FAZER LOGINLenis salió de la ducha en la tarde del martes. Ya podía darse un baño sin el protector de la pierna, la herida sanaba veloz.
Con una toalla en la cabeza y otra alrededor de su cuerpo, entró a la habitación y se dirigió hacia el armario, para quedarse casi literalmente congelada delante de las puertas abiertas y de madera pintada de blanco.
El armario estaba vacío, a excepción de un solo gancho, el cual tenía colgado una prenda misteriosa.
Lenis miró alrededor de la habitación, sin moverse, extrañadísima por no encontrar nada. No quiso armar revuelo de inmediato y tampoco salir corriendo a preguntare a George el por qué de todo aquello, sin antes ella misma revisar bien la recámara.
Las gavetas contaban la misma historia: nada de ropa, a excepción de una caja blanca con un lazo negro, dorado y plateado encima.
Lenis alzó las cejas y se quedó mirando aquel regalo.
Sus labios se separaron, frunció el ceño y miró hacia la puerta principal, como si con eso lograra ver a George desde allí; algo imposible, ya que él se encontraba en otra habitación, trabajando.
Abrió la caja sin sacarla de la gaveta y sus ojos se abrieron más. Dentro, un ligero color blanco, encima de un conjunto de lencería del mismo color.
Nunca antes una prenda de ropa la había excitado, pero fue eso lo que sintió al ver las cosas dentro de la caja: excitación; un remalazo de placer azotó su bajo centro al ver aquella tela íntima.
Cerró la gaveta y se regresó al interior del armario. Luego de un par de segundos, descolgó la única prenda en gancho y la colocó sobre la cama para abir el forro de color negro que cubría «el gran secreto».
Un jadeo de absoluto asombro emanó, sonoro, con volumen alto, desde la garganta de Lenis Evans. La culpa era de un vestido blanco con finísimas cintas para los hombros, escote corazón y terminación de sirena. La prenda había sido confeccionada con unas líneas en relieve horizontales que ella estaba segura estilizaban muchísimo la figura de cualquier mujer que se lo colocara.
Ya no era asombro lo que cubría las facciones de Lenis. Una seriedad la golpeó de repente, observando —sin detenerse— el hermoso diseño que tenía en sus manos.
Miró para atrás, al armario, y buscó mejor, buscó por todos lados, sin éxito de contrar lo que…
—¿Buscas esto?
Lenis se enderezó al escuchar la voz de George y su quijada cayó de par en par.
El abogado iba vestido de traje, un traje de ejecutivo azul marino, pero sin corbata, solapas abiertas, camisa blanca, zapatos marrones y su cabello iba bien peinado, como siempre, de hecho, había sido cortado, dejando un mechón en su frente que ella no comprendía cómo podía suceder aquello, parecía un corte de futbolista.
Se había afeitado, mostrando el esplendor de su rostro y sus ojos parecían verse más ámbar que nunca.
Con una mano guardada dentro de uno de sus bolsillos del pantalón, de pie bajo el umbral de la puerta principal de la habitación, llevaba en la otra mano un par de zapatos femeninos de color blanco.
Ella miró sus manos, luego su rostro.
—¿Qué…? —Él despegó su cuerpo del umbral, lentamente, caminando hacia ella—. ¿Qué es todo esto, George? ¿Por qué estás vestido así? ¿Y…? —Él estaba cada vez más cerca de ella—. ¿Y dónde está mi ropa? —Miró hacia el armario y luego a él—. ¿Dónde está toda «nuestra» ropa?
George se detuvo frente a ella y le dio los zapatos.
Ella los miró, quería tocarlos, pero sintió que no debía.
—¿Qué quieres que haga con ellos? —preguntó Lenis en un hilo de voz.
Él sonrió con sus labios cerrados y ladeó la cabeza.
Acarició la mejilla de ella y se inclinó para dejar un beso en sus labios.
Lenis no cerró los ojos de inmediato, pero el beso duró un poco más de lo que ella pudo haber esperado, abriendo su boca para recibir más labios, lengua, más boca.
George se despegó y le habló cerquita:
—Vístete. Vamos a casarnos en dos horas. —Plantó un beso sonoro en sus labios otra vez, le dio los zapatos, que ella tomó casi en schok y salió de la habitación.
—¿Qué…? ¡¿Qué?!
—La ropa es porque nos vamos mañana después del desayuno. Vamos, vístete para que no llegues tarde a nuestra cita. —Él guiñó un ojo y salió de la habitación, antes de que se convirtiera en un campamento de batalla.
«Una hora y cuarenta minutos después…»
Lenis se miraba en el espejo del baño. Se había hecho sus preguntas mentales, dándole respuestas a cada una, emitiendo una oración con sus ojos cerrados de manera momentánea, pidiendo una bendición para ese día.
Faltaban tan solo minutos para volver a casarse. Y ella quería estudiar sus sentimientos, analizarse, enteder lo que estaba por suceder a continuación.
George estuvo vestido para esa boda desde hace dos horas. Se le veía ansioso y antes de irse a preparar todo aquello, ella le persiguió para conversar sobre esa locura de casarse tan pronto.
Sí, había aceptado hacerlo allí y sabía que sería en poco tiempo, pero jamás que fuese al día siguiente de aquella propuesta frente al mar, sobre la arena, con él dentro de ella, fuera y dentro de su mente también, en medio de aquellas circunstancias tan difíciles que aún enfrentaban, sin contar las que faltaban por enfrentar.
George le había asegurado, durante su conversación de aclaratoria que la amaba, profundamente, que no podía esperar hacerla su mujer. Y ella le preguntó, “¿cuál mujer? ¿Lenis o Lisa?”
Lenis miraba su rostro en el espejo, retocando lo último de su maquillaje, pensando que su futuro esposo era un hombre astuto.
Le había respondido que Lenis ya era su mujer desde que la vio por primera vez. Que en cambio, si este día se casaba con quien ella quisiera ser, si ella elegía a la otra, a la de antes, a Lisa, él pediría entonces disculpas a la señorita Evans, porque se sentía tentado a consumar el matrimonio antes de empezar.
Ella sabía que él tenía otras razones para casarse más allá del amor, pero ese era su viaje por la vida y él era un hombre en toda regla, quien no caminaba sus senderos haciendo sandeces y diciendo tonterías. Lenis sabía perfectamente que la amaba y eso le bastaba. Además, ella pensaba que aún no le había complacido en nada.
«¿Qué le he dado yo a él? Nada», se decía. «Esto le daré. Me daré en cuerpo y alma a este hombre porque, a pesar de haberme hecho llorar como casi nunca, también me salvó la vida».
Por un momento, le fue inevitable recordar su primer matrimonio.
Desastre, desastre, tras desastre. Calamidades, desenfrenos, errores y más errores, luego una cicatriz y los golpes… La manipulación de Jefferson, el propio Jefferson en su vida, más su secuestro y todo lo que le hizo estando atada y con los ojos vendados, jamás lo olvidaría, pero ella tenía muy claro que no podía comparar ambos escenarios: un matrimonio fallido era eso, un fallo. A pesar de todo, Lenis seguiría confiando en los nuevos comienzos.
Pensó en su madre… Bufó una gran ráfaga de aire. No presentía nada bueno.
Pensaba que si Turgut se había escondido en la propia ciudad y por obra de Dios, sus preceptos divinos y el destino, la justicia lo empezaba a localizar… ¿dónde estaba su madre? ¿Dónde estaba ella?
«Ella debía estar aquí. Debió haber estado conmigo en mi primera boda, también es ésta… En todas las cosas y momentos.»
Decidió que era mejor no seguir pensando en su progenitora y llenar con eso, su cerebro de materia oscura.
Salió del baño y apagó la luz. Luego hizo lo mismo con su habitación y vio a Pilar muy bien vestida bajo el umbral de las puertas de vidrio que dividían la sala de la alberca.
Caminó hasta ella.
—Wow… —exhaló Lenis, viendo cómo le quedaba el vestido verde a su enfermera—. Dios, eres absolutamente hermosa, Pilar. Wow, estás impresionante.
La enfermera de Lenis, una mujer alta y estilizada, de cara fina y mirada sexi, piel clara y a la vez tostada, cabello color negro con reflejos marones y suaves ondas, largo hasta casi al término de su espalda, sonrisa sensual de dientes perfectos, llevaba puesto un elegante vestido que combinaba con sus hermosos ojos verdes.
—¿Hablas en serio? —le preguntó la enfermera, mirando a la novia de arriba a abajo—. Juro que las bodas no me enternecen mucho, pero tú estás a punto de que en mí ocurra una excepción. Estás despampanante. El vestido de novia te queda… fabuloso, Lenis.
La mecionada sonrió, sus mejillas muy sonrojadas. No quería ser elogiada, pero entendía que ese era un día emblemático en su vida.
—¿Eso que llevas en las manos… es para mí?
La enfermera miró las flores y se las entregó.
—Por supuesto que sí.
Cinco tulipanes rojos sutilmente amarrados con una cinta blanca conformaban el ramo que las acompañaría al altar.
—Uff… —bufó Lenis, sintiendo nervios súbitos: se acercaba más el momento.
—¿Estás bien? —le preguntó Pilar, luego de salir de la casa y detenerse ambas frente al camino de grava que se encontraba después de la alberca y directo a la playa.
El camino estaba iluminado con unos pequeños faros que colgaban de unas cuerdas.
La casa era alta, por lo que la ruta iba en descendencia y cruzaba a la derecha. Desde allí, ambas mujeres no podían ver el altar, pero sí podían divisar algunas luces.
Lenis no se movió ni habló durante algunos minutos, mirando hacia abajo. Observaba sin parar, pero no estaba enfocada en las cosas que tenía frente a sí.
La tarde empezaba a darle paso a la noche, el clima ya no era húmedo ni caluroso.
—¿Lenis?
La secretaria miró a la enfermera.
—Pilar…
—Lenis, ¿te sientes bien? ¿Tienes dolor?
La novia negó con la cabeza y la enfermera notó que tenía los ojos acuosos. Luego, la vio tragar grueso.
—Imagino que has firmado un contrato de confidencialidad para poder trabajar acá, pero no sé si conozcas mi historia.
Pilar la escuchó y no lo hizo de inmediato, pero en medio de sus preocupadas facciones, negó con la cabeza.
Lenis miró los tulipanes, el camino frente a ella, luego a la enfermera.
—Creo que eres una mujer que ha vivido bastante —dijo Lenis—, por lo que, si te cuento todo algún día, entenderás mejor que nadie por qué aún no me he movido. Necesito solo un momento acá, nada más. —Hizo una pausa suspiró—. Esta no es mi primera boda, tal vez sepas eso, pero ésta… ésta es mi primera boda, ¿sí entiendes esa locura?
Pilar cambió su expresión por una de sabiduría y entendimiento. ¿También era orgullo lo que Lenis veía en su mirada? ¿Admiración? ¿Cariño? Lo que fuese, la hizo sentir amada.
La enfermera la tomó de los hombros suavemente y la giró un poco para que ambas pudiesen mirarse a los ojos.
—Vivimos recordando el pasado, una y otra vez, todos los días de nuestras vidas. Si esta ceremonia trae a colación tu historia, y aun así sientes las férreas ganas de seguir adelante, a pesar de los nervios que puedas tener, significa que todo saldrá bien. —Pilar sonrió y asintió una sola vez para reafirmar sus palabras.
Lenis inhaló profuso aire y lo botó por la boca.
Se posicionó de nuevo frente al camino hacia la playa y se enderezó.
—Efectivamente, querida Pilar, seguir adelante es poco. Lo que tengo ganas de hacer, a pesar de mis miedos y mis recuerdos, es pasar el resto de mi vida con él.
Su cabeza y sus labios señalaron hacia aquel iluminado camino, haciendo sonreír a la enfermera, quien la ayudó a descender con cuidado para no tropezar con nada y llegar sana y salva ante George J. Miller, quien ya la esperaba allá abajo.
Lenis sabía que la paciencia podía ser una virtud de aquel jefe, pero cuando se trataba de ella, las cosas podían cambiar de un momento a otro.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







