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Capítulo 4

Author: Margarita Juárez
Después de abandonar aquella casa asfixiante, cancelé el boleto que había comprado, conseguí un asiento en el primer vuelo disponible y fui directamente al aeropuerto.

No quería permanecer ni un minuto más en esa ciudad marcada por mi humillación.

Durante todo el trayecto, el celular no dejó de vibrar: no paraban de llegar mensajes del grupo de chat de la empresa y notificaciones de Víctor.

Entré al grupo con una necesidad casi autodestructiva y la pantalla se llenó de fotografías.

Todas mostraban momentos íntimos y dulces entre Víctor y Leonor.

Solo entonces reparé en que él la había colmado de atenciones.

El collar que llevaba era una edición limitada que yo había deseado durante mucho tiempo. En la muñeca lucía una pulsera de diamantes. Hasta el anillo de bodas parecía haber sido elegido especialmente para ella. Todo lo que él me había negado había terminado en manos de Leonor.

Abrí la conversación con Víctor.

No había consuelo ni disculpas, solo explicaciones superficiales y órdenes.

"Los compañeros insistieron tanto en que todo pareciera auténtico que acabé tramitando con Leonor un matrimonio civil. Para mí solo era una medida temporal. Reservé otro salón para mañana. Esta vez estaremos solos tú y yo. Prepárate. Sé buena. Haré como si no hubieras dicho nada sobre terminar la relación. No conviertas el matrimonio en un juego".

El estómago se me revolvió.

Antes había escuchado esas palabras tantas veces que ya ni reaccionaba; ahora solo me provocaban asco.

¿Quién de los dos estaba tratando el matrimonio como un juego? Había sustituido a la novia a su antojo y firmado un acta de matrimonio por capricho.

Quise preguntarle por qué una boda de dos personas tenía que incluir a una tercera a la que utilizaba como tapadera con el pretexto de evitar sospechas.

¿Cómo era posible que alguien que me había negado tantas cosas fuera incapaz de negarse a las exigencias de los demás?

Escribí y borré el mensaje varias veces, pero nunca lo envié.

Cuando alguien ha decidido irse, ni siquiera desea seguir escuchando explicaciones.

Estaba a punto de cerrar la conversación cuando Víctor envió un signo de interrogación.

"¿Hablaste con Recursos Humanos?".

Guardé silencio unos segundos. Él, como si no pudiera esperar, me llamó de inmediato.

Vacilé unos instantes antes de contestar.

No alcancé a decirle que había renunciado: su suspiro me interrumpió.

Víctor parecía hablarme con resignación.

—Sé que durante estos años has soportado muchas injusticias, pero no debiste usar el éxito del último proyecto para exigir un ascenso. Tu puesto actual está varios niveles por debajo del de gerente y, si ahora compites con Leonor por ese cargo, la gente empezará a hablar. Ya hablé con Recursos Humanos. Una vez más, el ascenso será para Leonor. A ti te enviaré al proyecto de Monteluz para que adquieras experiencia y, cuando regreses, te ascenderé. ¿De acuerdo?

Su voz era más dulce que nunca, pero sus palabras me cayeron encima como un balde de agua helada.

No me había llamado porque supiera de mi renuncia ni porque quisiera detenerme.

Ni siquiera había leído con atención la solicitud de renuncia que llevaba mi nombre. Solo le preocupaba que yo intentara arrebatarle a Leonor el ascenso.

Y, por favorecerla, estaba dispuesto a mandarme a Monteluz, a miles de kilómetros.

El dolor había terminado por entumecerme. Esbocé una sonrisa burlona.

—Está bien.

Víctor se quedó sin palabras. Parecía asombrado de que esa vez hubiera obedecido con tanta facilidad.

Después de un largo silencio, solo consiguió decir, con voz seca:

—Buen viaje.

Al colgar, Recursos Humanos ya me había confirmado que mi renuncia estaba tramitada. Seguramente Víctor había firmado el acuse sin siquiera leer el documento.

En ese instante, los altavoces anunciaron el embarque de mi vuelo.

Tomé la maleta y crucé la puerta de embarque sin vacilar.

Sin él en mi camino, el viaje sin duda sería mucho más llevadero.

***

Al día siguiente, Víctor despertó cuando el sol ya estaba en lo alto.

Una extraña sensación de pérdida lo invadió, pero él la atribuyó a la resaca.

Al mirar la hora, se apresuró a arreglarse y condujo hasta el nuevo salón que había reservado.

Como se trataba de un espacio privado, solo estaban allí el fotógrafo y el maestro de ceremonias. Víctor supuso que Yolanda se había retrasado. Pero faltaban diez minutos para la hora prevista y ella no aparecía. Llegó la hora de la ceremonia y Yolanda tampoco apareció. Cuando el personal entró para preparar el salón para el siguiente evento, ella seguía sin aparecer.

La inquietud de Víctor se hizo cada vez más intensa.

Al pensar en el traslado que había organizado, llamó a Recursos Humanos.

—¿Sabes dónde está Yolanda? Su traslado no empieza hasta la próxima semana.

La persona al otro lado de la línea respondió con vacilación:

—¿Qué traslado? Yolanda renunció anoche.

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