LOGIN—¿Adónde vas con eso? —preguntó Liora, señalando al oso.—A devolvérselo a Sofi.—Ni siquiera lo has arreglado.—Todavía no. Pero se lo prometí.Liora me miró un momento. Después se bajó de la mesa, tomó del perchero mi abrigo de repuesto y me lo puso sobre los hombros, con la misma torpeza con que se abrocha la chaqueta de un niño.—Voy contigo.—No.—Nerea.—Necesito ir sola. —Lo dije más duro de lo que quería—. Quédate aquí, por favor. Cierra con llave y no le abras a nadie.—Qué dramática eres.—Liora.Algo en mi cara debió de decírselo todo, porque dejó de bromear. Solo asintió, despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho.—Vuelve temprano —dijo—. Y no me mientas otra vez. No se te da bien.Salí con el oso apretado contra el costado y la certeza de que Liora sabía que le ocultaba algo, y de que me había dejado ir de todos modos.Afuera, el cielo seguía de ese gris que no se decide por lluvia ni por sol. Crucé la plaza con la cabeza baja, esquivando la mirada de una vendedora
Lo dejé dormido contra el mostrador, con mi abrigo sobre los hombros y la mano vendada apoyada en el regazo, como la de un niño que se ha quedado quieto para no molestar.Antes de irme arranqué una bolsa de papel del estante y escribí en ella con un lápiz de grafito: Vuelvo rápido, no tardo. No te mueras. Me quedé mirando la última frase. Era una orden estúpida. La dejé igual.Cerré la puerta con el mismo cuidado con que se cierra la de un cuarto donde duerme alguien enfermo.Tardé mucho en llegar a Ceniza Baja. Había dejado de llover, y el asfalto devolvía un cielo sucio, color ceniza, con los charcos temblando cada vez que pasaba un camión. Olía a tierra mojada y a freno caliente. Y en el camino entendí que el mundo continuaba rompiéndose sin pedirme permiso.No era nada grande. Eso fue lo peor. Un autobús sin número en el frente. Un semáforo que cambiaba de color con un segundo de retraso, como si dudara. La farmacia de la esquina con el letrero en blanco y las luces encendidas, ad
La calle no tenía nombre. Donde debía estar el cartel de la esquina solo quedaba un rectángulo gris, liso, como si alguien lo hubiera borrado una esponja . Fachadas de ladrillo oscuro, persianas cerradas, ventanas ciegas. Sin coches, ni pájaros, ni el rumor lejano de una ciudad que despierta. Solo un amanecer que llegaba sin ganas, como si también a él le costara existir.El golpe se repitió, pero más débil.No pensaba irme sin él.Crucé la calle corriendo. Los ladrillos vibraban como la superficie de un charco bajo la lluvia, y al apoyar las manos los sentí tibios, vivos, como una garganta que intenta tragar.—¡Riven! ¡Aguanta!La pared se abrió igual que una cortina. Riven cayó de ella como un saco, con todo el peso del cuerpo, y se estrelló contra el suelo con un sonido que me revolvió el estómago.Me dejé caer a su lado.—¡Riven!Estaba tendido de lado, con el abrigo empapado y la cara pegada al asfalto. Lo giré con cuidado. Tenía la nariz rota de sangre, los labios partidos y la
Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la madera negra. Estaba muy fría, y por un segundo, creí sentir que respiraba.Pensé en Riven. En la sonrisa con la que se despidió, en la sangre que le manchaba la comisura de los labios y en la mentira que pronunció sin apartar la vista de la mía: que iría detrás de mí.Pero no lo hizo.Su miedo seguía pegado a mi piel. Ahora que estaba sola, aquel temor había perdido a su dueño, y yo me quedé con él, como quien recoge una prenda olvidada en el suelo.El corredor olía a piedra húmeda y tinta vieja. No corría ni una pizca de aire, pero los nombres grabados en las paredes parecían susurrar cada vez que dejaba de mirarlos. Eran miles. Algunos, de letra fina y casi elegante; otros, cincelados con tanta furia que la roca se había agrietado a su alrededor.Quise taparme los oídos y, por instinto, busqué la canción de cuna de mi madre.Pero no fue posible.No quedaba melodía, ni palabras, ni siquiera el eco de una voz. Fue como meter la mano en e
El Borrador seguia inmóvil a diez metros de nosotros, Riven lo detenía con la mano levantada, pero yo podía ver que algo estaba mal. El aire a nuestro alrededor pesaba tanto que dificultaba cada bocanada de aire.—Riven —dije, dando un paso hacia él—. Estás sangrando. Suéltalo.Él no se giró para mirarme, pero vi cómo sus dedos temblaban violentamente y un hilo de sangre comenzaba a correrle por la nariz.—No mires —gruñó, apretando los dientes con una fuerza que hizo crujir su mandíbula—. Mantén los ojos en mí.—¿Qué le estás haciendo? —pregunté, sintiendo que la presión en el aire me aplastaba el pecho.—Sosteniéndolo, reteniendo su tiempo.—¿Cuánto puedes sostener a un monstruo así?Él no respondió, y ese silencio fue lo peor.El pánico me atravesó las entrañas mientras observaba el temblor de su cuerpo. La pantalla de mi mente parpadeaba con un zumbido agudo, pero mis ojos solo veían a un hombre destruyéndose, por darme una ventaja que yo apenas comprendía. Si se desplomaba allí,
—¿La séptima vez? —repetí—. No te conozco. No sé por qué tienes una foto mía. Sal de mi taller antes de que llame a la policía del barrio.Riven Hale no se movió, ante mi amenaza, en su lugar, una sombra de fatiga y resignación, se cruzó en su rostro. Dio un paso lento hacia la mesa.—Si te digo la verdad, vas a querer huir de mí —dijo—. No puedo explicarte todo aquí. Si me quedo en un punto fijo, ellos rastrean mi posición temporal, y nos encontrarán.“¿Rastrear su posición temporal? ¿Quiénes?”, me pregunté, sintiendo un sudor frío correr por mi nuca. Sus palabras me pusieron en alerta. Lo observé pero no parecía un loco común de Ceniza Baja, sino un fugitivo de una guerra cuyas reglas yo desconocía.—¿Los Borradores? —El miedo me apretó la garganta al recordar el mercado—. Ya se llevaron a mi hermana hoy. Tuve que pagarle al sistema para traerla de vuelta. Ella está en casa, a salvo, y no dejaré que se acerquen a ella otra vez. Mejor explícate de una vez.Riven palideció, y una somb