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CAPÍTULO | 03

Autor: Kasia_SV
last update Fecha de publicación: 2026-08-25 02:15:53

Cuatro figuras cruzaron el escenario con paso tranquilo, sin apuro, mientras el aplauso general llenaba el auditorio. Se acomodaron en las sillas dispuestas junto al atril, y algo en la forma en que se movían, con esa seguridad de quien nunca ha necesitado la aprobación de nadie, hizo que el murmullo de la sala se apagara casi de golpe. Desde la tercera fila podía ver con claridad cada detalle: la ropa impecable, los gestos medidos, la manera en que ocupaban el espacio como si les perteneciera desde siempre. A mi lado, Chloé se inclinó un poco hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas, observando a la familia con la misma curiosidad que sentía yo.

—Son más jóvenes de lo que imaginaba —susurró Chloé, sin apartar la mirada del escenario—. Pensé que serían todos mayores, con trajes aburridos y caras de cansancio.

—Yo tampoco esperaba esto —admití en voz baja, fijándome en el hombre de mayor edad que se acomodaba al centro, con una postura recta que imponía respeto sin esfuerzo.

El decano cedió el micrófono, y el hombre mayor —Kalen, según el nombre que apareció proyectado en la pantalla detrás de él— tomó la palabra con una voz profunda que llenó el espacio sin necesidad de alzar el tono.

—Buenos días a todos —empezó, apoyando ambas manos sobre el atril—. Nuestra familia lleva más de dos décadas dedicada al mundo del arte, primero desde Moscú y, desde hace poco, también aquí en París. No hablo solo de comprar y vender obras, sino de entender el arte como algo que merece ser cuidado, exhibido y, sobre todo, transmitido a quienes recién comienzan su camino.

La mujer sentada junto a él, Cordelia, se acercó al micrófono con una sonrisa mesurada.

—Creemos firmemente en formar talento desde la raíz —añadió—. No basta con adquirir lo que ya está terminado; hay que apostar por quienes todavía están construyendo su voz. Por eso apoyamos becas como las que muchos de ustedes disfrutan hoy, y por eso seguiremos haciéndolo en los años que vienen.

Chloé anotó algo rápido en su cuaderno, probablemente el nombre de la beca de la que ya se hablaba entre los pasillos desde hacía semanas. Yo mantuve la vista fija en los dos hombres jóvenes sentados junto a Cordelia, esperando su turno con calma.

Uno de ellos habló primero, con un gesto medido, casi mecánico.

—Para mí, la escultura es control —dijo, sin adornos—. Cada golpe de cincel es una decisión definitiva. No hay espacio para el arrepentimiento una vez que la piedra ha cedido. Uno aprende a pensar antes de actuar, porque lo que se quita, no vuelve.

Su voz no subía ni bajaba de tono, y sin embargo algo en esa quietud lograba mantener a todos con los ojos puestos en él. Terminó con la misma sobriedad con la que había empezado, y se recostó de nuevo en su silla sin buscar la reacción del público. En la pantalla apareció su nombre: Kael Sokolov.

Su hermano, idéntico a él en cada rasgo, se inclinó hacia el micrófono con una sonrisa que se notaba genuina desde la última fila.

—A mí me gusta pensarlo distinto —dijo, con un tono mucho más ligero que el de Kael—. La pintura no es algo que uno elige. Es algo que te elige a ti. Un cuadro empieza a existir mucho antes de que la mano toque el lienzo, en algún lugar que todavía no sabemos nombrar. Uno solo tiene la suerte de estar ahí para dejarlo salir.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala, y Chloé sonrió mientras anotaba también esa frase en su cuaderno. Kai Sokolov, decía la pantalla detrás de él, en letras doradas sobre el fondo negro.

Cordelia volvió a tomar el micrófono para cerrar la conferencia, con un tono ahora mucho más animado.

—Y para que puedan ver con sus propios ojos de qué hablamos —dijo, mirando a la sala entera—, los invitamos a todos a la inauguración de nuestra nueva galería esta tarde, en Saint-Germain-des-Prés. Habrá vino, buena compañía, y varias de las piezas que Kai y Kael mencionaron hoy estarán expuestas por primera vez. La entrada es libre para todos los presentes.

El aplauso final fue más largo que el primero. Vi a varios compañeros sacar el teléfono para fotografiar la dirección que apareció proyectada en la pantalla, mientras los cuatro bajaban del escenario entre las últimas ovaciones y la sala empezaba a vaciarse poco a poco.

—Entonces paso por ti a las cuatro —propuso Chloé, guardando su cuaderno en la mochila mientras nos poníamos de pie junto con el resto de la fila—. Así llegamos con tiempo antes de que se llene de gente y no podamos ver nada.

—Perfecto, a las cuatro te espero —confirmé, acomodándome la boina antes de salir al pasillo, deteniéndome un momento en la puerta del auditorio.

Nos despedimos con cariño en la entrada, cada una hacia un lado distinto de la calle empedrada. Caminé hacia la floristería de mamá con la frase de Kai todavía dando vueltas en la cabeza, cruzando un par de calles que ya me sabía de memoria por tantas veces que las había recorrido. La campanita de la puerta sonó apenas entré, y el aroma dulce de las flores recién llegadas me envolvió por completo, como siempre.

Encontré a mamá acomodando un pedido de peonías sobre el mostrador, con el delantal puesto y las manos manchadas de tierra.

—Justo a tiempo —dijo, sin levantar la vista del ramo que estaba armando—. Ayúdame con estas rosas antes de que lleguen los últimos clientes de la tarde.

Dejé mi bolso detrás del mostrador y tomé unas tijeras de podar, cortando los tallos a la medida justa mientras le contaba sobre la conferencia, sobre la frase de Kai que no dejaba de repetirse en mi cabeza, sobre lo curiosos que resultaban los tres hombres y la mujer frente a un auditorio lleno de estudiantes.

—Suena a que te causó una buena impresión —comentó mamá, atando un lazo alrededor de un ramo terminado sin apartar la sonrisa—. ¿Y al final van a ir a esa inauguración?

—Chloé pasa por mí a las cuatro —confirmé, quitando espinas con cuidado—. ¿Tú y papá siguen con el plan de ir también?

—Claro que sí, ya hasta separé lo que me voy a poner —respondió, guiñándome un ojo mientras atendía a una clienta que entraba en busca de un ramo de cumpleaños.

Pasamos la siguiente hora entre tallos y hojas, atendiendo pedidos y acomodando los últimos arreglos antes de que el sol empezara a bajar. El local se llenó por momentos con el ir y venir de clientes que buscaban algo especial para el fin de semana, y entre risas y manos ocupadas, el tiempo pareció pasar más rápido de lo normal. Cuando llegó la hora de cerrar, ayudé a bajar la cortina metálica y a asegurar la puerta con llave, y caminamos juntas de regreso a casa, hablando de lo que nos pondríamos esa noche, ya con la emoción de la inauguración instalada entre las dos.

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