LOGINCuando Lucas Rinaldi entró en la habitación de Sofía, la imagen que encontró lo dejó completamente descolocado. La mujer hermosa que deslumbraba y sonreía en las pasarelas de moda estaba recostada en la cama, sumergida en un mar de lágrimas sobre la fina almohada de seda.
—Sofía —acortó la distancia con pasos rápidos y tensos. Quedó justo a su lado, parado a un costado de la cama, preocupado por la escena. —No —ella negó con la cabeza con evidente desesperación y se cubrió la cara con ambas manos—. No me mires en este estado tan deplorable, Lucas. Él sintió una amarga punzada en el pecho por verla así, tan deshecha, vulnerable y deprimida dentro de esa lujosa recámara. —¿Qué…? —la pregunta se quedó en el aire, cortada por la duda. Era lógico que Sofía quería curarse, volver a la normalidad y dejar atrás las secuelas del trágico accidente. —En dos días se cumple un año más de la muerte de mi madre, y yo le prometí que la visitaría en su tumba, al menos una vez cada año —sollozó con más fuerza, la voz rota por un dolor profundo. Lucas se inclinó hacia ella con ternura, la envolvió con uno de sus brazos en un gesto de protección instantánea. —Sé lo mucho que tu madre significaba para ti. Si ir a su tumba te traerá un poco de felicidad, te llevaré con ella. —¿Lo dices en serio? Lucas, eres tan bueno conmigo... Pero mi madre no fue enterrada aquí —Sofía le explicó que la tumba se encontraba en una ciudad aledaña, a tres horas de distancia aproximadamente, por una carretera sinuosa. —Iremos. Por eso no te preocupes en absoluto. —Lucas —en su rostro pálido se dibujó una mueca de marcada tristeza—. ¿Pero tu esposa estará de acuerdo con eso? Él soltó un suspiro pesado, la sombra de Abigail cruzó su mente como un estorbo molesto. —Iremos. —Yo no le caigo nada bien. Siempre que las empleadas me sacan al jardín un rato a tomar el sol, Abigail me mira como si fuera un monstruo —dijo con voz temblorosa, mientras las lágrimas caían por sus mejillas—. Es tan diferente a la pequeña Abi que conocí. Lucas tensó la mandíbula. La Abigail buena, inocente y amable ya no era más que un espejismo. Ahora veía su verdadero rostro. ¿Qué podía esperar de la hermana de Daniel? El hombre que sería capaz de vender su alma al diablo por unas cuantas monedas. —He dicho que iremos —le limpió la mejilla húmeda con la yema de su dedo pulgar, tajante—. Y no pienso repetirlo, ¿bien? —Gracias, Lucas, tú eres tan bueno —ella entrelazó los dedos con los de él, aferrada a su mano con firmeza. … Al día siguiente, las cosas ya estaban preparadas desde muy temprano en el gran vestíbulo de la mansión. Lucas Rinaldi partiría con un grupo de enfermeras y personal médico hacia la ciudad donde se encontraba la tumba de la madre de Sofía Arzate. Claro está, nada de eso fue informado a Abigail. Ella se enteró solo al ver el escándalo que hacía Lucas en el pasillo principal porque las empleadas no habían terminado de arreglar el equipaje y los suministros de Sofía. Algo muy parecido a la alegría le llenó el pecho de golpe. Abigail creyó que Sofía al fin se iría de esa casa, que por fin dejaría de robarle la atención de su marido y de interponerse entre los dos. —¿Necesitas ayuda con algo, Lucas? —preguntó ella con timidez, tanteando el terreno mientras se acercaba a él. —Nada —su tono sonó seco; le echó una mirada fría, llena de un profundo desdén—. Haré un viaje de emergencia con Sofía. —¿Un viaje? ¿Ustedes dos? —la ilusión en el rostro de Abigail se desmoronó al instante. —Sí. —Lucas, eso es demasiado. Yo entiendo que Sofía quedó con muchas secuelas del accidente, pero que ustedes dos se vayan de viaje juntos, cuando tú eres un hombre casado, se me hace un verdadero cinismo. —¿Cinismo? ¿Cómo te atreves a insinuar semejante tontería? ¿Es que no ves que a Sofía le cuesta siquiera estar de pie? Qué clase de mente enferma tienes, Abigail. —Yo… no quise insinuar… —cerró la boca de inmediato al contemplar la furia contenida en el rostro de Lucas; el aire entre ambos se volvió irrespirable. —Ahora entiendo muy bien la urgencia de Daniel por deshacerse de ti —escupió él con crueldad y, acto seguido, se dio media vuelta lejos de Abigail, antes de que su enojo lo llevara a decir más cosas destructivas. Abigail se quedó plantada ahí, sola en medio del pasillo. Un nudo doloroso se le formó en la garganta al pensar que ella había tenido la culpa por dar a entender semejante disparate. En su mente ingenua, ese duro regaño se lo había ganado únicamente por no saber frenar su propia lengua. Horas después, desde el gran ventanal de la mansión, Abigail, con una profunda opresión en el pecho, vio partir a su esposo con Sofía en brazos rumbo al vehículo adaptado. «Es que ella no puede caminar, por eso él la lleva así… porque Lucas es un hombre muy noble y bueno», se repitió hasta el cansancio como un frágil consuelo. Pese a sus esfuerzos, fue inevitable que las lágrimas que tanto luchó por contener se deslizaran en silencio por sus mejillas. Con el corazón destrozado y la mansión en absoluta penumbra, llamó a su mejor amiga Brissa. Entre sollozos ahogados le contó la amarga discusión que había tenido con Lucas. —Ella tuvo un terrible accidente, está muy mal de su cadera y… Soy muy tonta por haber dado a entender cosas que no son —cerró los ojos con fuerza, apretó la mandíbula y mantuvo el teléfono pegado al oído con la mano temblorosa. —¿Qué dices? Abigail, si yo fuera tú, le corto los huevos a ese desgraciado y a esa exnovia descaderada la mando directo a la m****a. Tu marido es un grandísimo pendejo —la voz de Brissa retumbó con furia a través de la línea, indignada ante tanta injusticia.Una semana después…Lucas volvió con Sofía de aquel viaje de tres días. Abigail quiso fingir normalidad en el hogar, pero con la actitud cortante y distante de Lucas, cualquier intento de armonía era imposible.Mientras ella intentaba con más ganas acercarse a su esposo, servil y atenta a cada uno de sus movimientos, Lucas más la alejaba con miradas frías y monosílabos despiadados. La brecha entre ambos se ensanchaba con cada hora transcurrida.La gota que rebasó el vaso ocurrió durante una tarde sofocante, cuando Sofía gritó a todo pulmón desde su habitación. El eco agudo retumbó por los altos techos de la propiedad y heló la sangre del personal doméstico. ¿El motivo? Alguien le echó ratones muertos a su plato de comida, ocultos bajo la refinada bandeja de plata.La mujer vomitó del asco, sacudida por espasmos violentos y náuseas sobre las sábanas de lino.—¿Quién hizo esto? —preguntó Lucas furioso, e irrumpió en la recámara con los puños apretados y la mandíbula rígida.Sofía levant
Cuando Lucas Rinaldi entró en la habitación de Sofía, la imagen que encontró lo dejó completamente descolocado. La mujer hermosa que deslumbraba y sonreía en las pasarelas de moda estaba recostada en la cama, sumergida en un mar de lágrimas sobre la fina almohada de seda.—Sofía —acortó la distancia con pasos rápidos y tensos. Quedó justo a su lado, parado a un costado de la cama, preocupado por la escena.—No —ella negó con la cabeza con evidente desesperación y se cubrió la cara con ambas manos—. No me mires en este estado tan deplorable, Lucas.Él sintió una amarga punzada en el pecho por verla así, tan deshecha, vulnerable y deprimida dentro de esa lujosa recámara.—¿Qué…? —la pregunta se quedó en el aire, cortada por la duda. Era lógico que Sofía quería curarse, volver a la normalidad y dejar atrás las secuelas del trágico accidente.—En dos días se cumple un año más de la muerte de mi madre, y yo le prometí que la visitaría en su tumba, al menos una vez cada año —sollozó con más
La puerta de la habitación se abrió, y la figura delgada de Abigail robó por completo la atención de Lucas. La luz cálida del pasillo recortó su silueta de manera tentadora.Sus ojos contemplaron la curva de su cintura, ceñida por esa bata rosa de satín que dejaba al descubierto bastante piel.Sus ojos viajaron hacia las piernas blancas y bien formadas de Abigail, volvieron a sus caderas y, después, de modo descarado, se concentraron en el nacimiento de sus pechos. La tensión en el aire se volvió sofocante.Ella sintió su corazón latir fuerte contra sus costillas.—¿Necesitas algo, Lucas? —logró articular la pregunta sin tartamudear y eso ya era un enorme logro ante la mirada intensa del hombre.Lucas se aclaró la garganta, la miró a la cara, y por dos segundos se permitió contemplar ese par de ojos café claro. Abigail había cambiado demasiado. Los rasgos aniñados se esfumaron y dejaron en el presente las bellas facciones de una mujer despampanante.—Sofía me ha contado lo de hace rat
Tres días después…La enorme casa sin rastros de Lucas se sentía solitaria. El silencio de las altas paredes de mármol solo acentuaba la ausencia del hombre.En las mañanas, Abigail había preparado el almuerzo para Lucas, con la única idea de que él pudiera disculparla por minimizar la salud de Sofía. Tenía la esperanza intacta de reparar el abismo entre ambos.Vio el reloj y decepcionada, pensó que ese día tampoco se quedaría a almorzar. Así que cuando lo vio sentarse a la cabecera de la mesa, en el amplio comedor, sintió una alegría indescriptible.Ella, personalmente, le sirvió la comida, mientras lo saludaba con una sonrisa amplia que reflejaba su ilusión.—¿No vino a trabajar Rita? —preguntó él de mal humor, con un tono cortante.—Sí, solo le pedí de favor si me permitía servirte el almuerzo hoy. Discúlpame, debía avisar antes, ¿verdad?—Como sea —él se masajeó la sien, cansado.—Yo quería decirte... ¿Me puedes perdonar, Lucas? Yo prometo pagar toda la deuda de mi hermano —las pa
—Entonces eso soy para ti, Daniel, mercancía, un objeto que puedes usar para pagar tus deudas —Abigail encaró a su hermano y apretó los puños con rabia contenida.Daniel Loreto sonrió con burla.—¿De verdad, Abigail? —la miró de arriba abajo con evidente desdén—. ¿En serio me vas a decir que no te hice un favor al ofrecerte en matrimonio con Lucas? Todos nuestros conocidos saben de tu tonta obsesión por él.—¿Obsesión? No sé de qué hablas —ella se aclaró la garganta, con un nudo amargo en las cuerdas vocales. ¿Tan obvia fue todo este tiempo?—Por favor, hermanita, soy tu hermano mayor. A mí no me puedes ocultar que te morías por una pizca de atención de Lucas.—Pero… esa no era la manera. ¡Que me entregaras como a un trozo de carne!—Ya, Abigail, no finjas conmigo. ¿Crees que no sé que cuando se trata de Lucas Rinaldi vas por ahí con tu carita de mosca muerta, dispuesta a besarle los zapatos… y otras cosas? —Daniel arrugó la nariz en un gesto desagradable.Abigail, harta y exhausta de







