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El Despertar de la Luna Dorada: El Rechazo del Alpha Supremo
El Despertar de la Luna Dorada: El Rechazo del Alpha Supremo
Autor: Paula C

Capítulo 1

Autor: Paula C
last update Fecha de publicación: 2026-07-17 10:57:21

El sudor frío le resbalaba por la nuca mientras limpiaba las manchas del suelo de mármol del gran salón. Ayla sabía que esa noche no se toleraría el más mínimo error; la Gala del Equinoccio de Otoño era el evento más importante del año. Toda la manada Luna de Sangre se había vestido con sus mejores prendas para recibir al Alpha Supremo, Killian Blackwood, un hombre cuya sola mención bastaba para que los lobos más fuertes bajaran la cabeza en señal de sumisión.

​Ayla se encorvó un poco más, dejando que su largo cabello rubio cenizo cayera como una cortina sobre su rostro. El uniforme desgastado le quedaba grande, pero le servía de escudo para intentar pasar desapercibida. En un mundo donde el rango y el linaje lo eran todo, ella ocupaba el peldaño más bajo: una Omega sin loba, incapaz de transformarse, rescatada de las cenizas de un ataque enemigo quince años atrás.

​O al menos, esa era la historia oficial que el Alpha de la manada le había hecho creer a todos.

​—¡Muévete, basura!

​El empujón vino por detrás, seco y brusco. El impacto la mandó directo de rodillas al suelo, haciendo que sus manos golpearan contra el frío piso.

​Ayla no levantó la vista. Sabía perfectamente quién era. El dobladillo de un deslumbrante vestido de seda roja pertenecía a Sienna, la hija del Alpha local. Sienna llevaba meses preparándose para esta noche, convencida de que era la candidata principal para convertirse en la Luna de Killian Blackwood.

​—Lo siento, señorita —susurró Ayla, manteniendo sus ojos fijos en el suelo. Había aprendido por las malas, en las cocinas de la manada, que el orgullo solo traía costillas rotas.

​—Si arruinas la noche del Alpha Supremo, yo misma te desterraré al bosque para que te devoren los salvajes —siseó Sienna, antes de alejarse con paso firme hacia la entrada principal.

​Ayla respiró hondo, tragándose las lágrimas y la rabia. Se puso de pie con torpeza y se retiró hacia las sombras del balcón del segundo piso. Era el único lugar seguro; desde allí arriba podía controlar cuándo hacía falta rellenar las copas sin tener que cruzarse en el camino de los invitados.

​De pronto, el ambiente en el salón cambió por completo.

​El aire se volvió denso, cargado de una presión invisible que le erizó la piel. Un aroma imponente a madera y tormenta de nieve inundó el lugar, barriendo con cualquier otra fragancia. Era un olor que reclamaba el espacio con una autoridad absoluta.

​Los murmullos cesaron al instante. Cientos de lobos orgullosos se agacharon al unísono.

​Había llegado.

​Killian Blackwood cruzó las imponentes puertas principales. Era más alto y robusto que cualquier Alpha que Ayla hubiera visto jamás. Su cabello negro enmarcaba unas facciones afiladas, y sus ojos, de un azul oscuro y letal, escanearon la habitación con absoluto desdén. Su sola presencia exigía sumisión; era una fuerza física tan real que incluso Ayla, desde la distancia del balcón, sintió que las piernas le temblaban, rogándole que cayera de rodillas.

​Pero entonces, algo extraño sucedió dentro de ella.

​Una chispa de calor, un fuego súbito y abrasador que nunca antes había sentido, se encendió en su pecho. Su corazón empezó a latir a un ritmo frenético, doloroso.

​«Mío…»

​La palabra resonó en su mente con una voz profunda, extraña y femenina. Una voz que jamás había escuchado. ¿Su loba? No era posible. Ella no tenía loba.

​Abajo, en el centro del salón, Killian Blackwood se detuvo en seco. Su postura se tensó de inmediato, adoptando la rigidez de un depredador que ha localizado a su presa. Sus fosas nasales inhalaron el aire con violencia. Ignoró por completo a Sienna, que ya avanzaba hacia él con una sonrisa ensayada.

​Los ojos del Alpha Supremo se apartaron de la multitud y, guiados por un instinto primitivo, miraron directamente hacia arriba.

​La mirada de Killian se cruzó con la de Ayla. El impacto fue tan fuerte que ella retrocedió un paso, chocando de espaldas contra el barandal. Abajo, las pupilas del Alpha se dilataron hasta dejar sus ojos completamente oscuros.

​El vínculo de mate se había activado.

​El destino jugaba el juego más retorcido del mundo: una Omega rota y el lobo más poderoso del continente eran almas gemelas.

​El silencio en el salón se volvió sepulcral. Los invitados siguieron la mirada de su líder supremo y la fijaron en la silueta sencilla de Ayla. Las expresiones de asco, sorpresa y horror no se hicieron esperar entre la multitud.

​Killian caminó hacia las escaleras, cada uno de sus pasos resonando como un golpe de tambor en el pecho de Ayla. Subió los escalones sin apartar los ojos de ella ni un segundo. Cuando llegó al balcón, la distancia entre ambos se redujo a escasos centímetros. El calor que emanaba de su cuerpo era embriagador.

​Ayla, temblando, contuvo el aliento, buscando desesperadamente una chispa de aceptación, de milagro, en los ojos del hombre que el universo había elegido para ella.

​Sin embargo, la mirada de Killian se volvió glacial. La sorpresa inicial en su rostro se transformó rápidamente en una mueca de profundo desprecio al notar el uniforme de sirvienta, las manos maltratadas y la total ausencia de un aura de loba fuerte. Un Alpha de almas guerreras no podía permitirse una compañera defectuosa; sería la burla de todas las manadas.

​Killian se inclinó hacia ella, tanto que su aliento frío rozó la oreja de Ayla, haciéndola estremecer. Pero sus palabras no fueron de unión. Fueron una sentencia de muerte.

​—Eres un error de la naturaleza —susurró en voz baja y cargada de desprecio que solo ella pudo escuchar—. Yo, Killian Blackwood, Alpha Supremo de la Manada del Norte, te rechazo como mi Luna y mi compañera. No eres nada para mí.

​El pecho de Ayla se desgarró. Fue un dolor físico, una agonía insoportable que la dejó sin aire mientras el vínculo se hacía añicos.

​Killian se dio la vuelta para marcharse, pero antes de que pudiera dar un paso, Ayla, con la vista nublada por las lágrimas, sintió que algo dentro de su sangre despertaba con una furia ciega ante la humillación.

​Levantó la cabeza y, por una fracción de segundo, sus ojos verde oliva brillaron con un destello dorado, ancestral y prohibido.

​—Espera —dijo Ayla.

​Su voz ya no sonaba como la de una Omega sumisa. Tenía un eco de autoridad que hizo que el propio Killian se congelara en su sitio, sorprendido.

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