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CAPÍTULO 5: LA GRIETA

Author: HADASSA
last update publish date: 2026-11-02 20:27:46

El Borrador seguia inmóvil a diez metros de nosotros, Riven lo detenía con la mano levantada, pero yo podía ver que algo estaba mal. El aire a nuestro alrededor pesaba tanto que dificultaba cada bocanada de aire.

—Riven —dije, dando un paso hacia él—. Estás sangrando. Suéltalo.

Él no se giró para mirarme, pero vi cómo sus dedos temblaban violentamente y un hilo de sangre comenzaba a correrle por la nariz.

—No mires —gruñó, apretando los dientes con una fuerza que hizo crujir su mandíbula—. Mantén los ojos en mí.

—¿Qué le estás haciendo? —pregunté, sintiendo que la presión en el aire me aplastaba el pecho.

—Sosteniéndolo, reteniendo su tiempo.

—¿Cuánto puedes sostener a un monstruo así?

Él no respondió, y ese silencio fue lo peor.

El pánico me atravesó las entrañas mientras observaba el temblor de su cuerpo. La pantalla de mi mente parpadeaba con un zumbido agudo, pero mis ojos solo veían a un hombre destruyéndose, por darme una ventaja que yo apenas comprendía. Si se desplomaba allí, yo me quedaría desamparada ante la criatura. Tenía que obligarlo a detener esa locura antes de que fuera demasiado tarde.

—Tienes que soltarlo —le dije a Riven, ignorando la marea de pensamientos caóticos que me inundaba—. Te estás matando.

—Si lo suelto, nos alcanza en un parpadeo —respondió sin bajar el brazo—. Tienes que correr. Ahora.

—No me voy sin ti.

Él cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, sus pupilas reflejaban una mezcla de cansancio infinito y un pánico que no era por su vida, sino un miedo por mí.

—Escúchame —dijo, arrastrando las palabras con dolor—. Hay una grieta a tres calles de aquí, es un punto ciego en el mapa, un lugar donde el tiempo no funciona igual.

—¿Una grieta?

—Un trozo de realidad roto, podemos escondernos de ellos allí dentro.

—¿Tú sabes cómo llegar?

—Sí.

—Entonces vamos juntos —exigí, tomándolo del brazo libre. Su tela estaba empapada y fría como el hielo.

Él dudó, mirándome la mano sobre su brazo con una nostalgia desgarradora.

—Si vienes conmigo, la cercanía va a fracturar tus bloqueos mentales —dijo—. Vas a recordar cosas de los ciclos pasados que tu mente borró para protegerte y que no deberías… también por qué tienes los motivos suficientes para odiarme.

Sus palabras se clavaron en mi cabeza como astillas de hielo. “Motivos para odiarlo”. ¿Qué podía haber hecho un hombre que cruzaba existencias enteras solo para evitar mi muerte para ganarse mi desprecio? La idea de recordar el pasado me resultaba aterradora, pero mirar hacia atrás y ver la silueta gris del Borrador, lista para devorar el vínculo con mi hermana de forma definitiva, me quitó cualquier duda. El peligro inminente superaba con creces el miedo a mis propios recuerdos bloqueados. No había vuelta atrás.

—Ya estoy recordando cosas increíbles —repliqué, sosteniendo su mirada—. Así que camina y no me digas nada.

—No es tan simple.

—Sí lo es.

El Borrador movió un solo dedo, un milímetro apenas, pero el movimiento hizo que toda la lluvia suspendida a nuestro alrededor vibrara con un tintineo siniestro. Riven soltó un quejido ahogado y palideció por completo.

—Corre —ordenó.

—¡Juntos!

Él cerró los ojos, aceptando su derrota.

—Está bien, no me sueltes.

Riven bajó la mano de golpe y el mundo volvió a rugir. La lluvia cayó con la fuerza de una cascada, el Borrador avanzó con su deslizamiento inhumano y Riven me tomó firmemente de la muñeca.

Corrimos, la calle se convirtió en un borrón difuso de luces parpadeantes y agua helada. Mis pulmones ardían con cada bocanada de aire y las piernas me pesaban como el plomo, pero no me permití mirar atrás.

Detrás de nosotros, el Borrador se deslizaba. Apagando la ciudad a su paso, los grafitis de las paredes desaparecían y los carteles de las tiendas quedaban completamente en blanco, devorados por su presencia destructiva.

Riven tiró de mí con violencia hacia un callejón estrecho, oscuro y al fondo, solo había un muro alto de ladrillos macizos.

—¡Esto es un callejón sin salida! —grité, deteniéndome de golpe.

—No para mí —respondió él, jadeando.

Riven se plantó frente a la pared y apoyó la palma de su mano derecha contra los ladrillos. Al instante, la piedra comenzó a ondularse como si fuera agua, perdiendo toda solidez.

El aire crujió, revelándose una hendidura oscura, un corte vertical en la nada que emanaba un frío que me heló los huesos.

—¿Qué estás haciendo? —susurré, viendo cómo su mano se hundía en el muro.

—Abriendo la grieta —dijo, y vi que otra línea de sangre le bajaba por la comisura de los labios—. Sosteniéndola... con lo que me queda de existencia.

No entendí a qué se refería, pero un sonido en la entrada del callejón me obligó a girarme. La figura sin rostro, ya estaba allí, bloqueando la única salida hacia la calle.

Sentí su mirada invisible clavada en mi pecho, Riven apretó los dientes, su cuerpo entero temblaba por el esfuerzo de mantener el muro abierto.

—Nerea, entra primero, y cruza el corte.

—¿Y tú? —El pánico me atacó—. No voy a dejarte atrás para que esa cosa te borre.

—Yo voy detrás de ti —mintió, pero sus ojos lo traicionaron—. Alguien tiene que quedarse de este lado para sostener la grieta abierta. Si la suelto antes de que entres, el corte te partirá en dos.

—¡Esto no es justo! —grité, intentando tirar de él—. ¡Entra tú primero!

—No puedo, Nerea, no tengo los permisos de este ciclo. Por favor... si no entras ahora, todo lo que he hecho en las últimas seis vidas habrá sido en vano.

El Borrador dio un paso al frente y de su palma brotó una maraña de hilos dorados que avanzaron silbando por el suelo mojado.

—¡Entra! —me rugió Riven, empujándome suavemente hacia el corte ondulante.

Esta vez, el instinto de supervivencia y el terror en su voz me obligaron a obedecer. Di un paso hacia atrás, cruzando el límite de la pared de ladrillos. De inmediato, un frío y un vacío me atravesó la piel.

Comprendí con amargura su mentira, se estaba sacrificando de nuevo para cumplir la promesa de un ciclo anterior. Mis dedos resbalaron de su chaqueta y el dolor de la separación me caló más hondo que el frío invernal. Estaba cayendo en el vacío de mis propios fracasos pasados.

La oscuridad comenzó a cerrarse frente a mis ojos, tragándose el callejón. Pero justo antes de que el corte se sellara por completo, miré a Riven. Él seguía afuera, con la mano apoyada en el muro ondulante, conteniendo al Borrador que ya estaba a escasos metros de él.

Estaba sangrando, empapado y exhausto, pero me estaba mirando. Y en sus labios se dibujó una sonrisa. No era una de alivio, sino una mueca desgarradora de despedida.

—¡Riven, no! —grité, estirando la mano hacia él.

Pero la grieta se cerró de golpe y la negrura absoluta me devoró.

Cuando mis ojos lograron adaptarse a la nueva luz, descubrí que me encontraba en un pasillo infinitamente largo, construido con bloques de piedra gris y húmeda, sin puertas, ni ventanas, ni cielo. Lo único que había eran las paredes, y estaban completamente tapizadas de marcas. Cientos de nombres grabados a cincel, algunos tachados con saña y otros borrados a medias, como si la piedra misma estuviera olvidando qué significaban.

Caminé unos pasos, con el eco resonando en el vacío, hasta que llegué al final del corredor. Allí una pesada puerta negra, y sobre el dintel escrito con sangre seca, una frase:

“Bienvenida de nuevo, Nerea”.

Un nudo de terror se me formó en la garganta. Me giré bruscamente. Al final emergiendo de la penumbra y apoyada contra una de las paredes de piedra, había una mujer.

Era alta, extremadamente pálida, con vestimenta oscura, que parecía flotar como el humo, y sus ojos brillaban con un tono dorado. Me miró fijamente, moviendo la cabeza con una sonrisa lenta y afilada que me congeló la sangre en las venas.

—Hola, Nerea —dijo, y su voz resonó en mi cabeza como el eco de mil ciclos rotos—. Por fin llegaste... Te estaba esperando para borrar el final.

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