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Capitulo 4

Auteur: Yoxi arias
last update Date de publication: 2026-10-17 05:04:43

El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas de mi despacho, proyectando largas sombras doradas sobre la madera caoba del escritorio. No había pegado un solo ojo en toda la noche, el rostro de esa mujer no se sale de mi cabeza, un vaso de whisky a medio terminar reposaba a mi lado, con los hielos completamente derretidos, diluyendo el licor que solía ser mi único anestésico después de una larga noche.

Durante muchos años mi familia a gobernado el bajo mundo..He visto a hombres poderosos llorar como niños, a políticos vender a sus propios aliados por una racha de buena suerte y a herederos arruinar familias enteras en una sola mano de póquer. Nada de eso me movía un solo pelo. El azar era mi negocio, y la debilidad humana, mi mayor fuente de ingresos.

Sin embargo, esa noche algo había cambiado. La imagen de la muchacha de la fotografía seguía fija en mi mente, debilitándo mi autocontrol, era un sentimiento ridículo, casi humillante para alguien en mi posición.

Un golpe firme interrumpió la marea de mis pensamientos.

—Adelante —dije con voz áspera, acusando el cansancio y el tabaco de las horas previas.

La puerta se abrió con un chasquido seco. Moisés cruzó el umbral sosteniendo un sobre de manila abultado bajo el brazo. Su postura era propia de un hombre que llevaba a mi lado el tiempo suficiente para saber cuándo hablar y cuándo limitarse a ejecutar órdenes.

—Señor Braulio —comenzó, deteniéndose a dos pasos del escritorio—. Buenos días. Aquí tengo el informe completo que me solicitó anoche sobre la hija de Dany Caruso. Mis hombres trabajaron de madrugada para cruzar datos con los registros del ayuntamiento, cuentas bancarias y redes personales.

Extendí la mano en silencio. Moisés me entregó el sobre de manila. Lo abrí con una lentitud calculada, fingiendo una indiferencia que por dentro me quemaba. Al deslizar el contenido hacia afuera, lo primero que cayó sobre la mesa no fueron las hojas impresas, sino la fotografía original que el viejo imbécil llevaba en la billetera.

Ahí estaba otra vez.

—Resúmeme lo esencial, Moisés —ordené, apoyando los codos sobre el escritorio mientras clavaba la mirada en el rostro de la chica.

—Se llama Morgana Caruso. Veinte años recién cumplidos —explicó Moisés con tono clínico—. Pronto graduada con honores en administración de empresas de la universidad estatal. Actualmente trabaja en una de las empresas de sus tíos, no tiene antecedentes penales, ni deudas registradas a su nombre, ni vínculos con ninguna de las familias de la organización. No frecuenta los clubes nocturnos, no consume alcohol en exceso y su círculo social se reduce a dos amigas de la facultad pero ahí algo que débe saber en su adolescencia tuvo involucrada en un problema con su primo Darek Caruso, por lo que el chico tuvo que irse de Italia, ya que murió la sobrina de un grande de la mafia, no sabes de quién pero se está investigando.

eso me deja pensativo y con mucha curiosidad.

Le hice una seña para que siguiera.

Hizo una pausa deliberada antes de añadir el detalle crucial.

—Dany Caruso la mantuvo en una burbuja de cristal. La blindó por completo de sus negocios, de las apuestas y de la gente con la que se rodeaba. Ella no tiene la menor idea de quién es su padre en realidad... ni de las deudas que ese viejo podrido acumuló en sus casinos o tal vez sabe pero ya se dió por vencida.

Sonreí de lado. Una sonrisa amarga, carente de cualquier atisbo de calidez.

—Así que una criatura de luz —murmuré, pasando la yema del pulgar sobre el borde de la foto—. Un ángel guardado en una jaula de cristal por un demonio que terminó vendiéndola para salvar su propia piel. La ironía en este negocio nunca deja de darme risa.

—¿Sabe ya ella lo que ocurrió anoche, señor? —preguntó Moisés.

—Si el imbécil de Caruso tiene un mínimo de sentido de supervivencia, a estas horas ya debió habérselo confesado —respondí frío—. Tenía hasta la mañana de hoy para preparar las maletas y asumir la cobardía de sus actos. ¿Cómo está la seguridad alrededor de la casa?

—Tengo tres unidades de incógnito rodeando la manzana desde las seis de la mañana —aseguró Moisés de inmediato—. Nadie entra y nadie sale sin que mis muchachos lo sepan. Si Caruso intentara una locura, como meterla en un auto y sacarla de la ciudad, los interceptaríamos antes de que lleguen a la autopista.

—Bien —asentí, poniéndome de pie. Mis articulaciones protestaron ligeramente por la falta de movimiento, pero la adrenalina comenzó a activarse en mi torrente sanguíneo—. Caruso sabe perfectamente lo que pasará si intenta jugarme sucio. Sabe de lo que soy capaz. No es un hombre valiente; los apostadores empedernidos rara vez lo son. Prefieren entregar lo que más aman antes que recibir un impacto de bala en la sien.

Caminé hacia el gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de todo, Desde esta altura, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde yo movía la mayoría de las piezas. A lo lejos, la estructura de cristal y neón de mi casino principal destacaba sobre el horizonte urbano. Un monumento a la codicia humana, el lugar donde anoche el destino de esa chica había quedado sellado en una sola jugada.

—Prepara la camioneta blindada y la escolta principal —ordené sin volverme a mirarlo—. No enviaré a los muchachos a recogerla. Iré yo mismo por ella. Quiero estar ahí para ver la cara de ese miserable cuando me entregue lo único valioso que le quedaba en esta vida.

Moisés inclinó la cabeza con respeto.

—Como usted ordene, señor Braulio. La camioneta estará lista en la entrada en quince minutos.

—Una cosa más, Moisés —añadí antes de que cruzara la puerta.

El hombre se detuvo al instante.

—Quiero que la suite del ala oeste de la mansión quede acondicionada hoy mismo. Que le quiten el cerrojo por dentro y aseguren las ventanas. No quiero que le falte nada de valor material, pero debe entender desde el primer segundo en que pise esta propiedad cuál es su lugar.

—Entendido, señor.

Me quedé a solas nuevamente en la inmensidad del despacho. Me acerqué al escritorio, tomé la foto de Morgana y la guardé en el bolsillo interior de mi saco, justo al lado de mi arma de arma personal.

—Bienvenida a mi infierno, Morgana —susurré para el silencio de la habitación—. Vamos a ver cuánto tiempo resistes antes de quemarte conmigo.

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