LOGINEl palacio era más frío que el lugar de ejecución.
Elara no esperaba eso.
Había imaginado calidez: chimeneas, sirvientes, madera pulida y detalles dorados, tal como los describían los cuentos.
En cambio, los pasillos estaban tallados en una piedra tan oscura que parecía tragarse la luz. Las antorchas parpadeaban a lo largo de los corredores, proyectando sombras que se retorcían sobre las paredes como espíritus inquietos. Sus pasos resonaban con cada pisada mientras los guardias la escoltaban hacia el interior.
No sabía adónde la llevaban.
Nadie hablaba.
Cada giro se sentía como si descendiera cada vez más profundo en la guarida del león… hacia el corazón del depredador que le había arrebatado todo y, aun así, le había perdonado la vida por algún retorcido sentido de justicia.
O de crueldad.
Finalmente, se detuvieron frente a una pesada puerta de hierro.
—Adentro —ordenó uno de los guardias.
Elara vaciló.
—¿Qué… es esto?
La mandíbula del guardia se tensó.
—Tus aposentos.
Aposentos.
Casi se le escapó una risa.
Era una palabra demasiado bonita para una jaula.
La empujaron hacia el interior.
La habitación era pequeña, sin ventanas y estaba iluminada por una sola lámpara. Una cama estrecha se encontraba contra la pared, rígida y fría. A su lado había una palangana y un trozo de tela doblado. No había mantas. No había calor.
Solo una celda.
Elara permaneció en el centro de la habitación, respirando entrecortadamente, con las manos temblorosas mientras la puerta se cerraba de golpe detrás de ella.
Su padre estaba muerto.
Su vida había terminado con él.
Y ahora…
Ahora pertenecía al Alfa.
Kane Blackthorn.
El hombre cuyos ojos albergaban una tormenta que ella no podía comprender.
El hombre al que temía más que a la muerte.
Pero esa noche, todo lo que sentía era vacío.
Se dejó caer al suelo y abrazó sus rodillas mientras la lámpara ardía, liberando un humo espeso y oscuro en el aire y proyectando sombras tenues sobre las paredes. El frío se filtró hasta sus huesos, hasta que ya no pudo distinguir dónde terminaba ella y dónde comenzaba la piedra.
—Papá… —susurró, con la voz quebrada—. ¿Por qué?
El silencio fue la única respuesta que recibió.
Y miles de pasos lejanos y pesados que se movían por el palacio.
No eran guardias.
No eran sirvientes.
Era él.
Se detuvieron frente a su celda.
El corazón de Elara golpeó con fuerza contra su pecho, mientras su respiración se volvía pesada y rápida.
El pestillo se movió.
La puerta se abrió unos centímetros.
Y la silueta del Alfa Kane llenó el umbral, alta e intimidante.
—Elara —dijo en voz baja.
No con dureza.
No con crueldad.
Sino de una manera que hizo que su corazón se retorciera de dolor, como si pronunciar su nombre dejara un sabor amargo en su lengua.
—Tu castigo comienza ahora.
**** CÁMARA DEL ALFA KANE
Dentro de la cámara real, Kane estaba siendo vestido por las doncellas. Su rostro permanecía completamente inexpresivo y frío mientras ellas hacían su trabajo. Ya no era algo nuevo; aunque ninguna se atrevería a mirarlo directamente a los ojos, estaban acostumbradas a sus expresiones frías y oscuras.
Le colocaron el atuendo real negro, una túnica conocida y temida por muchos debido a los terribles recuerdos que evocaba. Su largo cabello fue peinado y recogido en una coleta suelta.
—¿Dónde está Luciano? —preguntó de repente.
Todas las doncellas se apartaron de él con la cabeza inclinada.
—Ya hemos terminado, Alfa —dijeron al mismo tiempo.
—Salgan —espetó.
Luego estableció un vínculo mental con su Beta.
Reúne a los ancianos.
Las doncellas volvieron a inclinarse y salieron corriendo, sin perder un solo segundo.
Casi inmediatamente, Luciano, su Beta, entró. Era un joven de poco más de treinta años y vestía su habitual atuendo negro. Además de ser su Beta, era la persona más cercana a él, como parte de su familia, y también su amigo de la infancia.
Kane ya estaba mirando por la ventana, con ambas manos detrás de la espalda, cuando Luciano entró en su cámara. Se inclinó ante él, a pesar de que Kane le había dicho que dejara de hacerlo cuando estuvieran solos.
—Alfa, es hora de la reunión. Los ancianos están esperando en el salón del trono —informó Luciano.
—Deja de inclinarte cuando estemos solos. No te queda bien —espetó Kane antes de alejarse a grandes pasos.
Luciano soltó una risita y lo siguió.
**—Eres el Alfa. Siempre debería inclinarse ante ti —**dijo Tyrant, su lobo.
—Está bien —Kane puso los ojos en blanco y cortó el vínculo.
*
*
*
*. SALÓN REAL
Todos los ancianos estaban de pie, esperando al Alfa Kane. Habían estado discutiendo cuál sería el castigo adecuado que debía imponerse, no solo para hacer justicia, sino también para satisfacer a las familias afectadas.
Por supuesto, todas aquellas jóvenes, después de ser vendidas, habían sido asesinadas, convertidas en esclavas sexuales y utilizadas como criadoras, perdiendo por completo su libertad, mientras que las desafortunadas habían muerto.
El juicio debía ser lo suficientemente justo.
Aunque la hija no había sido quien cometió el crimen, aquellas jóvenes tampoco habían hecho nada malo.
Momentos después, el Alfa Kane apareció, con Luciano a su lado y cinco guerreros fuertes detrás de ellos.
Todos los ancianos se inclinaron hasta que Kane y Luciano tomaron asiento.
Kane hizo una señal al guerrero principal y, de inmediato, Elara fue llevada ante el Alfa y los ancianos.
—¡Arrodíllate! —ordenó Luciano.
Elara tragó saliva y cayó de rodillas, lejos de donde estaban los ancianos. Ni siquiera podía distinguir claramente sus rostros, pero los conocía, y ninguno de ellos podía respirar tranquilo cuando su padre estaba presente.
El silencio se prolongó hasta que Kane se aclaró la garganta y miró fijamente a los ancianos.
—Nosotros, los ancianos, ya hemos discutido este asunto y hemos llegado a una conclusión —dijo uno de ellos.
Otro se aclaró la garganta.
—Hemos decidido que el juicio del Alfa será lo suficientemente satisfactorio para las familias afectadas.
La sala del trono volvió a quedar en silencio. Todos los ojos estaban puestos en Kane, esperando que hablara y pronunciara el veredicto final.
Elara temblaba mientras permanecía arrodillada. Aceptaría cualquier castigo excepto la muerte.
Por favor, diosa, deja que me perdone la vida, rogó en su mente, con el corazón latiendo desbocado, mientras el miedo y la agonía cubrían su rostro.
Finalmente, el Alfa Kane habló.
—El Beta Draven ha sido ejecutado —dijo.
Elara tragó saliva.
—Ha pagado por sus pecados, y su hija, Elara, se convertirá en la esclava sexual de la manada. Experimentará lo mismo que experimentaron esas jóvenes lobas de mi manada.
Kane hizo una pausa.
El silencio era absoluto.
—Su dolor será doble. Mi veredicto pasará de mi reinado a los Alfas que vengan después de mí. La tristeza será su segundo nombre.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Cualquiera de ustedes que desee compartirla conmigo, que dé un paso al frente —murmuró Kane.
Los ancianos se miraron entre sí en silencio.
—¡Den un paso al frente o permanezcan en silencio! —rugió el Alfa Kane.
Nadie se movió.
—Elara se convertirá en la esclava sexual real y jamás conocerá la paz hasta que sus párpados se cierren con la muerte —declaró el Alfa Kane.
—¡Este es mi veredicto!
A LA MAÑANA SIGUIENTE — HABITACIONES DE LAS SIRVIENTAS—Elara, irás con Evie a limpiar la habitación de Lady Anika —dijo Lady Claribel.La habitación quedó en silencio.Lizzy frunció el ceño.—¿Está segura de eso, mi lady?Algunas de las otras sirvientas se movieron incómodas.—Ella pidió específicamente a Elara —respondió Lady Claribel.—Pero… ¿por qué? —susurró alguien—. El Alfa…—Si ella está calentando la cama del Alfa junto con Lady Anika —dijo una sirvienta con brusquedad—, entonces limpiar su habitación no debería estar por debajo de ella.—Debería recordar cuál es su lugar —murmuró otra.Elara mantuvo los ojos fijos en el suelo.—Lo haré, Lady Claribel —dijo en voz baja.Levantó la mirada justo a tiempo para ver a Evie poner los ojos en blanco antes de salir.Lizzy se acercó a ella.—Ten cuidado, Elara. No confío en Evie. Mantente fuerte.Elara asintió y la siguió.---HABITACIONES DE LADY ANIKADentro de las habitaciones de Lady Anika, Clara estaba cepillándole el cabello cua
---**LA HABITACIÓN DE LADY CLARIBEL**El golpe en la puerta llegó suavemente.Demasiado suavemente.Elara se estremeció de todos modos.Ya estaba vestida, con un vestido sencillo que Lady Claribel le había insistido en ponerse en lugar del uniforme de criada. El baño caliente había aliviado el dolor de sus huesos, pero no el de su mente.Lady Claribel se enderezó de inmediato.—Yo veré quién es —dijo.La puerta se abrió.Dos guardias estaban afuera.—Venimos por Elara —dijo uno.La habitación se quedó en silencio.Lady Claribel tragó saliva; su mano se apretó en el pomo de la puerta. —Elara no se encuentra bien.—No puedes desobedecer la orden del Alfa —respondió el guardia.El corazón de Elara se hundió en el estómago.Claro.Esta amabilidad nunca había sido permanente.—Iré —dijo Elara en voz baja, antes de que Lady Claribel pudiera discutir.La mujer mayor se giró bruscamente. —Niña…—Está bien —susurró Elara. Levantó la barbilla, aunque las manos le temblaban—. No quiero que te m
HABITACIÓN DE LADY CLARIBELElara estaba despierta, pero no abrió los ojos de inmediato.Algo se sentía diferente.La superficie debajo de ella era suave... demasiado suave para ser la fría piedra a la que estaba acostumbrada, y el aire a su alrededor era cálido, casi reconfortante. Lentamente, con cautela, abrió los ojos y miró a su alrededor.Aquella no era la habitación de las criadas.Su corazón dio un vuelco. Entonces... ¿dónde estaba?—Estás despierta.La voz hizo que se tensara. Era la misma que había escuchado justo antes de que todo se volviera oscuro en el almacén.Lizzy se acercó, asegurándose de que Elara pudiera verla con claridad.—¿Cómo llegué aquí?—Lizzy te trajo —murmuró Lady Claribel.—Te desmayaste en el almacén —añadió Lizzy.Elara suspiró.—Deberías bañarte primero —continuó Lady Claribel con suavidad—. Tu cena ya está preparada.Lizzy ayudó a Elara a levantarse de la cama, sosteniéndola cuando sus piernas se debilitaron bajo su peso.—¿Cómo te sientes? —preguntó
CUARTO DE LAS SIRVIENTAS — AMANECERElara despertó al escuchar voces.Agudas.Molestas.Duras.—¿Está muerta?Otra soltó un resoplido.—Si lo estuviera, ya nos habríamos enterado.Sus pestañas se movieron débilmente. Cada parte de su cuerpo protestó con dolor cuando intentó levantarse. Un dolor punzante se había instalado entre sus muslos y su vientre, una sensación de ardor que le revolvía el estómago. Sus piernas se sentían pesadas, como si ya no le pertenecieran.Durante un instante de confusión, no recordó dónde estaba.Entonces, los recuerdos se estrellaron contra ella de golpe.La habitación del Alfa.Sus manos.Su voz.El dolor.El aire se le quedó atrapado en la garganta y una oleada de náuseas le revolvió el estómago. Cerró los ojos con fuerza, deseando poder devolver aquellos recuerdos a la oscuridad, pero se aferraban a ella como una segunda piel.Suspiró al darse cuenta de que estaba en el frío suelo de la sala de las sirvientas.Sin manta.Sin almohada.Sin consuelo.—Est
---«¿Así es como voy a vivir el resto de mi vida? ¿Como una esclava sexual?»Sus pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de Lady Anika. Cinco doncellas caminaban muy cerca detrás de ella, y Elara se preguntó quién era.«¿Su amante?» Tragó saliva. «¿Por qué vendría aquí su amante?»Para estar con el Alfa, respondió su loba.Elara puso los ojos en blanco e intentó ignorarla.Como si hubiera leído sus pensamientos, Lady Anika le bloqueó el paso.—Buenas noches, Lady Anika —dijo Elara, haciendo una reverencia.Anika le dedicó una dulce sonrisa, sorprendiendo a sus doncellas, quienes habían esperado que arremetiera contra Elara.—Oh, pobre niña —dijo con una falsa tristeza en la voz.Elara tragó saliva y no dijo nada.—Sé lo que está pasando por tu mente... Siento tu dolor, niña. Mientras respires el mismo aire que yo, Elara, estarás sometida a más dolor. Me aseguraré de ello —juró Anika con tono serio.Los labios de Elara se entreabrieron, pero no pronunció una palabra.—¿Pued
Elara se congeló en el instante en que su voz llenó la habitación.“Abre las piernas, Elara.”La forma en que pronunció su nombre —lenta, calmada y deliberada— le provocó un escalofrío frío.Era la segunda vez que lo decía esa noche, y de algún modo el sonido en su boca golpeaba de forma distinta: suave, pesado.Ella obedeció de inmediato.Detente, se advirtió a sí misma. No pienses. No sientas.Esperó, anhelando un toque, cualquier cosa… pero no llegó nada.La ausencia era peor que el dolor.¿Era todo parte de su castigo, o es que las esclavas sexuales no merecen placer? Haciéndola sentir indigna incluso de ser tocada. Como si sostenerla pudiera otorgarle consuelo, pudiera hacerla sentir humana de nuevo, y él se negaba a permitir siquiera eso.La primera embestida la tomó completamente por sorpresa.No solo fue inesperada… fue brutal, profunda y dura, enviando un dolor ardiente a través de su cuerpo.“¡Ahhhh!” Los gritos de Elara rasgaron la cámara, aferrada a las sábanas de la cama







