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El Pacto del Acónito
El Pacto del Acónito
Author: SoulStory

Chapter 1: Elegida

Author: SoulStory
last update publish date: 2026-09-02 22:44:28

—Tienes que venir, Seren. Por favor. No es todos los días.

Eira ya estaba vestida, el cabello trenzado con una cinta blanca, girando en el centro del cuarto como si el suelo fuera a atraparla en cualquier momento. Seren levantó la vista del escritorio, la tinta todavía fresca en los dedos, y no respondió de inmediato.

—Me quedan tres páginas por copiar antes del atardecer.

—La Selección solo ocurre una vez cada diez años. Las páginas van a seguir ahí mañana. —Eira la tomó de la muñeca y tiró de ella, y la tinta se corrió sobre los nudillos de Seren en una mancha gris. —Va a estar todo el mundo. Todo el valle. Por favor.

Seren se quedó mirando la mancha en su mano, las palabras todavía secándose en la página debajo. Llevaba toda la mañana copiando el mismo pasaje, el del Lobo, el que siempre le apretaba algo en el pecho y lo dejaba en silencio. Nunca le había gustado ese pasaje. Lo había copiado cien veces y jamás le había sonado a verdad, del modo en que se supone que suena la escritura sagrada. Sólido. Firme. Algo donde uno pudiera pararse.

—Está bien —dijo, y toda la cara de Eira se abrió como una ventana de par en par.

La plaza de Thornhallow ya estaba llena cuando llegaron, cuerpos apretados hombro con hombro bajo un cielo del color de una campana recién tocada, pálido y todavía vibrando de luz. Alguien había colgado cintas entre los tejados. Alguien más vendía pan con miel desde un carrito, y el olor se mezclaba con el murmullo de cien conversaciones, todas girando alrededor de la misma pregunta. Quién. Quién este año. La hija de quién, el hijo de quién, la hermana de quién sería llevada a la capital y volvería convertida en Guardiana, bendecida, elegida, apartada para siempre del resto.

—¿Tú crees que sea alguien que conocemos? —Eira se paraba de puntitas, estirando el cuello para ver por encima de la gente. —¿Tú crees que pueda ser Wren? Ha estado rezando en el altar todas las mañanas desde la primavera.

—No sé.

—Tú nunca crees que vaya a ser nadie. Nunca ni siquiera tienes esperanza.

—Tener esperanza no hace que pase, Eira. El Hierofante elige a quien elige. —Seren lo dijo sin ningún calor, como decía casi todo, pero Eira soltó un resoplido de frustración de todos modos y lo dejó ahí.

La multitud se movió. Un murmullo la recorrió como el viento entre el trigo, y entonces apareció el Hierofante, subiendo a la plataforma de piedra en el centro de la plaza, y todos se quedaron callados de golpe, del modo en que se calla algo que está conteniendo la respiración.

Aldric Vane no era como Seren lo había imaginado, la primera vez que lo vio, años atrás, y tampoco lo era ahora. No parecía severo. No se movía como un hombre que ocupaba el cargo más alto de todo Draventhia. Se veía, más bien, cansado. Y amable. Del tipo de cansancio que viene de haberle importado algo a alguien durante demasiado tiempo. Vestía de gris sencillo, sin ningún adorno, nada de oro, y cuando hablaba su voz llegaba a todos sin que él tuviera que alzarla.

—Hijos de los Seis —dijo—. Fieles de Draventhia. Hoy los dioses los observan, y uno de ustedes será hallado digno de portar su luz. Sólo les pido que permanezcan quietos, y que dejen que la elección llegue como tenga que llegar.

Bajó de la plataforma y empezó a caminar.

Seren ya había visto esto antes, dos veces, desde los bordes de otras multitudes en otros años, y siempre se veía igual. El Hierofante avanzaba despacio entre la gente, los ojos entrecerrados, una mano extendida frente a él, como alguien que busca a tientas en un cuarto oscuro. La gente contenía la respiración a su paso. Algunos estiraban la mano hacia él sin proponérselo. Subían a los niños sobre los hombros para que se les viera, para que estuvieran cerca, para que pudieran ser los elegidos.

Eira le apretó la manga. —Está cerca. Seren, está cerca.

—Está cerca de otras cien personas también.

—No tienes remedio.

Aldric pasó a unos pocos pasos de ellas, y Seren lo observó como observaba todo, con cuidado, sin que se le notara. Tenía los ojos cerrados ahora. Los labios se le movían, aunque no salía ningún sonido, y había algo en su cara que la inquietó, una especie de escucha, como si estuviera esforzándose por oír una voz demasiado lejana y demasiado baja.

Entonces abrió los ojos.

Y la miró directamente a ella.

El ruido de la multitud no se detuvo, no exactamente, pero pareció alejarse, lejano, apagado, como el sonido bajo el agua. La mirada de Aldric se quedó fija en la de ella y algo en su expresión cambió, se suavizó y se afiló al mismo tiempo, reverencia y algo parecido a la lástima, tan entrelazadas que no se podía distinguir dónde terminaba una y empezaba la otra.

—Tú —dijo, y apenas fue una palabra, más aliento que sonido, pero la gente a su alrededor lo escuchó y el murmullo creció hasta convertirse casi en un rugido.

Cruzó los últimos pasos que los separaban. Eira se había quedado rígida a su lado, las dos manos sobre la boca. Aldric se detuvo frente a Seren y la miró como si ella fuera una puerta que hubiera estado buscando toda la vida, sin saber si alegrarse de haberla encontrado.

—¿Cómo te llamas, niña?

—Seren. —Su voz salió más firme de lo que se sentía—. Seren Aelwick.

—Seren. —Lo dijo despacio, probando la forma de la palabra, y luego levantó la mano y le apoyó dos dedos, ligeros como una polilla al posarse, en el centro de la frente.

El mundo se volvió frío.

No el frío común de un viento de invierno, sino algo más profundo, algo que le atravesaba la piel y le llegaba hasta el tuétano, un hilo de hielo tendido a través del pecho y hacia una distancia inmensa e invisible. Y en el otro extremo de ese hilo, lo sintió. No un sonido. No un pensamiento. Una presencia. Antigua más allá de lo antiguo, furiosa, y tan, tan cansada.

Se tambaleó. La otra mano de Aldric la sostuvo del codo, y cuando parpadeó para aclarar la vista, tenía la cara muy cerca de la suya, y la amabilidad que había en ella tenía una grieta atravesándola por el medio.

—Sé fuerte, niña —murmuró Aldric, tan bajo que era sólo para ella, perdido bajo el sonido de la multitud que ya empezaba a aclamar, que ya empezaba a llorar, que ya se estiraba hacia ella con cien manos—. Él los mata a todos.

Eira lloraba de alegría detrás de ella, los brazos alrededor de su cuello, repitiendo su nombre una y otra vez como si fuera una oración propia. Alguien tocaba la campana del templo. Alguien pedía a gritos que trajeran vino a la plaza. Todo Thornhallow había vuelto su luz hacia ella, y Seren se quedó parada en medio de todo eso con la frente todavía fría donde la habían tocado esos dedos, y el hilo en el pecho tirando, tirando, tirando, hacia algo que no quería tenerla ahí en absoluto.

Sonrió para Eira. Se dejó abrazar, felicitar, llorar encima. Dejó que extraños le pusieran pan con miel en las manos mientras la llamaban bendecida.

Pero por debajo de todo eso, callada como una respiración contenida, ya estaba escuchando lo que había al otro lado del hilo. Y muy lejos, en un lugar que todavía no había visto, algo inmenso y encadenado y furioso se quedó completamente quieto, como si también hubiera sentido que ella acababa de llegar.

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