로그인Al día siguienteNew YorkAmandaEl silencio de mi padre era la mejor prueba de que algo sucedía en las sombras. Él estaba convencido de que podía engañarme, pero conocía demasiado bien esa manera suya de sostenerme la mirada desde que era una niña. Jamás me había intimidado; al contrario, casi siempre terminaba obteniendo lo que buscaba.Y ahí estaba, frente a él, inmóvil, sosteniendo aquel duelo de miradas mientras el silencio se alargaba entre nosotros. Harry permanecía de pie, con los brazos relajados a los costados, sin apartar los ojos de mí. Yo crucé los brazos sobre el pecho y esperé.Al final, respiró hondo antes de hablar.—Amanda, no te miento. No tengo motivos para hacerlo. Y en vez de estar como una niña caprichosa inventando cosas, ¿por qué mejor no colaboras en la empresa? —propuso, levantando apenas una ceja.Abrí los ojos de par en par.Nunca mi padre me había permitido manejar sus negocios. Jamás había mostrado el menor interés en involucrarme en ellos y, de pronto,
Dos días despuésLondresAmandaQuizás fue el día horrible que había vivido o, simplemente, me había cansado de tantas verdades a medias, de que nadie se atreviera a tener un gramo de sinceridad conmigo. Para colmo, el comentario de Jaqueline había confirmado lo que sospechaba: todos se empeñaban en ocultar el pasado.Por un segundo, Jaqueline sostuvo mi mirada en silencio.—Amanda, no sé de dónde sacas que te ocultamos cosas —respondió con la voz contenida—. Ni creo que este sea el lugar adecuado para discutir sobre lo que te molesta.Solté el aire por la nariz y negué con la cabeza.—No soy ciega —me quejé con la voz amargada—. Hace mucho tiempo me di cuenta de la enemistad que existe con mi padre. De las preguntas que nadie se atreve a responderme.Jaqueline apretó los labios y bajó la mirada apenas un instante.—Tal vez porque nos duele la pérdida de Sasha, de mi hermano Christopher —dejó caer con la voz apagada—. Ambos se fueron dejando un vacío muy grande entre nosotros.Sentí q
Al día siguienteNew YorkMichaelFue horrible soportar la indiferencia de Amanda. Estaba empeñada en aplicarme la ley del hielo. Y sí, había sido mi culpa; tal vez lo merecía. Pero lo que realmente me dolió fue que me restregara que no existía nada entre nosotros, como si los últimos días juntos no hubieran significado nada para ella, cuando yo había sentido que al fin me estaba colando en su corazón.Quizás me engañaba. O quizá no estaba listo para aceptar que nunca me amaría.Me quedé ahí, parado en la cafetería como un imbécil, viéndola alejarse. La puerta se cerró y mantuve los ojos puestos en ella unos segundos más, con la mandíbula apretada y el aire escapando entre mis dientes.La imagen de aquella mujer volvió a aparecer en mi cabeza.¿Qué carajos buscaba con Amanda? ¿Quién era ella? ¿Estaba relacionada con Harry? ¿O Amanda también guardaba secretos?—Michael, ¿escuché mal o estás complicándote la vida con Amanda?La voz de mi padre me llegó desde atrás.Tensé los hombros.—N
El mismo díaLondresHarryLa información de Terence sobre la inesperada parada de Williams antes de acudir al hospital fue otra pieza de un rompecabezas que no lograba encajar. O, mejor dicho, sentía que caminaba por un campo minado con los ojos vendados, donde podía haberme convertido en un peón o, peor todavía, en la carnada de su guerra con Regina. No era una simple especulación. Los hechos comenzaban a gritarlo en silencio.Y ahí estaba, frente a mis hombres, intentando encontrarle sentido a algo que cada vez tenía menos.Finalmente, mi voz retumbó en la bodega.—Mitch, quiero que vigilen a Williams. No le pierdan el rastro. Intervengan sus teléfonos, aprovechen cualquier ausencia para colocar micrófonos en su mansión y en su oficina. Y hagan lo mismo con su esposa —ordené, señalándolo con el mentón.Mitch frunció el ceño.—¿A su esposa? —replicó con incredulidad—. ¿A esa viejita dulce?Asentí y di un paso hacia él.—Esa viejita dulce conoce todos sus secretos —sentencié con firm
Dos días despuésNew YorkAmandaCada palabra que salió de los labios de esa mujer fue perturbadora, pero lo más inquietante fue aquella seguridad que reflejaba en su tono de voz empalagoso, hasta la maldita tarjeta que me entregó. No había un nombre ni una dirección, solo unas iniciales, RM, con un número de celular.Y, sin embargo, algo en su actitud, tan familiar, me erizó la piel. O simplemente no encajaba con el perfil de los socios de mi padre. Pero ni siquiera terminaba de procesar lo sucedido cuando apareció Michael con sus preguntas.La tarjeta permanecía entre mis dedos. La hice girar una vez mientras mis ojos seguían clavados en Michael, aunque mi cabeza continuaba atrapada en el eco de aquella conversación.El silencio se alargó demasiado hasta que él volvió a presionar.—Sé madura, no me castigues con tu silencio y dime lo que sucedió —insistió, acercándose un poco más.Cerré los dedos sobre la tarjeta.—No te castigo. Simplemente no tengo ganas de hablarte, tampoco me in
La misma nocheNew YorkMichaelDespués de escuchar la charla de mi abuelo intentaba encajar las piezas, pero nada tenía sentido. Lo único que se me ocurrió fue estar atento durante las siguientes horas. El vuelo fue tenso, inquieto; se podía sentir en el ambiente el malestar de todos y, al llegar al pent-house, todo se multiplicó.—Abuelo, deja tranquila a mi madre. No entiendo ni siquiera a qué vinimos… allá ni nos quieren —reclamé, avanzando un paso mientras lo enfrentaba.Me lanzó una mirada fulminante.—¡Cállate, mocoso insolente! —rugió, levantando una mano como si quisiera cortar cualquier réplica.Mi padre se puso de pie e intentó apaciguar las aguas.—Suegro, tranquilícese, por favor. A sus años no le hace bien alterarse —intervino, extendiendo una mano hacia él.El viejo dio un paso adelante y lo señaló con el dedo.—¡Mira, inútil! No entiendo ni para qué viniste. ¿Por qué no te ocupas de tu familia de una vez? ¡Hasta cuándo piensas vivir a mi costa! —espetó, acercándose has







