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Capítulo 2

Author: Eucaliptol Sureño
De vuelta en mi habitación, empecé a hacer las maletas en silencio.

Abrí el armario: abrigos de cachemira, llaves de autos de lujo, trajes a medida… Todo lo que no pude comprarme cuando atravesábamos épocas difíciles, Claire lo había ido reemplazando pieza por pieza. Hasta el difusor de la mesa de noche tenía una mezcla de esencias que ella misma había preparado, y las cortinas habían vuelto a ser de aquel verde jade intenso que tanto me gustaba.

Durante los dos años transcurridos desde mi regreso a la casa de los Harrison, Claire casi había vuelto a ser aquella chica cuyos ojos se iluminaban de felicidad con solo mirarme.

Pero yo ya no me dejaba convencer tan fácilmente por palabras dulces ni por gestos cariñosos.

Solo guardé las pocas mudas de ropa que llevaba cuando me trajeron a la fuerza a esta casa. Apenas terminé de meterlas en la maleta, Claire entró en la habitación.

Me sujetó de la muñeca, me deslizó de nuevo por la mano la pulsera de cuentas de ónix y ordenó con voz seca:

—Quédatela. Y no vuelvas a regalarla jamás.

Alcé la vista, sorprendido. De verdad había ido a recuperarla de manos de Dylan.

Recorrió mi maleta con la mirada y frunció el ceño.

—¿Eso es todo lo que te vas a llevar?

—No tiene sentido llevarme cosas que no son mías.

Una sombra cruzó su mirada. Una vez más, había conseguido enfurecerla.

—Bien. Si nada te parece lo bastante bueno, entonces nada de esto tiene valor. —Alzó la voz—. ¡Que alguien se lleve todo lo que le he comprado a Wesley y lo queme! Y, de ahora en adelante, no podrá usar ni una sola cosa sin la aprobación de Dylan.

Mi expresión no cambió. Tomé mi maleta y me marché.

Apenas había llegado al descanso de la escalera cuando alguien me dio un fuerte empujón y caí rodando.

Me raspé la rodilla contra el borde de un escalón y la piel me quedó en carne viva. El ardor era insoportable.

Maya estaba en lo alto de la escalera, mirándome con rabia.

—¡Nunca cambiaste de verdad! ¡Todo era una actuación! Solo quieres poner a mamá en contra del tío Dylan. Te lo advierto: si vuelves a meterte con él, olvídate de mí.

Su mirada se fijó en la pequeña bolsa de cuero que asomaba de mi bolsillo: un amuleto de protección que llevaba conmigo para mi padre. Antes de que pudiera impedírselo, me lo arrebató.

—¡Devuélvemelo!

Me levanté a duras penas y extendí la mano para recuperarlo. Había pasado tres días y tres noches rezando en la catedral para que bendijeran aquel amuleto para mi padre.

Maya lo balanceó en el aire, burlándose de mí.

—Cada vez que te metas con el tío Dylan, voy a destruir algo tuyo. Así lo pensarás dos veces.

De un tirón, rompió la bolsita y despedazó la estampita bendecida que había dentro. Los trozos de papel gastado cayeron revoloteando sobre mí como cenizas. Lo último que me quedaba de autocontrol se quebró de golpe.

Le di una fuerte bofetada. Mi voz salió helada.

—De lo que más me arrepiento en esta vida es de haberte dado mi corazón. Si tanto quieres a Dylan, adelante, que él sea tu padre. Por mí, está bien.

Maya se llevó la mano a la cara y se quedó paralizada.

No miré atrás. Bajé cojeando hasta el estrecho y destartalado cuarto de servicio, soportando el dolor a cada paso.

Estaba limpiándome las heridas cuando la puerta se abrió de golpe. Claire irrumpió en la habitación, furiosa:

—Wesley, ¿de verdad vas a desquitarte con una niña...?

Se detuvo al ver los moretones que tenía por todo el cuerpo. Su voz perdió fuerza.

—¿Cómo te lastimaste así?

Me ayudó a recostarme en la cama y me curó las heridas con una delicadeza sorprendente. Por un instante, volví a ver a la Claire de antes y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Wesley —dijo, y su mirada se suavizó mientras se inclinaba para besarme.

Aparté la cara por instinto.

Se quedó inmóvil. Luego me sujetó la mandíbula, para que no pudiera moverme, y me besó con una desesperación casi violenta. El sabor de la sangre se extendió entre nuestros labios. Permanecí rígido, dejando que lo hiciera, mientras fragmentos del pasado cruzaban mi mente como cristales rotos.Cuando deslizó la mano por debajo del cuello de mi camisa, una oleada de náuseas me recorrió el cuerpo.

La aparté de un empujón y me doblé sobre la cama, entre arcadas.

—¡Wesley! —Su rostro se crispó—. ¿Tanto asco te doy?

Me limpié la boca y desvié la mirada antes de responder con voz inexpresiva:

—Perdón. No me siento bien. Si lo que necesitas es eso, quizá sea mejor que vayas a buscar a Dylan.

Los ojos de Claire se llenaron de dolor y su voz tembló.

—¿Otra vez me estás rechazando? Ya te lo he dicho cien veces: desde que te fuiste, no he dejado que ningún otro hombre me toque. Solo cuido de Dylan porque tu madre me lo pidió en su lecho de muerte.

La miré a los ojos con calma.

—Te creo. Sé que no pasó nada entre ustedes.

Una vena le palpitó en la sien. De una patada, apartó el cesto de basura y salió dando un portazo.

Poco después, mi teléfono se iluminó con una videollamada de Claire. Dudé un momento y contesté.

La respiración agitada de Dylan inundó la habitación.

En la pantalla, Claire estaba encima de él, moviéndose sin pudor. En la mesa de noche, junto a ellos, estaba nuestra foto de boda. Claire había apoyado la palma sobre mi rostro en la fotografía enmarcada, dejando una huella húmeda sobre el cristal. Dylan me miró directamente a través de la pantalla, con una sonrisa triunfal dibujada en los labios.

—Claire, más despacio. Wesley está mirando.

Claire giró la cámara hacia la cama y habló con un tono frío y vengativo:

—Ya que no confías en mí, aquí tienes algo real que ver. Fíjate en lo bien que nos entendemos Dylan y yo en la cama. Y no se te ocurra colgar hasta que hayamos terminado.

Durante toda la noche, Claire lo llevó de un extremo a otro de la habitación principal, dejando sus huellas de lujuria a medida que avanzaban. Las imágenes y los sonidos que llenaban la pantalla me revolvían el estómago y no me dejaban más que una repulsión visceral.Solo cuando los primeros resplandores grises del amanecer comenzaron a filtrarse en la habitación, Claire por fin puso fin a la llamada, de mala gana.
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