LOGINLa misma noche
Londres
Michael
Me contuve las ganas de señalar a Harry como un traidor. No podía hacerlo sin pruebas. Mi abuelo era capaz de echarme de la empresa y, con ello, también desaparecerían todos mis planes de quedarme algún día al frente del Grupo Mckeson.
Al menos conseguí sembrarle la duda a Harry. Ahora solo debía esperar. Tarde o temprano cometería un error y descubriría de una vez por todas en qué demonios estaba metido... o cuál era su conexión con esa mujer misteriosa.
Al final opté por aparentar una frialdad que apenas conseguía sostener delante de mi abuelo. Aun así, le di la espalda sintiendo cómo el malestar terminaba reflejándose en mi rostro. Me encaminé hasta mi oficina y, apenas crucé la puerta, la cerré de un portazo mientras seguía maldiciendo por lo bajo.
Me dejé caer en la silla. Mis dedos comenzaron a tamborilear sobre el escritorio mientras buscaba la mejor manera de cazar a ese viejo lobo cuando tres golpes suaves terminaron por sacarme de mis pensamientos.
Desvié la mirada hacia la puerta.
Ahí estaba Amanda.
Sonreí como un tonto. Toda la rabia que traía encima se quedó del otro lado de la puerta.
—Hola, Michael... ¿Se puede? —preguntó asomando apenas la cabeza por la puerta mientras una sonrisa curiosa iluminaba su rostro.
Me incorporé de golpe.
—Pasa, por favor, Amanda... —la invité sin conseguir ocultar el gusto que me daba verla aparecer de improviso.
Entró sin prisa. Sus ojos recorrieron cada rincón de la oficina hasta detenerse en la ventana. Sonrió como si acabara de encontrarse con un recuerdo.
—Todavía recuerdo esta oficina... —comentó con una sonrisa cargada de nostalgia mientras giraba sobre sí misma—. Cuando era niña me quedaba en un rincón pintando con mis crayones... mientras mi padre pasaba horas sentado en ese escritorio hablando por teléfono.
No pude evitar sonreír.
—Ahora no vas a rayar las paredes con tus dibujos... Este ya es mi territorio —repliqué divertido, señalando la oficina con un gesto exagerado de posesión.
Amanda dejó escapar una risa cristalina que consiguió arrancarme la tensión acumulada durante toda la mañana.
—Entonces cena en mi departamento... —propuso sin rodeos—. Si te atreves.
Bastó recordar a Harry para que la sonrisa se me congelara en el rostro.
No, gracias. Volver a encontrarme con él era lo último que necesitaba después de la discusión que acabábamos de tener. Ya podía imaginar su reacción si me encontraba saliendo del departamento de Amanda.
—Prefiero no cruzarme con tu padre... Mejor nos vemos donde quieras —objeté con calma, sosteniéndole la mirada.
En ese momento creí haber esquivado cualquier percance.
Jamás imaginé que la cena terminaría convirtiéndose en una excusa para seguir hurgando en un pasado que llevaba tiempo intentando dejar atrás. Mucho menos que mi primo volvería a ocupar el centro de la conversación.
Quizá el destino seguía cobrándome cada error que cometí con Yang. O quizá disfrutaba recordándome que Amanda seguía mirando hacia el mismo lugar.
Lance nunca fue el problema. El verdadero problema era descubrir que seguía ocupando el mismo lugar dentro de Amanda... mientras yo continuaba esperando una oportunidad que quizá jamás llegaría.
Y ahora la rabia se refleja en mi rostro mientras contemplo a Amanda al otro lado de la mesa. El piano continúa sonando de fondo, los demás siguen conversando como si el mundo no acabara de detenerse entre nosotros y, aun así, el silencio pesa demasiado.
La miro y aprieto la copa con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Tenerla enfrente siempre consigue desarmarme.
—Compites solo con Lance... él ni siquiera lo sabe. Además, me parece inapropiado que lo nombres —replica sosteniéndome la mirada, incapaz de esconder el reproche en su voz.
Dejo escapar una carcajada sin humor y niego despacio con la cabeza antes de volver a encontrarme con sus ojos.
—Sigues enamorada de él... —rebato con una serenidad que ni yo mismo siento— y lo peor es pensar en algo que nunca va a suceder. Está casado, tiene una hija... y otro bebé en camino.
Los dedos de Amanda se cierran con más fuerza alrededor de la copa. Sus labios se tensan apenas un instante antes de responder.
—No sigas, Michael... —me corta con la voz quebrándose apenas al final.
Bajo la mirada un instante. No vine a hacerle daño.
—No quiero herirte... —admito bajando el tono mientras vuelvo a buscar sus ojos—. Solo quiero que me des una oportunidad.
No aparta la mirada, no intenta escapar de la conversación. Solo levanta la copa, humedece apenas los labios y una media sonrisa termina dibujándose en su rostro.
—Pide otra botella de champagne... —replica con una calma que vuelve a desarmarme—... y lo pienso.
La segunda botella llega a la mesa. Después otra copa. Las notas del piano cambian, las mesas empiezan a vaciarse y Londres se convierte en un puñado de luces detrás del ventanal.
Horas después
Ingenuo, bruto, estúpido... o simplemente un hombre enamorado que no supo ver lo que tenía delante. Jamás imaginé que el champagne se le subiría a la cabeza a Amanda. No era este el final que imaginaba para la noche.
Ahora deslizo la llave en la cerradura de su departamento mientras con el otro brazo la sostengo por la cintura para impedir que pierda el equilibrio. Su aliento roza mi rostro cada vez que intenta decir algo y el perfume que lleva me desordena la cabeza más que cualquier copa.
La puerta se abre.
—Listo... Por fin en tu casa, sana y salva... —murmuro con una sonrisa mientras la acompaño hacia el interior y cierro la puerta detrás de nosotros.
Amanda gira sobre sus pies hasta quedar frente a mí. Sus manos suben por mi pecho, rodean mi cuello y sus ojos se clavan en los míos con esa sonrisa traviesa que lleva persiguiéndome desde que éramos unos niños.
—Qué caballero eres cuando te lo propones... —susurra divertida sin dejar de mirarme.
Niego con la cabeza y se me escapa una sonrisa.
—Amanda... Es tarde, debes descansar... —objeto con paciencia, intentando no olvidar que es el champagne quien habla por ella.
Frunce la nariz como una niña caprichosa.
—No seas aburrido... Bailemos... ¿O tienes miedo de no poder resistirte a mis encantos? —me desafía mientras tira de mi corbata y acorta todavía más la distancia entre los dos.
Suelto una risa por lo bajo. Le sujeto los brazos con cuidado y paso una mano por su cintura para ayudarla a mantenerse en pie.
—Ven... Vamos a sentarnos en el sillón... —propongo sin dejar de sostenerla.
Amanda vuelve a negar con la cabeza. Enreda otra vez los dedos en mi corbata y tira de ella con una terquedad que consigue poner a prueba toda mi fuerza de voluntad.
—Vamos a la cama... —insiste sin borrar la sonrisa—. Tengamos sexo salvaje.
La observo unos segundos. Solo tendría que acercarme unos centímetros. Solo eso, pero ella no está en condiciones de decidir y yo no pienso aprovecharme. No así.
Subo las manos hasta las suyas, aflojo con cuidado el nudo que hizo en mi corbata y vuelvo a buscar sus ojos.
—Espera, Amanda... Primero hablemos... —objeto con calma, sin soltarle la mirada.
Frunce el ceño. La sonrisa desaparece y me observa sin entender hacia dónde quiero llevar la conversación.
—¿Has escuchado hablar de Regina Mandarini?
Dos días despuésNew YorkMichaelQuería más que un beso. Tampoco se trataba solo de sexo con Amanda; ella jamás había sido otra mujer en mi vida. Al contrario, necesitaba dejar mis huellas en su piel, encontrar en sus ojos algo más que deseo. O simplemente era incapaz de conformarme con un momento de debilidad. Pero cuanto más la besaba, cuanto más mis manos ardían al recorrer su cuerpo, más comprendía que haría lo imposible por ganar su corazón.Y, aun con la respiración cortada y su cuerpo temblando contra el mío, todavía me parecía estar soñando. Ella se movía sobre mí a su antojo mientras mis manos seguían aferradas a su cadera, hasta que mi voz se desgarró en un jadeo y finalmente alcancé el clímax. Ella se dejó caer sobre mi pecho y la rodeé con mis brazos, atrayéndola contra mí.Por un segundo nos quedamos allí, sin movernos. Tenía miedo de que cualquier movimiento acabara con aquel momento. Entonces ella levantó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa.—Necesito dormir, ¿me su
El mismo díaLondresHarryEl plan era intimidar al pomposo de Steven con tal de arrancar la verdad sobre aquella relación entre Amanda y Michael. No negaría que estaba tentado a golpearlo, pero prefería evitarlo; no necesitaba otro problema más a cuestas. Y, aun así, él era una cajita de sorpresas. Nada estaba garantizado.Me sostenía la mirada como si estuviéramos en una pequeña guerra que solo él entendía. Sus dedos seguían jugando con las cartas sobre el tapete, aunque hacía rato había dejado de prestar atención a la partida.—Puedes preguntar las veces que quieras, Harry —disparó con una sonrisa gélida, dejando las cartas sobre la mesa—, pero no obtendrás nada de mí.Me incliné hacia él y apoyé un brazo sobre el respaldo de su silla.—Disfrutas fastidiarme —respondí con la voz amargada—. Crees que tienes poder sobre mí, pero abro mi billetera y tú hablas.Steven endureció el rostro. La sonrisa desapareció de sus labios y sus dedos dejaron de moverse.—¿Por qué todos creen que soy
La misma nocheWashingtonAmandaCobarde, tal vez, pero mi maldito cuerpo era incapaz de apartarse de Michael. Encima, su aliento sobre mi rostro nublaba cualquier pensamiento y todo empeoró con ese beso que revolucionó algo dentro de mí. Los latidos se me dispararon al cielo y mi boca necesitaba más de ese veneno adictivo que tenían sus labios. Y, aun así, atrapada entre el sabor de sus besos y esa vocecita de mi conciencia, no podía negarme que quería perder la sensatez y, en su lugar, dar rienda suelta a lo que Michael provocaba en mí.Lo peor era que seguía allí, sintiendo el calor de sus dedos sobre mi piel y el pulso acelerado, sin entender por qué me asustaba tanto su pedido.Él no era otro sujeto que desaparecería en cualquier momento. Ese era precisamente el problema. Michael quería formalizar, tener una relación de verdad, y yo no estaba dispuesta a complicarme la vida solo para demostrarle algo a mi padre.Pero su sabor sigue en mis labios y su mirada continúa desarmándome.
La misma nocheWashingtonMichaelQuizás el destino estaba de mi lado o era Cupido haciendo de las suyas. Fuera lo que fuera, coincidir en la misma ciudad con Amanda era una oportunidad para desvelar los secretos de Harry, acercarme un poco más a la verdad sobre Regina Mandarini y, de paso, estar cerca de ella. Sin embargo, con Amanda nada era sencillo. Nunca sabía qué terreno estaba pisando. Por suerte, había aceptado cenar conmigo, aunque no en un restaurante, sino en su propia casa.Abrí el mensaje con la dirección y me detuve antes de salir. No compré flores, mucho menos una botella de vino. Elegí una caja de sus chocolates favoritos.Cuando la limusina se detuvo frente a la mansión, me quedé unos segundos dentro del vehículo, contemplando la fachada. Los muros de piedra, el tejado color terracota y los tonos cálidos le daban al lugar el aspecto de una villa italiana.Otra señal de la sangre italiana de Harry.Bajé del vehículo y avancé hasta la puerta. Apenas tuve tiempo de llama
El mismo díaWashingtonAmandaDespués de la muerte de mi madre todo cambió con Harry o, mejor dicho, nuestra relación se volvió tensa, cortante. Incluso hacía lo imposible por enfurecerlo. Quizás estaba furiosa porque no luchó por salvarla, por conformarse con lo inevitable o simplemente porque su ausencia dolió demasiado y terminó alejándonos. Durante mucho tiempo viví resentida: nada de almuerzos familiares, nada de llamadas, nada de visitarlo en la empresa. Más bien, vivía refugiada en mi mundo. Era mi manera de castigarlo, hasta que él comprendió el mensaje. Tampoco intentó cambiar nuestra relación.Entonces, su inesperada invitación resultaba desconcertante y abría miles de preguntas. ¿Acaso era un ataque de nostalgia? ¿Culpa por el pasado? ¿Estaba enfermo? Pero mientras más lo pensaba, más me inquietaba.Finalmente, mi voz rasgó el ambiente.—Dime la verdad, Harry —exigí, sosteniéndole la mirada—. ¿Por qué ahora quieres hacer el papel de padre preocupado?Harry bajó los ojos un
El mismo díaLondresMichaelHabía lanzado el anzuelo esperando que Marie Lefebvre me ayudara en mi investigación sobre Harry. Lo mejor de todo era que parecía una charla casual sobre el pasado, o al menos eso esperaba que creyera.Dejé que hablara mientras daba un sorbo a mi copa y recorría con la mirada el movimiento detrás de ella. Marie había dejado la suya sobre una mesa cercana y parecía buscar en su memoria aquella época. Pasaron unos segundos antes de que finalmente levantara la mirada hacia mí.—Por Dios, Michael... ni siquiera tu padre se salva de tus críticas —soltó con una sonrisa—. Aunque yo tampoco soy fan de sus historias sobre su descendencia noble.Dejé escapar una risa y levanté mi copa en su dirección.—No te preocupes, te guardo el secreto —prometí entre risas—. Pero son solo chismes lo que dice la gente de Harry...Marie negó con la cabeza y tomó nuevamente su copa.—Si mal no recuerdo, cuando Christopher me pidió salvar el desfile de tu madre, mencionó que su ami







