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Capítulo 3

Penulis: Ada Smith
Tres días antes de irme, se cumplieron siete años de mi boda con Edmund. Por la mañana, el chambelán del palacio me trajo un estuche forrado de terciopelo. Adentro había un broche de marfil con un capullo de rosa tallado. El chambelán sonrió con respeto.

—Su Alteza recordó que hoy es un día especial y mandó escoger este broche del almacén.

Pasé los dedos por la rosa y me detuve un momento. Edmund no era del todo insensible. Recordaba que no soportaba lo amargo, que en invierno sufría con el frío y que mi flor favorita era la rosa.

Precisamente por eso, cada vez que me hacía a un lado, yo le buscaba excusas. Volví a guardar el broche en el estuche sin ponérmelo.

Una hora después, Cecily vino a visitarme al ala principal. También llevaba un broche de marfil prendido al vestido.

También tenía una rosa, pero el suyo estaba tallado en una sola pieza de un marfil más fino, y el trabajo era muy superior al del mío.

Al sentarse, Cecily se acomodó el broche.

—Su Alteza dice que a ti te encantan las rosas, querida. Yo también debería contagiarme un poco de tu elegancia.

Le miré el broche.

—¿Te lo regaló Su Alteza?

Cecily sonrió.

—Su Alteza me lo prendió él mismo anoche. Y dijo que solo esa pieza es digna de mí.

No vino a visitarme, sino a decirme que, incluso entre dos cosas idénticas, una vale más que la otra. Y que, para Edmund, yo era aquella a la que le bastaba cualquier cosa. Cerré el libro de cuentas.

—Si te lo regaló Su Alteza, guárdalo bien.

A Cecily se le borró un poco la sonrisa.

—No llevas tu broche. ¿No será que te parece poco el detalle de Su Alteza?

Entonces, Edmund entró al ala principal. Solo al ver a Cecily sentada y tranquila relajó el gesto tenso.

—Ceci está delicada de salud. No deberías tenerla aquí sentada tanto rato.

Lo miré.

—¿Su Alteza recuerda qué día es hoy?

Edmund hizo una pausa.

—Ya mandé que te llevaran un regalo.

Sí lo recordaba.

—Es el mismo broche de rosa. ¿Por qué el de ella es mejor?

Era la última vez que me compararía con otra mujer. Edmund habló con impaciencia.

—Ceci ha tenido una vida dura desde niña. ¿Para qué le discutes un broche?

Cecily bajó la cabeza y retorció el pañuelo entre los dedos, nerviosa.

—Todo es mi culpa. Ahora me lo quito y te lo devuelvo.

Edmund levantó la mano para detenerla.

—Te lo regalé yo. Nadie puede obligarte a quitártelo.

Esas palabras no dejaron ningún margen. Abrí el estuche forrado de terciopelo y llamé a la criadita que barría el ala principal. Llevaba menos de medio año en la casa, vestía con sencillez y se ataba el cabello con una simple tira de tela. Le puse el broche en la mano.

—Es tuyo.

La criadita se asustó tanto que hizo una reverencia apresurada. El gesto de Edmund se volvió serio.

—Rosalind, ¿tenías que despreciar así mi regalo?

—Lo que Su Alteza me regala es mío, y a mí me corresponde decidir qué hago con ello.

Edmund se me quedó mirando. Por primera vez, no me reconocía.

—No se puede razonar contigo.

Se marchó indignado, y Cecily corrió tras él. Al pasar a mi lado, se le mecieron las perlas de su diadema. No volví a mirar.

***

Por la tarde fui al estudio.

En la pared colgaba el retrato que yo misma le había pintado a Edmund en su cumpleaños veintiséis.

Ese año había regresado a la capital después de sofocar la rebelión del noroeste. Se sentó frente a mí cubierto de heridas, pero no quiso que las pintara.

Tomó mi pincel y añadió una rosa en una esquina del retrato.

—Mis victorias son para que las vea el mundo. Mis heridas, solo para ti.

Yo había creído que esa confianza era solo mía. Ahora él guardaba en el compartimento secreto la hoja a medio escribir de otra mujer, y a mí solo me quedaba un retrato viejo. Descolgué el retrato y lo tiré a la chimenea.

El fuego recorrió el lienzo, y la cara de Edmund se fue convirtiendo en cenizas. Agnes terminó de cerrar el último baúl.

—Señorita, mandaron decir de la casa comercial que el barco ya atracó.

Miré la pared vacía. Solo me quedaban tres días en el palacio.

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