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Capítulo 4

Penulis: Ada Smith
El último día antes de irme, todavía llovía en Castelora. Fui al jardín trasero para entregarle al mayordomo el último libro del almacén. Al pasar por la salita, de pronto escuché un grito adentro.

Una brasa había saltado de la chimenea y había prendido las cortinas, y el fuego tapaba la salida del corredor. Cecily también estaba adentro. Apenas me vio, se me echó encima y me agarró la muñeca.

—Sálvame.

Pateé el estante de madera que bloqueaba el paso y la empujé hacia la salida. En ese momento se escuchó crujir una viga del techo. El madero en llamas cayó a plomo. Me hice a un lado sin pensarlo. Una silueta oscura se adelantó y entró corriendo al corredor.

Edmund llegó. Ni siquiera se fijó en dónde estaba yo; abrazó a Cecily para protegerla. Cuando apartó el madero de un golpe, también me tiró a mí, que era quien estaba más cerca de él.

Caí de espaldas contra los escalones de piedra, y la grava me abrió un corte en la mano. Edmund cayó de pie fuera del corredor, con Cecily en brazos. Ella hundió la cara en su pecho.

Le dijo unas palabras en voz baja para calmarla y solo entonces se volteó para mirarme. Cuando vio mi mano ensangrentada, dio medio paso hacia mí. Pero Cecily gritó de dolor en sus brazos. Él se detuvo.

—Alteza, me duele mucho el pie.

Edmund la estrechó con más fuerza. La duda le duró poco y enseguida recobró la calma.

—Rosalind, tú siempre has sido fuerte. Regresa y cúrate tú sola. Yo llevaré primero a Ceci con el doctor de palacio.

Lo miré.

Siete años antes, en el río helado, con un frío que calaba los huesos, yo lo había arrastrado hasta la orilla, envenenado e inconsciente. Cuando despertó, me tomó las manos congeladas y, con los ojos enrojecidos, me prometió que nunca me dejaría atrás.

Siete años después, seguía sabiendo que yo era fuerte. Por eso, cada vez, a la que podía dejar atrás era a mí.

—Bien.

Parecía que Edmund quería decir algo más, pero Cecily se aferró a su cuello. Al final, dio media vuelta, se fue y enseguida desapareció al fondo del corredor. Me apoyé en los escalones para levantarme. La herida de la mano seguía sangrando. Lo raro era que ya no sentía dolor.

De vuelta en el ala principal, no mandé llamar al doctor de palacio. Agnes me vendó la herida mientras yo me sentaba al escritorio para hacer la última entrega.

Fui dejando sobre la mesa, una por una, las cosas del palacio del regente, a saber, el manojo de llaves de la casa y del almacén, el registro de fincas y los contratos de los criados.

Encima de todo estaba la carta de divorcio. Junto a ella dejé el libro de cuentas que me había preparado la casa comercial. En siete años, yo había puesto ciento setenta y seis mil libras para sostener el palacio. No pensaba reclamar ese dinero.

No era generosidad. No quería tener nada más que ver con él. Me quité el vestido de corte y la tiara, y me puse un vestido sencillo de algodón. La mujer del espejo estaba pálida y llevaba el cabello recogido con un moño sencillo.

Ya no tenía nada de gran dama, pero era más yo misma que en cualquier momento de los últimos siete años. Antes de irme, eché un último vistazo al ala principal. No había té caliente sobre la mesa ni, en el perchero, una levita lista para Edmund.

Aquellas habitaciones dejaron de esperar a que alguien regresara.

A medianoche salí por la puerta lateral del palacio. El guardia de la puerta me reconoció y se cuadró de inmediato.

—Princesa, ¿tiene una orden escrita de Su Alteza para salir del palacio a estas horas?

Apreté en la mano el billete de embarque.

—Ya no me llames princesa.

Llovía. La lluvia borró las huellas de las ruedas del carruaje y también el último rastro que yo dejaba en Castelora. El barco mercante ya esperaba en el embarcadero. Cuando subí a cubierta, Agnes no se aguantó y miró hacia atrás.

A lo lejos dormía la ciudad, y por el lado del palacio del regente todas las luces seguían encendidas. Tal vez Edmund siguiera junto a la cama de Cecily, esperando que yo, como siempre, le tuviera listo un café bien cargado.

Pero a partir de esa noche, nadie volvería a esperarlo. Los marineros soltaron amarras y el barco se alejó despacio de la orilla.

Edmund.

Tu favoritismo, tu palacio, la vida que tenías planeada para mí. Ya no quiero nada de eso.

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