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Capítulo 78 primera parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-17 07:13:08

Logísticamente, el equipo de seguridad de Peter Embert lideró la conferencia entre todos los jefes.

Él, junto a J.T y Maximiliano, se conectaron dentro de La Nave, específicamente en el salón principal, el cual estaba siempre repleto de tecnología y donde el color negro y gris lideraba.

Lenis y George, en Turquía, se acomodaron en la sala de la casa del abogado, lugar que enfrentaba las puertas de vidrio con vista a la pileta y al mar. Miller había cerrado todo, puertas delanteras, traseras y alternas, ya que la noche se había puesto un poco fría, por lo que la calefacción les reconfortaba en ese momento.

Con un suéter Cachemira color rosado claro cuello de tortuga, mangas que cubrían parte de sus manos, un pantalón leggins color negro un poco holgado en las botas, medias del mismo color del suérter y de tela gruesa, junto a un moño tipo cebolla en el tope de su cabeza, Lenis se había sentado en el sillón de tres piezas, cruzado las piernas y armada con una buena taza de café para calentar sus huesos y su piel, una que sostenía con ambas manos y de vez en cuando colocaba sobre la mesa. 

Al lado de ella, George, con un suéter manga larga —aunque de tela más fina— color azúl oscuro cuello en U, pantalón de pijamas y descalzo, el cabello apenas peinado con los dedos y una barba que parecía ser de varios días. 

Él manipulaba la laptop colocada sobre unos libros y revistas para que quedara más alta, ya que la mesa frente a ellos era un tanto baja y así no se esforzaran al ver a los demás. 

En la ciudad, J.T había hecho un trabajo sencillo pero fructífero, bajando a una altura adecuada, una de las pantallas más grandes y así crear el efecto ideal que les hiciera parecer a todos que la señorita Evans y el señor Miller estaban presentes. 

—Me alegra mucho verte, Lenis —dijo Peter, ya cuando los novios estaban frente a sus ojos—. A ti no, Miller. A ti no.

George sonrió. 

—A mí también me alegra verlos —habló Lenis—. ¿Cómo se encuentra T.C? 

—Luchando —respondió Peter. Lenis sostuvo su cabeza con una mano, dedos en la boca, brazos cruzados—. Los médicos dicen que se va recuperando rápido, casi en tiempo record, por lo que es posible que T.C vaya a casa muy pronto. —Lenis cerró los ojos y elevó un silencioso agradecimiento al cielo. Suspiró—. ¿Cómo vas tú? Veo que puedes doblar las piernas. 

Ella miró hacia ellas y sonrió. 

—Sí, así es. Hasta hoy en la mañana tenía mucho miedo de no poder hacerlo —George y ella se miraron en confidencia—, pero lo logré, me siento mucho mejor. 

—¿Cómo te va con Pilar? —indagó Peter. 

La voz le cambió ligeramente y al parecer, la única que lo notó fue ella. 

—¿Pilar? Pilar es una excelente y profesional enfermera. ¿Viene con tu recomendación? 

—Así es —respondió Peter, sin más. 

Lenis asintió lentamente, con los labios curvados hacia abajo y las cejas elevadas.

Miró a George buscando alguna señal de que él también hubiese notado algo extraño, pero aquel no la miraba a ella, sino a su celular. 

—Bien, escuchen —intervino Max. Todos atentos—. ¿Puedo? —le preguntó a Peter.

Aquel le hizo una seña afirmativa y otra, indicándole que podía seguir adeltante. 

Max asintió, tomó una carpeta con sus manos, la abrió y la colocó sobre la mesa

—Creeo que Turgut nunca salió del país —lanzó aquella información el empresario, con una especie de molestia contenida que podía vérsele apenas a través de su mandíbula apretada. 

Lenis y George se pusieron serios y se concentraron en lo que Maximiliano estaba por decir. 

El CEO continuó: 

—Hoy fue a mi casa una empleada del consorcio. Ella es una de las cuartas asistentes del departamento de Protocolo. —Él alzó la carpeta, la dobló y mostró ante la cámara que venía anclada a la misma pantalla que J.T había instalado—. Imagino que la conoces, Lenis.

La secretaria agudizó la visión, acercándose un poco ante la laptop. 

—Sí. He interactuado poco con ella, pero sí, claro, su nombre es Carla Davis.

Maximiliano no se sorprendió que Lenis supiera el nombre completo de la dama en cuestión, demostrando su eficiencia y su buen desempeño de su cargo: la asistente personal del CEO de una compañía debía conocer a todo el mundo.

Max negó con la cabeza, sintiendo pesar e incredulidad.

—Yo no la había visto… —murmuró.

Las palabras salieron susurradas, pero Lenis las escuchó. Todos las escucharon. 

—Sí la ha visto, jefe, claro que sí la conoce —acotó ella.

George, quien había cruzado sus piernas, colocando un tobillo de una sobre la rodilla de la otra, luego de recostar su espalda en el mueble, evitó sonreír de manera irónica al escucharle decir la palabra “jefe” a Lenis. 

No le gustó, pero ciertamente aquel era el jefe de su novia. No podía evitar que le llamara así, sería ridículo para él.

—¿Recuerdas cuando el gerente de ese departamento estuvo de permiso médico por dos semanas? —le preguntó Lenis a Maximiliano—. Ella fue quien acompañó a su secretaria a las reuniones de los jueves 

—¿Carla asistió a las juntas de los jueves? ¿Estábamos todos allí? —preguntó Max. 

Lenis emitió un sonido con su boca que subrayaba su asentimiento de cabeza.

Sobre dicha información que Lenis le daba, Max prefirió reservarse su opinión. Fue mejor convertir sus palabras en pensamientos. 

—Ok —dijo El Gran Jefe—. Carla reconció a este hombre. —El CEO levantó una imagen impresa y la enseñó a la cámara—. ¿Saben quién es? —le preguntó a George y a su secretaria—. Este sujeto fue identificado por las cámaras de seguridad de un restaurante como un posible implicado en la explosión, gracias a los datos que Donald arrojó en un interrogatorio. Peter y su equipo lo están buscando por todos lados, la prensa también tiene esta foto —blandeó la hoja—. Y fue gracias a eso que Carla lo vio, fue por televisión donde lo reconoció. 

—¿Quién dice que es? —intervino George. 

—Carla dice que este sujeto ha visitado en varias ocasiones a su vecino. —Max apretó los dientes al sacar las palabras de su sistema. Aún no podía creerse que todo eso fuese cierto—. Según ella, su vecino es un hombre de tercera edad, por lo que acude a este hombre de la foto para que lo ayude con algunos recados —gruñó la última palabra y golpeó con un sonido seco, que casi sonó como un dramático eco, la imagen del identificado, la cual ya se encontraba nuevamente sobre la mesa. 

El abogado era experto en lograr que su ecuanimidad, durara. En ese momento luchaba por no dejarse ver de otra manera. 

En cambio, Lenis estaba anonadada, mirando para otro lugar y sobre ningún punto en específico, perdiendo la mirada por un instante, respirando acelerado... 

La información parecía ser sencilla, pero era todo lo contrario. Lenis lo estaba comprendiendo con el pasar de los minutos y quiso levantarse y pensar bien las cosas en soledad, entender que su vida estuvo basada en un hecho que posiblemente nunca se hizo realidad. 

—Entonces, mi padrastro nunca se fue… —susurró ella para sí, pero todos la escucharon. 

Peter carraspeó la garganta. 

—No quiero que nos concentremos en lo que pudo ser. Quiero que nos enfoquemos únicamente en encontrarlo —dijo el agente. Miró a Maximiliano con su rostro de dureza, uno que últimamente lo acompañaba a donde fuera—. Carla hizo bien en decirte. —Miró a los viajeros de nuevo—. He pedido a uno de mis hombres rondar su casa con mucho disimulo, por supuesto. Y claro, también la del jodido vecino. Sin embargo, ella cree que ya… el supuesto anciano no está allí.

—¿Qué? —Lenis preguntó de súbito—. ¿Cómo que no está? 

George alzó su cabeza, dirigiéndola de nuevo a la pantalla con una mirada que intentaba no dejarse ver demasiado alerta.

—En la madrugada de hoy, ella vio cómo un carro de color negro se estacionó frente a la famosa vivienda y se largó —informó Max—. Y un rato antes de eso supo que el señor estaba despierto.

—¿Y cómo sabe ella que eso no es algo recurrente? Si se trata de un anciano, puede que madruge todos los días de su vida.

—Se lo pregunté —le respondió Max a Lenis—, pero ella dice que no suele estar despierta a esas horas, no sabe con exactitud si es algo recurrente o no. Afirma que no pudo dormir luego de ver el programa de televisión e identificar a ese joven como un visitante recurrente de la casa vecina. No sabe exactamente lo que el hombre que vive al lado de su casa suele hacer todos los días, a parte de su trabajo de jardinería, y todo se debe a su repentino permiso de trabajo ¡gracias a la m*****a explosión! —gruñó la última frase y se restregó la cara con las manos, intentando calmarse.

Exhaló bastante aire, el CEO se sentía verdaderamente cansado de estar molesto. La tensión y la rabia en su cuerpo pasaban factura.

—Estoy loco por ir hasta allá…

—Cálmete, Max —atajó Peter—, así no podemos hacer las cosas… 

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