LOGIN**ALPHA KANE’S CHAMBER — NOCHE**
Elara despertó con un jadeo agudo y paniqueado.
Su pecho subía y bajaba rápidamente mientras el aire le quemaba los pulmones, y por un segundo aterrador no sabía dónde estaba… ni quién era.
Entonces el frío le mordió las palmas.
Mármol liso.
Estaba en el suelo.
No tumbada.
No arrodillada.
La cabeza le latía con violencia, un dolor sordo pulsando detrás de los ojos mientras tragaba saliva y levantaba la mirada lentamente.
El Alfa Kane estaba al otro lado de la habitación.
Inmóvil. En silencio. Observándola.
No se había movido ni un centímetro.
Elara tragó saliva, jadeando.
Se levantó de inmediato, ignorando el mareo que aún la embargaba, e inclinó la cabeza tan rápido que su frente casi tocó el suelo.
—Lo… lo siento —balbuceó, la voz temblando—. Por favor, perdóneme, mi señor.
El silencio se posó sobre ella como un peso físico.
—Te desmayaste —dijo Kane al fin.
Su voz era calmada. Demasiado calmada.
—No te di permiso para desmayarte, Elara.
Ella se estremeció al oír su propio nombre.
—Lo siento —repitió, las manos temblando donde descansaban sobre sus muslos—. No volverá a ocurrir.
—Mírame.
El corazón le dio un salto.
Lentamente, con dolor, levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
La mirada de Kane era afilada, como si la atravesara en lugar de mirarla. No con deseo. No con ira.
Con posesión.
—Ya estás despierta —dijo—. Eso significa que estás obligada a la obediencia.
—Sí —susurró Elara.
—Levántate.
Las piernas le protestaron al empujarse hacia arriba; las rodillas se sentían como goma, pero no dudó. Se puso de pie, erguida, los hombros hacia atrás, los ojos bajos al suelo, exactamente como le habían enseñado.
Kane dio un paso más cerca.
El aire se desplazó con cada paso que daba, su presencia engullendo el espacio entre ellos hasta que ella pudo oler su colonia.
—Sabes por qué estás aquí —preguntó.
—Sí.
—Dilo.
La garganta se le apretó.
—Te pertenezco —susurró Elara—. Soy tu esclava.
Los ojos de Kane se oscurecieron ligeramente.
—¿Y?
—Soy… tu esclava sexual.
Las palabras sabían amargas y humillantes, pero las pronunció de todas formas. Esa era su vida ahora. Negarlo solo lo empeoraría.
—Bien —dijo Kane en voz baja.
Se movió con calma, las botas resonando levemente contra el mármol. Elara permaneció perfectamente quieta, las manos aferradas al borde de su ropa, la respiración superficial.
—No eres miembro de la manada —continuó—. No tienes derechos. No tienes protección.
Ella asintió.
—No debes esperar amabilidad.
—Sí, mi señor.
—No debes esperar afecto.
El pecho se le apretó.
—Sí, mi señor.
—Existes para obedecer cada una de mis órdenes.
—Sí, mi señor.
Se detuvo frente a ella otra vez.
—Si doy una orden —dijo Kane—, la cumples de inmediato. No dudas. No discutes. No te desmayas.
—Sí, mi señor.
—Desnúdate, Elara.
La palabra cayó como una cuchilla.
Elara tragó saliva.
El miedo la invadió, asfixiante, pero esta vez no la paralizó.
Ya había cruzado el punto de no retorno. Resistirse solo la humillaría y la pondría en peligro.
Inclinó la cabeza una vez en aceptación.
—Sí.
Los dedos le temblaron al alcanzar el dobladillo del uniforme.
Se movió despacio… Le habían enseñado a desvestirse con cuidado, no con desesperación: a mostrar sumisión, no pánico.
La tela se deslizó por sus hombros.
Dobló el uniforme con prolijidad, los movimientos rápidos y respetuosos, y lo colocó con cuidado sobre la silla cercana.
Se quedó quieta.
Desnuda.
Expuesta.
La piel se le erizó bajo la intensa mirada de Kane, ahogada en vergüenza. Apartó el impulso de cubrirse, resistiendo el instinto de encogerse.
Permaneció exactamente donde estaba.
—Estoy lista, mi señor —dijo en voz baja.
Kane no respondió de inmediato.
Simplemente la miró.
—Bien —dijo al cabo.
Se apartó de ella sin mirarla otra vez.
—Sube a la cama —ordenó—. Arrodíllate.
Elara obedeció al instante.
Se acercó a la cama, subió al borde del gran lecho y se arrodilló como le habían indicado: la espalda recta, las manos descansando ligeramente sobre los muslos, los ojos bajos.
Detrás de ella oyó el leve sonido de botones desabrochándose.
Se estaba desnudando.
¿Era por eso que quería que le diera la espalda? ¿No debía verlo del mismo modo en que él la veía a ella…?
No con prisa. No con agresividad.
Con control.
—Esto no te hace importante —dijo Kane desde atrás—. Y no te hace amada.
—Lo entiendo.
—Esto no es una recompensa.
—Sí.
—No estás aquí para ser consolada.
Los dedos se le curvaron ligeramente.
—Sí, mi señor.
Siguió una larga pausa.
Luego Kane habló de nuevo.
—Aprenderás disciplina.
—Sí.
—Aprenderás silencio.
—Sí.
—Aprenderás lo que se espera de ti… y cumplirás esas expectativas.
—Lo haré —prometió.
—El fracaso tiene consecuencias.
El corazón le latía con dolor.
—Lo entiendo.
Él dio un paso más cerca.
—Levanta la cabeza.
Ella lo hizo.
Sus ojos se encontraron una vez más.
La expresión de Kane era ilegible: fría, compuesta, inflexible.
—Esta es tu primera noche —dijo—. No te avergüences otra vez.
—Sí, Alfa.
—Mi señor, Elara —corrigió con frialdad—. No soy tu Alfa.
Elara asintió.
Kane se apartó.
—Permanecerás aquí hasta que te toque —dijo—. No saldrás de esta habitación a menos que se te indique.
—Sí.
—Hablarás solo cuando se te hable.
—Sí.
—Dormirás cuando yo lo permita.
—Sí, mi señor.
Asintió una vez, como si estuviera satisfecho.
Luego caminó hacia su cámara interior y la puerta se cerró tras él.
Elara permaneció arrodillada.
Las rodillas le dolían. El cuerpo le temblaba levemente. La mente se le agolpaba de miedo, confusión y humillación… pero debajo de todo había algo peor.
Aceptación.
Las lágrimas le quemaban los ojos, pero no dejó que cayeran.
Se quedó exactamente donde estaba.
Esperando…
A que él la tocara.
A LA MAÑANA SIGUIENTE — HABITACIONES DE LAS SIRVIENTAS—Elara, irás con Evie a limpiar la habitación de Lady Anika —dijo Lady Claribel.La habitación quedó en silencio.Lizzy frunció el ceño.—¿Está segura de eso, mi lady?Algunas de las otras sirvientas se movieron incómodas.—Ella pidió específicamente a Elara —respondió Lady Claribel.—Pero… ¿por qué? —susurró alguien—. El Alfa…—Si ella está calentando la cama del Alfa junto con Lady Anika —dijo una sirvienta con brusquedad—, entonces limpiar su habitación no debería estar por debajo de ella.—Debería recordar cuál es su lugar —murmuró otra.Elara mantuvo los ojos fijos en el suelo.—Lo haré, Lady Claribel —dijo en voz baja.Levantó la mirada justo a tiempo para ver a Evie poner los ojos en blanco antes de salir.Lizzy se acercó a ella.—Ten cuidado, Elara. No confío en Evie. Mantente fuerte.Elara asintió y la siguió.---HABITACIONES DE LADY ANIKADentro de las habitaciones de Lady Anika, Clara estaba cepillándole el cabello cua
---**LA HABITACIÓN DE LADY CLARIBEL**El golpe en la puerta llegó suavemente.Demasiado suavemente.Elara se estremeció de todos modos.Ya estaba vestida, con un vestido sencillo que Lady Claribel le había insistido en ponerse en lugar del uniforme de criada. El baño caliente había aliviado el dolor de sus huesos, pero no el de su mente.Lady Claribel se enderezó de inmediato.—Yo veré quién es —dijo.La puerta se abrió.Dos guardias estaban afuera.—Venimos por Elara —dijo uno.La habitación se quedó en silencio.Lady Claribel tragó saliva; su mano se apretó en el pomo de la puerta. —Elara no se encuentra bien.—No puedes desobedecer la orden del Alfa —respondió el guardia.El corazón de Elara se hundió en el estómago.Claro.Esta amabilidad nunca había sido permanente.—Iré —dijo Elara en voz baja, antes de que Lady Claribel pudiera discutir.La mujer mayor se giró bruscamente. —Niña…—Está bien —susurró Elara. Levantó la barbilla, aunque las manos le temblaban—. No quiero que te m
HABITACIÓN DE LADY CLARIBELElara estaba despierta, pero no abrió los ojos de inmediato.Algo se sentía diferente.La superficie debajo de ella era suave... demasiado suave para ser la fría piedra a la que estaba acostumbrada, y el aire a su alrededor era cálido, casi reconfortante. Lentamente, con cautela, abrió los ojos y miró a su alrededor.Aquella no era la habitación de las criadas.Su corazón dio un vuelco. Entonces... ¿dónde estaba?—Estás despierta.La voz hizo que se tensara. Era la misma que había escuchado justo antes de que todo se volviera oscuro en el almacén.Lizzy se acercó, asegurándose de que Elara pudiera verla con claridad.—¿Cómo llegué aquí?—Lizzy te trajo —murmuró Lady Claribel.—Te desmayaste en el almacén —añadió Lizzy.Elara suspiró.—Deberías bañarte primero —continuó Lady Claribel con suavidad—. Tu cena ya está preparada.Lizzy ayudó a Elara a levantarse de la cama, sosteniéndola cuando sus piernas se debilitaron bajo su peso.—¿Cómo te sientes? —preguntó
CUARTO DE LAS SIRVIENTAS — AMANECERElara despertó al escuchar voces.Agudas.Molestas.Duras.—¿Está muerta?Otra soltó un resoplido.—Si lo estuviera, ya nos habríamos enterado.Sus pestañas se movieron débilmente. Cada parte de su cuerpo protestó con dolor cuando intentó levantarse. Un dolor punzante se había instalado entre sus muslos y su vientre, una sensación de ardor que le revolvía el estómago. Sus piernas se sentían pesadas, como si ya no le pertenecieran.Durante un instante de confusión, no recordó dónde estaba.Entonces, los recuerdos se estrellaron contra ella de golpe.La habitación del Alfa.Sus manos.Su voz.El dolor.El aire se le quedó atrapado en la garganta y una oleada de náuseas le revolvió el estómago. Cerró los ojos con fuerza, deseando poder devolver aquellos recuerdos a la oscuridad, pero se aferraban a ella como una segunda piel.Suspiró al darse cuenta de que estaba en el frío suelo de la sala de las sirvientas.Sin manta.Sin almohada.Sin consuelo.—Est
---«¿Así es como voy a vivir el resto de mi vida? ¿Como una esclava sexual?»Sus pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de Lady Anika. Cinco doncellas caminaban muy cerca detrás de ella, y Elara se preguntó quién era.«¿Su amante?» Tragó saliva. «¿Por qué vendría aquí su amante?»Para estar con el Alfa, respondió su loba.Elara puso los ojos en blanco e intentó ignorarla.Como si hubiera leído sus pensamientos, Lady Anika le bloqueó el paso.—Buenas noches, Lady Anika —dijo Elara, haciendo una reverencia.Anika le dedicó una dulce sonrisa, sorprendiendo a sus doncellas, quienes habían esperado que arremetiera contra Elara.—Oh, pobre niña —dijo con una falsa tristeza en la voz.Elara tragó saliva y no dijo nada.—Sé lo que está pasando por tu mente... Siento tu dolor, niña. Mientras respires el mismo aire que yo, Elara, estarás sometida a más dolor. Me aseguraré de ello —juró Anika con tono serio.Los labios de Elara se entreabrieron, pero no pronunció una palabra.—¿Pued
Elara se congeló en el instante en que su voz llenó la habitación.“Abre las piernas, Elara.”La forma en que pronunció su nombre —lenta, calmada y deliberada— le provocó un escalofrío frío.Era la segunda vez que lo decía esa noche, y de algún modo el sonido en su boca golpeaba de forma distinta: suave, pesado.Ella obedeció de inmediato.Detente, se advirtió a sí misma. No pienses. No sientas.Esperó, anhelando un toque, cualquier cosa… pero no llegó nada.La ausencia era peor que el dolor.¿Era todo parte de su castigo, o es que las esclavas sexuales no merecen placer? Haciéndola sentir indigna incluso de ser tocada. Como si sostenerla pudiera otorgarle consuelo, pudiera hacerla sentir humana de nuevo, y él se negaba a permitir siquiera eso.La primera embestida la tomó completamente por sorpresa.No solo fue inesperada… fue brutal, profunda y dura, enviando un dolor ardiente a través de su cuerpo.“¡Ahhhh!” Los gritos de Elara rasgaron la cámara, aferrada a las sábanas de la cama







