LOGINUna semana después…
Lucas volvió con Sofía de aquel viaje de tres días. Abigail quiso fingir normalidad en el hogar, pero con la actitud cortante y distante de Lucas, cualquier intento de armonía era imposible. Mientras ella intentaba con más ganas acercarse a su esposo, servil y atenta a cada uno de sus movimientos, Lucas más la alejaba con miradas frías y monosílabos despiadados. La brecha entre ambos se ensanchaba con cada hora transcurrida. La gota que rebasó el vaso ocurrió durante una tarde sofocante, cuando Sofía gritó a todo pulmón desde su habitación. El eco agudo retumbó por los altos techos de la propiedad y heló la sangre del personal doméstico. ¿El motivo? Alguien le echó ratones muertos a su plato de comida, ocultos bajo la refinada bandeja de plata. La mujer vomitó del asco, sacudida por espasmos violentos y náuseas sobre las sábanas de lino. —¿Quién hizo esto? —preguntó Lucas furioso, e irrumpió en la recámara con los puños apretados y la mandíbula rígida. Sofía levantó con mucho trabajo la mano pálida y temblorosa. —Esto, Lucas, es obra de Abigail —le dijo casi sin aire, con la voz quebrada por el llanto—. Ella me corrió de tu casa ayer por la tarde. Me dijo que si no me iba por las buenas me echaría por las malas, ella hizo esto. Ella lo hizo. —¿Cómo puedes afirmar eso? —la incredulidad se cruzó por un segundo en la mente del hombre. —Me lo dijo… —Sofía agachó la mirada, compungida, y dejó caer lágrimas dramáticas sobre su pecho—. Pero si no me crees, lo entiendo. Yo sé que solo te causo molestias desde que llegué. Que no tienes ninguna responsabilidad de cuidarme, Lucas. LO MEJOR SERÍA QUE ESTUVIERA MUERTA. —Sofía —Lucas la vio desvanecerse en la cama, pálida y sin fuerzas tras la crisis de histeria. El pánico se apoderó del ambiente hasta la llegada del especialista. El doctor revisó a Sofía con detenimiento y dijo que todo se trataba de un cuadro depresivo severo. Le pidió a Lucas que entendiera que los estragos del accidente no eran solo físicos en su salud, sino también psicológicos. Sofía Arzate tuvo que renunciar a campañas publicitarias importantes y a los desfiles internacionales de alta costura. Tuvo que abandonar por completo su codiciada vida pública. Una mujer vanidosa y aclamada que ahora cargaba con cicatrices imborrables en el cuerpo y un dolor difícil de asimilar. —Lo mejor será que no reciba ningún tipo de estrés, ni nada que pueda alterarla de esta manera —le recomendó el doctor antes de salir de la habitación. —Así será —Lucas le aseguró al médico con firmeza. De inmediato se le vino el rostro de su esposa a la cabeza; la rabia acumulada hirvió en su interior. Tenía que poner un límite a Abigail, su actitud era intolerable. … Esa noche, Lucas le encargó a Rita cuidar muy bien de Sofía. —No quiero que Abigail se le acerque bajo ningún motivo —su encargo sonó tajante, más bien una amenaza directa. Él tendría que asistir a una gala benéfica organizada por la esposa de uno de sus grandes socios comerciales. Cuando llegó al lujoso recinto, decorado con enormes arañas de cristal y mantelería fina, las personas a su alrededor murmuraban con curiosidad el motivo por el que llegó completamente solo. Lucas se hizo el que no escuchaba sus cuchicheos malintencionados. Entonces, en medio de la multitud elegante, lo vio a él. Ricardo Arce, su exsocio. El hombre con el que él creyó que Sofía le fue infiel en el pasado. La razón de su dolorosa separación. La fuente de su confusión posterior, porque él confió en las palabras de Sofía, en su inocencia. Lucas lo ignoró toda la noche, manteniendo una distancia calculadora. A la hora de volver a su casa, se despidió con cortesía de los anfitriones y fue directo al estacionamiento. Mientras abría la puerta de su coche, escuchó una voz rasposa a sus espaldas. —Cuánto tiempo —le dijo Ricardo con un marcado deje de burla. Lucas se giró con el ceño fruncido y los hombros tensos. —¿Qué es lo que quieres? —¿Qué pasa, Lucas? ¿En serio sigues enojado por aquel incidente? Deberías estar agradecido por el alacrán que te quité de encima. —No voy a permitir que hables mal de Sofía, que después de todo sigas manchando su nombre. —¿Manchar su nombre? Bah —Ricardo se carcajeó, estruendoso—. No me digas que te ha engatusado otra vez. ¿Te convenció de que lo que viste era mentira? La mujer sí que tiene talento para mentir. —No permito que te expreses así de ella. —Tranquilo. Pensé que la hermana de Loreto te tendría de mejor humor. Ya sabes, que encontrarías un poco de calma en ese gran culo —Ricardo estaba notoriamente borracho y desinhibido. Y aunque Lucas apenas tomó dos copas en la recepción, se sentía un poco mareado, tal vez por la falta de costumbre o por la tensión acumulada. —Cállate —le advirtió cada vez más molesto, apretando la mandíbula. —Sabes que… Daniel me ofreció ese culo a mí primero. De haber llegado al precio que pedía por ella… —se mofó con una sonrisa cínica en los labios. Se tambaleó un poco hacia adelante y lo siguiente que sintió fue el impacto seco de un puño en su barbilla. —Te dije que te calles. Lucas quería molerlo a golpes ahí mismo en el asfalto. Sintió una furia ciega cuando lo escuchó hablar de esa manera tan despectiva de Abigail. Se detuvo a tiempo al comprender la triste realidad: si miserables así decían esas estupideces, era por culpa del idiota de Daniel, quien ofreció a su propia hermana al mejor postor, sin importar que hubiera hombres despreciables en la lista. No valía la pena el escándalo. La prensa andaba por ahí y no iba a ser el titular de notas amarillistas por un idiota como ese. Lucas se subió a su auto y arrancó. Al llegar a su casa, fue directo al despacho privado donde tenía sus selectas botellas de alcohol. Se tomó una copa de licor, luego dos. Comenzó a sentir el cuerpo caliente, nublado por la irritación y el deseo reprimido. Recordó el incidente de la mañana, los animales muertos en la comida de Sofía y la mirada indefensa de la inválida. Exhaló con pesadez y fue a la habitación de Abigail, su esposa, para reclamarle y ponerle un alto definitivo. Tocó la madera con firmeza y una vocecita temblorosa preguntó desde el interior de quién se trataba. —Abre —contestó él con tono autoritario. La figura de Abigail apareció tras la puerta. —Me han informado de lo que le hiciste a la comida de Sofía —la acusó él de inmediato. —No, yo no he hecho nada —Abigail ni siquiera entendía a qué se refería con esa afirmación tan aberrante. Lucas dio tres pasos dentro de la habitación, imponente. —Siempre dices lo mismo —le reprochó con voz densa. Y entonces se fijó en lo diminuta y delicada que era la bata de dormir que llevaba Abigail sobre la piel lisa. La tela apenas le cubría los pechos grandes y firmes. —¿Qué puedo decir cuando yo no lo hice? —ella frunció el ceño, harta de los engaños de Sofía. Un mechón de cabello castaño oscuro se escapó de su coleta alta y cayó sobre su cara. Lucas lo vio y no pudo evitar acercar los dedos para quitarlo de encima de su rostro. Abigail se sintió nerviosa y expuesta por ese simple roce sobre la mejilla. —¿Por qué tienes que hacer esto tan complicado? —la pregunta salió un poco más suave, impregnada por un calor inesperado. —Es que yo no he hecho nada —le aseguró ella con firmeza. Contempló su rostro, la manera en la que tenía el ceño fruncido. «Él... no confía en mí», pensó con un dolor en el pecho. Y dio media vuelta para irse de ahí. Ya no soportaba más acusaciones falsas. —No te atrevas a dejarme hablando solo —Lucas la tomó del antebrazo, sin medir su fuerza. Abigail chocó contra su pecho amplio, sintió sus músculos por debajo de la fina tela de la camisa. Sus rostros quedaron tan cerca que sus alientos se mezclaron. Sus labios apenas se rozaron, pero fue suficiente para que Lucas Rinaldi sintiera el deseo de probar más… El corazón de Abigail golpeó con fuerza contra sus costillas. Se quedó muy quieta y pensó si es que eso era un sueño.Una semana después…Lucas volvió con Sofía de aquel viaje de tres días. Abigail quiso fingir normalidad en el hogar, pero con la actitud cortante y distante de Lucas, cualquier intento de armonía era imposible.Mientras ella intentaba con más ganas acercarse a su esposo, servil y atenta a cada uno de sus movimientos, Lucas más la alejaba con miradas frías y monosílabos despiadados. La brecha entre ambos se ensanchaba con cada hora transcurrida.La gota que rebasó el vaso ocurrió durante una tarde sofocante, cuando Sofía gritó a todo pulmón desde su habitación. El eco agudo retumbó por los altos techos de la propiedad y heló la sangre del personal doméstico. ¿El motivo? Alguien le echó ratones muertos a su plato de comida, ocultos bajo la refinada bandeja de plata.La mujer vomitó del asco, sacudida por espasmos violentos y náuseas sobre las sábanas de lino.—¿Quién hizo esto? —preguntó Lucas furioso, e irrumpió en la recámara con los puños apretados y la mandíbula rígida.Sofía levant
Cuando Lucas Rinaldi entró en la habitación de Sofía, la imagen que encontró lo dejó completamente descolocado. La mujer hermosa que deslumbraba y sonreía en las pasarelas de moda estaba recostada en la cama, sumergida en un mar de lágrimas sobre la fina almohada de seda.—Sofía —acortó la distancia con pasos rápidos y tensos. Quedó justo a su lado, parado a un costado de la cama, preocupado por la escena.—No —ella negó con la cabeza con evidente desesperación y se cubrió la cara con ambas manos—. No me mires en este estado tan deplorable, Lucas.Él sintió una amarga punzada en el pecho por verla así, tan deshecha, vulnerable y deprimida dentro de esa lujosa recámara.—¿Qué…? —la pregunta se quedó en el aire, cortada por la duda. Era lógico que Sofía quería curarse, volver a la normalidad y dejar atrás las secuelas del trágico accidente.—En dos días se cumple un año más de la muerte de mi madre, y yo le prometí que la visitaría en su tumba, al menos una vez cada año —sollozó con más
La puerta de la habitación se abrió, y la figura delgada de Abigail robó por completo la atención de Lucas. La luz cálida del pasillo recortó su silueta de manera tentadora.Sus ojos contemplaron la curva de su cintura, ceñida por esa bata rosa de satín que dejaba al descubierto bastante piel.Sus ojos viajaron hacia las piernas blancas y bien formadas de Abigail, volvieron a sus caderas y, después, de modo descarado, se concentraron en el nacimiento de sus pechos. La tensión en el aire se volvió sofocante.Ella sintió su corazón latir fuerte contra sus costillas.—¿Necesitas algo, Lucas? —logró articular la pregunta sin tartamudear y eso ya era un enorme logro ante la mirada intensa del hombre.Lucas se aclaró la garganta, la miró a la cara, y por dos segundos se permitió contemplar ese par de ojos café claro. Abigail había cambiado demasiado. Los rasgos aniñados se esfumaron y dejaron en el presente las bellas facciones de una mujer despampanante.—Sofía me ha contado lo de hace rat
Tres días después…La enorme casa sin rastros de Lucas se sentía solitaria. El silencio de las altas paredes de mármol solo acentuaba la ausencia del hombre.En las mañanas, Abigail había preparado el almuerzo para Lucas, con la única idea de que él pudiera disculparla por minimizar la salud de Sofía. Tenía la esperanza intacta de reparar el abismo entre ambos.Vio el reloj y decepcionada, pensó que ese día tampoco se quedaría a almorzar. Así que cuando lo vio sentarse a la cabecera de la mesa, en el amplio comedor, sintió una alegría indescriptible.Ella, personalmente, le sirvió la comida, mientras lo saludaba con una sonrisa amplia que reflejaba su ilusión.—¿No vino a trabajar Rita? —preguntó él de mal humor, con un tono cortante.—Sí, solo le pedí de favor si me permitía servirte el almuerzo hoy. Discúlpame, debía avisar antes, ¿verdad?—Como sea —él se masajeó la sien, cansado.—Yo quería decirte... ¿Me puedes perdonar, Lucas? Yo prometo pagar toda la deuda de mi hermano —las pa
—Entonces eso soy para ti, Daniel, mercancía, un objeto que puedes usar para pagar tus deudas —Abigail encaró a su hermano y apretó los puños con rabia contenida.Daniel Loreto sonrió con burla.—¿De verdad, Abigail? —la miró de arriba abajo con evidente desdén—. ¿En serio me vas a decir que no te hice un favor al ofrecerte en matrimonio con Lucas? Todos nuestros conocidos saben de tu tonta obsesión por él.—¿Obsesión? No sé de qué hablas —ella se aclaró la garganta, con un nudo amargo en las cuerdas vocales. ¿Tan obvia fue todo este tiempo?—Por favor, hermanita, soy tu hermano mayor. A mí no me puedes ocultar que te morías por una pizca de atención de Lucas.—Pero… esa no era la manera. ¡Que me entregaras como a un trozo de carne!—Ya, Abigail, no finjas conmigo. ¿Crees que no sé que cuando se trata de Lucas Rinaldi vas por ahí con tu carita de mosca muerta, dispuesta a besarle los zapatos… y otras cosas? —Daniel arrugó la nariz en un gesto desagradable.Abigail, harta y exhausta de







