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—Entonces eso soy para ti, Daniel, mercancía, un objeto que puedes usar para pagar tus deudas —Abigail encaró a su hermano y apretó los puños con rabia contenida.
Daniel Loreto sonrió con burla. —¿De verdad, Abigail? —la miró de arriba abajo con evidente desdén—. ¿En serio me vas a decir que no te hice un favor al ofrecerte en matrimonio con Lucas? Todos nuestros conocidos saben de tu tonta obsesión por él. —¿Obsesión? No sé de qué hablas —ella se aclaró la garganta, con un nudo amargo en las cuerdas vocales. ¿Tan obvia fue todo este tiempo? —Por favor, hermanita, soy tu hermano mayor. A mí no me puedes ocultar que te morías por una pizca de atención de Lucas. —Pero… esa no era la manera. ¡Que me entregaras como a un trozo de carne! —Ya, Abigail, no finjas conmigo. ¿Crees que no sé que cuando se trata de Lucas Rinaldi vas por ahí con tu carita de mosca muerta, dispuesta a besarle los zapatos… y otras cosas? —Daniel arrugó la nariz en un gesto desagradable. Abigail, harta y exhausta de su hermano mayor, no lo dudó más y le propinó una bofetada rotunda, tan fuerte que la palma de la mano le quedó caliente y adolorida. El hombre que juró protegerla en el lecho de muerte de su padre ahora la había vendido a Lucas Rinaldi para saldar sus deudas de juego. Daniel se masajeó la mejilla enrojecida. Y sin pensarlo dos veces, le devolvió la bofetada con furia. —¡Soy tu hermano mayor, respétame! Abigail aspiró el aire frío por la boca, con la cara ardiendo por el impacto. —Si mi padre te viera, estarías avergonzado de ti. —Y de ti, una estúpida sin dignidad, de seguro estaría muy contento —gruñó Daniel con desprecio. Abigail dio media vuelta y abandonó esa casa de inmediato. El lugar que durante muchos años significó un refugio cálido, ahora solo representaba un puñado de recuerdos vacíos. Sin más, Abigail se subió al auto de lujo conducido por el chófer de Lucas Rinaldi. Mejor dicho, de su esposo. Aquella persona a quien conoció cuando ella apenas tenía doce años, el mejor amigo de su hermano. El mismo hombre por quien, al cumplir los quince, supo que se había enamorado profundamente. Un amor trágico, destinado al fracaso desde el inicio. Había logrado casarse con él, ¿pero a qué costo? Lucas Rinaldi era un empresario prominente, heredero de un enorme imperio y dueño de una mirada esmeralda e impenetrable. Para la gente a su alrededor, resultaba un hombre tan frío que hacía temblar a cualquiera con su sola presencia. Pero ella sabía que Lucas Rinaldi era mucho más que esa fachada. No era un demonio de las finanzas, como muchos lo llamaban. En el pasado se mostró gentil, respetuoso, un hombre paciente que sabía escuchar. Le apasionaba montar a caballo y proteger al más débil. Y sobre todo, continuaba perdidamente enamorado de su exnovia, la despampanante modelo Sofía Arzate. Esa misma mujer que le fue infiel con uno de sus socios más cercanos. «Tú eres la sustituta de esa mujer», se recordó Abigail con amargura en el pecho. Tal como se lo gritó el propio Lucas Rinaldi la noche anterior, en la sala de su casa, tras aceptar unir sus vidas frente al altar. También se lo refregó en la cara Sofía Arzate a las afueras de la recepción de la boda, ataviada con un hermoso vestido blanco bien entallado que marcaba sus curvas, y con su sedoso cabello rubio recogido en una trenza impecable. —Eres una estúpida, Abigail. Lucas me ama a mí. ¡Él es mío! —le había dicho con veneno. Y ante tales verdades, Abigail quedó petrificada en el sitio. Al menos Lucas Rinaldi le dio su lugar en ese instante y corrió a esa mujer de la celebración. Una acción de la que seguramente él se arrepentía en este momento. Porque cuando él la llevó a su mansión y la presentó ante el personal como su legítima esposa, Abigail albergó la pequeña esperanza de compartir la alcoba, como naturalmente hacen los recién casados. Sin embargo, la espantosa noticia no tardó en llegar. Sofía Arzate sufrió un aparatoso accidente de coche. —Usted aparece como el contacto de emergencia en su cartilla médica. Es urgente. La señorita Arzate está muy mal —informó la voz al otro lado de la línea. Esas palabras del personal del hospital bastaron para que Lucas Rinaldi saliera a toda prisa en busca de su primer amor. Y Abigail, aferrada a la ilusión de que algún día podría obtener un poco de su afecto, le suplicó entre lágrimas que no se fuera. —Lucas… no, esto es… Nosotros nos acabamos de casar. Tú… —Sofía está internada por un accidente de coche y tú piensas en esta miserable noche de bodas. De verdad, ya veo que Daniel y tú son igual de egoístas —escupió él con una mezcla de rabia y desprecio—. Entiende una cosa: yo no te amo. Si me casé contigo fue únicamente porque necesitaba una esposa sumisa y tu hermano necesitaba pagarme una deuda millonaria. Abigail abrió la boca, en shock absoluto, incapaz de dar crédito a las palabras tan crueles que salían de la boca de Lucas Rinaldi, su flamante esposo.Una semana después…Lucas volvió con Sofía de aquel viaje de tres días. Abigail quiso fingir normalidad en el hogar, pero con la actitud cortante y distante de Lucas, cualquier intento de armonía era imposible.Mientras ella intentaba con más ganas acercarse a su esposo, servil y atenta a cada uno de sus movimientos, Lucas más la alejaba con miradas frías y monosílabos despiadados. La brecha entre ambos se ensanchaba con cada hora transcurrida.La gota que rebasó el vaso ocurrió durante una tarde sofocante, cuando Sofía gritó a todo pulmón desde su habitación. El eco agudo retumbó por los altos techos de la propiedad y heló la sangre del personal doméstico. ¿El motivo? Alguien le echó ratones muertos a su plato de comida, ocultos bajo la refinada bandeja de plata.La mujer vomitó del asco, sacudida por espasmos violentos y náuseas sobre las sábanas de lino.—¿Quién hizo esto? —preguntó Lucas furioso, e irrumpió en la recámara con los puños apretados y la mandíbula rígida.Sofía levant
Cuando Lucas Rinaldi entró en la habitación de Sofía, la imagen que encontró lo dejó completamente descolocado. La mujer hermosa que deslumbraba y sonreía en las pasarelas de moda estaba recostada en la cama, sumergida en un mar de lágrimas sobre la fina almohada de seda.—Sofía —acortó la distancia con pasos rápidos y tensos. Quedó justo a su lado, parado a un costado de la cama, preocupado por la escena.—No —ella negó con la cabeza con evidente desesperación y se cubrió la cara con ambas manos—. No me mires en este estado tan deplorable, Lucas.Él sintió una amarga punzada en el pecho por verla así, tan deshecha, vulnerable y deprimida dentro de esa lujosa recámara.—¿Qué…? —la pregunta se quedó en el aire, cortada por la duda. Era lógico que Sofía quería curarse, volver a la normalidad y dejar atrás las secuelas del trágico accidente.—En dos días se cumple un año más de la muerte de mi madre, y yo le prometí que la visitaría en su tumba, al menos una vez cada año —sollozó con más
La puerta de la habitación se abrió, y la figura delgada de Abigail robó por completo la atención de Lucas. La luz cálida del pasillo recortó su silueta de manera tentadora.Sus ojos contemplaron la curva de su cintura, ceñida por esa bata rosa de satín que dejaba al descubierto bastante piel.Sus ojos viajaron hacia las piernas blancas y bien formadas de Abigail, volvieron a sus caderas y, después, de modo descarado, se concentraron en el nacimiento de sus pechos. La tensión en el aire se volvió sofocante.Ella sintió su corazón latir fuerte contra sus costillas.—¿Necesitas algo, Lucas? —logró articular la pregunta sin tartamudear y eso ya era un enorme logro ante la mirada intensa del hombre.Lucas se aclaró la garganta, la miró a la cara, y por dos segundos se permitió contemplar ese par de ojos café claro. Abigail había cambiado demasiado. Los rasgos aniñados se esfumaron y dejaron en el presente las bellas facciones de una mujer despampanante.—Sofía me ha contado lo de hace rat
Tres días después…La enorme casa sin rastros de Lucas se sentía solitaria. El silencio de las altas paredes de mármol solo acentuaba la ausencia del hombre.En las mañanas, Abigail había preparado el almuerzo para Lucas, con la única idea de que él pudiera disculparla por minimizar la salud de Sofía. Tenía la esperanza intacta de reparar el abismo entre ambos.Vio el reloj y decepcionada, pensó que ese día tampoco se quedaría a almorzar. Así que cuando lo vio sentarse a la cabecera de la mesa, en el amplio comedor, sintió una alegría indescriptible.Ella, personalmente, le sirvió la comida, mientras lo saludaba con una sonrisa amplia que reflejaba su ilusión.—¿No vino a trabajar Rita? —preguntó él de mal humor, con un tono cortante.—Sí, solo le pedí de favor si me permitía servirte el almuerzo hoy. Discúlpame, debía avisar antes, ¿verdad?—Como sea —él se masajeó la sien, cansado.—Yo quería decirte... ¿Me puedes perdonar, Lucas? Yo prometo pagar toda la deuda de mi hermano —las pa
—Entonces eso soy para ti, Daniel, mercancía, un objeto que puedes usar para pagar tus deudas —Abigail encaró a su hermano y apretó los puños con rabia contenida.Daniel Loreto sonrió con burla.—¿De verdad, Abigail? —la miró de arriba abajo con evidente desdén—. ¿En serio me vas a decir que no te hice un favor al ofrecerte en matrimonio con Lucas? Todos nuestros conocidos saben de tu tonta obsesión por él.—¿Obsesión? No sé de qué hablas —ella se aclaró la garganta, con un nudo amargo en las cuerdas vocales. ¿Tan obvia fue todo este tiempo?—Por favor, hermanita, soy tu hermano mayor. A mí no me puedes ocultar que te morías por una pizca de atención de Lucas.—Pero… esa no era la manera. ¡Que me entregaras como a un trozo de carne!—Ya, Abigail, no finjas conmigo. ¿Crees que no sé que cuando se trata de Lucas Rinaldi vas por ahí con tu carita de mosca muerta, dispuesta a besarle los zapatos… y otras cosas? —Daniel arrugó la nariz en un gesto desagradable.Abigail, harta y exhausta de







