FAZER LOGIN—¡La guantera! —gritó George, maniobrando con el vehículo—. ¡Saca el arma!
Lenis, en medio del estupor en el que se encontraban, con movimientos desordenados y dificultosos, abrió el compartimiento mencionado, encontrándose con una pistola anclada en la parte superior del mismo.
—¡Empújala hacia arriba y atráela hacia tu cuerpo!
—¡George, por Dios! ¡Ahhh!
Cuatro motorizados los rodeaban en plena autopista y no paraban de amedrentar el vehículo con una variedad de objetos pesados, lo que George suponía eran bates, palos o bastones de golf.
El abogado apretó el acelerador y en medio del estallido de vidrios y del resto de la carrocería, más el asecho, intentaba maniobrar el carro, mirando el retrovisor central, intentando procesar que minutos atrás habían dejado la camioneta de seguridad que los seguía, viéndola chocar y volcarse estrepitosamente.
—¡Peter! ¡Maldición! —Golpeó el volante cuando se dio cuenta que había tumbado el celular.
Lenis gritaba, al igual que Pilar. No dejaban de mirar hacia afuera, a los enmascarados sobre esas poderosas motos, quienes no pensaban irse, seguían golpeando el carro y al parecer nadie hacía nada, nos se acercaba ningún cuerpo policial.
Lenis ni siquiera se podía ubicar en tiempo y espacio, la urgencia era cubrirse de algún posible golpe.
No hubo más palabras, las acciones se daban por inercia.
Lenis sostuvo el volante fuertemente, intentando no ser devorada por el miedo, mientras George sacó el arma, quitó el seguro, golpeó los botones de su puerta para bajar el vidrio y disparó…
Cara seria, preciso, decisión afinada… Dos disparos al pecho del motorizado provocando que cayera al suelo y rodara como el caer de una lata.
George frenó de repente, creando un chirrido de neumáticos ensordecedor.
Sin esperar, movió la palanca en reversa y manejó a toda la velocidad hacia atrás, alejándose velozmente de los otros tres que habían quedado atolondrados sobre el pavimento.
El abogado puso a sufrir al volante, dando las vueltas que requería para encausar el vehículo de nuevo en aquella autopista.
—¡George, cuidado! —gritó Lenis, como si el abgado no supiera que iban contra la corriente de vehículos, al manejar en sentido contrario.
El chofer no atendió a ninguna voz, más que a su propia urgencia: escapar era lo primero, logrando dar otra vuelta para —por fin— comenzar a transitar el desvío que los llevaría al centro desde un principio.
George sorteó vehículos, no se detuvo en ningún semáforo y fue la segunda infracción la que llamó la atención de los policías, quienes saltaron ante el visaje del Aston y ante los escandalosos números de los medidores de velocidad.
Las sirenas de una patrulla se unió a ellos y comenzó a perseguirlos.
—¡Joder! —exclamó el abogado, pero él no se detuvo—. ¡El teléfono, Lenis!
La secretaria buscó por todos lados, sin éxito de encontrar el aparato, hasta que fue Pilar, reaccionando, quien logró sacar su dispositivo móvil de su bolso de mano y marcó a Peter en medio de los bruscos movimentos del carro.
—¡Nos está persiguiendo la policía, has algo! —le gritó la enfermera al agente.
Pilar colgó, pero en cuestión de minutos, el aparato vibró con una llamada entrante.
—No cuelgues, mantente en línea —pidió la voz masculina de Peter Embert, a la que ella obedeció sin chistar y sin dejar de sostenerse con el asiento de copiloto para no desmadrarse con todo lo que estaban viviendo dentro de ese automóvil.
George siguió manejando, pero bajó un poco la velocidad. Se habían librado por fin de los motorizados.
Llegaron a otra autopista, ya alejados del casco central; la misma vía que los llevaba al complejo de edificios donde se encontraba el apartamento que George y Lenis habitaron en un principio.
Al cabo de uno minutos, las patrullas apagaron las sirenas, pero no se alejaron de ellos. Pilar entonces activó el altavoz y se posicionó en medio de los recién casados para que pudiesen escuchar.
—La policía los está escoltando…
—Nuestro guardaespaldas quedó atrás —interrumpió George la información de Peter—. Vi cómo la camioneta se salió del camino.
—Nos estamos encargando. Sigue hasta el edificio. Ya di órdenes al equipo de seguridad para el resguardo de ustedes —informó el agente—. No bajen la velocidad. Voy en camino.
La llamada se colgó y los tres sintieron un repentino alivio caer sobre ellos, pero que no dejaron que les debilitara. No se relajarían hasta que tocaran suelo seguro.
El motor del Aston hizo sus sonidos al bajar la velocidad de forma súbita cuando George llegó frente a las puertas del complejo habitacional, las cuales ya estaban siendo abiertas, sin preguntas ni indicaciones de ningún tipo, solo un escaneo de matrícula y una orden directa de dejarlos pasar, avisando que eran ellos quienes llegaban y en plena urgencia.
George no estacionó bien el carro, lo dejó como pudo en una parte abierta del estacionamiento trasero del edificio. Apagó el motor y salió.
Lenis y Pilar hicieron lo mismo, mientras George corría a su encuentro, acompañádolas rápidamente hacia el interior de la efidicación, donde el recepcionista, más un agente de seguridad, los esperaba con el asensor abierto.
—La policía está afuera, déjenlos pasar, ellos nos escoltaron —informó George al agente, quien, a través del pinganillo, pidió permiso a su superior para cumplir con esa orden, recibiendo un afirmativo como respuesta.
En el viaje hacia el piso diez de aquella torre, nadie se abrazó, nadie dijo nada, nadie se tocó, hasta que el recepcionista y conserje, manteniendo la calma, pero trabajando rápido y profesional, les abrió la puerta principal del piso.
—Van a necesitar un médico… —dijo el conserje, pero se cayó al ver a Pilar y a Lenis abrazarse en el corto pasillo que los dirigía al resto del apartamento.
George exhaló muchísimo aire, tocó su tabique, recostó su espalda a la pared al lado de la puerta y cerró los ojos, con sus manos en sus rodillas para respirar mejor.
El recepcionista no dijo nada, mientras veía aquella escena, donde dos mujeres se abrazaban, llorando en silencio, y el dueño del apartamento dejaba que corriera el tiempo mientras recuperar el aliento.
George sintió un frío extraño en su ojo izquierdo, seguido de un punzante dolor de cabeza y un vacío en el estómago.
Tocó su sien y miró sus dedos, dándose cuenta que sangraba.
Se tocó varias veces, escudriñando la herida, percibiendo cómo el dolor comenzaba a gobernar su cabeza.
—¡Señor, necesita un médico! Ya mismo se lo llamo.
—¿George? ¿Qué tienes?
Lenis y Pilar se despegaron de su abrazo para acudir al abogado, quien se dejaba caer al suelo, sintiéndose bastante aturdido.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







