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EL PRECIO DE SALVARTE ES MI MEMORIA
EL PRECIO DE SALVARTE ES MI MEMORIA
Autor: HADASSA

CAPÍTULO 1: LA CHICA QUE REPARABA RECUERDOS

Autor: HADASSA
last update Fecha de publicación: 2026-11-02 20:20:14

Hay una regla fundamental que comprendí mucho antes de aprender a andar en bicicleta: los recuerdos no se pierden en el vacío, solo se rompen. Como el cristal, se astillan en mil pedazos invisibles bajo el peso del abandono o la tragedia. Y si sabes mirarlos con paciencia y devoción, puedes volver a unirlos.

Por esa única razón pasaba mis días en “Restaura”, un taller en Ceniza Baja, un barrio viejo, un rincón del mundo donde las calles olían a lluvia y pan dulce recién horneado.

Mi especialidad no consistía en restaurar lienzos por mero valor estético; sino devolverle la vida a lo que el tiempo y el descuido daban por perdido. Fotografías devoradas por la humedad, retratos chamuscado, cartas de amor arrugadas por el arrepentimiento, rostros descoloridos cuyos nombres ya nadie pronunciaba en voz alta.

La gente cruzaba la entrada con las manos temblorosas, aferrando una caja de zapatos vieja como si contuviera un tesoro, y yo a cambio les devolvía un pedacito intacto y palpitante de su propia historia.

Esa mañana en particular, tenía sobre la mesa de trabajo un retrato en blanco y negro en él, una pareja joven sonreía frente a una fuente, que ya no existía. El hombre lucía un bigote desordenado, y ella llevaba un vestido.

Con el pincel número dos, apenas humedecido, disolví con cuidado una mancha que amenazaba con borrar la cara de la mujer.

Entonces, la inercia de mi don me arrastró sin previo aviso.

La fotografía pareció licuarse bajo mis dedos y una oleada de sensaciones ajenas me golpeó, robándome el aliento. El taller desapareció de mi alrededor.

En su lugar, vi a la misma pareja del retrato, rebosante de juventud, moviéndose dentro de una cocina pequeña con una radio vieja emitía una música estática y distorsionada. Ella se reía, mientras él intentaba raspar el pan que se le había quemado.

Sentí el aroma del café recién colado, y de pronto experimenté una descarga ajena: el pulso acelerado de ella, el calor de su piel, su estómago revuelto, cuando él la tomó por la cintura y le susurró al oído que se casaría con ella aunque tuviera que robar el anillo de una joyería.

Aquel instante, suspendido en el pasado, había importado para alguien, tuvo el eje sobre el cual construyeron una vida entera.

Parpadeé y la visión se disolvió, devolviéndome a la realidad de mi mesa de trabajo.

—Otra vez —murmuré, frotándome las sienes con frustración.

No era una novedad, pero el desgaste físico que me producía nunca disminuía. Desde que tenía uso de razón, ciertos objetos actuaban como portales emocionales que me devolvían fragmentos de vidas que no me pertenecían. Era una bendición comercial supongo, pero también una maldición que me condenaba a cargar con los fantasmas del barrio.

—Si vuelves a mancharme la mesa de pino con café, Nerea —interrumpió una voz vivaz y sumamente familiar desde la entrada—, voy a empezar a cobrarte un alquiler emocional por cada metro cuadrado que arruines.

Levanté la vista, sintiendo que los músculos tensos de mi cuello se relajaban al instante. Liora estaba apoyada contra el marco la puerta, sosteniendo una taza humeante en cada mano. Tenía veintidós años, un moño desordenado que desafiaba la gravedad, y una risa escandalosa que tenía el don infalible de ahuyentar las sombras de mi mente, justo cuando empezaba a tomarme demasiado en serio el dolor del mundo.

—Es café de especialidad —protesté, estirando el brazo para recibir el calor de la taza.

—Es café quemado con pretensiones, admítelo. —Liora dejó su taza sobre un fajo de papeles limpios y se sentó sobre la esquina de la mesa de trabajo, ignorando deliberadamente el hecho de que odiaba que lo hicera. Tomó el retrato entre sus dedos con delicadeza—. A ver, cuéntame. ¿Quiénes eran estos dos?

—No tengo la menor idea. Pero quien trajo la foto pagó para asegurarse de que no se borraran del mapa.

Liora inclinó la cabeza, contemplando las facciones de la pareja bajo la lámpara. Una pequeña sonrisa, suave y desprovista de su habitual ironía, apareció en sus labios.

—Eso es hermoso, Nerea. Que alguien se tome la molestia de salvar tu rostro cuando ya no estás aquí para defenderlo.

—Es triste —corregí, mirando los bordes del papel—. Significa que el olvido siempre gana terreno si nos descuidamos.

—Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Si fuera eterno, a nadie le importaría una fotografía vieja.

Esa era la magia de Liora, la capacidad, para encontrar un rastro de luz o justificación poética, en mitad de mis pensamientos sombríos y analíticos.

Esa mañana atendí a la señora Elba, una anciana que traía el retrato de su difunto esposo dañado por una inundación, al tocar la imagen, el olor a tabaco dulce me inundó la mente y supe exactamente cómo reconstruir la línea de su mandíbula. Luego ayudé a un joven universitario que sostenía con pánico una carta de amor amarillenta, que su abuelo jamás se atrevió a entregar en una estación de tren bajo la lluvia. Para cada uno de ellos, yo no era una artista, era una última línea de defensa contra la desaparición de sus seres amados.

La última visita del día, fue una niña, de no más de ocho años, llegó arrastrando una mochila escolar que le quedaba grande para su estatura, con el cabello despeinado por el viento.

En sus brazos, apretados contra su pecho, llevaba un peluche chamuscado, deformado por la acción del fuego, me agaché de inmediato para quedar a la altura de sus ojos, intentando suavizar mi expresión para no asustarla.

—Hola, pequeña —le dije con voz suave, extendiendo una mano hacia el juguete—. ¿Qué le pasó a tu amigo de tela?

—Hubo un incendio —susurró la niña, con la mirada fija—. En mi casa, anoche. Mi mamá dice que las cosas materiales no importan, que todo se puede comprar de nuevo en el centro. Pero mi oso era el que me cuidaba de las pesadillas cuando la habitación se quedaba oscura. Ahora... hiede a humo y no tiene ojos. Ya no me conoce cuando lo miro.

Tomé el peluche entre mis manos con una lentitud calculada, en cuanto mis dedos rozaron la felpa, una vibración caliente y anormal me recorrió la piel de las manos.

La realidad del taller se colapsó instantáneamente. No vi un cortocircuito doméstico ni un accidente de cocina. Escuché el crujido ensordecedor de vigas de madera colapsando bajo una presión invisible y los gritos desgarrados de una mujer que llamaba a su hija en mitad de una humareda densa. Pero lo terrorífico no era el fuego. Había algo más en esa visión: una mancha de sombra líquida expandiéndose por las paredes como tinta en el agua, un vacío con forma humana que no proyectaba sombra propia y que devoraba a su paso el color de los retratos familiares colgados en el pasillo.

Solté el juguete con un jadeo violento, dando un paso atrás hasta chocar contra mi escritorio, con el corazón desbocado y el sabor a ceniza seca.

—¿Cómo te llamas, linda? —conseguí preguntar, forzando el aire a entrar en mis pulmones.

—Sofi —respondió ella, parpadeando con inocencia ante mi reacción.

—Sofi... quédate tranquila. Puedo reparar a tu oso. Lo limpiaré, le pondré ojos nuevos y coseré su costado. Mañana estará esperándote aquí, como nuevo. No te cobraré nada.

La niña me miró con una esperanza tan pura, y desprovista de la malicia del mundo, que sentí una punzada de dolor en el centro del alma.

—¿Y a mi papá? —preguntó Sofi en un susurro que quebró el silencio del taller—. ¿También puedes repararlo a él si te lo traigo?

El aire se volvió denso en un segundo. Liora, que había estado observando la escena desde la distancia, se arrodilló rápidamente al lado de la pequeña, con el rostro desencajado y una alarma evidente en los ojos.

—Sofi... ¿tu papá estaba dentro de la casa cuando empezó el humo? —preguntó mi hermana, tomando las manos de la niña.

La pequeña asintió lentamente, apretando sus labios para no llorar.

—Nadie lo encuentra en el hospital. Los policías dicen que se perdió en mitad del humo, pero el humo es transparente si lo miras de cerca, ¿verdad? El humo no tiene manos para llevarse a las personas.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sabía que no había magia en mis pinceles químicos para devolver a alguien de la tumba, ni disolvente para limpiar el luto de una familia. Miré el oso quemado que descansaba sobre la madera y luego la puerta de entrada, sintiendo un presentimiento espantoso.

Una certeza intuitiva de que el incendio de esa niña no era un hecho aislado, sino la primera manifestación de una fuerza oscura, que estaba empezando a deshilachar los bordes de nuestra realidad. Cuando Sofi finalmente se fue, prometiendo regresar al día siguiente, el silencio que se instaló en "Restaura" se volvió denso, casi asfixiante.

Liora me observaba con una mezcla de profunda lástima y reproche. Sabía que me estaba tomando el dolor de esa desconocida como si fuera propio, pero algo en las vibraciones del peluche me decía que el tiempo del mundo se estaba agotando.

—No puedes salvar a todo el mundo, Nerea. ¿Por qué lo haces?

—Porque si nadie intenta, entonces qué clase de mundo es este.

Liora no respondió, solo se levantó, tomó el peluche de mis manos y lo dejó con cuidado sobre la mesa.

—Vamos a comer algo —dijo—. Llevas todo el día hablando con muertos.

—No hablo con muertos.

—Claro que no.

Salimos, compramos empanadas en un puesto de la esquina, y caminamos mientras Liora me contaba un chiste tan malo que terminé riéndome a pesar de todo. Ella era mi única familia, la que sabia qué hacer para sacarme de mis crisis.

—¿Alguna vez piensas en el futuro? —preguntó.

—A veces.

—¿Y qué ves?

—Te imagino entrando sin avisar, robando mi café y amenazándo con echarme.

Liora sonrió, y me miró con una ternura que me hizo sentir vulnerable. Luego que regresamos al taller, ella tomó su abrigo y se dirigió a la puerta.

—Mañana vamos al mercado —dijo—. Y no acepto un no, porque te compraré algo bonito, que puedas romper y luego arreglar.

—Esta bien.

Salió y cerró la puerta.

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