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ES COMPLICADO: LOS HEREDEROS DE LA MAFIA
ES COMPLICADO: LOS HEREDEROS DE LA MAFIA
Author: Olivia Oscarlyn

Capítulo 1: Dos rayitas rosas

last update publish date: 2026-09-12 17:09:16

Dicen que tu vida puede cambiar en dos minutos.

La mía cambió con dos rayitas rosas.

Llevaba tanto tiempo mirando la prueba de embarazo que la palabra positivo ya se había borrado por los bordes. Como si con solo mirarla fijo pudiera convertirse en algo menos catastrófico.

Pero no.

Seguía ahí, en el borde del lavabo, brillando en esa pantallita digital con una calma que yo definitivamente no tenía. Mientras tanto, la lluvia de noviembre golpeaba la única ventana sobre el inodoro como si estuviera personalmente ofendida con todo lo que pasaba en ese baño.

Tenía veintiún años.

Cursaba tercer año de Literatura en la Universidad Velmoor porque, al parecer, amaba las palabras más que el sentido común. Se suponía que debía estar pensando en mi tesis, en las prácticas, en esa lista infinita de cosas de adulto responsable que venía posponiendo desde septiembre.

No se suponía que estuviera descalza sobre el frío azulejo del baño a las siete de la mañana, agarrando el lavabo tan fuerte que tenía los nudillos blancos, mirando dos rayitas rosas que acababan de volar mi futuro por los aires.

Mi celular vibró en el piso a mi lado y por poco tiro la prueba al lavabo.

Bryan: ¿Vienes al partido esta noche? Maya te guardó un lugar.

Me quedé mirando ese mensaje demasiado tiempo. Ver el nombre de Bryan en mi pantalla justo en ese momento se sentía como una broma cruel del universo.

Bryan Rollins.

El hermano mayor de Maya.

El chico que me enseñó a estacionarme en paralelo en el estacionamiento vacío de una iglesia el verano antes de onceavo grado, después de que reprobé el examen de manejo dos veces y estaba convencida de que pasaría toda mi vida en transporte público.

El chico que aparecía en todos mis cumpleaños, incluso en los que no le había dicho a nadie, siempre con el snack correcto y la peor excusa de por qué casualmente estaba por la zona.

El chico del que había estado enamorada en silencio, estúpida y completamente durante seis años.

Y que no tenía ni la menor idea.

Y ahora me estaba escribiendo sobre baloncesto mientras yo sostenía la prueba de que estaba embarazada de alguien que no era él.

Ni remotamente.

Ni en la misma galaxia.

¿Qué se suponía que le dijera?

Oye Bryan, historia chistosa. No puedo ir al partido. Tengo un pequeño detalle. Estoy embarazada de un tipo que probablemente es de la mafia y no eres tú. Un tipo al que tu familia llamaría a la policía. No te preocupes.

Dejé el teléfono boca abajo en el piso.

Casi de inmediato vibró otro número. Uno que había guardado sin nombre a propósito, porque ponerle nombre lo haría demasiado real. Y yo llevaba tres semanas fingiendo que no era real.

Tres semanas cargando una prueba de embarazo en el bolso como si fuera una bomba.

Tres semanas comiendo galletas saladas a las 6am y diciéndole a mi compañera Priya que era un nuevo hábito saludable.

Tres semanas mintiéndome tan bien que casi me lo creí.

Tenemos que hablar.

Tres palabras. Sin saludo. Sin calidez. El tipo de mensaje que te cae en el pecho como una piedra en agua quieta.

Pero yo sabía quién era. El estómago se me fue al piso tan rápido que tuve que agarrarme del lavabo otra vez. El mármol estaba frío bajo mis manos y me aferré a eso. A lo frío. A lo real. Porque el resto del cuarto se estaba empezando a inclinar.

Porque ese mensaje no era de Bryan.

Y ese bebé tampoco era de él.

Cerré los ojos y me dije que respirara. Consejo excelente que mi cuerpo ignoró por completo.

Porque cuando cerré los ojos no vi a Luca Wolfe primero. Vi a Bryan. Bryan poniéndose serio cuando sabía que le ocultaba algo. Mirándome con esos ojos hasta que me quebraba y se lo contaba todo. Porque en seis años nunca le había mentido bien.

Bryan, probablemente en su apartamento a dos millas del campus, haciendo café, sin saber que mi mundo se acababa de partir en dos.

Y entonces apareció Luca. Siempre lo hacía.

Ojos oscuros. Ese silencio que no era paz, era la calma antes de la tormenta.

La forma en que me miró la primera noche, al otro lado de un cuarto lleno de gente, como si yo fuera un problema que no sabía si resolver o en el que convertirse.

Cuatro meses de algo que no tenía nombre. No éramos novios. No éramos casuales. Éramos algo en la oscuridad que no le conté a Maya. Y mucho menos a Bryan.

Algo que aparentemente ahora tenía consecuencias.

Tres golpes en la puerta me hicieron saltar y morderme la lengua.

"¿Natalie?" Su voz atravesó la madera. Grave. Familiar. La voz que me hacía cosas raras en el corazón desde los quince años. "Llevas como veinte minutos ahí. ¿Estás bien?"

Bryan.

Lo miré a él. Miré la prueba. Miré mis manos temblando.

Y tomé la decisión más adulta del día: mentir.

"Sí, estoy bien." Mi voz salió sorprendentemente estable. Mi único logro de la mañana. "Problemas estomacales. Dame un segundo."

Pausa.

"¿Necesitas algo? ¿Llamo a Maya?"

"Estoy bien, Bryan. Lo prometo."

Bryan era demasiado bueno. Era el tipo que llevas a casa para presentarle a tus papás. Luca Wolfe era el tipo por el que tus papás llaman a la policía.

Pero yo no estaba bien. Estaba en el baño de Velmoor con una prueba positiva y un mensaje de un hombre que no tocaba puertas. Llegaba como el clima. Sin permiso.

Mi celular vibró otra vez.

Sé que lo viste. No hagas ninguna estupidez. Voy para allá.

Un escalofrío me recorrió que no tenía nada que ver con el frío del piso.

Luca Wolfe venía para acá.

Abrí la puerta y ahí estaba Bryan, con mi sudadera gris. La que le robé en décimo grado.

Me escaneó la cara con esa mirada que decía que ya sabía que algo andaba mal, y que estaba decidiendo cuánto presionar.

"Te ves pálida," dijo.

Me siento como un fantasma.

"Fueron los camarones de la cafetería," dije.

Hoy no había camarones. Él no dijo nada. Solo me puso la mano en la frente, cálida, firme, tan familiar que me dolió el pecho.

"No tienes fiebre," murmuró, con el ceño fruncido. "Ven. Acuéstate. Te hago té."

Té. Me ofrecía té mientras el papá de mi bebé venía en un carro que costaba más que la casa de mi papá.

"Bryan..."

Y entonces lo oímos. Un motor. Bajito. Caro. Entrando al estacionamiento. El tipo de sonido que no pertenece a un campus.

La mandíbula de Bryan se tensó. Miró a la ventana y luego a mí.

"Natalie... ¿de quién es ese carro?"

Mi teléfono vibró una última vez. No necesitaba verlo.

Estoy aquí.

Se me acabó el tiempo. Se me acabaron las mentiras. Se me acabó ser la chica buena.

Miré a los ojos de Bryan. Mi primer amor. Mi lugar seguro. Mi mayor qué hubiera pasado si.

Y con un nudo en el estómago que nada tenía que ver con náuseas, entendí:

Estaba a punto de arruinarlo todo.

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