LOGIN¿Crees que se arrepienta y no se lo proponga? Ya le advirtieron lo que podría pasar. 🫣🫣🫣
Dos semanas más tarde, Violeta aguardaba oculta tras una inmensa columna de granito, muy cerca de la entrada principal del Conglomerado Schneider. Respiraba hondo, reuniendo toda la sensatez que le quedaba para no estallar, después de haber intentado acercarse al "Dictador" tres veces más como una ciudadana común, sin lograr el menor éxito. Durante esa travesía, mientras comprobaba cuán inaccesible y detestable era el sujeto, se armaba de una paciencia sobrehumana para no alimentar un odio visceral hacia un hombre al que ni siquiera conocía en persona. Ese iba a ser el quinto y último intento en son de paz, si fracasaba, no quedaba más remedio que ir a una disputa legal frente a un Conglomerado tan poderoso; aunque, de ninguna manera permitiría que le arrebataran su Sede Matriz, el lugar que guardaba su sudor y la memoria de sus abuelos. El sedán blindado de Schneider ya aguardaba en la acera principal con el chofer sosteniendo la puerta abierta cuando la figura erguida de Elliott
Desde la profundidad de su letargo, los verdaderos sueños de Violeta, de esa noche, la arrastraron a aquellos días exasperantes en los que la Sede Matriz de La Roseta comenzaba a recibir las primeras amenazas del Conglomerado Schneider. La situaron justo antes de cruzar las puertas de un exclusivo restaurante. Violeta se tomó un momento para tomar aire y verificar que su apariencia estuviera en orden. Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de que no hubiera un solo rizo rebelde escapando del rígido moño que se había hecho. Luego, con la palma, se planchó las solapas del traje sastre gris plomo que le había pedido prestado a Jazmín, era la prenda más opaca y carente de gracia que había vestido en toda su vida. No se sentía muy a gusto con ese aspecto, pero deducía que al sujeto con el que estaba a punto de reunirse le molestaban los color y cualquier vestigio de alegría. Eran sus conclusiones después de haberse dedicado días enteros a rastrear los movimientos de Elliott Shn
Tras escuchar las palabras de Violeta, Elliott elevó las cejas con total desconcierto. —¿Ya llegué...? —murmuró Elliott después de tragar grueso— ¿C-cómo? ¿Acaso me estabas esperando? ¿O... a alguien más? Violeta soltó una queda risita, sin retirar la palma de su pecho. Deslizó los dedos con torpeza sobre la piel tibia de su torso, sintiendo la firmeza de sus pectorales. A pesar de que habían transcurrido muchas semanas de inactividad obligatoria y la falta de sus dietas rigurosas, Elliott todavía conservaba la estructura esculpida de sus años de entrenamiento disciplinado. —Pues, claro que a ti, Paúl... ¿Por qué lo preguntas? Si tú mejor que nadie lo sabe —arrastró las palabras con letargo, pestañeando despacio—. Siempre apareces en mis sueños desde que te visito en el hospital. Todas las noches estás ahí en mi cabeza, en mis sueños, erguido, mirando feo a todo el mundo y poniendo esa cara arrogante en donde parece que dices: “Malditos plebeyos.” Pero respeto tu personalidad. Ca
A medida que Elliott se adentraba en la habitación, advertía la sutil fragancia a lavanda y coco que envolvía el ambiente, lo cual le recordaba la presencia de Violeta. Supuso que su olfato había quedado impregnado de esa esencia debido a su cercanía durante toda la velada. Agotado como estaba, no se detuvo a detallar la habitación y lo que había en ella, le bastó con notar sus peculiares tonos pastel y hallarla lo suficientemente acogedora para el descanso. Nada de qué extrañarse, dada la pintoresca personalidad de la mayoría de los miembros de esa familia. Se quitó el saco, desabrochó la corbata con prisa y se encaminó al baño privado. Sin perder un minuto, se tomó una ducha rápida con agua tibia, lo que le devolvió el alivio a los músculos atrofiados. Vistiéndose únicamente con un pantalón cómodo de dormir, apagó todas las luces, solo dejando que se filtraran los rayos de luna a través de una de las ventanas, y se metió a la cama. Últimamente, necesitaba dormir ligero de ropa, p
El vino espumoso pareció eliminar cualquier rastro de cautela en Violeta y multiplicar su intriga a niveles exponenciales. Estaba orgullosa de poseer una excelente memoria, pero el hecho de no lograr identificar de inmediato el origen de ese recuerdo la hizo tomárselo como un reto. Violeta le entregó a su hermana las copas vacías, dejándola completamente confundida. Avanzó con pasos rápidos y decididos a través del salón, mientras saludaba apenas con un movimiento de cabeza a las tías y primos que acababan de llegar, sin perder de vista su objetivo. Sin dudarlo, se le plantó enfrente a Paúl, invadiendo su espacio personal de imprevisto. La irrupción fue tan inesperada que Elliott cortó la frase que le decía a Francisco a la mitad. Su suegro y Renzo dieron un paso atrás por inercia, sorprendidos por la determinación de Violeta. Al verla tan cerca, con las mejillas sonrojadas, un brillo travieso en los ojos y acortando más y más la distancia entre ambos, el ego de Elliott asumió que
—¡Que vivan los novios! —exclamó la abuelita Hortensia, a la vez que se ponía de pie con un aplauso entusiasmado al que se unieron rápidamente don Francisco y la señora Valentina. El bullicio rompió con esa burbuja en la que Violeta y Elliott permanecían hechizados. Ella forzó una sonrisa hacia los presentes y, dispuesta a tomar distancia antes de que sus piernas terminaran de traicionarla, dio un par de palmaditas secas y suaves sobre el pecho de su esposo, ahora notando, muy a su pesar, la solidez de sus músculos bajo la tela. Las nuevas sensaciones que aquella mujer despertaba en Elliott estaban haciendo estragos en su autocontrol. Desde ese momento, empezaba a aceptar todos esos síntomas ilógicos con un placer adictivo, ahora que identificaba la causa exacta. Cuando su mano sintió que Violeta tomaba distancia, tuvo el impulso de volverse a aferrar a la estrechez de su cintura para volver a pegarla a él, pero enseguida, el choque estridente de las copas de cristal en el salón,







