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Capítulo 4: El peso de los años

Author: @Maryurisve
last update publish date: 2026-09-10 11:43:43

Esa misma noche Morgana planificó la logística de su viaje, decidió que no regresaría a la casa familiar ni una sola noche, porque no estaba dispuesta a tolerar el ambiente hostil de esa familia mientras resolvía sus asuntos legales.

Abrió el sitio web de bienes raíces y filtró la búsqueda bajo parámetros claros: un estudio amueblado, con excelente iluminación natural para su trabajo de diseño, conexión a internet de alta velocidad y, sobre todo, ubicado en una zona tranquila a las afueras de la ciudad, del ruido urbano y de los lugares que solía frecuentar su familia.

Tras revisar varias opciones, encontró la propiedad ideal, se trataba de un estudio loft de estilo industrial, rodeado de vegetación y situado en un sector residencial muy apacible, contaba con amplios ventanales, con espacio suficiente para instalar su estación de trabajo y una terraza privada.

Revisó nuevamente su saldo bancario para comprobar que el monto de su cuenta no solo cubría el depósito en garantía y varios meses de renta por adelantado, sino que le dejaba un margen amplio para contratar a un abogado.

Sin pensarlo dos veces, contactó al arrendador, completó el proceso de verificación en línea y transfirió el pago inicial para asegurar su reserva.

Con el contrato firmado digitalmente y la confirmación en su correo, Mogana cerró la pantalla, tenía garantizado sus ingresos, y un espacio para trabajar de forma remota y un refugio propio desde donde planear cada uno de sus movimientos.

El tono de su teléfono la sacó de sus pensamientos, al ver el nombre de Vanessa en la pantalla, una sonrisa se le dibujó en su rostro.

—¿Es verdad que vienes a la fiesta de Cecille? —preguntó su hermana menor.

—Sí, recibí una “oferta” imposible de rechazar—respondió Morgana con marcada ironía.

Ambas entendían la indirecta, tras la muerte de su madre, Edmundo tomó custodia de las grabaciones con el pretexto de resguardarlas, convirtiéndolas en un arma para chantajearlas.

—No importa cómo sea, te estoy esperando—dijo Vanessa.

Aunque llevaban ochos años sin verse desde que Morgana abandonó el hogar familiar, la comunicación entre ambas jamás se había cortado.

—Por cierto … el abuelo insiste en verte —añadió Vanessa con cautela—Sé lo que piensas de la familia, pero aún hay personas que nos preocupamos por ti.

Morgana guardó silencio ante la mención de su abuelo y tenía sentimientos encontrados, lo que ella ignoraba era que Edmundo se había encargado de alimentarlo con mentiras durante años para distorsionar la imagen de su nieta; y recientemente el anciano había comenzado a sospechar que algo no encajaba, y por eso ansiaba verla para descubrir la verdad.

—Vane, no sé si quiero hablar con él, después de todo lo que pasó—respondió Morgana, apoyando la espalda contra el respaldo de la silla.

—Hermana, solo dale una oportunidad, no te cuesta nada—suplicó Vanessa, dejando entrever una profunda nostalgia en su tono de voz.

Morgana dejó escapar un largo suspiro, sintiendo cómo su coraza se ablandaba un poco, había apenas una diferencia de dos años entre ellas. Eran muy pequeñas cuando su madre falleció y su padre se volvió a casar con Pamela, trayendo a Cecille con ella; desde entonces, habían aprendido a sostenerse la una a la otra en medio del ambiente tóxico de esa casa.

—Está bien—cedió Morgana finalmente—Hablaré con él, pero solo después de que se resuelva el asunto de la fiesta de Cecille.

Durante el siguiente mes, el departamento de Morgana se convirtió en un completo caos de cajas de cartón, y era curioso como ocho años de su vida cabían en menos espacio del que imaginaba.

—Por suerte no son tantas cosas—dijo para sí misma mientras pasaba la cinta de embalaje con un chasquido seco.

Sin embargo, el peso real no estaba en los objetos, porque en ese lugar cada rincón se guardaba un fragmento de la vida que había construido desde cero, lejos del veneno de su familia ensamblada.

En esos años, Morgana no había estado sola, conoció a personas valiosas, hizo amistades leales, tuvo un par de relaciones que le dejaron aprendizajes y, curiosamente descubrió lo que era ser feliz, en especial la primera vez que vio terminado y firmado su primer proyecto profesional.

Guardó con mucho cuidado sus equipos de diseño—la verdadera herramienta de su libertad financiera— en estuches acolchados, asegurándose de que cada cable y tableta gráfica quedaran protegido.

Sin embargo, al descolgar los pocos cuadros que adornaban las paredes y guardar los libros del arte que la habían acompañado en sus noches más solitarias un nudo de nostalgia le oprimió el pecho.

—En esta ciudad me he sentido en paz, un lugar donde la joven yo de dieciocho años encontró un refugio —susurró, rompiendo el silencio del lugar.

Morgana se detuvo en el centro de la sala vacía, con una caja entre los brazos mirando a través del ventanal hacia el horizonte.

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