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Capítulo 3

作者: Svaqq16
last update 公開日: 2026-09-10 12:01:31

La puerta de la habitación se abrió, y la figura delgada de Abigail robó por completo la atención de Lucas. La luz cálida del pasillo recortó su silueta de manera tentadora.

Sus ojos contemplaron la curva de su cintura, ceñida por esa bata rosa de satín que dejaba al descubierto bastante piel.

Sus ojos viajaron hacia las piernas blancas y bien formadas de Abigail, volvieron a sus caderas y, después, de modo descarado, se concentraron en el nacimiento de sus pechos. La tensión en el aire se volvió sofocante.

Ella sintió su corazón latir fuerte contra sus costillas.

—¿Necesitas algo, Lucas? —logró articular la pregunta sin tartamudear y eso ya era un enorme logro ante la mirada intensa del hombre.

Lucas se aclaró la garganta, la miró a la cara, y por dos segundos se permitió contemplar ese par de ojos café claro. Abigail había cambiado demasiado. Los rasgos aniñados se esfumaron y dejaron en el presente las bellas facciones de una mujer despampanante.

—Sofía me ha contado lo de hace rato —dijo en cuanto recordó a qué había ido hasta la habitación de Abigail. La rabia, contenida por un instante debido al impacto visual, retornó de golpe a su rostro.

—Eso.

—No quiero que algo como eso se vuelva a repetir. Sofía ha pasado por muchas cosas —sentenció él con firmeza, la dureza en su tono cortó la atmósfera íntima de inmediato.

Abigail soltó un suspiro de amargura.

—Lo sé… yo quería que estuviéramos en paz.

Lucas entrecerró los ojos con evidente desprecio. Al fin y al cabo, ella era hermana de Daniel, un estafador de primera.

—¿En paz? Fuiste a burlarte de las secuelas de su accidente y lo llamas buscar paz. Tú sí que eres una cínica.

—¿Burlarme? No, yo no fui a burlarme.

—La enfermera me lo contó todo —acusó él sin dar margen al beneficio de la duda.

—No, Lucas, yo no… te juro que yo no.

—Para mí el juramento de un Loreto dejó de tener valor desde hace mucho —hizo referencia a Daniel y a sus múltiples fraudes; el rencor en sus palabras cayó como una sentencia despiadada.

—Si es por el dinero, te he dicho que te lo voy a pagar —se moría de ganas por suplicarle que no la tratara con esa frialdad. Deseaba que volvieran a ser amigos, convencerlo de que ella no tenía nada que ver con las bajezas que había hecho su hermano.

—¿Pagarme? Son millones, Abigail. ¿Cómo piensas conseguir ese dinero? ¿Acaso tu hermano y tú planean estafar a más personas?

—No. Yo no planeo… —se le trabó la lengua ante la humillación. Ese no era su Lucas, el hombre del que ella se enamoró. Ese tipo rubio, alto e imponente, irreconocible ante su mirada desolada, muy parecido a su Lucas, debía ser un impostor.

—Déjate de fantasías y no molestes a Sofía —advirtió con una helada amenaza en la voz, antes de dar media vuelta e irse de ahí, con el eco firme de sus pasos en el pasillo.

Abigail se quedó sola. La habitación que Lucas le había dado se sintió fría y vacía, aunque estuviera llena de cosas ostentosas y lujos sin alma.

El día que su hermano le contó de la propuesta de matrimonio creyó que era un sueño hecho realidad. Su única oportunidad de entrar en el corazón de Lucas Rinaldi. Ahora se daba cuenta de que todo eso se trataba, en realidad, de una pesadilla.

Las lágrimas brotaron de sus ojos con amargura.

Sofía le dijo un montón de mentiras a Lucas. ¿Pero qué podía hacer ella? Él no le iba a creer en absoluto.

—Eres una adulta —repitió las mismas palabras que le decía su hermano cada vez que ella se ponía a lloriquear—. No llores. Solo no…

¿Por qué había sido tan estúpida? Se recostó en la cama, abatida por la desilusión.

Recordó el momento en el que era una simple adolescente y espiaba las pláticas que tenía su hermano con Lucas Rinaldi, asombrada por las cosas inteligentes e interesantes que él contaba.

Abigail se dijo que podía hacerlo, podía traer al presente esos buenos tiempos del pasado.

Podía obtener aunque sea un poco de afecto de Lucas Rinaldi. Al final de cuentas, fuera por una deuda o lo que sea, ella era legalmente su esposa.

Se limpió las lágrimas con determinación y llamó al número de su mejor amiga, Brissa. No podía quedarse en esa casa encerrada. Mientras su hermano debía una deuda millonaria, ella tenía que buscar la manera de conseguir algo de dinero. Y así, Lucas se daría cuenta de que no era ninguna estafadora.

—Hola, Abi, ¿cómo estás? —la voz alegre de su amiga resonó a través del altavoz.

—Bien.

—¿Solo bien? Estás recién casada, mujer. Dime, ¿qué tal tus días con tu príncipe azul con carácter de ogro?

—Bien —dijo sin ánimos de ahondar en sus problemas amorosos, con el nudo de frustración atorado en la garganta.

—¿Qué pasa?

—Nada. Es que… —se mordió el labio inferior sin atreverse a contar su horrible vida marital—. Estoy buscando algunos turnos. ¿Sabes si hay algo disponible en la clínica?

—Te casas con un tipo que tiene una mansión y buscas trabajo... De verdad que algo te pasa.

—No. No es nada malo, solo que Lucas trabaja mucho y no quiero estar en la casa sin hacer nada. Eso es todo —intentó sonar convincente.

—Bueno, veré qué puedo conseguir. ¿Tienes disponibilidad de horario?

—Sí —respondió entre suspiros, ahogando un desánimo profundo.

Brissa le aseguró que en cuanto tuviera algo para ella le marcaría; Abigail le dio las gracias por el favor y colgaron la llamada.

Al día siguiente, cuando se encontró con Lucas en el pasillo de la segunda planta, le informó lo de tomar turnos ocasionales en el hospital Santa Lucía.

—Así podré abonarte algo de la deuda que…

Lucas rodó los ojos con evidente fastidio.

—Abigail, haz lo que quieras, ¿bien? —la cortó de una. No iba a caer en sus chantajes baratos, ni iba a sentir un solo gramo de lástima por la hermana del hombre que lo estafó.

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