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Capítulo 83 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-23 06:23:45

George, después de escuchar aquellas palabras, tomó la mano de Lenis y besó su dorso.

Agradeciendo al frío por haberlos hecho meterse en casa, los novios, ahora completamente solos, contemplaban la torrencial lluvia que caía una hora después de la cena y el brindis, permanenciendo de pie frente a las puertas de vidrio.

George la abrazaba desde atrás, Lenis acariciaba aquellos fuertes brazos que la sostenían.

Se escuchaban las gotas caer, sobre todo encima de la tela protectora que unos hombres de seguridad (los mismos que pernoctaban en la casa del frente y vigilaban la calle) habían ayudado a colocar sobre la alberca.

Lenis entrelazó los dedos de sus manos con la izquierda de George y miró su anillo. El abogado y ella compartían el diseño: un anillo de oro liso para cada quien, con la diferencia de ella llevar el de compromiso en la derecha y el de casada en la izquierda.

Caricias, besos castos, respiros de pieles y suspiros, Lenis no dejó de contemplar la lluvia.

—Ahora que estamos casados, ¿cuál es el plan? —preguntó la suave voz de la secretaria.

A George le extrañó la pregunta, pero no dejó que se notara.

—¿El plan? ¿Hablas del viaje de mañana? ¿Volver a la ciudad?

Ella se giró suavemente, sin salirse del abrazo.

Colocó sus antebrazos sobre los hombros de su esposo y lo besó, largo, sensual, caliente…, hasta que se separó para mirar sus ojos color miel.

—¿Por qué volver tan pronto si se supone que allá estamos en peligro? —indagó la secretaria.

George penetró en su mirada, quieto, entendiendo que su esposa era una mujer muy audaz e inteligente.

Acarició su espalda de arriba abajo, apretando a la secretaria contra sí.

—¿Peter te dijo algo en la llamada?

Ella negó con la cabeza e hizo una ligera mueca con sus labios.

—Solo me felicitó por el casamiento. Al igual que Max. Nadie me ha dicho nada, pero sé que hay una razón para irnos mañana, una razón que me incluye.

—Sabes que tu tía ha sido detenida. —Ella accedió con un asentimiento y movimientos de cejas que corroboraban lo dicho—. Necesitaremos que estés en su interrogatorio.

Las alertas de Lenis se encendieron, mirando fijamente a George con su rostro serio, calculador.

—¿Quieren que ella y yo… hablemos?

George asintió.

—Peter no ha dado órdenes de forzarla a contarlo todo. Quiere probar la empatía familiar.

Lenis se echó a reír ligeramente.

—¿Empatía familia? ¿Es en serio? —El abogado se encogió de hombros—. ¿Es en serio? —preguntó, ahora con seriedad.

George no respondió nada, su cara era de juego, pero Lenis interpretó aquello como un “ciertamente es así, pero no me gusta”.

—¿La boda apresurada tiene que ver con eso, con yo ir al interrogatorio?

Él apretó los párpados, intentando que su exhalación no se notase como una grosería.

—Lenis, ya te respondí esa pregunta que tu cabeza no quiere dejar…

—Dime la verdad —ella sostuvo su cara—: ¿por qué querías estar casado conmigo?

Ella escudriñó sus ojos y allí estaba: el secreto queriendo ocultarse de una mujer que conoce la certeza y es experta en esconderse del mundo.

Él suspiró lentamente, aire dentro y fuera. La mandíbula se le movió y la miró directo al gris de sus ojos.

—Lenis, las cosas están complicadas. En la casa vecina de la asistente que reconoció al joven de la cámara de seguridad, se han encontrado varios documentos de propiedad. Soy… el abogado encargado del decomiso de cada una.

—De desestimarlas —agregó ella.

Él asintió.

—Como debes saber, actualmente Peter tiene varias tareas. A parte de seguir buscando, localiza cada patrimonio y se cree que Turgut se entera de todo esto, porque aún no sabemos el alcance y contactos de su gente.  

»Le hemos cerrado por completo la posibilidad de irse, no puede salir de la ciudad. Y soy yo quien se encarga de otorgarle sus bienes al estado, además de manejar el juicio en su contra y el artífice legal de la demanda y búsqueda…

—¿Es tu nombre el que figura en la orden de captura? —Él asintió—. ¿Por qué no salen Peter o Max?

—Protegemos a Max luego del atentado frente a su consorcio. Peter es jefe del departamento anti extorsión de Inteligencia, cumple un trabajo, su nombre figura de otra manera. La juridiscción necesita una orden de captura legal y hemos decidido que sea yo quien la hiciera.

Lenis pensó en la información que George le estaba dando. Su corazón dio un fuerte salto.

—Si protegen a Max por la explosión…, ¿quién te protege a ti?

George suspiró, prefirió no responder.

—¿Estás en peligro? —le susurró ella la pregunta.

Él no quería responder, pero lo hizo:

—Peter cree que sí.

Ella no dijo nada por un instante.

—¿Y qué crees tú?

—Lenis…

La secretaria se separó de él, miró hacia afuera, luego a él.

—¿Por qué la boda? —volvió a preguntar, seria, precisa.

Ambos se dedicaron a mirarse.

George empezó a caminar hacia ella, como gacela al acecho, hasta arrinconarla contra una de las puertas corredizas.

Respiraban acelerado y no precisamente por lo mismo: Lenis por presentir lo peor y George por la molestia de sentirse asechado con sus preguntas, cuando él no estaba dispuesto a respondérselas todas. Sabía que lo único que eso provocaría, era una preocupación que estaría demás, estorbaría, complicaría las cosas y evitaba complicaciones a toda costa.

—¿Qué es lo que quieres escuchar, Lenis? ¿Eh? —Él colocó ambas palmas contra el vidrio, brazos a cada lado de la cabeza de la secretaria—. ¿Quieres que te diga algo malo, que te cuente algo tétrico? ¿Deseas una mala noticia?

—Solo quiero que me digas la verdad…

—Te he dicho la verdad. Siempre. —Le dijo aquello bien cerca de su rostro—. Pero entiendo perfecto que sientas miedo y que en ocasiones te dejes arrastrar por ese temor que no te abandona. —Apretó la mandíbula y acercó los cuerpos, acariciando el rostro de lenis con todos sus dedos, acariciando sus labios con el pulgar.

Él ladeó la cabeza y sin poderlo evitar, presionó el dedo sobre los labios de ella hasta quitarle el lápiz labial que completaba su precioso y sencillo maquillaje.  

—No puedo decirte nada más, porque no tengo nada más qué decir. —Unió sus bocas en un beso dedicado a callarla, a morderla—. Pero si deseas escuchar alguna razón, solo te diré que no puedo desearte más que ahora, Lenis. —La besó de nuevo—. No puedo quererte más que ahora. —Volvió a besarla—. No puedo amarte más, juro que es imposible amarte más.

Lenis abrió su boca, abrazándolo de nuevo y subiendo a su cintura con sus piernas, volviéndose locos y desesperados por quitarse las prendas que usaron para convertirse en marido y mujer.

George la llevó cargada a la habitación y sobre esa gran cama, hicieron el amor con energía, pero un nuevo estatus de vida los arropaba.

El calor reinó en el ambiente. Los sonidos más sensuales chocaron contra cada una de las paredes de aquel lugar que estaban a punto de abandonar.

Lenis no volvió a preguntar nada más. Se embarcó en esa nave y comenzó a navegar junto a él por ese —extrañamente— calmado río.

Bien temprano en la mañana, Pilar y Lenis abrzaban a la cocinera, deseándole suerte, prometiéndole, la secretaria, volverla a ver muy pronto.

George manejó hasta el pequeño aeropuerto privado, acompañado por una camioneta negra que los seguía en todo momento.

En meno de dos horas ya volaban de regreso, llegando casi a la misma hora que salieron en Turquía, gracias al cambio de horario.

—Su vehículo ya lo espera en el aeropuerto, señor —anunció uno de los hombres que los acompañó en el vuelo.

—Pilar, nosotros te llevaremos a tu casa. ¿Cierto, George?

—Sí, claro —le respondió él a Lenis.

—Muchas gracias —dijo la enfermera.

—Cinco minutos para el aterrizaje, por favor, colocarse los cinturones de seguridad —emitió la voz del capitán.

Obedecieron, siendo aquel un aterrizaje exitoso.

Ambas mujeres ayudaron al mismo joven de seguridad a montar las maletas en la parte de atrás del Aston Martin de George.

Se montaron en el vehículo y arrancaron, rumbo a la casa de Pilar, la cual quedaba muy cerca del centro.

El teléfono del abogado sonó.

—Lenis, ¿puedes colocarlo allí, por favor?

—Sí, por supuesto.

—Peter… —saludó George.

—¿Dónde estás? —preguntó el agente con una voz de alarma.

Lenis y George se miraron. Luego, la secretaria miró a Pilar y de vuelta.

—Voy llegando a la casa de Pilar.

—¿Qué? ¿Ella está contigo? —Peter bufó—. George, no vayas a tu departamento, no vayan para allá.

—¿Qué pasó?

—La policía recibió una amenaza de bomba hace minutos y proviene de tu apartamento, el que está cerca de tu bufete. Desvíate para el hotel, ya estoy enviando gente para protegerlos…

—Ok, ok, pero…

—¿Qué suena? —preguntó Pilar, de repente, muy alarmada, mirando para todos lados.

Lenis giró su cuello hacia su ventana de copiloto, gracias a un ruido que llamó mucho su atención.

—¿Qué…? —Los ojos de George a través del espejo retrovisor central se expandieron como bandejas.

—¡¿Qué sucede?!

—¡Ahhh! —gritó Pilar.

—¡¿Qué fue eso?! —exclamó Lenis—. ¿George? ¡GEORGE!

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