La puerta principal se abrió antes de que pudiera respirar.
Pasos pesados. No eran de Maya. Tampoco de mi compañera de cuarto. El tipo de pasos que no pedían disculpas por existir, deliberados, sin apuro, de alguien que nunca en su vida había entrado a un cuarto preguntándose si era bienvenido.
Bryan también los oyó. Se le tensó la mandíbula. "Natalie. ¿De quién es ese carro?"
No pude responder. Se me cerró la garganta por completo, porque sabía exactamente de quién era ese carro. Sabía de quién eran esos pasos. Sabía, antes de que él siquiera apareciera al pie de las escaleras, en medio de qué estaba a punto de quedar parada, y no había absolutamente nada que pudiera hacer para detenerlo.
Luca Wolfe no tocó la puerta.
Nunca tocaba.
Entró al pasillo como si le perteneciera, el edificio, el aire, y yo, con una camisa negra y jeans oscuros, con esa clase de peligro sin esfuerzo que hacía que cualquier otro hombre cerca pareciera estar jugando a disfrazarse. Sus ojos recorrieron el espacio una sola vez: las escaleras, yo congelada arriba, Bryan parado demasiado cerca de mí. Su expresión no cambió. Ni un poco.
Esa siempre fue la parte que daba miedo. Nunca cambiaba.
Bryan se movió antes de que pudiera detenerlo, bajando un escalón y poniéndose entre Luca y yo, como si eso fuera algo que un cuerpo pudiera hacer, como si Luca Wolfe fuera el tipo de problema que se pudiera bloquear. "¿Estás perdido?"
La mirada de Luca se posó en él. Lenta. Completamente indiferente. Como se mira algo pequeño que se cruzó en tu camino sin querer. "No."
Una sola palabra. Eso fue todo. Después sus ojos volvieron a mí. "Vamos a hablar. Ahora."
"Bryan, no..." empecé, pero Bryan ya se estaba moviendo.
"No puedes simplemente entrar a su dormitorio y..."
"Bryan." Se me quebró la voz en su nombre y se detuvo. Me miró. Negué con la cabeza, por favor, no lo hagas, porque yo sabía cosas que Bryan no sabía. Cuatro meses de conocer a Luca Wolfe me habían enseñado una cosa por encima de todo lo demás: él no hacía escenas. Hacía daño. Daño silencioso, permanente, irreversible. Y Bryan, con su corazón estúpidamente leal y su necesidad de proteger a la gente, caminaría directo hacia eso sin pestañear.
No podía dejar que eso pasara.
"Cinco minutos," me dijo Luca. No lo preguntaba. Él nunca preguntaba.
Bryan soltó una risa corta, sin humor. "Ni de broma..."
"Por favor," susurré. "Bryan. Cinco minutos. Estoy bien."
Sus ojos buscaron los míos, buscando a la chica que le había robado la sudadera en décimo grado y la había convertido en una broma de seis años. Buscando una explicación que yo no tenía. Después de un segundo que se estiró más de lo que tenía derecho a estirarse, asintió. Mandíbula tensa. "Cinco minutos, Nat. Después subo otra vez."
Pasó rozando a Luca al bajar las escaleras, hombro con hombro, ninguno de los dos se movió ni un centímetro y había tanto sin decir en ese cruce que tuve que apartar la mirada. Después se fue. La puerta de abajo se cerró de golpe.
Y quedamos solo Luca Wolfe y yo, y la prueba de embarazo todavía quemándome un hueco en el bolso de maquillaje.
Subió las escaleras hacia mí. De dos en dos. Sin apuro, sin esfuerzo, como si la gravedad fuera una sugerencia que él consideraba de vez en cuando. Se detuvo un escalón más abajo, así quedamos casi a la misma altura, lo bastante cerca como para oler su perfume, algo oscuro y caro que no tenía ningún derecho a existir en un dormitorio universitario, y me miró de la forma en que siempre lo hacía. Como si yo fuera lo único en el cuarto que valiera la pena mirar y al mismo tiempo como si le estuviera dando migraña.
"Muéstramela," dijo.
Parpadeé. "¿Qué cosa?"
"La prueba."
Se me revolvió el estómago. "¿Cómo supiste...?"
"Farmacia a dos cuadras del campus." Con la misma voz plana, de hecho. "La cajera conoce a alguien que conoce a Marco. Te vio. Pagaste en efectivo, con la capucha puesta." Una pausa. "No fuiste muy sutil."
Claro que lo sabía. Luca Wolfe siempre lo sabía.
"No, yo no estoy..." intenté mentir. Entonces él dijo, mirándome a los ojos: "Ya para. No me mientas."
Entré a mi cuarto. Me siguió sin que lo invitara, él nunca esperaba invitaciones. Busqué en el bolso de maquillaje con las manos temblando, saqué la prueba y la sostuve hacia él sin soltarla. La pantalla mirando hacia afuera. Como si la distancia fuera a ayudar en algo.
La miró durante tres segundos. No se inmutó. No maldijo. No hizo ninguna de las cosas que hace una persona normal cuando todo su futuro se reordena en una pantallita digital.
Entonces dijo: "Plural."
Lo miré fijo. "¿Qué?"
"Gemelos." Con la misma voz calmada. La misma entrega indiferente, como si estuviera leyendo un menú. "Vas a tener gemelos, Natalie."
El piso desapareció.
Gemelos.
No solo embarazada. Embarazada de gemelos. De Luca Wolfe. Estando enamorada de Bryan. Con una tesis de literatura pendiente en tres semanas y una solicitud de práctica a medio terminar en la laptop y una mejor amiga que pensaba que yo era buena persona.
Las rodillas me fallaron. Luca me sostuvo antes de que tocara la alfombra, un brazo alrededor de mi cintura, firme e inmediato, y no me soltó.
"Respira," ordenó.
No podía.
"Natalie." Más fuerte. Me levantó la barbilla hasta que no me quedó más opción que mirarlo. "Respira. Ahora."
Tomé una bocanada de aire. Dolió al bajar.
"Gemelos," susurré. "Voy a tener gemelos."
"Así es."
"¿Cómo puedes estar tan calmado?" Se me quebró la voz en la última palabra. "¿Por qué no estás como loco en este momento?"
Su pulgar me rozó la mandíbula. Una vez. Después dio un paso atrás y se llevó el brazo con él. "Porque entrar en pánico no cambia nada."
Claro. Luca Wolfe no hacía emociones. Hacía soluciones.
"¿Qué hacemos?" La pregunta salió antes de que pudiera detenerla, pequeña y perdida de una forma que odié. Pero él era la única persona en el mundo que sabía la verdad en ese momento, y eso lo convertía, de forma absurda, en la única persona que tenía.
Me miró un buen rato. "Te mudas conmigo. Esta noche."
Me eché para atrás. "¿Qué? ¡No! Mis papás..."
"Se van a enterar," dijo, terminando la frase como si ya estuviera decidida. "Y cuando se enteren, ¿crees que van a querer que te quedes aquí? ¿Con él abajo?"
Él. Bryan.
Se me retorció el estómago tanto que tuve que presionarme una mano contra él.
"No voy a dejar a Bryan..."
"No eres de él." Todavía calmado. Todavía completamente aterrador. "Nunca lo fuiste. Eres mía desde la noche que me dejaste quedarme, y lo sabes."
"Tú no me eres dueño," dije.
"Soy dueño de la situación," dijo. "Dos situaciones. En tu vientre. Con mi ADN."
Seguía repitiéndolo. Gemelos. Como si la repetición fuera a hacer que lo aceptara más rápido.
Abajo, una puerta se cerró de golpe. La voz de Bryan subió por las escaleras. "Se acabaron los cinco minutos, Nat."
Luca no parpadeó. "Dile."
"¿Decirle qué?" siseé. "¿Que estoy embarazada de gemelos? ¿Que son de él?"
"Sí."
"Estás loco."
"Probablemente," concedió, ya caminando hacia mi armario. Sacó mi bolso de viaje como si supiera exactamente dónde lo guardaba y empezó a meter mis cosas adentro. Mi ropa. Mi vida, guardada en una maleta sin mi permiso.
"Luca, para..."
"Puedes odiarme después." No me miró. "Ahora, empaca."
Pasos en las escaleras. Bryan, que ya no esperaba más.
Luca cerró el bolso de un tirón y se dio vuelta hacia la puerta justo cuando Bryan apareció en ella. Bryan vio el bolso primero. Después a mí. Después a Luca. Su cara se quedó en blanco, y luego se llenó de furia.
"¿Qué diablos es esto?"
"Está embarazada," dijo Luca, antes de que yo pudiera encontrar una sola palabra. "Gemelos. Son míos. Se va conmigo."
Cuatro frases. Eso fue todo lo que hizo falta.
Bryan me miró. Solo a mí. "Natalie. Dime que está mintiendo."
Abrí la boca. La cerré.
No tenía nada que decir. Porque era verdad, cada palabra, y Bryan lo pudo ver en mi cara antes de que dijera nada.
Su rostro se quebró. Nunca lo había visto así, no en seis años. Simplemente se quebró. En silencio. Por completo. Como se quiebran las cosas que han estado aguantando demasiado tiempo.
"Seis años," dijo, con la voz en carne viva. "Seis años que he estado..." Se detuvo. No pudo terminar. Se pasó una mano por el pelo, como siempre hacía cuando se estaba ahogando.
Luca levantó el bolso. Pasó entre los dos. En la puerta se detuvo, sin mirar atrás, nunca miraba atrás. "El carro está prendido. Cinco minutos, Natalie. No me hagas subir otra vez."
Y se fue.
Bryan no me miró a mí. Se quedó viendo el lugar donde había estado Luca. Cuando por fin habló, su voz apenas se oía.
"Di algo."
"Lo siento," logré decir, con la voz quebrada.
Entonces sí me miró, de la forma en que lo había hecho miles de veces antes, salvo que esta vez se sentía como la última. "¿Por qué? ¿Por estar embarazada? ¿Por que no sea mío?"
Por todo.
"No lo sabía," susurré. "Lo de los gemelos. Me enteré hoy. Lo juro."
"¿Sabías que lo amabas?"
La pregunta me golpeó en un lugar al que no le tenía nombre. Porque no sabía. Ese era todo el problema. Nunca lo había sabido, no con certeza, no de la forma en que se supone que sabes las cosas que importan.
Amaba a Bryan. Había amado a Bryan desde los quince años.
Pero había dejado que Luca Wolfe entrara a mi vida. A mi cama. A mi cuerpo. Y ahora llevaba a sus gemelos y estaba destruyendo a la única persona que nunca me había dado una razón para hacerlo.
"Bryan..."
"No." Levantó la mano. "No me mientas. A mí no. A cualquier otro, pero a mí no."
Caminó hacia la puerta. Se detuvo dándome la espalda. Y esperé a que se diera vuelta, como siempre hacía, porque en cada versión de este momento que había imaginado, él siempre se daba vuelta.
No se dio vuelta.
"Maya te va a matar," dijo en voz baja, hacia el marco de la puerta. "¿Y honestamente?" Una pausa que duró una vida entera. "No creo que la vaya a detener."
Y se fue.
Y me quedé sola en mi cuarto con un bolso de viaje empacado por el papá de mis gemelos y una sudadera gris que olía al chico que acababa de destruir, y el carro de Luca todavía prendido en algún lugar de abajo, como una cuenta regresiva que no tenía forma de pausar.
Cinco minutos.
Estiré la mano hacia la sudadera.
Mi celular se iluminó sobre el escritorio.
No era Luca.
Era Maya.
Sé lo que hiciste.
Me quedé mirando la pantalla. Las manos se me quedaron completamente quietas. Pasaron tres segundos. Después llegó el siguiente mensaje y me heló la sangre de una forma que ni siquiera Luca Wolfe, con todo su peligro silencioso, sus gemelos y su carro prendido, había logrado nunca.
"Ya estoy aquí, y traje a mamá."