Se connecterEl ala de las esculturas era más fresca que el resto de la galería, y el aire olía a piedra pulida y a cera. Chloé me llevó directo hasta una pieza enorme que ocupaba el centro de la sala: dos manos de mármol blanco, una sosteniendo a la otra, talladas con tanto detalle que se distinguían hasta las venas en el dorso. Me quedé parada frente a ella sin atreverme a respirar fuerte.
—Seis meses tardó en terminarla —dijo Chloé, cruzándose de brazos—. Es de mi primo Kael. —Seis meses —repetí, acercándome un poco más—. Mira esa uña, parece de verdad. ¿Cómo hace alguien para sacar algo así de un bloque de piedra? —Con paciencia, que es lo que él tiene de sobra. Kai es todo lo contrario; si no termina un cuadro en una semana, lo tira por la ventana. Solté una carcajada, y justo entonces escuché una voz grave detrás de nosotras. —Mi hermano exagera menos de lo que parece. Me giré con el corazón dando un salto. Frente a mí había un hombre alto, con un traje oscuro perfectamente cortado y una camisa negra sin corbata; llevaba el cabello peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar. Tenía el mismo rostro de Kai, la misma mandíbula marcada y los mismos ojos de un azul gris clarísimo, solo que en él todo parecía quieto y medido, como si cada gesto lo pensara antes de hacerlo. —Kael —saludó Chloé, y se le colgó del brazo con una sonrisa—. Mira, esta es mi amiga Mila. —Mila —repitió él, inclinando la cabeza con educación—. Es un gusto. Chloé habla muy bien de ti. —El gusto es mío —respondí, sintiendo que las mejillas me ardían por segunda vez en la noche—. Su escultura es preciosa. No puedo creer que sea de piedra. —Gracias. —Miró las manos de mármol un segundo, y su expresión se suavizó apenas—. Es la que más me costó. Cada vez que creía haberla terminado, descubría una línea que no me convencía. —Se nota el cuidado —dije, y sin pensarlo agregué—: Hace un rato choqué con su hermano, por cierto. Casi lo tiro al suelo con el bolso. Una sombra de sonrisa cruzó la cara de Kael. —Mi hermano tiene la costumbre de aparecer justo detrás de la gente cuando miran sus cuadros. No se lo tome a mal; es su manera de saludar. —Ya lo vi —reí—. Fue muy amable, de todos modos. —Lo es, cuando quiere. —Hizo una pausa breve—. ¿Usted pinta, Mila? —Al óleo, sobre todo. Todavía estoy aprendiendo. —Chloé me dijo que es la mejor de la clase —intervino él, y me miró un instante más de lo necesario, aunque sin ninguna prisa—. Me gustaría ver su trabajo algún día. No supe qué contestar, así que sonreí como una tonta; fue mamá quien me salvó, apareciendo a mis espaldas con una copa de agua con gas en la mano. —¡Ahí estás! Empezábamos a preguntarnos si te habías perdido entre tanto cuadro. —Casi —admití—. Mamá, papá, les presento a Kael, el escultor. Es el primo de Chloé. —Un placer, señora LeBlanc, teniente. —Kael les estrechó la mano a los dos con la misma calma—. Gracias por venir. Mis padres hablan muy bien de ustedes; dicen que su floristería es la mejor de París. —Qué exagerados —dijo mamá, encantada—. Aunque no se lo voy a discutir. Su escultura de las manos me dejó sin palabras, joven; yo trabajo con flores, pero esto es otro nivel. —Las flores también requieren paciencia —respondió él con una pequeña sonrisa. —Eso mismo le digo yo a mi hija —rió mamá. Papá, que había estado inspeccionando las manos de mármol con los brazos cruzados, carraspeó con una seriedad fingida. —Con perdón, Kael, ¿cuánto tiempo hay que pasar con un cincel para sacar algo así? Yo apenas puedo clavar un clavo sin romperme un dedo. —Muchos meses, teniente, y bastantes dedos lastimados —contestó él, y papá soltó una carcajada. Seguimos recorriendo la exposición los cinco, y Kael nos fue explicando algunas piezas con voz serena, sin presumir de nada. Papá, que al principio había bromeado sobre no entender de arte, terminó fascinado frente a una escultura de un caballo en pleno salto; se puso a señalar los ángulos de las patas y a preguntar cómo lograba tanta precisión, y Kael, paciente, le explicó que primero trazaba la forma en barro antes de tocar la piedra. Mamá se detuvo largo rato frente a un óleo con un campo de amapolas, el único cuadro del ala que no era de tormentas, y comentó en voz baja que casi podía oler las flores; Kael le contó que lo había pintado Kai de memoria, después de un viaje al campo. —Pues pinta bien de memoria —admitió papá—. Aunque, para mi gusto, todo es un poco intenso. Yo después de ese cuadro del mar necesito sentarme. —Mi hermano no conoce otro volumen —dijo Kael, y hasta Chloé sonrió. En una de las salas había una fila pequeña de gente que esperaba para fotografiarse junto a otra de las piezas de Kael. Él se disculpó con elegancia, porque tenía que atender a unos compradores, pero antes me estrechó la mano de nuevo. —Fue un placer conocerla, Mila. Espero que disfrute la noche. —Igualmente —dije—. Gracias por todo. Se alejó con paso tranquilo, y yo me quedé mirando cómo los coleccionistas se inclinaban hacia él al verlo llegar. —Es muy serio, ¿verdad? —murmuró mamá a mi oído. —Un poco —respondí—. Pero es amable. —Y educado —remató papá, que ya andaba pidiendo bocadillos a un mesero que pasaba con una bandeja—. Eso sí, me quedé con ganas de preguntarle cuánto cuesta el caballo, aunque no me atreví. —Henry, por favor —murmuró mamá, tapándose la cara con la mano, y nos reímos. Cuando pasamos otra vez cerca de Cordelia, ella nos dedicó un gesto amable con la mano. —Creo que ya vi suficiente por hoy —dijo papá al fin, revisando el reloj con disimulo—. Y con estas piernas cansadas, ya me está sonando el estómago. —Yo también me muero de hambre —confesó mamá—. ¿Qué les parece si volvemos a casa a cenar? Podemos preparar algo sencillo y descansar un poco después de tanto ruido. —Me parece perfecto —dije, mirando de reojo a Chloé—. Chloé, ¿te vienes con nosotros a cenar? Ella giró la cabeza, sorprendida, y negó con una sonrisa apenada. —No, no quiero molestar, es una cena familiar. Además, mi tía me dijo que me quedara por si necesitaban ayuda con los invitados. —Nada de molestar —intervino mamá, tomándola de las manos como si fuera una hija más—. Llevas tres años comiendo en nuestra mesa, Chloé; no empieces a pedir permiso ahora. Tu tía puede arreglárselas sin ti por una noche. —Además, hay pastel de manzana —añadió papá, con aire de quien ofrece un trato irrechazable. —Ya con el pastel me conquistaron —respondió Chloé, riéndose—. Déjenme avisarle a mi tía para que no se preocupe. Sacó el teléfono, escribió un mensaje rápido y lo guardó en el bolso. Fuimos hasta la puerta de la sala principal, donde Cordelia se despidió con besos en las mejillas y un par de palabras amables para cada uno; a mamá le prometió que pasaría por la floristería algún día. —Fue un verdadero placer conocerlos —dijo, tomándome del brazo un momento—. Y a ti, Mila, espero volver a verte pronto; tienes una mirada de artista que no se encuentra todos los días. —Muchas gracias, Cordelia —respondí, con las mejillas calientes—. Fue una noche preciosa. Salimos al fresco de la avenida. El cielo se había teñido de un azul oscuro salpicado de nubes bajas, y las farolas empezaban a encenderse una tras otra. Los dos coches negros seguían estacionados junto a la acera, pero papá levantó la mano con una sonrisa amable hacia los chóferes. —No hace falta, gracias. Preferimos caminar; el departamento queda cerca, y a mí me hace falta estirar las piernas. —Pueden irse —añadió Chloé, haciéndole una seña a su chófer—. Mañana me recoge. Nos pusimos en marcha por la avenida, con mamá del brazo de papá y Chloé enganchada al mío, hablando los cuatro a la vez sobre la exposición. Mamá aseguraba que el campo de amapolas era lo mejor de la noche, papá defendía al caballo como si lo hubiera tallado él, y Chloé y yo discutíamos entre risas cuál de los dos hermanos tenía más talento. —¿Qué les parece si preparo mi famosa salsa? —propuso mamá—. Con lo que hay en la nevera da para cuatro sin problema. —Con pastel de manzana de postre —le recordó papá. —Con pastel de manzana de postre —aceptó mamá, riéndose. Doblamos la esquina de nuestra calle, y a lo lejos se distinguía ya el letrero verde de la floristería, con las luces encendidas en el piso de arriba.Y sobre un pintor que Cordelia había conocido en su juventud y que ahora exponía en alguna galería europea. Chloé se levantó poco después, despidiéndose con un gesto ligero hacia la mesa entera. —Que disfrutes tu día de pintura —me dijo, deteniéndose un instante a mi lado antes de salir—. Espero ver algo bueno cuando termines. —Gracias, Chloé —respondí, dejando que la cordialidad saliera sin ningún esfuerzo adicional, mientras ella se alejaba con ese paso tranquilo tan suyo hacia el resto de la casa. Terminamos de desayunar poco después, y Kai se puso de pie, tendiéndome la mano con una sonrisa impaciente. —¿Lista para irnos? —preguntó, sin soltarme los dedos. —Lista —respondí, poniéndome de pie también. Salimos juntos hacia la entrada principal, donde Kai tomó las llaves de mi auto nuevo del cuenco sobre la credenza antes de que pudiera adelantármele. —¿Manejas tú o manejo yo? —preguntó, con una ceja alzada y una sonrisa traviesa. —Manejo yo —respondí, arrebatándole las llave
Desperté envuelta en un brazo pesado y un aroma que reconocí de inmediato, limpio y ligeramente dulce, inconfundiblemente de Kai. Sentí su respiración pausada contra mi nuca antes incluso de abrir los ojos del todo, su brazo todavía cruzado sobre mi cintura con esa pesadez tibia de quien duerme profundo y sin ninguna prisa por soltar lo que tiene cerca. Me quedé quieta un momento, disfrutando de ese calor que me envolvía entera, escuchando el murmullo lejano del agua corriendo en el baño contiguo. Me giré despacio entre las sábanas, cuidando de no despertarlo todavía, y me encontré de frente con su rostro relajado, los labios apenas entreabiertos y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Alcé la mano con cuidado y se lo aparté, dejando que mis dedos se demoraran un instante sobre su piel tibia. —Mmm —murmuró él, sin abrir los ojos del todo, atrapando mi mano contra su mejilla con una sonrisa perezosa dibujándosele en los labios—. Si sigues haciendo eso, no voy a quer
Sentía la tensión acumulándose de forma insoportable en cada rincón de mi cuerpo, una marea febril que amenazaba con desbordarse en cualquier momento mientras las curvas cerradas del camino hacían que nuestros cuerpos se acoplaran todavía más en una entrega total que desafiaba la lógica y las normas del mundo exterior. Cuando el auto finalmente cruzó las pesadas puertas de hierro forjado de la residencia y se detuvo con suavidad frente a la escalinata de mármol blanco, el silencio majestuoso y severo de la mansión nos envolvió como una promesa oscura. El contraste entre el frío exterior de la madrugada moscovita y el calor denso y febril acumulado en el vehículo se desvaneció por completo en cuanto las puertas se abrieron y el aire silencioso de la propiedad nos recibió, recordándonos que habíamos vuelto a nuestra jaula de oro. Kai descendió primero del vehículo con una agilidad felina, abriendo la puerta trasera con una calma absoluta y una sonrisa socarrona para ayudarnos a baja
El eco apagado de la música y los destellos de neón del club clandestino quedaron definitivamente atrás en cuanto cruzamos las puertas hacia la fría y solitaria madrugada de Moscú. El contraste con el calor denso del interior fue inmediato, un golpe de aire helado que me hizo estremecer apenas una fracción de segundo antes de que la presencia imponente de los gemelos volviera a atraparme por completo, aislándome del resto del mundo. Caminamos los tres en absoluta sincronía hacia el auto que aguardaba estacionado junto a la acera desierta. En cuanto nos acercamos lo suficiente, Kai se tomó su tiempo con una calma deliberada y exasperante, regalándome una mirada cargada de promesas mudas antes de abrir la puerta del conductor y acomodarse al volante. Relajó los hombros con la confianza absoluta de quien sabe perfectamente el descontrol que va a provocar, mientras Kael, con un movimiento seco y autoritario, me abría la puerta trasera para que subiera y él subió detrás de mí. Antes d
—Esto es precioso —dije, girándome hacia Kael con una sonrisa sincera—. ¿Cómo encontraron un lugar así? —Mi padre lo conoce desde hace años —respondió él, sirviendo el champán en tres copas altas—. Solo entran quienes tienen una invitación directa. Pensamos que sería el lugar perfecto para empezar la noche. Un mesero apareció apenas unos segundos después, dejando sobre la mesa una bandeja pequeña con bocadillos delicados: blinis con caviar, tartaletas diminutas de salmón ahumado y copas pequeñas rellenas de algo cremoso y dulce que no supe identificar del todo, aunque el primer bocado me dejó un sabor a miel y a algo parecido al pistacho flotando en el paladar. Probé un poco de cada cosa entre risas ligeras, disfrutando de la música que se colaba amortiguada desde el otro lado de la cortina, entre alguna anécdota de Kai sobre un cuadro que había arruinado sin querer de niño y alguna corrección seca pero cariñosa de Kael sobre los detalles exactos de aquella historia. —Gracias por e
El aire frío me golpeó el rostro apenas Kai apartó las manos de mis ojos, y por un segundo entero no supe qué hacer con lo que tenía enfrente. Un auto descapotable, de un rojo profundo que brillaba bajo las luces del jardín, esperaba estacionado justo al pie de la escalinata, con un lazo dorado enorme atado alrededor del capó como si fuera un regalo envuelto a última hora. —¿Esto es...? —empecé, sin terminar la frase, girándome hacia los dos con los ojos bien abiertos. —Es tuyo, Mila —dijo Kai, con una sonrisa que le desbordaba el rostro entero, dando un paso adelante para apoyar la mano sobre el techo del auto con un orgullo que no intentaba disimular—. Completamente tuyo. Nadie más lo ha tocado. Kael se acercó por mi otro costado, sacando de su bolsillo un juego de llaves atado con una cinta pequeña, y me las colocó despacio sobre la palma, cerrándome los dedos alrededor de ellas con una calidez que contrastaba con la seriedad habitual de su rostro. —Feliz cumpleaños, otra vez







