LOGINEl día de mi boda, el auto que debía llevarme a la ceremonia me dejó frente al acceso de servicio del salón, justo al lado de los contenedores de basura. Víctor Méndez me abrió la puerta del auto y me dio una orden con la naturalidad de siempre: —Entra por la puerta de servicio. Yo llevaré a Leonor por la entrada principal para que nuestros compañeros no sospechen nada. Sin esperar mi respuesta, se marchó con Leonor Rivera y me dejó sola, sujetándome la falda en medio del agua sucia. Era la nonagésima novena vez que Víctor me abandonaba con la excusa de evitar sospechas. Llevábamos ocho años manteniendo nuestra relación en secreto. Según él, un romance en la oficina dañaría mi reputación, así que siempre utilizaba a Leonor, su amiga, como tapadera. Durante una actividad de integración de la empresa, la llevó en el asiento del copiloto mientras yo pasaba diez horas en autobús. Cuando por fin llegué, ellos ya estaban a punto de regresar. Cuando nuestro proyecto tuvo éxito, ascendió a Leonor, que formaba parte de mi equipo, mientras que yo, pese a ser la empleada con más experiencia, acabé siendo su subordinada. Hasta en las invitaciones de mi propia boda figuraba el nombre de Leonor en lugar del mío. Después de ocho años a su lado, Víctor seguía sin reconocerme como su pareja ni darme un lugar en su vida. Creí que de verdad lo hacía por mi bien. Pero cuando atravesé corriendo aquel pasillo inmundo y entré al salón cinco minutos antes de la hora prevista, descubrí que la ceremonia ya había comenzado: Víctor abrazaba a Leonor, que ocupaba mi lugar frente al altar. Los dos dijeron "Sí, acepto" al mismo tiempo y nuestros compañeros estallaron en vítores. —¡Felicidades! En ese instante lo entendí. Durante ocho años, la única persona con la que Víctor había querido mantener las distancias era yo. Así que le concedería su deseo: me apartaría para siempre de aquella farsa y de los favoritismos que ya ni siquiera se molestaba en ocultar. La música volvió a sonar y el maestro de ceremonias anunció el intercambio de anillos. Al verme, Víctor se giró con cierta incomodidad y, aprovechando que todas las miradas estaban puestas en Leonor, intentó ponerme el anillo a escondidas. Yo sonreí y retiré la mano antes de que pudiera hacerlo. —Ya no hace falta que disimulen. Felicidades.
View MoreDurante las semanas siguientes, me limité a cumplir mi horario y a ocuparme estrictamente del trabajo. Fuera de ese ámbito, no respondía a ninguna pregunta ni petición de Víctor. Aunque solo me pidiera que le pasara un vaso de agua o que sostuviera una puerta, fingía no verlo.Con el tiempo, todos a nuestro alrededor notaron mi frialdad.Algunos le recomendaron cambiar de supervisora, pero Víctor se negó rotundamente.Él sabía que se lo merecía. Era el castigo por los ocho años durante los que me había ignorado.La diferencia se hizo todavía más evidente cuando Tomás Ramos, un egresado de mi universidad que había cursado la misma carrera unos años antes que yo, empezó a trabajar en la empresa.Habíamos tenido al mismo asesor y trabajado en la misma línea de investigación, así que teníamos mucho más de qué hablar entre nosotros que con el resto.Por mucho que Víctor intentara intervenir, yo siempre lo dejaba fuera de la conversación. Al ver que cada vez prestaba más atención a Tomás, co
Mientras Víctor me buscaba con desesperación, yo ya me había adaptado a una nueva vida en la empresa de mi ciudad natal.El ambiente de trabajo era cordial, mis superiores valoraban mi experiencia y mis capacidades, y yo ya no tenía que sacrificarme para proteger una relación que no podía salir a la luz.Al tercer mes, cuando mi vida por fin se había estabilizado, Víctor apareció frente a mí.Durante ese tiempo, mis padres me habían contado algunas noticias sobre él.Supe que había despedido a quienes hablaban mal de mí en la empresa, que había enviado a Leonor al lejano proyecto de Monteluz y que había revelado públicamente la relación que habíamos mantenido.Pero lo único que me importaba era que se negaba a alejarse de la casa de mis padres y les estaba causando muchas molestias.Por eso acepté reunirme con él.En apenas tres meses, Víctor parecía haberse convertido en otra persona.No quedaba nada del hombre impecable de antes. Aunque seguía vestido con pulcritud, el cansancio y la
Víctor se tambaleó y soltó al compañero, avergonzado.El hombre corrió hacia Leonor para pedirle que intercediera por él, como si fuera su última esperanza.Leonor forzó una sonrisa y trató de persuadirlo.—Víctor, no seas tan severo. Quizá no lo hizo con mala intención. Despedirlo sería demasiado. Podrías enviarlo por un tiempo al equipo del proyecto de Monteluz.Antes de que terminara, la mirada helada de Víctor cayó sobre ella.—Si vuelves a interceder por él, tú también quedarás fuera de la empresa.Era la primera vez que Víctor le hablaba con tanta dureza.Leonor se quedó paralizada y sus ojos se humedecieron.Al comprender que Víctor no cambiaría de opinión, el empleado arrojó al suelo las bolsas de comida. Luego miró a Leonor con resentimiento.—Tanto presumir de ser la esposa de Víctor y ni siquiera eres capaz de hacerte escuchar.La palabra esposa hizo que Víctor endureciera el gesto.—Leonor no es la mujer que amo. Siempre la he visto como una amiga. Yolanda es mi verdadera p
Víctor se desplomó junto a la cama con el vestido sucio apretado entre las manos y dejó que el remordimiento lo devorara.En ese momento, oyó que se abría la puerta principal.Levantó la cabeza de golpe, esperanzado.—¿Yolanda? ¿Eres tú? ¿Volviste?Abrió la puerta, pero al ver quiénes eran, se quedó sin palabras.Sus compañeros entraban uno tras otro, cargados con bolsas de comida.Al verlo salir, la sonrisa de Leonor, que iba al frente del grupo, se congeló por un instante.Aun así, bajo las miradas cómplices de los demás, se acercó, se aferró a su brazo y lo llevó aparte para preguntarle en voz baja:—¿No habías ido a celebrar la boda con Yolanda? ¿Por qué regresaste tan pronto?Víctor se frotó el entrecejo, exhausto, sin reparar en su incomodidad.—Yolanda desapareció. La boda se canceló.Leonor pareció alegrarse por un instante, aunque enseguida volvió a fingir preocupación.—¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Yolanda sigue enojada? Todo es culpa mía. Si no hubiera ocupado su lugar como






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