INICIAR SESIÓNEl ala oeste de la mansión era una zona fría, reservada para el personal de servicio y el almacenamiento, lejos de los lujos que decoraban el resto de la residencia de Luna de Sangre. Sin embargo, la pequeña habitación a la que trasladaron a Ayla por orden de Killian al menos contaba con una cama limpia y una manta gruesa.
Ayla permanecía sentada en el borde del colchón, abrazándose las piernas. La fiebre parecía haber disminuido gracias a la proximidad física del Alpha Supremo, pero el tormento interno seguía intacto. Con los ojos fijos en la ventana por donde se filtraba la luz grisácea del amanecer, analizó su situación. Era un arma de doble filo: Killian la había salvado de los calabozos, pero solo para encerrarla bajo su custodia. Seguía siendo una paria, una pieza en el juego de orgullo de un hombre demasiado poderoso. De repente, la pesada puerta de la habitación se abrió de golpe. Sienna entró como un torbellino, aprovechando que Killian acababa de convocar a sus guardias personales al gran salón para ultimar los detalles de su partida. Estaba sola, con el rostro desencajado por el coraje. —¡Tú! ¡Maldita basura! —escupió Sienna, cerrando la puerta tras de sí y avanzando hacia la cama con los puños apretados—. ¿Qué truco usaste con el Alpha Supremo? ¿Cómo te atreviste a engatusarlo para que bajara a buscarte al sótano? Ayla se puso de pie despacio, obligando a sus músculos debilitados a sostenerle la postura. No iba a mostrarse indefensa. —Yo no hice nada, Sienna —respondió, manteniendo la voz fría—. El Alpha Killian toma sus propias decisiones. Yo no le pedí que bajara ni que me trajera aquí. —¡No me mientas! Sienna acortó la distancia y descargó una bofetada limpia sobre su rostro. El impacto le giró la cabeza hacia un lado y un hilo de sangre comenzó a brotar de la comisura de sus labios. —Eres una Omega sin loba, una muerta de hambre que vive de nuestras sobras —siseó Sienna, con el rostro deformado por el rencor—. El Alpha Supremo te rechazó frente a todos. ¡Te rechazó! Él me pertenece, yo seré la Luna del Norte. Pero mi padre me acaba de informar que Killian canceló las negociaciones de la alianza hasta nuevo aviso y que puso este sector bajo su guardia de seguridad personal. ¡Por tu culpa! ¡Todo se fue al demonio por tu culpa, maldita! Ayla se limpió el rastro de sangre con el dorso de la mano. Sostuvo la mirada de Sienna con una fijeza que descolocó por completo a su agresora. —Si tanta seguridad tienes de que él te pertenece, ¿por qué estás aquí perdiendo el control con una sirvienta? —preguntó Ayla, con un tono sutilmente afilado—. Si el rechazo de Killian fue tan definitivo, ¿por qué me tienes tanto miedo? Las palabras dieron en el blanco. Sienna retrocedió un paso, respirando de forma agitada. La verdad era exactamente esa: estaba aterrorizada. En su mundo, el lazo de un mate era una fuerza mística e impredecible; aunque Killian hubiera rechazado a Ayla por estatus, el hecho de que prohibiera que otros la dañaran demostraba que el vínculo seguía ejerciendo una influencia peligrosa sobre él. —Disfruta de tus últimas horas de atención, huérfana —amenazó Sienna, forzando una sonrisa cruel—. Crees que estás a salvo porque él te vigila, pero el Alpha Supremo se marchará a las tierras del Norte en dos días. Y cuando él cruce esa frontera, tú te quedarás aquí, sola. Mi padre y yo nos encargaremos de que desees haber muerto en las celdas. Sienna dio la vuelta con arrogancia y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Ayla se dejó caer de nuevo en el colchón, exhalando un suspiro tembloroso. Las palabras de su rival eran ciertas en algo: el tiempo corría en su contra. Killian Blackwood no se quedaría para siempre en los territorios de Luna de Sangre. Una vez que se marchara, la protección implícita de su custodia desaparecería. «Tenemos que irnos… antes de que sea tarde…», pensó Ayla, clavando la vista en la luz del amanecer. Tenía exactamente cuarenta y ocho horas para planear su escape de la manada, sanar su cuerpo y descubrir qué era esa misteriosa fuerza dorada que estaba despertando en su sangre.Jarek descendió de la plataforma de vigilancia a grandes zancadas, cruzando el sendero hasta llegar a donde estaba Ayla. Al ver la expresión sombría en el rostro del comandante, Ayla frunció el ceño. —¿Qué pasa, Jarek? —preguntó, sintiendo que la inquietud que le martillaba la nuca se transformaba en una alerta real—. Los vigías están en movimiento... ¿Fue otra vez el eco de la estática en las runas? Jarek se detuvo frente a ella. Su mirada era un pozo de advertencia pura. —Intentaron tantear el perímetro en la madrugada—respondió Jarek, sin rodeos—. Alguien golpeó los sellos. Ayla sintió que un escalofrío le recorría la espalda. —¿Fue... fue el Norte? —preguntó con el pulso acelerado, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. ¿Killian ha vuelto? Jarek asintió lentamente, clavando sus ojos oscuros en los de ella. —Él es el único enemigo. Si las runas fueron golpeadas con tanta fuerza, no es una simple advertencia. Ayla tragó saliva con dificultad. E
En la manada Luna de Sangre, el ambiente respiraba una falsa elegancia. Sienna se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, sostenía una copa de vino tinto, observando cómo el líquido rojo oscuro giraba con un movimiento lento y controlado, imitando el remolino de sus propios pensamientos. Ella estaba convencida de que los magistrados del Consejo ya habrían actuado con mano dura contra la bastarda. —Pronto —murmuró Sienna para sí misma, con la voz apenas deslizándose por entre sus labios. Esbozó una sonrisa fría, mientras inclinaba la copa hacia la luz—. Pronto el Consejo se encargará de borrar cada rastro tuyo maldita Ayla. Y cuando Killian descubra que ya no hay un solo obstáculo entre nosotros, y que el pasado por fin ha muerto, su mirada volverá a posarse donde corresponde. Para Sienna, el mundo se dividía estrictamente entre quienes poseían el derecho de sangre y quienes solo servían para estorbar en el camino hacia el trono. Ignoraba por completo que la rea
En la imponente fortaleza del Norte, Killian Blackwood revisaba los mapas de las rutas fronterizas, evaluando el despliegue de las patrullas invernales, buscando cualquier vulnerabilidad en el perímetro que protegía sus dominios. Pero antes de que pudiera marcar la siguiente directriz sobre el papel, las puertas dobles de su despacho se abrieron de golpe. Gólem, su comandante de confianza y la sombra más leal que poseía en el Norte, ingresó a grandes zancadas. El rostro habitualmente imperturbable del guerrero estaba tenso, surcado por una rigidez que advertía peligro antes de que pronunciara una sola palabra. Se detuvo frente al escritorio con los puños apoyados sobre la madera. —Alpha, comenzó Gólem sin preámbulos. Acaba de llegar un reporte urgente interceptado por nuestros informantes en la red del Consejo Continental. Tenemos un problema crítico. Killian levantó la vista de inmediato. Su semblante, ya de por sí duro, se ensombreció hasta adoptar una quietud mortal.
El sobre de pergamino viajó de mano en mano a través de una red clandestina de contrabandistas que cruzaban las zonas grises de la frontera septentrional. Para el mensajero neutral que lo depositó en los buzones ciegos de la frontera continental, no era más que un encargo anónimo y bien pagado que exigía absoluta discreción y cero preguntas. El recado cruzó los altos portones de piedra blanca del Consejo Continental —el núcleo administrativo que gobernaba las manadas con mano de hierro y leyes inquebrantables— hasta llegar directamente a la gran cámara circular de cúpula alta. Bajo la fría luz matutina que se filtraba por los ventanales de alabastro, los tres magistrados revisaban los informes rutinarios de líneas de ley cuando el pliegue fue abierto. El patriarca central, un anciano de barbas cenicientas y ojos duros, recorrió las líneas de la misiva en un riguroso silencio. A su lado, los demás líderes se inclinaron de inmediato, escrutando cada palabra de la denuncia anónima c
El despacho del Alpha Supremo en la capital del Norte era un santuario de poder y silencio. Afuera, la ventisca aullaba contra los ventanales blindados, sepultando la estructura de la fortaleza bajo mantos de nieve. Dentro, el aire era denso, cargado con la fría autoridad que emanaba de la figura inmóvil junto al escritorio. Killian Blackwood sostenía entre los dedos el diario de la última matriarca de la Luna Dorada. Sus ojos azules, fijos en la caligrafía antigua, recorrían una y otra vez los párrafos dedicados al Mando Regio y a la vulnerabilidad física de sus portadoras. Para Killian, los días transcurrían con la absoluta certeza de que el tiempo jugaba a su favor. En su mente, la estrategia era impecable: confinada en el exilio, cada intento de Ayla por convocar su poder, estaba desgarrando sus tejidos desde adentro. Imaginaba el dolor sordo en sus venas, el agotamiento progresivo de su loba y la forma en que el lazo agrietado —esa punzada constante en el pecho— terminaría
Ayla sintió que el calor le subía de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo intenso. Parpadeó de repente, como si despertara de un trance, y apartó las manos de manera brusca —aunque sin soltar del todo al cachorro, que seguía jugueteando con el cordón de sus botas—. Su corazón latía desbocado en su pecho, por el vértigo de haber estado a milímetros de cruzar una línea de la que no habría regreso. —Yo... yo, le llevaré este cachorrito a su madre —balbuceó, con la voz ligeramente quebrada y la mirada esquiva, levantándose con torpeza. Tomó al cachorro en brazos con rapidez, abrazándolo contra su pecho como si el pequeño animal fuera un escudo protector frente a la mirada profunda y fija del hombre. Jarek se quedó en cuclillas sobre la hierba por un instante más. No intentó detenerla, ni soltó ninguna de sus habituales frases cortantes para burlarse de su nerviosismo. En su lugar, una sonrisa leve y genuina —de esas que rara vez permitía que los demás vieran







