INICIAR SESIÓNDonald Smith llevaba puesto su braga gris y zapatos de goma blancos al momento de ingresar a la cárcel para políticos.
Jefferson, su tío, a pesar de ya no tener poder ni incidencias de ningún tipo ni en política ni en negocios, logró una gran hazaña: que su familiar le acompañara dentro de aquel recinto penitenciario donde ambos pasarían una buena temporada de sus vidas.
No fue fácil, pero Andam Coney consiguió desligarse de ser el abogado de Smith, y para no meterse en más problemas con “ese tipo de personas”, como él mismo le había dicho una vez a George J. Miller, dejó que otro colega representara los intereses de el ex asesor, por lo que éste nuevo abogado logró el traslado, moviendo hilos fuertes, amarras gruesas, que le otorgaban a Donald un cargo político de menor escala, el mismo que le permitió la osadía de ser trasladado a una cárcel distinta a la que le correspondía.
Dentro de la correccional, Donald y Jefferson se dieron un gran abrazo. El rubio se disculpó con su sobrino por todo lo malo que le había ocasionado en la vida, le agradeció la lealtad y no lo culpó por abrir la boca y delatar personas que trabajaron para ellos, asegurándole que juntos allí no la pasarían tan mal como podrían pensar.
Pero Donald no iba solo, llegaba a esa cárcel con noticias de las que se había enterado casi de forma fortuita.
—Tío, tengo algo que decirle, pero no se desquite conmigo, por favor.
Jefferson se echó a reír, sentado encima de su cama ya cuando las luces acababan de ser apagadas.
—No te haré nada malo acá, muchacho. Puedes contarme lo que desees, pero habla bajo, porque no se puede hacer ruido de ningún tipo a esta hora.
Donald asintió y tardó casi una hora para decirle lo que tenía atrapado en su garganta.
Ya cuando Jefferson estaba a punto de conciliar el sueño, miró hacia su sobrino, viéndolo apenas por algunos faros encendidos en uno de los pasillos externos a la celda.
—¿Qué es lo que tienes que decirme? ¿Vasa esperar hasta mañana? Noto que lo que sea que dirás, no te ha dejado tranquilo.
El sobrino no habló por un par de segundos más. Sabía que la noticia no le caería bien a Jefferson, pero sentía la necesidad y el deber de informarle siempre, de todo, como si aún trabajara para él en las calles de la capital, o en la ciudad aledaña, o en la misma hacienda en la que fueron capturados.
El recién llegado tragó grueso antes de hablar.
—La señorita Lisa se ha casado nuevamente —informó por fin.
Jefferson se quedó en la misma posición, con su cuello girado hacia su derecha, mirando fijo a su sobrino sin mover un solo músculo, sin pestañear tan siquiera, al menos, por varios segundos.
Eventualmente, enderezó la cara, mirando el techo, o lo que podía ver de él en medio de la oscuridad.
El ex asesor dejó que la información cayera dentro de su mente y se amalgamara con todo el sentir que se desarrollaba en su pecho tras la noticia.
Sintió un fuerte y penoso nudo en la garganta, fuerte y doloroso, formado desde las entrañas y patrocinado por una molestia que ya pensaba amainada.
Restregó la cara con sus manos lentamente, suspirando con fuerza y colocando luego las mismas manos sobre su pecho hasta entrelazar sus dedos.
Se hizo el silencio por más de un minuto. Cualquiera podría pensar que Jefferson se había quedado dormido, o mudo, o en shock, pero Donald lo conocía: intentaba calmar su vena de arranques, porque allí no podía dejarla explotar. Ni en ese momento ni en ningún otro.
—Me hubiese gustado mucho ver esa boda —susurró el rubio—, verle la cara a mi mujer entregándose a otro… —Exhaló aire por la boca lentamente y carraspeó la garganta. Las palabras eran liberadas con ápices de fuego que si pudiesen, desde allí, quemarían a Donald en silencio—. ¿Cómo y cuándo obtuviste la información?
—Escuché hablar por teléfono a la agente que siempre me interrogó. Una larga llamada que ella recibió cerca del pasillo exterior de la sala de interrogatorios.
—¿Sabes cuándo se casaron?
—Creo que fue ayer. La llamada fue hoy. Escuché todo antes de ser trasladado.
Jefferson no hizo ningún movimiento y reinó el silencio por un buen rato, antes de volver a romperlo.
—No creo que le vaya bien con él —opinó el tío—. Lisa puede esconderse tras otro nombre, otro color de cabello, otro disfraz, pero lo cierto es que adoraba tanto como yo la trataba, como la amaba… Estoy seguro que ese imbécil la aburrirá en un segundo. Esto lo hace ella para vengarse de mí. —Asintió, haciendo un gesto con la boca que pretendía disminutir dicha información—. No duará con él porque siempre le hará falta la rudeza. Y ese hombre es un enclenque que no sabe tratar bien a mujer como ella…, como mi hermosa Lisa. —Apretó la mandíbula, sintiendo la piel de gallina y el comienzo de una erección que debía ocultar, a pesar de estar a oscuras.
Donald se sentó en la cama y lo miró fijo.
—Eso no fue todo lo que escuché —anunció el sobrino.
Jefferson giró su cuello de nuevo para poder mirarle desde allí. Le hizo señas al joven para que contara.
—El esposo de la señorita Lisa es quien lidera la orden de captura del señor Ferit. Ya saben que está en la ciudad y que nunca se fue.
El corazón del rubio emitió un fuerte bombeo al escucharle. Una lenta sonrisa adornó su rostro.
Luego una risa que de repente se fue convirtiendo en pesar y preocupación. Donald pensó que su tío se había vuelto un poco loco.
—Lo va a matar… —susurró para sí, pero Donald lo escuchó.
Sin embargo, el sobrino no dijo nada al respecto y se volvió a acostar.
***
George y Lenis ya tenían en sus manos sus certificados de matrimonio turco, el cual se asemejaba mucho a un pasaporte, con la carcasa de color rojo, la foto de cada uno en el interior de las hojas, más sus datos con su nuevo estatus en la primera planilla.
Nadie lanzó arroz, no hubo marcha nupcial ni baile ceremonial, solo dos testigos, Pilar y la mujer engargada de la cocina, además del ministro con su traje rojo ceremonial, quien, luego de efectuada la boda, se retiró del lugar siendo acompañado por uno de los jóvenes de seguridad.
El frío había cubierto todas las zonas y todos los cuerpos, por lo que rápidamente se resguardaron para así engullir una suculenta cena típica del país; los novios compartiendo el comedor con sus testigos.
—No se retiren —pidió Lenis, al ver cómo las dos mujeres que los acompañaron, se levantaban de la mesa después de haber terminado de comer.
Tanto Pilar como la cocinera se volvieron a sentar.
George lideraba el gran mesón de madera y cristal. Lenis se había sentado a su lado izquierdo, mientras que la cocinera al lado de la secretaria y Pilar en frente de ellas dos.
—Quiero hacer un brindis. —Lenis tomó la copa llena de champange y la sostuvo con su mano derecha.
Cada quien la siguió en dicho movimiento, sosteniendo sus copas también.
George la miraba con una sonrisa ligera, notándose relajado como ni él mismo se esperaba.
Lenis cerró los ojos por un instante y luego los abrió.
—Quiero agradecerles a ustedes dos por toda la ayuda y por la discreción —le dijo a las damas—. Pido disculpas por invitarlas a una ceremonia rápida, carente de personas y algunos detalles que sé que todas amamos —se echó a reír, seguida por las otras dos—, pero créanme cuando les digo que esta celebración está repleta de verdadero amor. —Miró a George, quien la contemplaba, sintiendo arder su pecho por ella.
Lenis cotinuó:
—Mi vida no ha sido fácil. Llegar acá ha sido toda una travesía, pero aquí estamos y ustedes no solo han sido testigos de una simple boda de dos enamorados, sino de un acontecimiento que explica que la superación y la lucha, juntas, pueden ser fortaleza.
El rostro de Pilar se entricteció por un momento, parecía viajar a través de algunos momentos de su vida.
George no se esperaba aquel discurso. Estaba sorprendido porque Lenis se había tomado muy bien el casarse así de repente y sin tantos detalles, como ella misma había dicho. Recordó que tenían varias llamadas pendientes que ambos debían atender luego de la cena.
La cocinera, una mujer de mediana edad, la miraba como una madre mira a una hija en esos momentos tan importantes: con ternura y sabiduría.
—İşte aşk ve hayat... (Aquí esta el amor y la vida / Brindemos por el amor y la vida) —dijo Lenis, alzando la copa.
—Şerefe! (¡Salud!) —respondieron los presentes al mismo tiempo, chocando sus copas y bebiéndose el líquido.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







