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Capítulo 2

Author: Svaqq16
last update publish date: 2026-09-10 12:01:05

Tres días después…

La enorme casa sin rastros de Lucas se sentía solitaria. El silencio de las altas paredes de mármol solo acentuaba la ausencia del hombre.

En las mañanas, Abigail había preparado el almuerzo para Lucas, con la única idea de que él pudiera disculparla por minimizar la salud de Sofía. Tenía la esperanza intacta de reparar el abismo entre ambos.

Vio el reloj y decepcionada, pensó que ese día tampoco se quedaría a almorzar. Así que cuando lo vio sentarse a la cabecera de la mesa, en el amplio comedor, sintió una alegría indescriptible.

Ella, personalmente, le sirvió la comida, mientras lo saludaba con una sonrisa amplia que reflejaba su ilusión.

—¿No vino a trabajar Rita? —preguntó él de mal humor, con un tono cortante.

—Sí, solo le pedí de favor si me permitía servirte el almuerzo hoy. Discúlpame, debía avisar antes, ¿verdad?

—Como sea —él se masajeó la sien, cansado.

—Yo quería decirte... ¿Me puedes perdonar, Lucas? Yo prometo pagar toda la deuda de mi hermano —las palabras salieron de sus labios con timidez.

El hombre la miró a los ojos por un par de segundos, antes de que su teléfono comenzara a timbrar; de nuevo era una llamada del hospital.

—Me voy —escupió la oración. De inmediato su pulso se aceleró. Ese era el día en que el doctor compartiría los resultados.

Sabría si Sofía tendría que recurrir a decenas de intervenciones quirúrgicas para volver a caminar, o si estaría atada a una silla de ruedas de por vida. La angustia lo oprimía por dentro.

—Espera Lucas, yo te preparé… el almuerzo.

Lucas miró a su esposa como si de repente se hubiera vuelto loca.

—No tengo hambre —le contestó con frialdad y retomó el camino hacia la salida con el rostro de Sofía en su mente.

Abigail miró el plato servido. Soltó un suspiro y se recordó que ya no era una niña. Así que se tragó sus lágrimas mientras quitaba los platos de comida de la mesa. La resignación pesaba bajo sus delgados hombros.

Cada noche, Lucas Rinaldi llegaba directo a su habitación, sin siquiera bajar al comedor a cenar. Su distancia era absoluta.

Cuando Abigail intentaba hacerle plática en los pasillos, él la ignoraba rotundamente.

Quince días después…

Lucas Rinaldi dio un aviso importante a sus empleados, y a su esposa. Reunió a todos en la estancia principal con una postura rígida.

—El doctor que atiende a Sofía nos ha dado esperanzas de que con un tratamiento adecuado ella pueda recuperar un ochenta por ciento de movilidad en sus piernas. Se requiere un tratamiento costoso, que estoy dispuesto a pagar, y cuidados las veinticuatro horas, así que Sofía tomará una de las habitaciones de mi casa y permanecerá aquí el tiempo que sea necesario.

Esa noticia le cayó a Abigail como balde de agua fría.

La vocecita cruel en su cabeza le gritaba que Lucas jamás la amaría, que perdía el tiempo. De seguro él la seguía viendo como esa niña tonta y caprichosa de hace diez años.

Cuando los empleados volvieron a lo suyo, ella agarró valor de quién sabe dónde.

—Lucas, no… ¿no crees que esta decisión tan importante la tenías que consultar primero conmigo?

Él frunció el ceño con profunda irritación.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Esta es mi casa.

—Yo soy tu esposa —dijo ella con un hilo de voz, casi sin aliento.

—Mi esposa comprada —le recordó él sin un ápice de piedad—. Eso significa que las órdenes las tomo yo y si digo que Sofía se queda con tu habitación, o duerme en la sala o en la cochera, así será, ¿entendido?

Abigail se quedó muda. Incapaz de creer que ese hombre malhumorado y frío era el mismo que le había regalado un hermoso ramo de flores y un collar de oro en forma de girasol el día de su cumpleaños número quince.

—Entendido —murmuró ella con la mirada fija en el suelo.

Al día siguiente, Sofía Arzate fue movida del hospital Pacífico, uno de los más exclusivos de la ciudad, a la mansión de Lucas Rinaldi. La llegada de la camilla alteró la rutina del hogar.

—Yo también soy enfermera —le contó Abigail a Rocío, la enfermera personal que Lucas contrató para Sofía.

—En serio. Y te ves muy jovencita.

Abigail le sonrió.

—Puedo ayudarle en lo que necesite —se ofreció Abigail con la intención de poder hablar con Sofía y aclarar la situación entre ellas.

Antes de que Daniel, su hermano, le propusiera contraer matrimonio con Lucas, ellas solían llevarse bien. No podría decir que eran amigas, pero existía cierta cordialidad.

Así que cuando la enfermera entró a la habitación a aplicar la medicación, Abigail entró con ella.

Al verla, Sofía comenzó a gritar como una demente, fuera de control.

—¡No te quiero cerca de mí! Te vienes a burlar de mi desgracia. ¡Maldita, lárgate!

La enfermera, preocupada por el estado de su paciente, le pidió a Abigail que saliera del cuarto.

Y en la noche que Lucas se desocupó del trabajo, fue informado por Sofía de que Abigail había ido hasta el cuarto a tomar fotografías y burlarse de las cicatrices que habían marcado su cuerpo por el accidente.

—Ella es mala. Ella solo quiere hacerme sufrir. Amenaza con llevar esas imágenes a la prensa. ¡Lucas, por favor haz algo! —lloriqueó Sofía en los brazos de Lucas, recostada en la cama.

Él la hundió en su pecho en un intento por calmar su llanto.

—Nadie hará nada contra ti, yo me encargaré de corregir ese horrible carácter de Abigail —tensó la mandíbula lleno de rabia y una hora después, ya que Sofía estaba más tranquila, salió del cuarto directo a la habitación de Abigail.

Tocó su puerta bruscamente, su inmadurez ya lo tenía harto.

Cuando ella preguntó quién era, él contestó de mala gana.

Tenía quince minutos que Abigail había salido de la ducha, se había puesto una pijama de satín, algo descubierta para su gusto, pero al final de cuentas era su esposo.

Así que aunque el escote era prominente, decidió simplemente abrir la puerta así, ajena a la tormenta que estaba por desatarse.

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