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CAPÍTULO | 04

Penulis: Kasia_SV
last update Tanggal publikasi: 2026-08-25 02:16:19

Subí directo a mi cuarto en cuanto llegamos y abrí el armario de par en par, revisando percha por percha sin encontrar nada que me convenciera del todo. Aparté un par de vestidos, descarté una blusa que ya había usado demasiadas veces, hasta que mis dedos se detuvieron sobre un abrigo corto cruzado, de paño en un tono café topo, con solapas amplias y doble botonadura negra que le daba un aire serio y elegante a la vez.

Lo saqué junto con un suéter básico de cuello alto, negro y ajustado al cuerpo, y una minifalda plisada de tablas amplias, también en negro, que combiné con un cinturón delgado de hebilla metálica para marcar la cintura. Añadí unas medias oscuras y translúcidas, y encontré en el fondo del armario mis zapatos Mary Jane de charol negro, con plataforma y tacón grueso en bloque, perfectos para completar el conjunto.

Extendí todo sobre la cama y sonreí satisfecha, ya imaginando cómo se vería junto al bolso de mano de líneas limpias, con asa superior y herraje dorado, el reloj de pulsera rectangular con correa de piel negra, los aretes de argolla dorados y el collar fino con el dije de corazón negro que guardaba en mi joyero desde hacía años.

Me metí a la ducha antes de vestirme, dejando que el agua tibia me quitara de encima el cansancio acumulado del día entero entre clases y flores. Me lavé rápido, consciente de que Chloé no tardaría en llegar, y salí envuelta en la toalla para secarme el cabello con la secadora una vez más, esta vez dejándolo caer liso y suelto sobre los hombros, tal como lo quería para esa noche. Me puse el suéter de cuello alto y la minifalda plisada, ajusté el cinturón de hebilla metálica en la cintura y calcé las medias oscuras antes de subirme los Mary Jane de charol. Por último, me eché encima el abrigo café topo y lo abroché hasta la mitad, dejando que las solapas cayeran con ese aire elegante que tanto me gustaba.

Ajusté los últimos detalles frente al espejo del peinador, retocando el rímel para acentuar el tono de mis ojos y dejando caer mi cabello liso en una caída perfecta. Cuando el timbre del departamento resonó en la planta baja, tomé mi bolso de mano y bajé las escaleras rápidamente. Chloé me esperaba al pie de la entrada, luciendo despampanante con un abrigo blanco de corte ajustado y los labios pintados de un rojo pasión intenso que destacaba contra su piel clara.

—¡Mírate nada más! —exclamó mi amiga al verme bajar, tomándome de las manos para darme una vuelta rápida—. Vas a ser la invitada mejor vestida de toda la galería esta noche.

—Exagerada —respondí entre risas, acomodando el cuello de mi abrigo mientras salíamos juntas a la calle—. Mis padres dijeron que se nos unirían más tarde en la galería, así que tenemos tiempo de recorrer la muestra a nuestro gusto.

El trayecto hacia Saint-Germain-des-Prés lo hicimos caminando a paso ligero, disfrutando de la tarde que comenzaba a teñirse de tonos anaranjados sobre las fachadas parisinas. La brisa fresca nos acariciaba el rostro mientras comentábamos las expectativas de la exposición. Al aproximarnos a la esquina designada, el imponente edificio de la nueva Galería Sokolov se alzó ante nosotras como una obra de arte por sí misma. Grandes ventanales de cristal templado revelaban un interior iluminado con luz cálida y directa sobre lienzos gigantescos y esculturas de mármol pulido.

Una fila elegante de personas esperaba en la entrada principal, donde un guardia de seguridad con traje oscuro revisaba los pases. Nosotras mostramos nuestras credenciales de la École des Beaux-Arts y accedimos de inmediato al hall principal. La atmósfera estaba impregnada de un aroma refinado a perfume caro, copa de champán recién servida y el inconfundible olor a barniz fresco que emanaba de las paredes recién pintadas. La crema y nata de la sociedad artística parisina se desplazaba lentamente entre las salas, discutiendo en voz baja el valor de los cuadros exhibidos.

—Esto es absolutamente impresionante, Mila —murmuró Chloé, tomando dos copas de agua mineral con gas que ofrecía un camarero en una bandeja de plata reluciente—. Mira la textura de esa pincelada allá al fondo. Tiene una fuerza brutal.

Avanzamos lentamente por el pasillo central, admirando la distribución de los espacios. Las esculturas de Kael dominaban el ala izquierda con formas angulosas, sobrias y duras que transmitían una sensación de poder contenido. En cambio, el ala derecha estaba reservada para los lienzos de Kai: explosiones de color meticulosamente trabajadas, rostros expresivos y trazos melancólicos que atrapaban la mirada de cualquiera que se detuviera frente a ellos. Me quedé parada durante varios minutos ante un cuadro de gran formato que retrataba una figura solitaria frente a una tormenta, fascinada por la destreza del manejo de la sombra.

En medio del bullicio de los invitados, divisé a lo lejos a mis padres cruzando el umbral de la entrada. Mamá lucía radiante con un vestido verde esmeralda que combinaba con su peinado alto, mientras que papá caminaba a su lado luciendo su porte elegante en un traje oscuro de civil, habiéndose cambiado ya de su uniforme de policía. Les hice una seña con la mano para indicarles nuestra posición, pero la masa de gente moviéndose entre los pasillos nos separaba por unos metros.

—Voy a buscar a mis padres para decirles que estamos de este lado —le avisé a Chloé, quien estaba absorta contemplando una vasija esculpida en granito.

—Dale, te espero aquí junto a este grabado —asintió ella sin apartar la mirada de la pieza.

Ajusté la correa de mi bolso de mano sobre el antebrazo y comencé a esquivar a los asistentes que conversaban animadamente en grupos pequeños. El pasillo se estrechaba ligeramente cerca de la entrada a la sala VIP de subastas, creando un cuello de botella por el continuo flujo de críticos y compradores. Caminaba a paso firme, mirando por encima de los hombros de la gente para intentar divisar el vestido verde de mi madre entre la multitud.

De pronto, un movimiento firme e inesperado se cruzó directamente en mi trayectoria. No tuve tiempo de frenar ni de esquivar el obstáculo. Mi hombro impactó de lleno contra el pecho sólido de un hombre que avanzaba en sentido contrario, haciendo que mi bolso de mano se deslizara de mi brazo y cayera al suelo con un chasquido sutil sobre el mármol pulido.

—¡Ah, lo siento mucho! —exclamé instintivamente, dando un paso hacia atrás mientras me agachaba de inmediato para recoger mi bolso.

—Disculpa, fue enteramente mi culpa. No estaba prestando atención a por dónde caminaba —respondió una voz masculina, suave, profunda y envolvente, que me resultó escalofriantemente familiar.

Antes de que mis dedos alcanzaran el cuero negro de mi cartera, unas manos grandes de dedos largos y bien cuidados se me adelantaron, sujetando el objeto con delicadeza. Al levantar la vista despacio, mi mirada chocó de frente con un par de ojos de un azul tan intenso y frío que cortaban la respiración. La luz focalizada del techo iluminaba perfectamente sus facciones simétricas, su cabello negro impecable y la ligera sonrisa que curvaba sus labios con una calidez casi perturbadora.

Era Kai Sokolov.

Se puso de pie con una elegancia felina, ofreciéndome el bolso con ambas manos mientras sostenía su mirada fija en mi rostro, recorriendo mis facciones con una curiosidad helada que me erizó los vellos de los brazos. Noté cómo su atención se detuvo durante un segundo eterno en el contraste de mi ojo azul y mi ojo verde, antes de que su sonrisa se volviera un poco más amplia.

—Aquí tienes —dijo en un tono pausado, entregándome el bolso mientras la yema de sus dedos rozaba deliberadamente la piel de mi muñeca, enviando una chispa de corriente helada por todo mi cuerpo—. Espero no haberte lastimado, bonita. Sería una verdadera lástima arruinar la noche de una invitada tan destacada.

—No... no pasa nada, estoy bien. Gracias —balbuceé, sosteniendo mi bolso contra el pecho mientras trataba de recuperar la compostura ante la cercanía aplastante de su presencia.

—Me alegra saberlo —murmuró Kai, dando un paso casi imperceptible hacia mí, reduciendo el espacio vital entre los dos mientras su mirada escudriñaba cada rasgo de mi rostro con un detenimiento casi obsesivo—. Sería un pecado imperdonable no cuidar una obra de arte tan única como la que tengo justo frente a mí.

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