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El adiós de la loba olvidada
El adiós de la loba olvidada
Autor: Cristal K

Capítulo 1

Autor: Cristal K
El compañero destinado a quien rechacé se encontraba a punto de unirse a otra loba… y yo me estaba muriendo. Acababa de regresar a mi apartamento junto a mi hermana cuando la madre de Roric, Lyra, apareció en la puerta.

—Roric volvió. Seguro ya te enteraste —dijo antes de hacer una pausa incómoda, para dejar que sus palabras se asentaran.

Asentí. El Alfa más poderoso de las tierras del norte celebraría su Ceremonia de Emparejamiento. Era una gran noticia; ningún lobo podía ignorarla y, además, ya nos habíamos visto.

Ella pareció armarse de valor antes de continuar:

—Hablamos del lobo más imponente del territorio. Tiene una Luna perfecta y pronto también un heredero. —Se calló un segundo, mirándome fijamente—. Lo tiene todo.

No necesitaba decir más; yo lo sabía. Estaba ahí por la misma razón que siete años atrás. Recordé aquella noche, cuando estaba empapada por la lluvia y sin esperanza mientras el sanador de la manada me entregaba el diagnóstico: «Deterioro del espíritu licántropo». Irreversible. Me quedé paralizada a la vez que una sensación sofocante me invadía, como si me estuviera ahogando. Acababa de graduarme de la academia, pensaba que me convertiría en una de las Beta más fuertes de la manada, que lideraría un nuevo grupo junto a mi compañero destinado, pero ahora...

Entonces apareció Lyra.

—Ayla, sé que es difícil, pero acepta la realidad —había dicho—. Roric es nuestro mejor candidato a Alfa. Si no lidera esta manada, fundará una poderosa en otro lugar. Un futuro líder no puede estar atado a una compañera moribunda. Es una deshonra, una falla fatal que nos destruirá a todos. Si de verdad lo amas, sabes lo que tienes que hacer.

Cerré los ojos, enterrando aquel recuerdo en lo más profundo.

—Así que —dije, mirándola ahora—, estás aquí otra vez.

Su expresión era una mezcla de culpa y pura determinación.

—La unión de Roric y Cressida es vital para la manada —dijo con voz tensa—. Es la candidata a Luna perfecta: fuerte, sana y capaz de darle herederos poderosos.

—Lo sé.

—Entonces también deberías saber... —se detuvo, buscando las palabras adecuadas— lo que debes hacer en tus últimos días de vida.

—Desaparecer por completo.

—Sí —respondió con un toque de alivio—. No vuelvas a aparecer ante Roric. No dejes que piense en el pasado. No arruines todo.

Asentí.

—Renuncié a mis sueños hace mucho tiempo, Lyra. No voy a molestarlos. Solo quiero pasar mis últimos días en paz antes de que mi loba desaparezca para siempre.

Se levantó satisfecha.

—Bien. —Caminó hacia la puerta—. Sabía que eras inteligente, Ayla. Tomarás la decisión correcta.

La puerta sonó al cerrarse, dejando la habitación en silencio. Caí en el sofá, desgarrada por una ola de agonía. No estaba en mi cuerpo; era un vacío enorme donde solía encontrarse mi alma. El dolor fantasma del vínculo de compañeros roto. Durante siete años, no cesó. Cada día, cada noche, era un recordatorio constante de lo que había perdido.

A mi mente vino aquella tarde de primavera. Roric y yo estábamos acostados sobre la hierba; él me acariciaba el cabello con la mano.

—Cuando me convierta en Alfa, tendremos nuestra Ceremonia de Emparejamiento —había dicho, con sus ojos dorados llenos de amor—. Te daré la ceremonia más espectacular, para que todas las manadas en las tierras del norte sepan que eres mi compañera destinada.

—Estaré esperando —había susurrado yo, sonriendo en sus brazos.

Teníamos la certeza de que nos esperaba una vida llena de felicidad, pero al final, lo único que pude hacer fue verlo alejarse angustiado y desaparecer en la noche lluviosa.

Me abracé las rodillas, sintiendo cómo el espíritu de mi loba se desvanecía aún más rápido.

«Tal vez la muerte sea una liberación».

Justo cuando los ojos se me cerraban poco a poco, un golpe firme retumbó en la puerta del apartamento. Luego, una voz. Una que había anhelado escuchar durante siete agonizantes años.

—Ayla.

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