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Capítulo 2

작가: Vesper Shaw
Me volví hacia la voz y vi a un hombre imponente en la entrada. Detrás de él, cuatro guardaespaldas de traje negro lo escoltaban.

Ese día llevaba un traje gris carbón hecho a la medida. Con casi un metro noventa de estatura, sobresalía entre la multitud y parecía haber salido de la portada de una revista.

Si tuviera que criticarle algo, sería la mirada fría que me dirigía. Avanzó por el lugar y el tacón de sus zapatos de cuero produjo un eco pesado y sordo contra el mármol.

—Nicole —dijo con impaciencia—, te dije que vinieras a probarte el vestido de novia. ¿Cómo pudiste pelear en público y armar semejante escándalo?

La expresión de Nicole cambió. Hizo un puchero y puso cara de víctima.

—¡Leon, ella empezó! Primero me insultó y luego hasta intentó quitarme el vestido.

Observé al hombre que tenía enfrente.

—Entonces, ¿tú eres Leon? —pregunté—. ¿Mi futuro esposo?

—Sí, soy Leon Scott —respondió mientras se volvía hacia mí.

Abrí la boca para presentarme:

—Mucho gusto, soy...

Levantó una mano y me interrumpió.

—No te molestes. No tengo el menor interés en saber quién eres.

Por un momento dudé de mis oídos. No podía haber escuchado bien. Era la única hija de la familia Moretti, la princesa más codiciada de la mafia neoyorquina. Y aun así, ¿mi prometido se atrevía a hablarme de esa manera antes siquiera de casarnos? ¡Increíble!

—Leon —dije, obligándome a hablar con calma a pesar de que ardía de furia—. Sé que nunca nos habíamos visto y que nuestros padres arreglaron este matrimonio. Pero interrumpirme así a mitad de una frase... ¿no te parece un poco grosero?

Al oírme, su indiferencia desapareció. Me miró de reojo con una sonrisa burlona.

—¿Grosero? Rosalina, mírate bien en el espejo. ¿En serio crees merecer a alguien como yo?

Me recorrió con la mirada de la cabeza a los pies, desde el suéter tejido hasta los jeans y los zapatos bajos. En un salón lleno de vestidos de alta costura, yo parecía una turista que había entrado por accidente. Soltó un bufido despectivo.

—Que esto te quede muy claro. Si mi padre no me hubiera obligado a casarme contigo, ni siquiera te habría prestado un segundo de atención; eres una muerta de hambre sin apellido, sin talento y con una cara bonita como único recurso.

Al pronunciar las últimas palabras, alzó la voz como si quisiera que todos en el probador lo oyeran.

—Y no te confundas. Casarte con un Scott no te convertirá en una de nosotros. Jamás te tocaré. Ni ahora ni nunca.

Sabía que no tenía idea de quién era yo en realidad, y no me interesaba discutir con él. Hice un gesto despreocupado y hasta sonreí apenas.

—Como dejaste tan clara tu postura, no voy a insistir. Pero hay un detalle: no tiene ningún caso seguir adelante con nuestra boda, ¿cierto?

Había esperado que pudiéramos separarnos en buenos términos, pero ese hombre se negaba a escuchar. Quizá creyó que solo hacía un berrinche.

—¡Rosalina, no te hagas la difícil conmigo! —exclamó dando un paso al frente para imponerse con su estatura—. ¿Tienes idea de cuántas mujeres de Nueva York se mueren por entrar a mi familia?

En lugar de enojarme, solté una carcajada.

—Leon, no me importa lo que quieran las demás. Yo no quiero tener nada que ver contigo. Y en cuanto a tu preciada familia Scott, lo único que puedo decir es que para mí no significa nada.

En cuanto pronuncié aquellas palabras, el probador entero se llenó de exclamaciones.

—¡Dios mío, esta tipa está loca! Le habló así al señor Scott. ¿Perdió la cabeza? —comentó una de las empleadas de la boutique, cubriéndose la boca con asombro.

—Ni que lo digas. Leon es el hombre de los sueños de todas las mujeres de Nueva York, pues es rico, guapo, alto y musculoso. Y esta ingenua ni siquiera entiende la suerte que tiene. ¡Le pusieron en bandeja la oportunidad de su vida! —añadió otra dependienta mientras negaba.

—Yo me pondría una bolsa de basura si hiciera falta con tal de entrar a la familia Scott —murmuró alguien más—. ¡Eso es como sacarse la lotería!

Los murmullos seguían llegando de todas partes, pero no me importaban.

En Nueva York, la familia Scott era, en efecto, muy reconocida. Su imperio empresarial se extendía por todo el país. Sin embargo, ante el poder, todo ese dinero no era más que cifras sobre un papel.

Todavía recordaba cómo Anthony Scott, padre de Leon, patriarca de la familia y titán de la industria que infundía respeto en cualquier junta empresarial, agachó la cabeza y suplicó de rodillas frente a mi padre. Con una mano en el pecho, había prometido que Leon me cuidaría como un tesoro.

Probablemente aún no sabía que su hijo acababa de destruir con sus manos el único vínculo que podía llevar a los Scott a alturas con las que nunca habían soñado.

—¡Rosalina!

El tono de él se volvió agudo, delatando por fin una furia genuina en su mirada.

—Te lo pregunto por última vez. ¿En serio quieres cancelar la boda?

Sostuve su mirada sin acobardarme y asentí despacio, con firmeza.

—Por supuesto.

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