LOGINRetrocedí hasta que mi espalda chocó contra la madera negra. Estaba muy fría, y por un segundo, creí sentir que respiraba.
Pensé en Riven. En la sonrisa con la que se despidió, en la sangre que le manchaba la comisura de los labios y en la mentira que pronunció sin apartar la vista de la mía: que iría detrás de mí.
Pero no lo hizo.
Su miedo seguía pegado a mi piel. Ahora que estaba sola, aquel temor había perdido a su dueño, y yo me quedé con él, como quien recoge una prenda olvidada en el suelo.
El corredor olía a piedra húmeda y tinta vieja. No corría ni una pizca de aire, pero los nombres grabados en las paredes parecían susurrar cada vez que dejaba de mirarlos. Eran miles. Algunos, de letra fina y casi elegante; otros, cincelados con tanta furia que la roca se había agrietado a su alrededor.
Quise taparme los oídos y, por instinto, busqué la canción de cuna de mi madre.
Pero no fue posible.
No quedaba melodía, ni palabras, ni siquiera el eco de una voz. Fue como meter la mano en el bolsillo donde siempre estuvo la llave y encontrar solo la tela. Sentí el hueco, un vacío con la forma exacta de una canción, y ninguna herida del cuerpo habría podido explicarlo.
La mujer seguía apoyada contra la piedra, con la cabeza inclinada, como quien espera a que un animal herido deje de temblar.
—No tengas miedo —dijo—. Si quisiera borrarte, ya lo habría hecho.
—No te creo. Y no confío en ti.
—No pretendía tranquilizarte. Solo quería ser sincera.
Se despegó de la pared y avanzó sin hacer ruido. Su ropa oscura se movía un instante antes que ella, como humo al que alguien hubiera enseñado a caminar. Aquellos ojos dorados no me soltaban.
Delante de mí, las letras de MNEMO-9 temblaron.
IDENTIDAD DETECTADA: VEYRA NOCT.
No le des la mano.
Era la primera vez que el sistema me advertía sin burlarse. Hasta entonces, cada aviso suyo llegaba envuelto en desprecio. Ahora hablaba bajo, casi con prisa, y eso me asustó más que cualquier amenaza.
—¿Quién eres? —pregunté.
—Alguien que lleva mucho tiempo viendo cómo mueres.
Lo dijo con una dulzura que no me tranquilizó.
—Seis veces, para ser exacta. Esta es la séptima.
Quise imaginar seis funerales, y sus versiones de mi rostro apagándose, pero la mente se negó. Solo tenía el número. No había imágenes, ni voces, ni un lugar al que volver. Era una verdad ajena, como enterarme de la hora en una ciudad donde nadie me espera. El golpe me llegó al estómago, no al corazón.
—Riven me dijo algo parecido —murmuré.
—Riven te cuenta solo lo que cree que puedes soportar. —Veyra ladeó la cabeza—. Yo no tengo tanto cuidado.
—¿Dónde está?
—Afuera, sosteniendo algo que pesa más que él. Aguantará un poco más. Siempre lo hace.
La frase me lo mostró de pie frente a algo enorme, con los brazos abiertos y la respiración rota. No supe por qué esa imagen dolió tanto. Tal vez porque mi cuerpo, aunque no recordara su rostro, reconocía el peso de haberlo perdido.
Corrí hacia la pared por la que había entrado y pasé las palmas por la superficie, buscando una grieta, una arista, cualquier señal. No había nada. Solo piedra lisa, fría y continua, como si aquella salida nunca hubiera existido.
Veyra extendió una mano hacia el pasillo.
—Camina conmigo. Hay algo que debes ver.
—No voy a ir a ninguna parte contigo.
—Entonces quédate y deja que las paredes te lo cuenten. —Sonrió apenas—. Aunque te advierto: son peores narradoras que yo.
Miré los nombres otra vez. Bajo algunos había fechas, casi todas borradas. Junto a uno, una flor dibujada; y en otro, la huella de una mano de un niño.
No supe por qué empecé a caminar. Tal vez porque, entre tantos, reconocí uno.
Marta Olivares.
La antigua dueña del taller de Ceniza Baja murió cuando yo tenía diecinueve años. Aún recordaba el olor a madera quemada, a la gente reunida frente a la puerta, el modo en que todos hablaban en voz baja, como si el silencio pudiera devolverla. Y aun así, la piedra la guardaba mejor que yo.
—¿Qué es este lugar? —pregunté.
—Un archivo. —Veyra caminaba a mi lado, sin mirarme—. Todo lo que el mundo olvida termina aquí, aunque nadie lo sepa.
—¿Y por qué estoy yo aquí?
—Porque este lugar te conoce mejor de lo que tú te conoces.
Me detuve.
—Eso no tiene sentido.
—Todavía no. Pero lo tendrá.
Llegamos a una zona donde la roca era más oscura, como si alguien la hubiera mojado con algo que nunca se secaba. Allí había seis marcas, una junto a otra. Todas tenían la misma forma: una línea vertical atravesada por dos trazos cortos.
Reconocí el dibujo sin saber de dónde.
—Es mi firma —dije, sorprendida por la certeza.
—Es tu firma —confirmó Veyra—. Una por cada vez que moriste en este mundo.
Pasé los dedos por la primera. Estaba tibia. No sentí ninguna imagen, ninguna voz, ningún recuerdo. Solo una piedra con un nombre que era mío, como la ropa de alguien que ya no está y que aún conserva su calor.
Aparté la mano. Todos los objetos me devolvían alguna visión: una calle, una prenda, un eco. Aquellas marcas no me daban nada. Era como mirar mi propia tumba y no sentir pena porque alguien más me había robado el duelo.
Entonces noté algo más sutil: la incomodidad de que alguien me observara desde atrás. Me giré. El corredor seguía vacío, pero la sombra de Veyra se extendía por el suelo de una forma que no correspondía con la luz.
—Dime cómo morí —pedí.
—No me corresponde.
—Acabas de decir que…
—Dije cuántas veces. —Se volvió hacia mí—. El cómo es tuyo. O de él.
Guardó silencio un momento.
—Pero te daré una pista, porque me caes bien: en ninguna de esas seis ocasiones moriste sola.
La pantalla dorada se encendió otra vez.
SEIS MARCAS REGISTRADAS.
Hay una séptima.
—¿Mi séptima vida? —pregunté en voz baja.
No. Una séptima firma en este pasillo. No es tuya.
Giré la cabeza. Al final del tramo oscuro había otra marca. Se parecía a las mías, pero tenía un trazo de más: un gancho torcido en la base. Estaba grabada con tanta fuerza que la piedra parecía haberse partido alrededor, como si quien la hizo hubiera querido dejarla allí para siempre. Acerqué los dedos, pero MNEMO-9 parpadeó antes de que la tocara.
NO TOCAR.
Retiré la mano.
—¿De quién es?
Veyra la observó durante mucho tiempo. Y esta vez, su expresión cambió. Me pareció ver algo como entre miedo y cansancio.
—No tengo la menor idea —dijo.
Y por el modo en que respondió, supe que era verdad. Eso me asustó más que cualquier amenaza: si Veyra desconocía el origen de aquella marca, algo había entrado en ese lugar sin que ella lo controlara.
Se quedó callada. Después caminó hacia una zona donde los muros estaban casi en blanco, cubiertos de nombres tan gastados que ya solo eran rasguños.
—¿Sabes qué ven los Borradores cuando te miran? —preguntó.
—Un recuerdo que robar.
—Ven una herida. —Pasó los dedos por la superficie áspera—. Cada persona que amas es un punto débil. Ellos lo saben. Por eso fueron por tu hermana.
—No hables de ella.
—Hablo de ella porque es lo único que tienes. —Su voz se suavizó—. Y porque te costará menos perderla de lo que crees.
La rabia me subió por la garganta.
—Si le haces daño…
—Yo no le hice nada. —Negó con la cabeza—. Tampoco quiero hacértelo a ti. Mis aliados y yo solo creemos que el sufrimiento es el único enemigo real.
—Eso es mentira.
—Quizá. —Sonrió con tristeza—. Pero aún no sabes lo suficiente para decirlo con tanta seguridad.
Retrocedí un paso. No tenía armas ni plan. Solo la puerta negra, al fondo del corredor, y la frase escrita sobre ella con tinta oscura:
Bienvenida de nuevo, Nerea.
—Quiero irme.
—Por supuesto.
—¿Vas a impedírmelo?
—Para nada. —Se apartó con un gesto casi cortés—. Puedes irte cuando quieras. Pero antes, déjame preguntarte algo.
Apreté los puños hasta clavarme las uñas.
—¿No te parece raro que un hombre al que no recuerdas arriesgue la vida por ti sin pedir nada a cambio?
No respondí. Porque esa misma pregunta llevaba rato clavada en mi cabeza.
—Yo tampoco confío en él —continuó—. Pero por motivos distintos a los tuyos.
—¿Cuáles?
—Unos que tú no recuerdas.
La pantalla de MNEMO-9 parpadeó una vez y desapareció, como si el sistema también hubiera decidido callarse.
Caminé hacia la puerta. Pensé en Liora: seguía allá afuera, sola, y yo no sabía cuánto tiempo estaría a salvo. Mis pasos resonaban en la piedra. Ya no escuchaba a Veyra, pero sentía su presencia pegada a mi nuca.
Empujé la madera. Cedió con un crujido largo. Al otro lado había una calle gris y vacía, bañada por una luz débil de amanecer.
—Nerea.
Me detuve con una mano en el marco.
—Cuando lo veas —dijo Veyra a mi espalda—, pregúntale qué le pediste en el sexto ciclo.
Crucé sin responder. La puerta se cerró detrás de mí y la calle quedó en un silencio tan grande que oí mi propio pulso.
No sabía qué le había pedido a Riven en aquel sexto ciclo. Pero algo dentro de mí, algo que ninguna memoria robada había tocado, ya sospechaba la respuesta. Y tenía miedo de que él la hubiera cumplido.
Entonces, al otro lado de la calle, el muro hizo un ruido.
Un golpe sordo, como el de una mano que empuja desde dentro.
Y otro. Más débil.
Y después, apenas un hilo de voz atravesando el ladrillo:
—Nerea…
—¿Adónde vas con eso? —preguntó Liora, señalando al oso.—A devolvérselo a Sofi.—Ni siquiera lo has arreglado.—Todavía no. Pero se lo prometí.Liora me miró un momento. Después se bajó de la mesa, tomó del perchero mi abrigo de repuesto y me lo puso sobre los hombros, con la misma torpeza con que se abrocha la chaqueta de un niño.—Voy contigo.—No.—Nerea.—Necesito ir sola. —Lo dije más duro de lo que quería—. Quédate aquí, por favor. Cierra con llave y no le abras a nadie.—Qué dramática eres.—Liora.Algo en mi cara debió de decírselo todo, porque dejó de bromear. Solo asintió, despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho.—Vuelve temprano —dijo—. Y no me mientas otra vez. No se te da bien.Salí con el oso apretado contra el costado y la certeza de que Liora sabía que le ocultaba algo, y de que me había dejado ir de todos modos.Afuera, el cielo seguía de ese gris que no se decide por lluvia ni por sol. Crucé la plaza con la cabeza baja, esquivando la mirada de una vendedora
Lo dejé dormido contra el mostrador, con mi abrigo sobre los hombros y la mano vendada apoyada en el regazo, como la de un niño que se ha quedado quieto para no molestar.Antes de irme arranqué una bolsa de papel del estante y escribí en ella con un lápiz de grafito: Vuelvo rápido, no tardo. No te mueras. Me quedé mirando la última frase. Era una orden estúpida. La dejé igual.Cerré la puerta con el mismo cuidado con que se cierra la de un cuarto donde duerme alguien enfermo.Tardé mucho en llegar a Ceniza Baja. Había dejado de llover, y el asfalto devolvía un cielo sucio, color ceniza, con los charcos temblando cada vez que pasaba un camión. Olía a tierra mojada y a freno caliente. Y en el camino entendí que el mundo continuaba rompiéndose sin pedirme permiso.No era nada grande. Eso fue lo peor. Un autobús sin número en el frente. Un semáforo que cambiaba de color con un segundo de retraso, como si dudara. La farmacia de la esquina con el letrero en blanco y las luces encendidas, ade
La calle no tenía nombre. Donde debía estar el cartel de la esquina solo quedaba un rectángulo gris, liso, como si alguien lo hubiera borrado una esponja . Fachadas de ladrillo oscuro, persianas cerradas, ventanas ciegas. Sin coches, ni pájaros, ni el rumor lejano de una ciudad que despierta. Solo un amanecer que llegaba sin ganas, como si también a él le costara existir.El golpe se repitió, pero más débil.No pensaba irme sin él.Crucé la calle corriendo. Los ladrillos vibraban como la superficie de un charco bajo la lluvia, y al apoyar las manos los sentí tibios, vivos, como una garganta que intenta tragar.—¡Riven! ¡Aguanta!La pared se abrió igual que una cortina. Riven cayó de ella como un saco, con todo el peso del cuerpo, y se estrelló contra el suelo con un sonido que me revolvió el estómago.Me dejé caer a su lado.—¡Riven!Estaba tendido de lado, con el abrigo empapado y la cara pegada al asfalto. Lo giré con cuidado. Tenía la nariz rota de sangre, los labios partidos y la
Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la madera negra. Estaba muy fría, y por un segundo, creí sentir que respiraba.Pensé en Riven. En la sonrisa con la que se despidió, en la sangre que le manchaba la comisura de los labios y en la mentira que pronunció sin apartar la vista de la mía: que iría detrás de mí.Pero no lo hizo.Su miedo seguía pegado a mi piel. Ahora que estaba sola, aquel temor había perdido a su dueño, y yo me quedé con él, como quien recoge una prenda olvidada en el suelo.El corredor olía a piedra húmeda y tinta vieja. No corría ni una pizca de aire, pero los nombres grabados en las paredes parecían susurrar cada vez que dejaba de mirarlos. Eran miles. Algunos, de letra fina y casi elegante; otros, cincelados con tanta furia que la roca se había agrietado a su alrededor.Quise taparme los oídos y, por instinto, busqué la canción de cuna de mi madre.Pero no fue posible.No quedaba melodía, ni palabras, ni siquiera el eco de una voz. Fue como meter la mano en e
El Borrador seguia inmóvil a diez metros de nosotros, Riven lo detenía con la mano levantada, pero yo podía ver que algo estaba mal. El aire a nuestro alrededor pesaba tanto que dificultaba cada bocanada de aire.—Riven —dije, dando un paso hacia él—. Estás sangrando. Suéltalo.Él no se giró para mirarme, pero vi cómo sus dedos temblaban violentamente y un hilo de sangre comenzaba a correrle por la nariz.—No mires —gruñó, apretando los dientes con una fuerza que hizo crujir su mandíbula—. Mantén los ojos en mí.—¿Qué le estás haciendo? —pregunté, sintiendo que la presión en el aire me aplastaba el pecho.—Sosteniéndolo, reteniendo su tiempo.—¿Cuánto puedes sostener a un monstruo así?Él no respondió, y ese silencio fue lo peor.El pánico me atravesó las entrañas mientras observaba el temblor de su cuerpo. La pantalla de mi mente parpadeaba con un zumbido agudo, pero mis ojos solo veían a un hombre destruyéndose, por darme una ventaja que yo apenas comprendía. Si se desplomaba allí,
—¿La séptima vez? —repetí—. No te conozco. No sé por qué tienes una foto mía. Sal de mi taller antes de que llame a la policía del barrio.Riven Hale no se movió, ante mi amenaza, en su lugar, una sombra de fatiga y resignación, se cruzó en su rostro. Dio un paso lento hacia la mesa.—Si te digo la verdad, vas a querer huir de mí —dijo—. No puedo explicarte todo aquí. Si me quedo en un punto fijo, ellos rastrean mi posición temporal, y nos encontrarán.“¿Rastrear su posición temporal? ¿Quiénes?”, me pregunté, sintiendo un sudor frío correr por mi nuca. Sus palabras me pusieron en alerta. Lo observé pero no parecía un loco común de Ceniza Baja, sino un fugitivo de una guerra cuyas reglas yo desconocía.—¿Los Borradores? —El miedo me apretó la garganta al recordar el mercado—. Ya se llevaron a mi hermana hoy. Tuve que pagarle al sistema para traerla de vuelta. Ella está en casa, a salvo, y no dejaré que se acerquen a ella otra vez. Mejor explícate de una vez.Riven palideció, y una somb