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Capítulo 81 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-21 01:14:54

George sonrió, incrédulo. Peter, con sus manos tras la espalda, estando de pie del otro lado del vidrio, elevó las cejas ante las palabras de la mujer. Y Maximiliano, que lo acompañaba, sentado en una silla de oficina alta, vestido con ropas relajadas y deportivas, como jean, zapatos de goma y un sueter negro cuello en V, con un brazo sobre el espaldar de la silla, un pie sobre el suelo y otro montado en una de las barras, exhaló un par de risotadas a un decibel sonoro muy bajo, como para sí mismo. Ninguno de los jefes podía creer lo que la señora Carmen Díaz estaba declarando con tanto descaro.

—Carmen, te recomiendo que dejes de tomarte esto como un juego. Nos diste una dirección y no por un antiguo conocimiento, sino porque sabías que tu sobrina estaba en ese lugar junto a Jefferson Smith, aprovechando el engaño para hacer un trato con nosotros. También sabías que Turgut era dueño de esa hacienda, que el ex asesor del gobernador hacía negocios con él y que uno de esos negocios se trataba del secuestro de la secretaria del empresario Maximiliano Bastidas, de tu propia sobrina. Aún mantienes contacto con el señor Ferit, quien es buscado por malversación de fondos, e****a al fisco, robo, falsificación de documentos federales, secuestro y terrorismo. Eres parte de su clan, eres una más de ellos. —J.T mostró otra página del folio y se la mostró—. ¿Qué nombre está estipulado en esa cuenta bancaria? Mírala, mira los números. —Carmen obedeció y no mostró sorpresa alguna—. Esa eres tú. Ese es tu nombre. Eras la dueña, porque ya no lo eres, de esos miles de Euros guardados en ese paraíso fiscal que nuestra agencia logró encontrar porque, fíjate, me atrevo a decir que has cometido varios errores, uno de ellos es el groso error de guardar esas divisas en el mismo banco donde Jefferson tenía las suyas. ¿Y sabes quién más tenía cuenta bancaria allí? Turgut… Sí, lo sabes. Por supuesto, si le insultas y lo odias y no quieres saber nada más de él porque es un delincuente, entonces debe ponerte feliz el enterarte que ya ese señor dejará de poseer todos sus patrimonios, todos, y que precisamente eso lo hará salir de su escondite, porque así como intentas evadirlo, ese hombre será encontrado y hablará, te mencionará porque ya te abandonó en plena trinchera. De ese mismo modo, así como quieres esfumarte inútilmente de tu culpabilidad, nosotros hemos dado con tu otra casa, esa que pertenecía a tu hermano por herencia familiar; tu hermano, quien era el padre biológico de tu so.bri.na, la misma propiedad que te atreviste a cambiar de título, traspasándolo a tu nombre justo después de fallecer el señor Díaz. Y sabemos que es allí, en ese inmueble, donde permitiste que Turgut, ese hombre al que tanto “odias”, se escondiera todo este tiempo engañando a la juridiscción y a toda una nación con un supuesto exilio exitoso. Eso ocasionó que Turgut se saliera de control y colocaran una bomba en el vehículo que transportaba a la señorita Lisa Díaz. Y cito las palabras del señor Smith, su ex esposo, palabras bajo juramento y declaración oficial: “Venganza por haberle estropeado su escondite más preciado”. El secuestro no fue exitoso, hizo que Turgut perdiera un importante bien, por lo que decide vengarse de su súbdito, Jefferson Smith, vapuleando a lo más preciado: a su ex mujer. Esa ex mujer es tu sobrina, Carmen, repito, y pagarás condena por hacerle daño. Entonces habla, narra tu historia, dinos por qué lo has hecho. Aquí podemos estar todo el tiempo que desees, no tendremos ningún problema. —J.T se cruzó de brazos y recostó su espalda en la silla.

Luego de una hora más, donde Carmen seguía sin emitir más palabras esclarecedoras, George cerró la laptop y se fue a dormir, disfrutando por unos pocos segundos las vistas sobre su cama: una mujer con la piel tostada por el sol, a pesar de tener una herida en la pierna, durmiendo y esta vez más tranquila, sin sueños turbios.

A las ocho de la mañana, el abogado se levantó cuidadosamente para no despertar a su novia. Pidió en la cocina a la señora encargada de la comida que por favor le sirviera un café y se lo llevara a la piscina, donde él se acomodó bajo una de las sombrillas, sentándose frente a una de las mesas colocadas alrededor de la alberca.

Con él, bajo el brazo: la fiel laptop, conectándose con el equipo luego de ponerse cómodo.

—Lenis se acostó tarde. Intuyo que en un par de horas se despertará, ya saben que suele hacerlo temprano —informó George a los jefes, quienes se encontraban en pantalla.

Esta vez, Peter acudió a la casa del CEO y ambos se conectaron desde el despacho.

—Esa mujer hablará —dijo Peter—, pero ninguno de nosotros lo va a lograr.

—Lo sabía —dijo George por lo bajo, negando con la cabeza.

—Es solo un paso, Miller. —Peter intentó tranquilizar la queja de George—. No perdemos nada con probar. Lenis tiene que estar acá. Organizaré el viaje para hoy mismo…

—No. Organízalo para dentro de dos días. Lenis y yo nos vamos a casar.

Con su cara de juego, George —muy internamente— pudo disfrutar cómo la pantalla de su computadora parecía haberse congelado: no era más que aquellos dos jefes catatónicos, proceando la información lanzada allí, como si nada.

—¿Vamos a ser tíos, o qué? —intervino Max con un tono de voz que intentaba ser bromista en medio de su asombro.

—No, nada de eso. Simplemente nos vamos a casar, ¿cuál es el problema?

Peter y Max se miraron.

—¿Qué pretendes hacer con eso, George? —preguntó Peter.

El abogado exhaló bastante aire y miró al interior de la casa, percatándose que la cocinera salía para llevarle el café.

La mujer, muy respetuosamente, colocó la taza, manteniendo la privacidad y las distancias, retirándose al segundo.

—Muchas gracias —le dijo el abogado a la señora. Le dio un sorbo a su bebida y regresó a la conversación—. Soy quien legalizará el decomiso de todas las posesiones de Turgut. Sabemos que en cualquier momento se quedará sin apoyo, que no ha salido de la ciudad, pero no sabemos quienes colaboran con él en la actualidad. Necesito segurar que si me llega a pasar algo, mis bienes no se los quedará el estado.

Max, sentado en una de las sillas frontales al escritorio, con ropa casual y el cabello mojado por su reciente ducha luego de hacer elercicio, restregó sus párpados y bufó, negando con la cabeza, sintiendo un repentino cansancio caer sobre sí.

Peter se rió sin nada de gracia y también hizo señas en negativo, mientras seguía sentado en otra de las sillas al lado del CEO.

—No puedo creer esto… —comentó Peter—. Puedes dejarle tus bienes a Lenis sin tener que casarte, ¿por qué la boda?

—No es así tan fácil, Peter. Si le dejo los bienes a ella sin un acta de matrimonio, las autoridades herenciales tendrán el derecho de investigarla y no quiero hacerla pasar por eso. Además… —George mordió su labio interior—, la amo.

Max miró de lleno la pantalla, atravesándola con sus ojos marrones más ocurecidos que nunca,

Luego de un momento de silencio, el CEO suspiró y asintió antes de preguntar:

—¿Ya se lo propusiste?

George asintió.

—Lo hice cuando ella estaba en el hospital, ya ella había dicho que sí antes de venir acá. Ayer le entregué el anillo y hoy me la voy a llevar al altar. —Peter alzó las cejas—. Bueno, altar… Ustedes entienden.

—Al menos espera que vayamos. —Peter miró a Max y le hizo señas de que dijera algo al respecto.

—Sí, sí. Podemos viajar hoy mismo y los acompañamos —dijo Max—. También piden testigos en las bodas turcas —ironizó, sabiendo que cada uno de ellos sabían mucho sobre bodas turcas.

George bufó y miró de nuevo al interior de la vivienda. Desde su asiento, pudo ver a Lenis trajinar por allí, al parecer, dirigiéndose a la cocina.

—Ya despertó. Peter, coordina lo que tengas que coordinar. Me mantendré en contacto. —Le asintió a cada uno y se salió de la vídeollamada, cerrando la tapa de la laptop.

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