공유

Capítulo 3

작가: Vesper Shaw
Sin esperar la respuesta de Leon, me di la vuelta para irme, pero Nicole no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Envalentonada por la presencia de Leon, se interpuso en mi camino.

—¡Perra, no te atrevas a huir! Me golpeaste y humillaste delante de todos. ¡Esto no se va a quedar así!

La fulminé con la mirada.

—¿Y qué piensas hacer?

Nicole sonrió con prepotencia; creyó que yo tenía miedo. Alzó la mano y la lanzó directo hacia mi rostro.

—¡Me voy a detener hasta que quede satisfecha!

Le atrapé la muñeca en el aire. Luego levanté la otra mano y le acomodé un revés cruzado en la mejilla. El golpe resonó en el silencio del probador. Nicole abrió los ojos, incrédula, y se le llenaron de lágrimas.

—¡Zorra! ¡¿Cómo te atreves?!

Le di otra cachetada con el dorso de la mano.

—¿Ya quedaste satisfecha? —pregunté sin inmutarme.

Las dos cachetadas acabaron con toda su arrogancia. Se cubrió las mejillas, cada vez más rojas, y corrió a esconderse detrás de Leon mientras le tiraba de la manga del traje.

—¡Leon! ¡Tienes que defenderme! ¡Me golpeó delante de ti! —sollozó.

Él estrechó a Nicole entre sus brazos y le acarició la mejilla enrojecida. Cuando alzó la cabeza y me miró, su mirada era de pura hostilidad.

—Te atreviste a tocar a mi mujer —dijo con un gruñido sordo—. Cavaste tu propia tumba.

Alzó la mano y, de inmediato, los cuatro guardaespaldas que lo escoltaban dieron un paso al frente para cerrarme el paso y acorralarme. Sin embargo, antes de que pudieran ponerme un solo dedo encima, di el primer golpe.

Le lancé un puñetazo al guardia más cercano y le acerté de lleno en la nariz. El hombre gruñó, trastabilló hacia atrás y se estrelló contra un perchero lleno de vestidos.

Podía acabar con uno de ellos sin dificultad, pero eran demasiados.

Otro guardia me sujetó el brazo por detrás y me azotó contra el suelo. Las rodillas chocaron contra el mármol con un crujido espeluznante y un dolor intenso me recorrió la columna. Entonces, el tercer guardia me hundió la bota en un costado. El dolor me dobló por la mitad.

Me levantaron a la fuerza del suelo y me arrastraron frente a su jefe, manteniéndome los brazos fuertemente inmovilizados a la espalda. Cada movimiento intensificaba el dolor en mis costillas.

Él rodeó los hombros de Nicole con un brazo y me miró desde arriba con una sonrisa cruel.

—Nicole, hoy puedes hacer con ella lo que quieras —dijo—. Yo me encargaré de las consecuencias.

Ante esas palabras, a ella le regresó la confianza. Se agachó frente a mí y me propinó dos bofetadas brutales; las mejillas me ardieron y no tardaron en inflamarse.

Después me escupió en la cara.

—¡Maldita perra! Hace un minuto te creías muy valiente. ¿Dónde quedó esa actitud, eh?

Su saliva me resbaló por el mentón. Aparté la cabeza, humillada, y apreté tanto la mandíbula que me dolieron los dientes.

Pero aún no había terminado.

Me hundió el tacón en el estómago. Un gemido escapó de mi garganta y me encogí sobre mí misma; sentí como si me hubieran golpeado el abdomen con un mazo.

Levanté la cabeza y la miré a ella y después a Leon.

—Escuchen bien: pagarán por esto. ¡Los dos!

Mi voz temblaba de dolor.

Nicole soltó una carcajada cruel. Me clavó las uñas en el mentón y me obligó a levantar la cabeza.

—La familia Scott es una de las tres más poderosas de Nueva York. ¿Qué vas a hacernos? Vamos, no eres nadie. ¡Hoy te enseñaré lo que les pasa a quienes se meten conmigo!

Metió la mano en el bolso y sacó una pequeña rasuradora para cejas. La diminuta cuchilla plateada brilló bajo las luces. La sostuvo con fuerza y me la pasó por la cara sin vacilar.

Un dolor abrasador me desgarró la mejilla. La piel se abrió y la sangre brotó a lo largo del corte. El líquido tibio bajó por mi mandíbula, empapó mi suéter claro y formó manchas rojas.

Alguien cerca de mí exclamó:

—Le advertimos que no se metiera con la familia Scott, pero no quiso escuchar. Ahora mírenla.

—Qué cara tan bonita. Lástima que le queden cicatrices —suspiró otra persona.

—La gente como nosotros debe saber cuál es su lugar y no provocar a los poderosos —añadió alguien más.

Nicole levantó de nuevo la rasuradora y apoyó el metal frío contra mi pómulo. El miedo se apoderó de mí. Estaba aterrada. La posibilidad de quedar marcada de por vida me heló la sangre. Yo no había hecho nada malo. Me provocó y me insultó primero.

Sin embargo, en ese instante, el orgullo era un lujo que no me podía permitir, así que me lo tragué y decidí suplicar clemencia.

Las palabras salieron a la fuerza, con una voz ronca por el pánico.

—Lo siento. Puedes quedarte con el vestido. No debí pelear contigo por él.

La venganza podía esperar. Por el momento, tenía que salvar mi cara.

En vez de soltarme, Nicole presionó la cuchilla y abrió otro corte en mi mejilla derecha. La nueva herida cruzó la anterior y la sangre comenzó a gotear sin parar.

Resopló.

—¡Es demasiado tarde para disculparte, perra! ¿Crees que te perdonaré tan fácilmente? ¡No hasta que me haya ensañado contigo a mi gusto!

Rompí en llanto y me giré hacia él; las lágrimas se mezclaban con la sangre mientras me corrían por el rostro.

—Leon, ¿sabes quién soy? ¡Te arrepentirás de esto! ¡Los dos se arrepentirán de todo lo que me hicieron hoy!

Él mantuvo las manos en los bolsillos e inclinó la cabeza con desprecio.

—¿Quién eres en realidad? No eres nadie. Solo la hija de algún infeliz de mala muerte que de alguna manera embaucó a mi padre para imponerme este matrimonio.

Nicole se agachó frente a mí y dio unos golpecitos contra mi mejilla ilesa con la parte plana de la rasuradora. Sus ojos brillaron con malicia.

—Tu padre es basura y tú también. Te desnudaré delante de todos para que no olvides la lección.

Cuando extendió la mano hacia mi cuello, me quedé paralizada. Un grito de pánico escapó de mi garganta.

—¡No me toques!

En ese momento, mi celular sonó dentro del bolso. No necesitaba mirar la pantalla para saber que era mi padre. Le había asignado como tono de llamada aquella vieja canción que solía silbarme. Recobré la esperanza. Me sacudí y forcejeé, desesperada por alcanzarlo, pero los dos guardias me mantuvieron inmovilizada.

Nicole sacó el celular de mi bolso, deslizó el dedo para contestar y la voz amable de mi padre se escuchó por el altavoz.

—¿Rosie? ¿Cómo va la prueba del vestido? ¿Por qué tardaste tanto en contestar?

Grité con todas las fuerzas que me quedaban:

—¡Papá! ¡Ayúdame! ¡Ven por mí! ¡Me lastimaron y esa mujer me quiere desnudar!

El tono de mi padre se endureció al instante, perdiendo toda la calidez.

—¡¿Qué?! ¡¿Quién te está haciendo daño?!

Nicole gritó hacia el altavoz:

—Fui yo. Tu perrita se lo buscó y le estoy dando lo que se merece.

Ante esas palabras, la voz de mi padre descendió hasta convertirse en un rugido sordo.

—No me importa quién seas. Suelta a mi hija ahora mismo o te juro que cuando llegue ahí te arrepentirás.

—¡Ven si te atreves! ¡Te estoy esperando y también te daré una buena lección! —escupió ella con prepotencia.

Después terminó la llamada y estrelló el celular contra el suelo. La pantalla quedó cubierta por una telaraña de grietas; la batería salió despedida y rodó hasta una esquina. Me acomodó otra bofetada en el rostro.

—De tal palo, tal astilla. Tu padre es tan arrogante como tú y ya está empezando a hartarme. Cuando llegue, me aseguraré de que también pague por esto.

Leon rio y le dio unas palmaditas en el hombro a Nicole. Luego se inclinó hasta dejar su cara a pocos centímetros de la mía.

—Ya la escuchaste. Si aparece tu viejo, se arrodillará junto a ti.

Yo continuaba sometida contra el piso, aplastada por el peso de los dos gorilas. La sangre de mis mejillas me caía dentro de la boca; el sabor metálico se mezclaba con la amargura de la humillación. Los minutos transcurrieron con una lentitud insoportable y me parecieron una eternidad.

Entonces vi, a través de los ventanales de la boutique, la conocida limusina negra que se detenía en la calle. La puerta se abrió y mi padre bajó. Seis guardaespaldas vestidos con trajes oscuros lo siguieron de cerca. Habló desde la entrada, sereno pero autoritario, y todos los murmullos del probador cesaron.

—Díganme —sentenció—. ¿Quién es exactamente la persona que quería darme una buena lección?

이 작품을 무료로 읽으실 수 있습니다
QR 코드를 스캔하여 앱을 다운로드하세요

최신 챕터

  • El Desfigurado Rostro de mi Venganza   Capítulo 8

    Nicole golpeaba el suelo con la frente a un ritmo sordo mientras me suplicaba clemencia.Pronto le brotó una cortada en carne viva sobre la ceja, y la sangre corrió sobre las heridas infectadas de sus mejillas. Tenía la cara convertida en una masa grotesca, hinchada, supurante y apenas humana.Leon la observó humillarse hasta que el último vestigio de su orgullo se hizo añicos. Apoyó la frente contra las baldosas frías y habló con voz apagada y vencida.—Señorita Moretti, fui un estúpido y un arrogante. La lastimé y me equivoqué. Le juro que jamás volveré a comportarme así. Nunca volveré a menospreciar a nadie. Por favor... se lo suplico, déjeme ir.Terminé mi café y asenté la taza con cuidado sobre el plato que tenía al lado. Entonces hablé despacio, midiendo cada palabra.—Lo dices como si yo fuera una especie de monstruo aterrador. Después de todo, vivimos en una sociedad civilizada. ¿Por qué haría algo ilegal?Anthony recobró la esperanza y se inclinó un poco hacia delante.—¿Eso s

  • El Desfigurado Rostro de mi Venganza   Capítulo 7

    Leon volteó la cabeza con brusquedad y me señaló con un dedo tembloroso. Habló con voz entrecortada.—¡Papá, fue ella! ¡Ella me encerró en el sótano! ¡No me dejaba dormir y hasta me daba comida podrida!Sonreí despacio. Me recosté en el sofá y levanté la taza de café con toda tranquilidad.—Y, aun así —dije mientras daba un sorbo despreocupado—, te comiste hasta el último bocado con tantas ganas, ¿no es cierto?Cada veinticuatro horas, ordenaba a los custodios que les bajaran una única ración compuesta por alimentos fríos y echados a perder.Durante los primeros días, Leon se había puesto como loco. Afirmó que era el director ejecutivo del Grupo Scott y que prefería morir de hambre antes que tocar esa basura. Pero el hambre es capaz de doblegar hasta al más orgulloso.Al tercer día, Leon y Nicole se peleaban por la comida como animales hambrientos; recogían hasta el último resto con los dedos y lamían los platos hasta dejarlos limpios. Cuando los guardias me describieron la escena y co

  • El Desfigurado Rostro de mi Venganza   Capítulo 6

    Un segundo después, mi padre sacó un revólver del bolsillo y apoyó el cañón contra la sien de Leon, quien abrió los ojos de par en par, aterrado. Le castañeteaban los dientes, pero no logró hablar.Entonces me llegó el olor. Una mancha oscura y tibia se extendía por la parte delantera de sus pantalones y formaba un charco en el piso bajo sus pies.Torcí la nariz con repugnancia. Luego puse una mano en el brazo de mi padre y negué con la cabeza.—Papá —dije en voz baja—, no desperdicies una bala en este imbécil. No vale la pena mancharte las manos de sangre. Déjamelo a mí. Yo sé cómo hacer que paguen.Me volví hacia los guardias y ordené:—Llévenlos al sótano de la mansión y enciérrenlos.Dos guardias asintieron, sujetaron a Leon y a Nicole de los brazos y los arrastraron hacia la puerta. Nicole seguía con la cara bañada en sangre y soltaba alaridos mientras la arrastraban por el piso. Los zapatos de cuero de Leon rasparon el suelo pulido y dejaron marcas largas y desagradables a su pas

  • El Desfigurado Rostro de mi Venganza   Capítulo 5

    Nunca fui de perdonar. Y ese día, después de que Nicole me humillara frente a todos, no pensaba dejar que saliera ilesa.Me levanté del suelo. El dolor intenso en las rodillas me hizo perder el equilibrio por un instante, y mi padre extendió la mano para sostenerme del brazo.Respiré hondo. Fijé la mirada en Nicole y avancé hacia ella. Entonces levanté la mano y la abofeteé.Las cachetadas resonaron una tras otra. Las mejillas de Nicole se hinchaban con cada golpe. Se le abrió la comisura de la boca y la sangre comenzó a brotar de la herida.Después me agaché y recogí la rasuradora para cejas que había usado conmigo. En la hoja plateada aún quedaban rastros de mi sangre.Apreté el mango y me acerqué a ella, centímetro a centímetro. Nicole temblaba sin control. Intentó retroceder como pudo, pero los guardias la mantuvieron inmóvil.—N-no te atrevas a tocarme la cara —balbuceó, con la voz quebrada por el terror—. ¡Te mataré! ¡Te juro que...!No la dejé terminar. Le pasé la cuchilla por l

  • El Desfigurado Rostro de mi Venganza   Capítulo 4

    En cuanto vi la silueta de mi padre en la puerta, todas las emociones que llevaba reprimiendo se desbordaron. Se me quebró la voz mientras gritaba entre lágrimas:—¡Papá!Atravesó la habitación en tres pasos y apartó de mí a los dos guardias de un empujón. Luego me sostuvo la cara entre las manos.Al descubrir los dos cortes irregulares en mi mejilla y la sangre que me cubría la barbilla, abrió los ojos conmocionado.—Rosie...Me acarició con delicadeza el borde de la herida, limpiándome un hilo de sangre con el pulgar. Le temblaban los dedos y su mirada reflejaba un dolor desgarrador.Me estrechó entre sus brazos y apoyé la frente en su hombro. En cuanto me refugié en él, ya no pude contenerme. Mis lágrimas mezcladas con sangre empaparon la tela de su saco.A nuestro alrededor, los presentes habían visto la limusina afuera. Un murmullo recorrió la multitud.—¡Miren ese auto! ¡Es una limusina alargada edición limitada! Su dueño debe ser rico y poderoso. Esta vez, Nicole se metió con la

  • El Desfigurado Rostro de mi Venganza   Capítulo 3

    Sin esperar la respuesta de Leon, me di la vuelta para irme, pero Nicole no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Envalentonada por la presencia de Leon, se interpuso en mi camino.—¡Perra, no te atrevas a huir! Me golpeaste y humillaste delante de todos. ¡Esto no se va a quedar así!La fulminé con la mirada.—¿Y qué piensas hacer?Nicole sonrió con prepotencia; creyó que yo tenía miedo. Alzó la mano y la lanzó directo hacia mi rostro.—¡Me voy a detener hasta que quede satisfecha!Le atrapé la muñeca en el aire. Luego levanté la otra mano y le acomodé un revés cruzado en la mejilla. El golpe resonó en el silencio del probador. Nicole abrió los ojos, incrédula, y se le llenaron de lágrimas.—¡Zorra! ¡¿Cómo te atreves?!Le di otra cachetada con el dorso de la mano.—¿Ya quedaste satisfecha? —pregunté sin inmutarme.Las dos cachetadas acabaron con toda su arrogancia. Se cubrió las mejillas, cada vez más rojas, y corrió a esconderse detrás de Leon mientras le tiraba de la manga del traje.—¡L

더보기
좋은 소설을 무료로 찾아 읽어보세요
GoodNovel 앱에서 수많은 인기 소설을 무료로 즐기세요! 마음에 드는 작품을 다운로드하고, 언제 어디서나 편하게 읽을 수 있습니다
앱에서 작품을 무료로 읽어보세요
앱에서 읽으려면 QR 코드를 스캔하세요.
DMCA.com Protection Status