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Capítulo 80

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-05-20 06:54:58

La mañana del lunes amaneció inusualmente fresca en la hermosa playa privada de George J. Miller, por lo que tanto él como Lenis, después del desayuno y la aplicación del tratamiento y terapia de la pierna, planificaron pasar un rato sobre la arena, intentar nadar en las tranquilas aguas claras de aquella parte de la enorme bahía, sobre todo, hacerlo ella sin la malla protectora.

Una amplia sombrilla, una gran toalla sobre la tierra, el mar azul, olas calmadas, silencio… Alguna que otra ave haciendo eco, pero George y Lenis (ella entre las piernas de él) se dedicaban a mirar ambos el horizonte, mientras él la abrazaba con su espalda recostada contra una especie de puff que transladaron hasta allí para más comodidad.

La secretaria acariciaba las piernas del abogado, lentamente; piernas entrelazadas con las de ellas, con delicadeza para no herir ni molestar (aunque su recuperación iba viento en popa). Piernas gruesas las de él, haciendo contraste con las preciosas extremidades de ella.

Lenis miraba de vez en cuando las piernas de George: varoniles, con vellos para nada abundantes y sexis. Él, por su parte, contemplaba las de ella… Lenis suspiraba cada vez que notaba los ojos miel de él sobre su piel dañada por la explosión. Confiaba en Pilar, le enfermera le aseguraba que no quedaría cicatriz, pero Lenis se había estado observando mucho las costras que se le hacían, especialmente en los momentos (que eran casi todos) en los que no se le permitía colocarse vendaje para que sanara mejor.

La herida abarcaba gran parte del muslo y tenía una cicatriz alargada, provocada por el corte de un vidrio. La famosa quemada, la misma que la confinó a la hospitalización luego de la explosión, Max la había descrito (sobre todo a los paramédicos que la atendieron rumbo al hospital y al doctor de guardia que la recibió) como una pieza de su cuerpo literalmente incendiándose, sin poder explicarse cómo Lenis nunca sintió nada.

Pero en la actualidad, para ella, existía algo más importante que su pierna.

La pareja fue informada el día anterior que Carmen Díaz había sido detenida por el cargo de conspiración y engaño contra la juridisción, obstrucción de una investigación oficial y complicidad en timo y malversación de fondos al colaborar con la huída de un sujeto buscado por la justicia internacional.

Lenis, cada vez que pensaba en esa información, sentía que el estómago se le revolvía.

Deseaba verla a su tía, como nunca antes. Quien pensara que sus intenciones se teñían de preocupación por el bienestar de aquella mujer, podía darse por equivocado.

George sabía que Lenis no estaba bien con todo lo que estaba sucediendo. Los hijastos de Ferit descubrieron que aquel famoso sujeto nunca abandonó el país, que de haberlo sospechado en un principio, tal vez lo habrían encontrado desde hace mucho tiempo. La noticia se tornaba difícil de procesar para todos, sin embargo, para Lenis era otra cosa. Significaba un quiebre de su estabilidad emocional pensar que su sufrimiento, el haber quedado sola en medio de un matrimonio desastrozo y peligroso, ocurrió en vano. Esa terrible noticia la molestó fuertemente. Tanto George, como Peter y Max entendían que ella, por ser era la hijastra que más sufrió las fechorías de su padrastro, tenía que ser la que más le afectaría un descubrimiento como ese.

La herida le afectaba, sí. Su tía detenida y siendo sospechosa de todo lo que ella vivió en aquella habitación de la hacienda y en la explosión, obviamente le afectaba, por supuesto, pero enterarse que su padrasto siempre estuvo cerca, agudizaba sus fatigas y dolencias.

George estaba preocupado, quería distraerla, crear momentos especiales y divertidos junto a ella, pero temía que por mucho que intentara entretenerla con paisajes de ensueño y tranquilidad, en su interior proseguía la guerra.

No se lo había dicho, pero Lenis aún soñaba cosas turbias, situaciones conocidas y aparentemente vívidas que ella al día siguiente no recordaba. Y él sabía que el subsconsciente era un cofre maestro: guardaba muy bien las experiencias, sobre todo las prepcupaciones del día a día, esas que no eran liberadas, ni habladas, ni drenadas.

El abogado era testigo de una Lenis removiéndose en plena noche y observaba, detallando sus movimientos y palabras emitidias. La que más le perturbaba era «Jeff».

“Jeff… Jeff”, decía ella repetidamente, a veces, en contadas ocasiones.

«Maldito Jeff», pensaba él cada vez que la veía en esa postura.

Acarició sus brazos, lentamente, casi al mismo ritmo en el que ella le sobaba las piernas y dejó un beso en su cabeza, apretó más el abrazo y siguió moviendo su mano derecha, sus largos y varoniles dedos más al centro de su pecho, en dirección a uno de sus pezones.

Ella gimió muy bajito al sentir las yemas acariciar su aureola y se removió —apenas— sobre la toalla.

George intensificó el toque, apretando la zona, acariciando con la palma el resto del seno.

Suspiró profundo y removió su entrepierna, haciendo que ella sintiera su vara inhiesta allá debajo.

Se enderezó, no se aguantaría por más tiempo. Debía ser delicado con ella, pero la deseaba demasiado.

La tomó de la nuca, giró su cara y la besó, introduciendo su lengua y empezando a bailar con la de ella, a un ritmo sensual, provocador, directo, sin dejar de amasar sus senos, profundizando el beso, tanto, que se movió contundente hasta colocarse sobre ella.

—George…

—¿Mmm?

—Nos van a ver —susurró Lenis, moviendo sus retinas a su alrededor.  

—Sabes que no —zanjó él de vuelta, bajándole el bikini color azul gricáseo, como los ojos de ella, sacando su miembro, separando sus piernas con maestría y penetrándola, junto a una gran exhalación de aire, gemidos también, los mismos que lograron romper la quietud que los rodeaba.

Lenis se abrió más para dejarlo entrar. Desde ese momento la herida ya no fue un estorbo.

Él tomó con una mano la pierna izquierda de Lenis para controlar los movimientos que, gracias a la toalla que lo soportaba todo, se fueron acelerando, excitándolos, hasta no darse cuenta que sus gemidos, de no ser privada aquella zona, pudieron haber alarmado a más de una persona en la redonda.

Lenis enterró las uñas en la gran espalda de él al sentir el orgasmo recorrerle las piernas, viajando hasta su centro, curveando su cuello como si pretendiera mirarlo todo al revés gracias a las sensaciones que los eficaces y expertos movimientos de ese hombre le provocaban, ese hombre que jadeaba de placer sintiendo cómo las femeninas carnes lo envolvían bajo la sombra de esa sombrilla, con las aves como testigos y el mar de fondo, viéndolo todo y bailando al ritmo de los cuerpos.

George lo supo.

Miró dentro de los ojos claros de ella y encontró placer y desesperación, entrega y decisión.

Ella tembló y él se dejó ir, jadeando guturalmente con empujes secos que lo vaceaban, dejándose caer cuidadosamente sobre ella y enterrando su cara en su cuello, intentando calmarse luego de aquel arrebato de sexo en la playa.

Sin salirse de Lenis, sostuvo su cara y la contempló por un instante.

Bufó y removió su cabeza con una pequeña negativa.

—¿Por qué eres tan bella, Lenis? ¿Ah? Eres deslumbrante, ¿te lo he dicho antes?

Ella se echó a reír, casi dejándolo ciego por la preciosidad de la sonrisa que estalló a través de sus labios.

Salió de su cuerpo, ayudándola a colocarse el bikini, sentarse y ponerse cómoda tras el puff que se había rodado hacia un lado, asegurándose que su pierna estuviese bien, disfrutando de su mirada enloquecida, revisando los alrededores para ver si alguien los había visto.

Él adoró el sonrojo en sus mejillas gracias a aquella locurilla sexual y desinhibida. Después, acomodó su bañador tipo short y comenzó a buscar algo por la arena.

Lenis frunció el seño.

—¿Qué buscas? —Ella empezó a ayudarlo con la mirada, buscando algo que aún no sabía qué era.

George inclinó su cuerpo hacia el tope del bastón que anclaba la sombrilla en el suelo y removió la arena al rededo, totalmente serio y en silencio.

El fruncimiento de las cejas de Lenis se intensificó.

—¿Ya nos vamos? —preguntó ella, extrañada al no entender muy bien lo que George estaba haciendo—. ¿Me puedes decir qué sucede? —Exhaló una risa—. Pareces un loco.

Él dejó de hacer su tarea y se sentó frente a ella con algo en las manos que ella siguió con la mirada.

El caballero que acaba de hacerle el amor sobre una toalla llena de arena en a una de las más hermosas costas turcas, no se había terminado de sentar cuando el mundo de Lenis pareció quedarse en silencio, el tiempo a su alrededor ralentizarse, volverse líquido, sumergirse en las profundidades de una gran pecera.

La risa de Lenis se borró y —extrañamente— combinaba con su cabello castaño desordenado por el aplastamiento que sufrió sobre la toalla hace minutos.

George sostuvo el objeto entre el pulgar y el dedo índice frente a sus ojos grises.

—Ya encontré lo que buscaba.

Lenis intentó tragar grueso, pero ni siquiera tenía saliva para lograrlo. Su garganta estaba seca, casi llena de arena, el asombro era descomunal.  

Miró aquellos preciosos ojos con estupefacción. Ella jamás vio una miel tan pura y clara como esa.

—George...

El nombre en los labios de Lenis le hizo sonreír ladeado, arrebatadoramente sexi. Él estaba seguro de lo que hacía, pero siempre se sorprendería por las reacciones que Lenis causaba en su interior.

Tomó la mano izquierda de ella y poco a poco, colocó un precioso anillo de plata con una piedra excepcional y cristalina sobre su banda.

George exhaló. Negó con la cabeza al ver lo hermoso le quedaba el anillo, casi no lo podía creer.

La miró a la cara sin soltar su mano.

—Quise emular un poco el brillo de tus ojos, pero ya veo que es imposible.

Lenis dejó de respirar, un nudo en su garganta reemplazó todo el aire contenido.

—Cásate conmigo aquí.

Ella separó los labios, incrédula.

Él continuó:

—Ambos adoramos este país y nos amamos, ¿por qué esperar? —Ella escudriñó la mirada de George, bucando alguna broma, o tal vez un desvarío—. ¿No quieres casarte?

Lenis tuvo que reaccionar.

—Sí quiero, sabes que sí, pero… ¿qué tanto estaremos acá? ¿Por qué el apuro?

Él sonrió y de repente se echó a reír, ligero, soltándola un momento mientras se acomodaba mejor sobre la toalla.

Con una pierna doblada, planta sobre la arena, la otra pierna estirada y sosteniéndose con un solo brazo, George pasó su mano libre por su cabello, se rascó un poco la cabeza, miró el horizonte, luego a ella.

—Lenis, nos han pasado muchas cosas. Algunas demasiado malas. —Apretó la mandíbula y suspiró—. Entre todas ellas, lo mejor ha sido enamorarme de ti. —Ella le escuchó atentamente—. No hemos hablado con detalle sobre todo lo que nos  ha pasado, simplemente nos dejamos llevar por la corriente entre los benditos planes y todo lo que hemos tenido que hacer para cuidarnos, para… para que me perdonaras, para… amarnos.

Él acarició su sonrojada mejilla, provocando que sus párpados cayeran momentáneamente gracias a la increíble sensación que le generó su toque.

—Deseo amarte con dedicación, amarte bien… Nos lo merecemos, Lenis. —Él hizo una pausa para tragar y respirar mejor—. Para mí no fue fácil verte destrozada por mi causa sobre una cama extraña. —Volvió a tragar, sintiendo más pesadas sus palabras, necesitaba liberarlas—. No fue fácil saberte secuestrada y mucho menos enterarme de lo que tuviste que vivir allá. Yo te vi… —él exhaló, su pecho dolía— te vi siendo arrastrada por esa gente. Vi cómo te alejaban de mí. Eso fue…

—George… —Ella tomó su mano y la apretó.

—No fue sencillo, nada sencillo, Lenis. Además, recibir esa tétrica llamada de mi mejor amigo, gritando como loco, desesperado, contándome que estabas quemándote —gruñó las palabras—, que iban dentro de una ambulancia rumbo al hospital, eso fue…

Lenis se acercó a él como pudo y le abrazó fuerte, apoyando su cara sobre su hombro. Apretando, apretando, sobando, acariciando, sobando de vuelta, apretando otra vez…

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