LOGINGeorge carraspeó con la garganta para erradicar un poco sus ganas de llorar, sintiendo un poco de vergüenza por ese sentimiento. No era la primera vez que se dejaba ver así delante de ella, pero no le gustaba, le hacía sentir débil, sobre todo entendiendo que en esos momentos debía ser todo lo fuerte que pudiese. Para él, para ella, para todos.
Se separó de Lenis un momento y entrelazó su mano con la de ella, la misma que cargaba el anillo.
Luego, acercó ambas palmas a su pecho.
—No he sido un hombre casto, Lenis. —Con el pulgar, acarició su delicada mano—. Las mujeres han pasado por mi vida como una marea al viento, tengo que reconocerlo y no pretenderé ocultarlo. Siempre… Siempre pensé que todo era fácil, a excepción de…, ya sabes, mi padrastro. —Ella asintió, mirando al suelo—. La vida me era llana, un poco vacía, pero no lo noté de ese modo hasta que te conocí. —Él se acomodó mejor, soltándola un momento para lograrlo. Ella siguió escuchando con atención—. Cuando te vi por primera vez, sentí como si un hueco profundo dentro de mí se llenara de algo bueno. La verdad es que no lo entendí, pero sí sentí algo muy fuerte. —Ella sonrió ladeado—. Eres… Eres muy hermosa, Lenis. Además, estás demasiado buena. —Lenis apretó sus labios para evitar reírse, sin lograrlo—. En serio, eres todo un bombón. —Lenis no dejó de sonreír, negando con la cabeza ante las locas palabras de George—. Pero lo que sentí aquí por ti —se señaló el pecho—, fue más allá de simplemente admirarte como hembra.
Él suspiró largo y tendido y miró el horizonte.
Prosiguió:
—Después de entender que no eras mi enemiga —ella apartó la mirada—, me sentía tan culpable… Porque Lenis, te lo juro: el George anterior, si no te hubiese amado, no abría sentido culpa alguna.
Ella arqueó sus cejas.
Él se dio cuenta de su mueca.
Colocó un par de dedos bajo su barbilla y volvió a encausar sus miradas.
—Me enamoré de ti, Lenis Evans… Y mucho más cuando supe que tú también de mí. —Acercó sus labios a los de ella y la besó—. Me enamoro todos los días de ti. Soy un hombre muy afortunado de tenerte. —Sonrió, bajando la mirada, luego volviéndola a subir—. ¿Sabes? Seda me lo dijo una vez.
—¿Seda? —Él asintió—. ¿Qué…? ¿Te habló de mí? ¿Hablaron de mí? —Él volvió a asentir— ¿Qué te dijo? ¿Y cuándo, por qué…?
—Lenis, yo quería que te apoyaran otras personas, que confiaras en aquellos que han sufrido lo mismo que tú, que ella, que mamá…
—George…
—Confío plenamente en ese sistema, Lenis. Te lo dije una vez: no todos los casos que he manejado en mi vida han sido de negocios. Antes de tú llegar a mi vida, vi de cerca el maltrato y ni siquiera estoy hablando de lo que ese imbécil le hizo a nuestras madres.
Ella exhaló bastante aire y asintió, comprendiendo todo.
—Estoy de acuerdo con Seda —continuó él—. Soy muy afortunado, pero quiero serlo aún más y quiero que compartamos esa alegría. —Él sonrió con sus labios cerrados y Lenis sintió cómo su pecho se apretó.
Lenis miró su anillo al sentir que él lo acariciaba.
Contempló la hermosa playa, apretó los párpados por un par de segundos y los abrió.
—Está bien.
Él frunció el ceño junto a una sonrisa torcida.
—¿Eso qué quiere decir?
Ella sonrió abiertamente y George mordió su labio inferior, escudriñando sus muecas.
—Ya te había dicho que sí me casaría contigo, J. Miller. Ahora te digo que sí a esta locura tuya de casarnos acá.
Él sonrió de vuelta, sus labios cerrados, como su masticara su propia lengua. Luego se echó a reír, ligero y contento, porque pensó que Lenis le discutiría y sacaría esa terquedad que él disfrutaba soslayar.
Tomó su cara con ambas manos y la besó profundo, sensual…, respirando entrecortadamente y sintiéndose el ser más afortunado del planeta.
De una vez, durante el beso, su cabeza empezó a planificar. La boda debía ser pronto y tenía que funcionar como lo que deseaba; al menos, como una de las cosas que quería que la ceremonia cumpliera: aliviar el paso del tiempo, adobar sus infiernos y hacer que el regreso a la realidad no significara un impacto terrotrífico para ellos.
***
Lenis se había quedado dormida, ya la noche había caído sobre la casa.
Se sentó en la sala con la laptop y esperó a una hora específica para conectarse, por mandato de Peter.
Al lograrlo, la pantalla lo llevó a la sala de interrogatorios donde tenían a la señora Carmen Díaz, quien estaba acompañada solamente por J.T, en su rol de agente de inteligencia.
A pesar de la petición que el rubio agente le había emitido al abogado el lunes por la mañana, siendo en la ciudad de madrugada, George se había colocado los audífonos, era mejor escuchar así; no quería despertar a Lenis con la voz de su tía estando presa y bajo interrogación.
Peter le había sugerido a George invitar a Lenis al interrogatorio. Según Embert, solo a modo de declaración y «confirmación de individuo», como le decía el rubio, pero el abogado era astuto y conocía muy bien al equipo, entendió perfectamente lo que Peter quería: que Lenis entrara en esa sala que él estaba viendo a través de las pantallas para estimular un poco la garganta de su pariente y así soltar prenda y acabar con todo de una vez, o dar comienzo a una (por fin) frunctífera búsqueda.
George respiraba profundo al pensar en eso, él también opinaba lo mismo que Peter: Lenis era necesaria, pero quería encontrar bien el momento y la forma cómo devolverse a la ciudad sin que ambos corrieran peligro. Tan solo un día, unas pocas horas y una conversación previa a la videollamada le bastó a él para tomar unas cuantas decisiones al respecto.
—Mira los documentos. Míralos —le dijo J.T a Carmen, luego de colocarle una carpeta amarilla abierta de par en par sobre la mesa.
La agente estaba vestida con su regular atuendo de colores negros, botas, chaqueta, jean… En cambio, a Carmen le habían dado una ropa de pantalón holgado color gris, un sueter grande color morado y zapatillas blancas de corte bajo. Su cabello iba amarrado a una cola y no llevaba ni una gota de maquillaje. La mujer era hermosa; al menos, en algunos años lo fue. Pero en ese momento la situación le regalaba una fealdad triste, lamentable y fatigada. Sin embargo, la terquedad parecía ser de familia y la osadía no abandonaba su cuerpo, a pesar de comprender que ya no tenía salida.
—Eso es un título de propiedad a tu nombre. Lo hemos encontrado sobre la mesa del comedor de la casa a la que pertenece ese documento. —Carmen apretó los labios con rabia—. Así es, en la mesa principal, a los ojos de todos. Nos lo dejaron fresco y fácil de leer. ¿Sabes lo que eso significa? —Se creó una corta pausa, que Carmen no llenó—. Es de nuestro conocimiento que actualmente ese inmueble es habitado por un tal Fernando Azuaje. Imaginanos que si la casa es tuya, lo conoces.
Carmen se mantuvo en silencio y sin mirar a Jaya a la cara.
—Ok —continuó J.T, girando la página para mostrar la foto del sujeto identificado a través de las cámaras de seguridad del restaurate. A diferencia de la prensa, la agencia (gracias a su tecnología) logró identificar el rostro de aquel individuo y dieron con el nombre del joven—. Él es Giorgo Gláttini. Es un italiano solicitado por la justicia, por ser el mayor sospechoso en la explosión sucitada en contra de tu sobrina, Lisa Díaz. —La mandíbula de Carmen se movió bajo la piel—. Tengo varias preguntas al respecto, Carmen. La primera, ¿qué hace un italiano de veintidós años de edad visitando constantemente al inquilino de la casa que está a tu nombre? —Carmen miró la imagen, luego a la nada—. La siguiente pregunta, ¿qué hace un italiano tan joven metido en estos menesteres y en un país extranjero? Esto es crímen organizado, Carmen, esto es grave y la condena es larga para todo aquel que colabore con infracciones de este tipo, pero queremos que mires la foto…, que la mires y nos digas que lo conoces, porque lo conoces… Dilo de una vez, ¿para qué reservarte esa información? ¿Qué lograrás a tu favor con reservarla? Empeoras tu situación, Carmen.
La adustez hacía fiesta en el rostro de la interrogada y luchaba por no perder su compostura.
—¿Dónde está mi abogado? Lo he solicitado desde que me trajeron acá y nadie me ha hecho caso.
—Carmen, tu abogado está desaparecido. —La mujer miró la cara de J.T con asombro—. Sí, así es. ¿Te sorprende? El mismo abogado que solicitaste para que viniera y te defendiera, lo han reportado como desaparecido por sus familiares. Lleva un mes dentro del sistema. Por supuesto, la agencia está ahora encargada de su búsqueda, pero no lo esperes, porque no podrá apoyarte, así como te abandonó el inquilino de tu casa en el momento que nos dejó este título de propiedad que acabas de ver. —La agente se inclinó un poco para adelante, acomodándose en su silla—. Te asignaremos un abogado, por supuesto que sí, pero ya los cargos en tu contra han sido establecidos por la juridiscción. —J.T retrocedió páginas del folio hasta mostrale la primera, la cual era una planilla con los datos de la mujer interrogada, la firma de la jueza y los cargos imputados. J.T gesticuló con sus manos y sus dedos índices—. Carmen Díaz, de aquí, te vas a la cárcel. De seguro, al igual que tu amigo Smith, no te darán derecho a juicio, así que habla.
—Esto es… Esta es es una violación a mis derechos…
—Tu condena se rebaja indudablemente si hablas con nosotros, si nos colaboras, si reconoces al sujeto de la foto, si nos das su ubicación, si nos narras el cuento de cómo fue que terminaste enredada con esta gran mafia, que al parecer, está mezclada con una italiana. Tu condena se rebaja si nos das la ubicación certera y precisa de ese tal Fernando, que todos sabemos que no se llama así. Presentimos que ese tal Azuaje es Ferit Turgut —ironizó J.T—, el ex esposo de tu ex cuñada, a quien también, por cierto, nos encantaría ubicar. Estamos seguros que tú sabes dónde está ella. Habla, Carmen, habla con nosotros, no lo retrases más, no te conviene.
Carmen asintió y se mordió su labio inferior pero desde dentro, chupando la piel, arrugando la boca.
—Esto no es más que un enredo del que ustedes se arrepentirán. Me han enredado con esa gente porque fui amiga de la madre de Lisa…
—Tu sobrina —interrumpió J.T—. Lisa no, tu sobrina. Ella es tu sobrina. Dilo, “mi sobrina”, dilo.
—Mi sobrina. ¡Mi sobrina! —Carmen obedeció, casi gritándolo entre dientes—. Fui amiga de Francis, la madre de «mi sobrina» y estuve en la boda de ella con Turgut, sí, pero no tenía idea de la rata que era ese hombre. Si lo hubiese sabido desde un principio, le habría aconsejado a Francis no meterse con él y menos a casarse. Muchísimo menos a darle un padrastro de esa calaña a… a mi sobrina. —Tomó aire por la nariz—. Entiendo que me inmiscuyan en todo esto, pero no tengo idea dónde pueda estar esa gente, no lo sé y no quiero saber nada. Esa gente es mala, nunca quise estar mezclada.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







