? Estoy segura que tía sabe más cosas, no debiste haber hecho ningún trato con ella. Imagino que te pidió que se le dejasen en paz —dijo aquello, negando con la cabeza. —Imaginas bien. No tuve de otra, necesitaba el primer dato sincero que me diera. Lenis hizo muecas de no gustarle mucho lo que escuchaba. —Entiendo lo de este viaje, ¿pero qué sucederá con T.C? No es justo para él y tampoco para su madre que nosotros estemos en Fethiye, mientras ellos tratan de superar una calamidad por culpa mía…—Lenis, ya basta de eso —casi gruñó las palabras—. No hay discusión —gesticuló con las manos—. Llegaremos y nos quedaremos hasta que Peter nos de luz verde de regresar y punto. Lenis regresó su espalda al asiento y se puso a mirar el paisaje de nubes que se presentaba ante sus ojos a medida que el avión avanzaba. —Algo me dice que esto no está bien —dijo ella, suspirando. Y con ese comentario se quedó George pensando, como un presentimiento que él también tenía, dicho en voz alta por ella y que él jamás admitiría.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







